jueves, 15 de marzo de 2018

EL PROYECTO DE CHATEAUBRIAND Y VILLELE: UN INTENTO POCO CONOCIDO PARA IMPONER UN EMPERADOR EN MÉXICO

En el Plan de Iguala, con el cual Iturbide logró por fin la independencia de México, se mencionaba que el trono del Imperio Mexicano debería de recaer en el rey Fernando VII de España, en alguno de sus hermanos o en otro individuo de la Casa Reinante de España, es decir, en un Borbón. ¡Válgame! Pero esto fue un fracaso. Fernando VII no aceptó y desde luego no permitió que otro pariente suyo viniera a México, por lo que Iturbide acabó como Emperador de México con los resultados que todos conocemos. Pero a pesar del fracaso de este proyecto, la idea siguió revoloteando en algunas cabezas del Viejo Continente. Entre ellas, destacaban el infante Francisco de Paula, hermano menor de Fernando VII (mencionado en el Plan de Iguala como candidato al trono mexicano) y los ministros franceses Chateaubriand y Villèle.

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Fernando VII de España, el rey felón.

Chateaubriand, ministro francés de Relaciones Exteriores, encargado por la Santa Alianza de apoyar a los absolutistas españoles, urdió un proyecto para evitar que los virreinatos españoles de América cayeran en manos de los ingleses. Para ello, convenció al rey de Francia, Luis XVIII, para que hablara con su pariente español con el fin de que éste levantara todas las restricciones al comercio americano y así quitarle a Inglaterra todo motivo para intervenir. Además, el ministro francés proponía la creación de una serie de monarquías franco-españolas en América. Fernando VII accedió a lo primero, pero se negó rotundamente a lo segundo. Mientras tanto, las cosas en América se precipitaron, declarándose la independencia de casi todas las antiguas colonias. 

Por otro lado, Inglaterra, al enterarse de estos proyectos, se apresuró a buscar una fórmula para impedir que se llevaran a cabo. Para ello, buscó el concurso de los Estados Unidos. El 23 de agosto de 1823, el gobierno inglés preguntó al ministro estadounidense en Londres si su gobierno consentiría en apoyar a Inglaterra para hacer una declaración contra las tentativas de las potencias europeas hostiles a la independencia de las antiguas colonias españolas. El presidente James Monroe, aconsejado por Thomas Jefferson, aceptó esta sugerencia del gobierno inglés. Según Juan de Dios Arias, este fue el origen de la famosa doctrina Monroe, que tan funestas consecuencias tuvo para México en años posteriores. 

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Chateaubriand

Con estas medidas, Inglaterra se proponía no sólo poner en jaque a Francia y España, sino que también buscaba impedir una restauración disfrazada del gobierno español en América con todo lo que aquello implicaba para su comercio, asunto por el que había luchado contra España durante todo el siglo XVIII.

Chateaubriand fue sustituido en el ministerio por Jean Baptiste Villèle en 1824, quien continuó con el proyecto de su predecesor para la creación de monarquías en América. En lo referente a la antigua Nueva España, el proyecto consistía en elevar al trono de un Imperio Mexicano al infante español Francisco de Paula, con el apoyo de Carlos X de Francia y Fernando VII de España. Villèle contaba para ello con el apoyo del marqués de Crouy-Chanel, quien había actuado ya cerca de Fernando VII. Por ello, Villèle lo comisionó para que le expusiera el plan al rey español.

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Jean Baptiste Villele

Sin embargo, ante la negativa del rey de España para apoyar este proyecto, Carlos X se negó también a darle su respaldo, a pesar de la insistencia de su ministro Villèle en ello. Pero el infante Francisco de Paula, sumamente interesado en ser emperador de México, ya que nunca podría ser rey de España, siguió en tratos con Villèle para intentar conseguir el apoyo del rey francés.

Don Francisco de Paula comisionó entonces al marqués de Crouy-Chanel, un húngaro que había servido a Napoleón y a Luis XVIII, para que negociara con el presidente de México, Guadalupe Victoria, su posible aceptación de un gobierno monárquico, concediera títulos nobiliarios y empleos, concertara un préstamo de un millón de libras esterlinas (cinco millones de pesos) en Londres  y ofreciera a la Gran Bretaña algunas ventajas comerciales, con la finalidad de que el gobierno inglés no se opusiera al proyecto. Para ello le otorgó un poder absoluto al marqués.

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Infante Francisco de Paula de Borbón, hermano de Fernando VII y pretendiente al trono mexicano.

Crouy-Chanel se dirigió a Londres en 1827, pero al negarse a mostrar al primer ministro inglés George Canning, los poderes que le había conferido el infante Francisco de Paula, por no creer su deber hacerlo (muy tonto de su parte, diría yo), el premier inglés se negó a recibirlo en audiencia y el marqués no pudo negociar nada con el gobierno británico. 

A pesar de ello, la confianza del infante español era tal, que llegó incluso a nombrar a su gabinete imperial. El barón Alejandro de Talleyrand, famoso ministro de Napoleón y de Luis XVIII, se encargaría del ministerio de Relaciones Exteriores; el duque de Dino, mariscal de campo, del de Guerra; el teniente general conde de la Roche-Aymon, par de Francia, se encargaría de organizar el ejército; y el capitán de navío Gallois, organizaría la marina imperial. Además, ofreció empleos al conde de Belle-Garde, sobrino de un mariscal austríaco, al vizconde de Astier y a otras personas más. Inclusive se comenzó a pagar los sueldos de estas personas desde el día mismo de su nombramiento. Es curioso que no hubiera un sólo mexicano en ese gabinete.

Por estas mismas fechas, se descubrió en México una conspiración tendiente a devolver a México al dominio del rey de España, conocida como la conspiración del padre Arenas.

Esta conspiración fue fraguada por el padre dieguino español Joaquín Arenas en enero de 1827, apoyado por algunos españoles residentes en México. El fraile cometió el error de invitar a participar en ella al general Ignacio Mora, comandante general de la ciudad de México. Éste fingió aceptar y dio aviso de inmediato al presidente Guadalupe Victoria, quien ordenó al militar que invitara al padre Arenas a su casa con el pretexto de que necesitaba escuchar todos los detalles de la conspiración antes de sumarse a ella. Ordenó también que el diputado José María Tornel y el senador Francisco Molinos del Campo se escondieran en la misma habitación para que escucharan al sacerdote y así pudieran después servir de testigos cuando fuera enjuiciado por conspirador. 

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Guadalupe Victoria, primer presidente de México

A las cuatro de la madrugada del 19 de enero de 1827, el fraile acudió a casa del general Mora, en el barrio de San Cosme. El general mexicano le pidió detalles de la conspiración y el sacerdote mencionó que la conspiración se había fraguado en Madrid y que Fernando VII había ya nombrado un comisionado para que se hiciera cargo del mando al triunfo de la conspiración. Según el fraile, esta persona se encontraba ya en México. Además, dijo contar con el apoyo de algunos generales, canónigos y otras personas más. De este modo, la conspiración fue descubierta de forma oficial. Al darse cuenta de ello, Arenas se limitó a decir que era evidente la traición de que había sido objeto y que sólo le quedaba gloriarse de ser un mártir de su religión y de su patria.  Tras ser juzgado, el fraile dieguino fue fusilado.

Entre los complicados se encontraba también el general Gregorio Arana. Además de él se detuvo a los generales Pedro Celestino Negrete y José Antonio de Echávarri , ambos nacidos en España pero radicados en México desde hacía muchos años, y aunque a ninguno de los dos se les pudo jamás probar algún vínculo con los conspiradores, fueron desterrados del país, sin importar los servicios que habían prestado a la independencia de México.

Como consecuencia de esto, el 20 de diciembre de 1827 el Congreso mexicano promulgó una ley por la cual se expulsaba del país a todos los españoles, salvo algunas excepciones indicadas en la propia ley.

Aunque no se ha podido comprobar el vínculo existente entre esta conspiración y los proyectos del infante Francisco de Paula, no deja de ser curiosa la cercanía de las fechas de ambos acontecimientos. Acerca de este asunto, Francisco de Paula y Arrangoiz mencionaba que

"Aunque en la relación publicada en Francia de toda esta intriga, de que se ha sacado la noticia que precede, se asegura que se contaba con las personas más respetables del país, no se ha podido encontrar rastro alguno de este intento, pues aunque en el mismo año se hubiese descubierto en México la conspiración del padre Arenas, los conspiradores no tenían relación alguna con la que en Francia se proyectaba, siendo por otra parte muy diverso el plan, pues el de éstos no tenía por objeto el de Iguala, sino el restablecimiento pleno y absoluto de la antigua dependencia."

El gobierno mexicano tuvo conocimiento de los planes que se fraguaban en Francia gracias a su representante en Londres, don Vicente Rocafuerte, quien el 20 de abril de 1827 informó al ministro de Relaciones Exteriores de México, don Juan José Espinosa de los Monteros, que un mexicano apellidado García del Río, monarquista decidido, había sido designado agente encargado de realizar el cambio de república a monarquía en México.

Según Rocafuerte, García del Río se presentaría al gobierno mexicano con el pretexto de concederle un empréstito, para lo cual llevaba cartas de recomendación del famoso banquero francés Laffite. Sin embargo, en realidad se encargaría de fomentar las discordias y disminuir así la fuerza que los republicanos podrían oponer a los monarquistas.

Además, Rocafuerte asegura que se pretendía también realizar estos proyectos en el resto de la América española con el apoyo del emperador del Brasil. En Buenos Aires y Chile se colocaría un príncipe que fuera del agrado del emperador de Austria, en el Perú se crearía un reino para el general San Martín, y en Colombia se permitiría a Simón Bolívar que se titulase presidente perpetuo, rey o emperador. 

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Pedro I de Brasil

Es evidente que este proyecto carecía de apoyo efectivo en Europa, por lo que su realización era en la práctica imposible. A pesar de ello, no podemos olvidar que en México aun quedaban algunos partidarios del regreso de los Borbones, mismos que esperaban una oportunidad desde que se sintieron traicionados por Iturbide en 1822. Aunque estos no eran muchos, si eran un grupo fuerte gracias a su posición social y económica. Sobra decir que la mayoría de ellos eran sin duda alguna españoles radicados en México, por lo que se vieron afectados por la expulsión decretada en diciembre de 1827.

Desconozco si García del Río pudo llegar a México, pero lo haya logrado o no, es evidente que este plan monárquico no tuvo ninguna trascendencia en nuestra historia política y fue tan sólo un eslabón más de la cadena que culminó en 1867 con el fusilamiento de Maximiliano de Habsburgo en el Cerro de las Campanas.

Lo que si queda claro es que México se salvó de tener por rey a Francisco de Paula Borbón. Siglos de matrimonios entre parientes habían provocado que la familia Borbón tuviera serios problemas de salud física y mental y don Francisco de Paula no era la excepción.


domingo, 11 de marzo de 2018

MARÍA ESTUARDO. LA TRAGEDIA DE UNA MUJER CONVERTIDA EN REINA

María Estuardo nació en el palacio de Linlithgow el 8 de diciembre de 1542. Hija y heredera del rey Jacobo V de Escocia y de María de Guisa, su historia es sin duda una de las más apasionantes que hay.

Ella nació en un mundo convulso. Un par de décadas antes había comenzado la Reforma Protestante en Europa encabezada por Martín Lutero, misma que dividió el continente, comenzando un baño de sangre sin precedentes. Escocia, desde luego, no fue la excepción.

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María Estuardo, reina de Escocia

El reino que María heredó con tan sólo seis días de nacida tenía también una historia complicada. Desde sus inicios tuvo que luchar en dos frentes: uno interno, entre los diferentes clanes y pueblos que la formaban; y uno externo, contra sus vecinos del sur, llámense romanos, anglosajones, normandos e ingleses. Desde el siglo XI Escocia buscó de forma reiterada la alianza con Francia para poder conjurar la amenaza que representaban los ingleses, aunque no siempre lo consiguió. Prueba de ello son los múltiples enlaces matrimoniales de los reyes escoceses, su padre entre ellos, con princesas francesas.

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Jacobo V y María de Guisa

Ese fue el país que le tocó gobernar. Un país dividido, convertido rápidamente al calvinismo y ambicionado por Inglaterra. Para colmo, su nacimiento no fue muy bien recibido por su padre el rey, pues en esos momentos se encontraba gravemente enfermo de cólera y ante la ausencia de hijos esperaba con ansia el nacimiento de la que sería su heredera. Al enterarse de que era mujer, de acuerdo con la leyenda exclamó: “¡Comenzó con una mujer y terminará con otra!”. Hacía alusión al hecho de que los Estuardo habían obtenido sus derechos al trono cuando María de Bruce, hija de Roberto I, se casó con Walter Estuardo, cuyo hijo sería el primer rey de la nueva dinastía. Mal pintaba el panorama para la reina niña en esas condiciones, especialmente cuando comenzó la lucha por la regencia, que en un principio quedó en manos del duque de Arran y posteriormente fue asumida por su madre.

La desgracia parecía perseguir a la pequeña. Enrique VIII de Inglaterra la había pedido en matrimonio apenas nacer para su hijo el príncipe Eduardo, con miras a unificar definitivamente los dos reinos, pero ante la negativa de la madre de la joven reina, que prefería la alianza con Francia, la guerra entre ambos reinos se reanudó. A los cinco años, María fue enviada a Francia para casarse con el heredero del trono galo, mismo al que accedió a los 17 años cuando su marido subió al trono como Francisco II. Su situación internacional era muy interesante. Reina de Escocia, reina consorte de Francia y heredera del trono inglés, al ser sobrina en segundo grado y la pariente viva más cercana de la reina Isabel I, quien no tenía hijos. El único problema es que María era católica, lo que volvía su posición aun más complicada, pues sus súbditos escoceses eran calvinistas y los ingleses anglicanos, por lo que ninguno de ellos la quería. Para colmo, un año después de ser coronada en Francia se convirtió en reina viuda al morir su joven marido, lo que la obligó a volver a Escocia, donde comenzó a reinar de inmediato.

Sus actos de gobierno nos muestran a una mujer culta e inteligente luchando contra una sociedad cerrada e intolerante, pero también a una mujer renacentista que por su educación francesa nunca pudo entender a sus súbditos, toscos e individualistas. Decretó la libertad de culto, algo inédito en la Europa de las guerras de religión, y a cambio los calvinistas no le permitieron ejercer libremente su fe católica. A pesar de todo consiguió darle al reino cuatro años de paz, necesarios para que éste recobrara el aliento.

Por desgracia para la reina, su buen juicio en el gobierno se nubló por su mala elección en la vida sentimental. Se casó en segundas nupcias con su primo lord Darnley, un vividor que por sus ansias de poder intentó eliminar a su propia esposa, la reina, y sumió al país en una terrible guerra civil, hasta que fue asesinado por el conde de Bothwell, con quien María se casó al poco tiempo. Así, las sospechas sobre el asesinato cayeron sobre ella y una nueva rebelión la obligó a abdicar al trono en 1567 en favor de su pequeño hijo, Jacobo VI.

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Lord Darnley

Tomó entonces una de sus peores decisiones. Cruzó la frontera buscando refugio en la corte de su tía Isabel de Inglaterra, pero ésta ordenó su detención. Grave error, teniendo en cuenta que para su tía ella era un peligro, ya que los católicos no consideraban a Isabel como la reina legítima de Inglaterra aduciendo que era hija bastarda de Enrique VIII, por lo que para ellos María era la auténtica reina de Inglaterra. Así que Isabel recibió con alegría a su sobrina, pues en su corte podría tenerla muy bien vigilada. Los derechos de María al trono inglés provenían de Margarita Tudor, hermana mayor de Enrique VIII, quien casó con Jacobo IV de Escocia, abuelo de María. Y para su desgracia, pero por fortuna para ambos reinos, Isabel no tenía ningún pariente más cercano.

Su vida en la corte inglesa ha sido muy estudiada, aunque generalmente sin mucho rigor. Por varios siglos, los autores católicos la vieron como la reina mártir en manos de la perversa inglesa protestante, mientras que los autores protestantes la vieron como la eterna conspiradora al servicio del Papa que buscaba acabar con la reforma religiosa en Inglaterra y restaurar el catolicismo. En realidad no era ni una cosa ni la otra. Si bien se le asoció siempre con varias conspiraciones tendientes a derrocar a su tía Isabel, se trataba más bien de personas que utilizaban su nombre sin su consentimiento. María sabía muy bien lo frágil de su posición en Inglaterra y es difícil por ello pensar que podría conspirar en contra de la reina. Por otro lado, María ya había demostrado su tolerancia religiosa al decretar la libertad de cultos en su propio reino, por lo que cuesta trabajo imaginarla conspirando para erradicar el protestantismo de Inglaterra y retornar ese reino al catolicismo. Ella conocía bien la historia de su otra tía la reina María de Inglaterra, conocida como María la Sanguinaria, quien nunca pudo reimplantar el catolicismo en su país, a pesar de contar con el apoyo de su marido Felipe, en ese entonces príncipe heredero de España e hijo de Carlos V, el monarca más poderoso de Europa.

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Isabel I de Inglaterra

Finalmente, el 8 de febrero de 1587 la reina Isabel ordenó su ejecución, tras descubrirse una nueva conspiración que pretendía utilizarla para derrocar a la reina inglesa y a la que María, quizá de forma no tan inocente como algunos pretenden, había dado su bendición. La tragedia la persiguió hasta el final, pues se dice que el verdugo tuvo que asestar cincuenta golpes con el hacha para poder cortarle la cabeza. Un verdugo sin mucha experiencia en el oficio, la verdad.

Pero el legado de María llegó 16 años después. Al permitir que su hijo Jacobo se educara en una Escocia protestante, logró que a su muerte se convirtiera en el único heredero de Isabel, siendo coronado rey de Inglaterra e Irlanda a la muerte de ésta en 1603. Se cumplía así un sueño largamente acariciado por los monarcas ingleses, aunque por ironías de la historia, sería un rey escocés y no uno inglés el que lograría unir ambas coronas. Además, con el paso del tiempo la vida de María comenzó a caer en el terreno de la leyenda, lo que ayudó a convertirla, sin duda alguna, en la reina más popular de Escocia.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

BREVE HISTORIA DE LOS PAÍSES MÁS DESCONOCIDOS: AZERBAIYÁN

En este loco mundo en el que vivimos, aun hoy en día existen lugares que son desconocidos para la inmensa mayoría de los mortales. A pesar de los grandes avances tecnológicos que nos permiten acortar distancias o como el internet, con el que tenemos acceso inmediato a cualquier (o casi) información que necesitemos, gran parte de sus habitantes no son capaces de reconocer en un mapa ni siquiera a su propio país e inclusive desconocen la existencia de muchas naciones.

Es por ello que en este blog, tan acomedido con todos ustedes, he decidido contarles una breve historia de los países más desconocidos del mundo. O al menos los que yo creo que para ustedes serán los más desconocidos. Y dicho esto, voy a comenzar con Azerbaiyán, que por cierto, no es el nombre de un cereal, como alguien en alguna ocasión me respondió al preguntarle por este singular país.

Azerbaiyán es una joven república situada a los pies de la cordillera del Cáucaso y a orillas del Mar Caspio. Abajo les agrego un mapa, pues estoy seguro que muchos tampoco saben donde está ésta cordillera y este mar.

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Desde lejos

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Y ahora un acercamiento...

Por caprichos humanos, su territorio está dividido entre Europa y Asia, lo que le otorga una ubicación privilegiada como lugar de paso y contacto entre dos continentes.

Se trata de una de las repúblicas que conformaban la ahora extinta Unión Soviética, de la que se separó en 1991, poco antes de que ésta potencia comunista se disolviera de forma oficial. Pero como sucede en otros casos parecidos, a pesar de ser un país desconocido para la mayoría de las personas, tiene una historia fascinante.

Sus orígenes culturales están muy ligados a su vecina Armenia, con quien todavía mantiene una fuerte disputa fronteriza, y a los no tan lejanos sumerios de Mesopotamia. Sus primeros habitantes conocidos fueron los llamados albanos caucásicos, pueblo de origen escita que ocupó toda la región entre los mares Negro y Caspio. Por cierto los escitas eran un conglomerado de pueblos que en la antigüedad habitaban lo que ahora es Irán y Afganistán.

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El territorio azerí (es decir, de Azerbaiyán) formó parte del poderoso imperio persa a partir del siglo VI a.e.c., lo que le permitió entrar de lleno a la historia universal. El sistema político persa dejó que Azerbaiyán tuviera una cierta autonomía, lo que le permitió proclamar su independencia cuando este imperio cayó en manos del genial rey macedonio Alejandro Magno. Pero poco les duró el gusto a los azeríes, pues a la muerte del Magno, sus herederos se repartieron el inmenso territorio que había conquistado y la entonces llamada Albania Caucásica quedó en poder de Seleuco, uno de los generales de Alejandro, quien se proclamó emperador de Persia y fundador de la dinastía Seléucida. De esta forma, sus habitantes siguieron bajo dominio persa, aunque ahora bajo la influencia cultural griega.

Siglos después llegaron los romanos bajo el mando del emperador Trajano, y rápidamente los conquistaron. Lo que hoy es Azerbaiyán formó entonces parte de la provincia romana de Mesopotamia, con lo que éste imperio alcanzó su máxima extensión.

Tras los romanos llegaron los partos, otro pueblo asiático, quienes dominarían el territorio hasta que, en el siglo VII de nuestra era, los árabes lo integrarían al Califato de Bagdad. En aquellos momentos, sus habitantes eran en su mayoría seguidores de Zoroastro en lo que a religión se refiere, aunque existía ya una importante población cristiana, lo que no impedirá que pronto todos ellos se conviertan al Islam.

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Mezquita Heydar, en Bakú

Los árabes serán los primeros conquistadores de Azerbaiyán que dejarán una huella indeleble en la cultura local desde la época de los primeros persas. Hasta ese momento macedonios, partos, romanos y cuantos habían pasado por ahí lo habían hecho de forma tan marginal que tuvieron poco impacto en su desarrollo cultural. A pesar de pertenecer de facto a estos imperios, en realidad los azeríes habían conservado un alto grado de autonomía e independencia. Los árabes también trajeron consigo un importante aumento en el comercio, usando a Azerbaiyán como puente entre Europa Oriental y el Cercano Oriente.

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Imagen de Bakú, la capital del país.

Sin embargo, será otro pueblo islámico quien introducirá en el país, en el siglo XI, un conjunto de idiomas, gentes y culturas que enriquecerán de forma significativa al pueblo azerí. Se trata de los turcos, un pueblo proveniente del centro de Asia que, en esos momentos, estaba arrasando con lo que quedaba del otrora poderoso imperio bizantino. La mezcla del turco con el persa dará paso al moderno idioma de Azerbaiyán.

Pero todo quedó patas arriba cuando a principios del siglo XIII llegó con furia la invasión mongola comandada por Gengis Khan (el abuelo de muchos de ustedes), quien tras aplastar a los chinos, los indios y los persas, se lanzó contra los turcos en su camino hacia Europa. Los mongoles dominaron la región hasta finales del siglo XV, cuando los azeríes se rebelaron y se unieron de nuevo al imperio persa. Esto permitió un renacimiento cultural muy importante en el que florecieron, una vez más, las letras y las artes.

Quba

Al llegar el siglo XVIII todo volvió a cambiar. Azerbaiyán se convirtió en un inmenso campo de batalla donde turcos, persas y rusos dirimían sus diferencias. Para colmo, Francia e Inglaterra también decidieron intervenir en la región para evitar la expansión rusa. La derrota definitiva de los persas provocó una guerra civil y la división del territorio en más de 18 reinos independientes, cuya debilidad permitió que Rusia se apoderara de todo el norte del país, mientras que la zona sur quedó en poder de Persia, división que permanece hasta la actualidad, aunque ahora Persia se llama Irán.

Azerbaiyán se convirtió en una zona fronteriza de escasa importancia para Rusia hasta que, a finales del siglo XIX, se descubrieron importantes yacimientos de petróleo en las cercanías de su capital, el puerto de Bakú, lo que permitió el desarrollo industrial de toda la región.

El dominio ruso parecía asegurado. Pero al estallar la Revolución Rusa de 1917, misma que llevó al poder al Partido Comunista, ingleses y franceses decidieron aprovechar lo que creyeron era un momento de debilidad de su antiguo aliado en la Primera Guerra Mundial. Así, estos dos países, interesados en su petróleo, ofrecieron su apoyo a los azeríes para que proclamaran su independencia. Surgió así, en 1918, la República Democrática de Azerbaiyán, primer país secular y democrático del mundo islámico. Pero los rusos no estaban dispuestos a perder el territorio y con el apoyo de grupos azeríes comunistas consiguieron recuperarlo en 1920, incorporándolo poco después a la recién creada Unión Soviética. Lenin no estaba dispuesto a perder el petróleo de esa región.

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En 1991 se disolvió la gran potencia comunista de la Guerra Fría, y los azeríes volvieron a proclamar su independencia para entrar casi de inmediato en guerra con su vecina Armenia, en la que perdieron casi el 15% de su territorio al independizarse en 1994, con apoyo armenio, la provincia de Nagorno Karabaj. Por cierto, este nuevo país aun no ha sido reconocido por la inmensa mayoría de la comunidad internacional, formando así parte de otro selecto grupo de países que, aunque son independientes de facto, no aparecen en el listado de la ONU, situación por demás ridícula y de la que algún día les platicaré. Y desde luego, Azerbaiyán sigue reivindicando su soberanía sobre su antigua provincia.

Les dejo aquí la lista de los presidentes del país desde su independencia de la extinta Unión Soviética:

Ayaz Niyaz Ogly Mutalibov (1991-1992)
Yagub Mamedov (1992)
Ayaz Niyaz Ogly Mutalibov (1992) (2ª vez)
Isa Gambarov (1992)
Albulfaz Elchibey (1992-1993)
Heydar A. Aliyev (1993-2003)
Ilham Aliyev (2003-    )

Y sí, el actual presidente es hijo del anterior. Algo muy común en esas regiones del planeta.

Bueno, espero que esto haya sido de su interés y espero pronto verlos de nuevo con la historia de otro país desconocido.



sábado, 28 de octubre de 2017

LOS AUTÉNTICOS PIRATAS DEL CARIBE

Como muchos niños de mi generación, yo quise ser bombero, policía, astronauta y pirata. Apenas estábamos aprendiendo a nadar y ya queríamos surcar los siete mares a bordo de nuestro buque, partiendo en busca de tesoros, aventuras y gloria. No sabíamos que en realidad estábamos haciendo una especie de apología de una de las peores plagas que han azotado a la humanidad. Tampoco se trataba de que fuéramos crueles, borrachos y despilfarradores, pues dentro de la piratería había de todo: desde la peor escoria de la humanidad hasta auténticos caballeros del mar. Desde luego, la imagen del pirata cojo, con un parche en el ojo y un perico en el hombro, es más producto de la fantasía que de la realidad.


En realidad, así no eran los piratas del Caribe

La piratería, como cualquier historia de su tipo, está llena de mitos, mentiras y verdades a medias. Solemos asociarla a la época en que los europeos dominaban el continente americano, y lo primero que nos llega a la mente es la emblemática figura cinematográfica del capitán Jack Sparrow, pero la piratería es tan antigua como la navegación misma. Desde que el ser humano comenzó a aventurarse en el mar en busca de comida o de nuevas tierras, surgieron otros dispuestos a vivir de la rapiña. En épocas pasadas fueron famosos los piratas chinos, cilicios y griegos, y durante la Edad Media y buena parte del siglo XVI, los piratas de la Berbería asolaron el Mediterráneo, poniendo en jaque a imperios tan poderosos como el de Carlos V. Prácticamente todos los mares de Europa, Asia y África estaban plagados de ellos.

Por eso no es de extrañar que cuando los españoles conquistaron América y comenzaron los viajes de la llamada Flota del Tesoro, los piratas buscaran un nuevo hogar en el Caribe, en muchas ocasiones patrocinados por las monarquías europeas celosas del poder español. Así, desde el siglo XVI hasta el XVIII la piratería campeó a sus anchas por todo el Mar Caribe, especialmente desde que los ingleses conquistaran a los españoles las islas de San Cristóbal (a la que bautizaron como Saint Kitts), Jamaica y Tortuga, ésta última frente a las costas de lo que ahora es Haití, en el siglo XVII. Los piratas las utilizaron durante muchos años como base para atacar a las ciudades españolas de América y a los barcos mercantes de cualquier nacionalidad.

El caso de la isla Tortuga es muy curioso, pues en ella los piratas crearon la llamada “Cofradía de los Hermanos de la Costa”, una especie de asociación entre piratas de distintas nacionalidades destinada a evitar conflictos y proteger a las viudas y los heridos en combate. Esta Cofradía tenía sus propias leyes, recogidas en un Código de Honor que, entre otras cosas, establecía la igualdad entre todos los piratas asociados, la propiedad colectiva de la isla y prohibía la esclavitud. Las decisiones se tomaban de forma democrática por votación universal. Además, todos estaban obligados a establecer la forma en que se repartiría el botín antes de salir al mar.


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Hasta arriba se encuentra la Isla Tortuga, frente a las costas de Haití




Actualmente utilizamos varias palabras para designar a los que se dedicaban a este oficio: piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros. Sin embargo, todas tienen un significado distinto. Los corsarios eran aquellos marinos que contaban con una Patente de Corso (un permiso especial) otorgada por un gobierno, para atacar sólo a los barcos enemigos en caso de guerra. Éstos proliferaron especialmente en el siglo XVI, aunque todavía hubo algunos hasta el XIX. Los bucaneros, por su parte, eran cazadores de origen francés que vivían en lo que ahora es Haití y que ahumaban la carne de los animales que capturaban (boucan, en francés) para venderla a los barcos que pasaban cerca de la costa. Cuando los españoles los expulsaron, a finales del siglo XVII, se refugiaron en la isla Tortuga y ahí se dedicaron al contrabando y la trata de esclavos, atacando de vez en cuando algunos barcos pequeños. Los filibusteros, por su parte, eran piratas de origen holandés. A fin de cuentas, todos eran lo mismo, pero con diferentes nombres.

Contrario a lo que se piensa, los piratas no solían atacar a las flotas que llevaban el oro americano a España, pues éstas iban muy protegidas. Sólo se animaban si, después de una tormenta, algunos barcos quedaban rezagados. Preferían atacar a los barcos mercantes que provenían de Europa cargados de mercancías y que normalmente navegaban solos, o a las desprotegidas ciudades costeras de la América Española, como Panamá, Campeche, Cartagena o Maracaibo. Pero además, evitaban siempre que era posible el combate directo, prefiriendo amedrentar a su presa para que ésta se rindiera sin combatir, lo que sucedía la mayoría de las veces.

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Muralla de Campeche

Uno de los más crueles piratas fue sin duda El Olonés, un francés que se convirtió en un auténtico psicópata. Asesinaba por placer, violaba y descuartizaba a sus víctimas, e incluso se dice que llegó a sacarle el corazón a un hombre para comérselo en frente de toda su tripulación (de seguro se trata de un mito). Después de varios años en la piratería, terminó su vida de una forma muy acorde con su existencia. Su barco encalló en la costa del Darién (Panamá), y cuando se internó en la selva junto con sus hombres, fueron atacados por los indígenas Kuna. Una vez capturados, los mataron, destazaron y cocinaron, pues los Kuna eran caníbales. Sólo uno de sus hombres consiguió escapar y contar lo sucedido.

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El Olonés

Por el contrario, Bartholomew Roberts, mejor conocido como Black Bart, fue un pirata caballeroso, sumamente exitoso en sus correrías y, caso raro en la época, totalmente abstemio. En tan sólo dos años llegó a capturar más de 200 barcos, incluidos varios buques de guerra. Solía tratar muy bien a los vencidos, a menos que fueran franceses, pues siempre tuvo un odio irracional contra ellos, llegando incluso a ahorcar en su propio barco al gobernador francés de la isla Martinica. Cuando su barco finalmente fue capturado por los ingleses, éstos encontraron más de trescientas toneladas de polvo de oro en sus bodegas.

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Black Bart

El caso de Jack Rackham, mejor conocido como Calico Jack, también es digno de mención. El apodo lo obtuvo por vestir siempre de calicó, una tela de algodón estampada por una de sus caras que era considerada como una prenda muy elegante. Este pirata contó entre su tripulación a las dos únicas mujeres de las que se tiene noticia en esa profesión: Anne Bonny y Marie Read. Bonny era la pareja sentimental de Calico y juntos recorrieron el Caribe sembrando el miedo y forjando su propia leyenda. Anne y Marie eran tan valientes como cualquiera de sus compañeros, si no es que más. Al final su barco cayó en manos de los ingleses en 1720 (quienes por cierto encontraron a la tripulación completamente borracha). Condenadas a muerte, se les permutó ese castigo por el de cárcel debido a que ambas estaban embarazadas. Marie murió en la cárcel y Anne, después de ser liberada, contrajo matrimonio y murió en Virginia, EEUU, rodeada de sus hijos y sus nietos. La clásica bandera pirata, una calavera blanca con dos huesos cruzados debajo sobre fondo negro, también fue invención de Calico Jack. Esa era su insignia personal, pues cada pirata tenía una. Con el paso del tiempo, la imaginación popular la asoció con todos los demás.

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Anne Boney, Calico Jack y Marie Read

Otros piratas famosos fueron Henry Morgan (quien llegó a ser gobernador de Jamaica), el capitán Kidd, Barbanegra (quien gustaba de aparecer en combate en medio de una nube de pólvora que salía de su sombrero para darle mayor dramatismo), Sir Francis Drake y Sir Walter Raleigh.

Los barcos piratas también son objeto de controversia. Las películas suelen mostrarnos barcos grandes, bien armados y poderosos, pero en realidad no eran así. Los barcos normalmente eran pequeños y veloces, pues esto permitía a los piratas alcanzar a los pesados barcos mercantes que solían ser sus presas favoritas, así como escapar de los buques de guerra que los perseguían. Por este motivo, las tripulaciones no eran muy numerosas, aunque sí suficientes para amedrentar a los marineros mercantes. Cuando un barco caía en sus manos, la mayoría de los capitanes piratas ofrecía a los marineros unirse a su tripulación. En caso de negativa, podían ser asesinados o abandonados en alguna playa remota. Muchos piratas iniciaron así su carrera, como marineros de un barco mercante capturado.

La piratería en el Caribe comenzó a declinar a finales del siglo XVIII, cuando el centro del comercio mundial se desplazó del Caribe a la India, y los gobiernos europeos pusieron mayor empeño en su erradicación. Fue entonces cuando surgió la leyenda.

martes, 10 de octubre de 2017

HISTORIA DEL DERECHO AL VOTO (8a Y ÚLTIMA PARTE)

EL SUFRAGIO UNIVERSAL

Como ya vimos, el derecho al voto es algo que se fue conquistando poco a poco por los seres humanos. Tuvieron que pasar muchos años y hasta siglos para que se obtuviera el sufragio universal.

Para llegar a él primero tuvimos que pasar por el sufragio censitario (en el que votaban sólo hombres que cumplieran con una serie de requisitos referentes a su nivel de instrucción, de renta y de clase social); el sufragio masculino calificado (en el que podían votar todos los hombres que supieran leer y escribir); el sufragio femenino (cuando se reconoce el derecho al voto de las mujeres); el sufragio sin calificación (en el que se establece el derecho al voto de todas las personas, sin discriminar su nivel educativo, incluyendo a los analfabetos); y el sufragio sin discriminación racial (en el que se garantiza el derecho al voto de todas las personas, sin discriminación racial, ni de su pertenencia étnica u origen nacional).

Bueno, pero ahora que sabemos que en México existe el sufragio universal, cabe preguntarse ¿qué rayos es eso? El sufragio universal es simplemente el derecho al voto que tiene toda la población adulta de un país, sin que importe su raza, sexo, creencias religiosas, educación o condición económica.

Sin embargo, sí existen ciertas limitaciones que la misma ley establece y que tienen una razón válida. Así, en México no pueden votar los menores de edad, los extranjeros, los que padecen de sus facultades mentales y los presos.

En otros países se establece que los militares y los policías no pueden votar, como es el caso de Colombia y Honduras, con la finalidad de que la política no penetre en los cuarteles, pues en muchos casos esto ha demostrado ser algo peligroso.

Además, para votar hay que cumplir con ciertos requisitos, no se trata tan sólo de presentarse y decir: “Ya llegué, ¿dónde voto?”. No, señor. Primero, hay que obtener una credencial de elector ante la autoridad electoral, registrándose en un padrón. Esto podemos hacerlo en cuanto cumplimos los dieciocho años, pero es necesario que vayamos en persona. No podemos mandar al compadre o a la amiga para que lo haga en nuestro nombre.

La primera limitación que establece la ley es la de la edad, pues se cree que a partir de los dieciocho años las personas están en condiciones de discernir libremente y comprender el alcance del acto electoral. Si bien estoy de acuerdo con la existencia de un límite por razones de edad, no podemos dejar de observar que hay algunas personas menores de dieciocho años que son mucho más maduras e inteligentes que otras que yo conozco y tienen más de cuarenta.

En casi todo el mundo la mayoría de edad se ha establecido ya en los dieciocho, pero esto no es una norma general. Algunos países en los que el derecho al voto se alcanza a una edad más temprana son Irán a los quince, Chipre, Cuba y Austria a los dieciséis, e Indonesia a los diecisiete, mientras que en Argentina, Bolivia y Ecuador el voto es optativo entre los dieciséis y los diecisiete años. En Kuwait la edad mínima para votar es a los veintiuno.

Hay también otros países donde ya se está analizando la posibilidad de reducir ésta edad de los dieciocho a los dieciséis, como es el caso de Chile, el Reino Unido, Venezuela y España.

Por lo que se refiere a los extranjeros, que es la segunda limitación, en México tienen estrictamente prohibido votar, aunque lleven viviendo aquí cincuenta años. La única forma es que se naturalicen mexicanos, es decir, que adquieran la nacionalidad. Pero hay otros países donde sí se les permite votar, aunque sólo en las elecciones municipales del lugar en el que viven. Ese es el caso de Argentina, Bolivia, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Irlanda, Italia, Portugal, Reino Unido y Suecia.

En Uruguay, por otro lado, se les permite votar en todas las elecciones si llevan viviendo más de quince años en el país, y en Chile este plazo se reduce a cinco años, sin que sea necesario que adquieran la nacionalidad.

Sin embargo, aunque en el caso mexicano los extranjeros no pueden votar, los mexicanos que viven en el extranjero sí lo pueden hacer. Esto es una reforma reciente que permite a nuestros paisanos que han migrado, en especial a los Estados Unidos, seguir participando en la vida política del país, aunque por desgracia todavía no les ha terminado de caer el veinte y su participación ha sido más bien escasa.

La tercera limitación establecida por la ley es la que se refiere a la salud mental del posible votante. Y en eso sí todo el mundo está de acuerdo. Todas las legislaciones electorales contemplan como una excepción al sufragio universal, el caso de las personas que padecen una incapacidad declarada legalmente a causa de una discapacidad mental.

El argumento que se utiliza es que en estos casos se trataría de personas que no tienen voluntad libre o el raciocinio necesario para decidir sus acciones y podrían ser presionados por terceros para votar en un sentido específico. Aunque si en México votan hasta los muertos, ¿qué de raro tendría que los locos también?

Por último, la ley en México establece que las personas que se encuentran sentenciadas y presas, tampoco pueden votar. Se trata de una forma de aumentar el castigo que la sociedad les impone a los que cometen un delito. No sólo estarás preso, sino que al no participar en la vida política del país, dejas de pertenecer al grupo social. Así de sencillo.

Como ya dije, el sufragio universal es el derecho de votar que tienen todas las personas que cumplen con los requisitos que marca la ley respectiva, sin que sea un limitante el sexo, la raza o la ideología. Pero no siempre ha sido así.

Ya sabemos lo que les costó a las mujeres conseguir el voto, pero también hay casos en que la raza ha sido determinante para que un colectivo social no lo posea. Por ejemplo, durante casi todo el siglo XX, los habitantes de raza negra de Sudáfrica, que eran y son la inmensa mayoría de la población, no podían votar, pues la minoría blanca que gobernaba el país no lo permitía. A este sistema se le llamaba Apartheid, y no sólo le negaba el derecho al voto a la población negra, sino que además establecía todo un sistema de discriminación y segregación realmente increíble, sólo parecido a lo que ocurría en los Estados Unidos por esa misma época.

Nelson Mandela


En Sudáfrica los negros vivían en barrios apartados de los que sólo podían salir para trabajar con un permiso especial otorgado por el gobierno. No podían dirigirle la palabra a un blanco. Había escuelas para cada grupo. Bebederos separados, autobuses separados, parques y bibliotecas separadas y, desde luego, prohibición a los negros de acceder a cargos públicos. Todo ello terminó gracias a un gran hombre, Nelson Mandela, quien nunca dejó de luchar para que su patria recobrara el sentido común y la humanidad.

Esto me recuerda una anécdota sobre el famoso peleador estadounidense Muhammad Alí, antes llamado Cassius Clay, quien tras ganar medalla de oro en boxeo durante las Olimpiadas celebradas en Roma en el año de 1960, regresó a su país lleno de orgullo. Pero al querer entrar a un restaurante fue echado a la calle por ser de raza negra. Furioso, tomó su medalla de oro y la tiró al río.

Muhammad Alí


Ahora bien, a diferencia de lo que sucedía en las antiguas Grecia y Roma, o inclusive en la mayoría de los países europeos y americanos cuando adoptaron la democracia, en la actualidad nuestro sistema funciona a través de partidos, que se han vuelto parte muy importante de la vida política del país. Antes, los candidatos a puestos públicos eran propuestos por algún grupo social, por un periódico o inclusive por los mismos funcionarios en el poder, y los votantes lo elegían. Por lo general, las personas que lo proponían estaban unidas por un pensamiento político más o menos parecido, aunque no siempre era así, y normalmente, al ser elegido su candidato se dispersaban.

En el México del siglo XIX se habla del partido conservador o del partido liberal, aunque en realidad esto no era así. Ninguno de los dos grupos formaba un partido como los que tenemos ahora. Eran tan sólo personas que compartían una forma de ver al país en lo general, aunque no siempre coincidieran en lo particular. No estaban organizados ni tenían estatutos o un presidente de partido. Cuando mucho algún ideólogo que les marcaba más o menos las pautas a seguir. Es el caso de Lucas Alamán para los conservadores y José María Luis Mora para los liberales.

Cuando Francisco I. Madero comenzó su lucha electoral en contra de Porfirio Díaz formó el Partido Antirreeleccionista, aunque éste partido todavía no tenía una organización que pudiera servir para catalogarlo como partido político moderno. Tras la Revolución, comenzaron a aparecer más partidos políticos, aunque a diferencia de los actuales que son creados con la intención de perdurar, éstos solían formarse tan sólo para una determinada elección, desapareciendo poco después. Los más longevos aguantaban dos elecciones.

Los partidos políticos modernos, que son los encargados de encauzar el voto popular hacia una determinada dirección, surgieron, en el caso mexicano, hasta finales de la década de los años 20’s del pasado siglo, cuando se fundó el Partido Nacional Revolucionario (PNR), ahora llamado Partido Revolucionario Institucional (PRI). Una década después apareció el partido de las derechas, el Partido Acción Nacional (PAN), aunque ya para ese entonces existía el Partido Comunista Mexicano (PCM) y el Partido Popular Socialista (PPS), éste último fundado por uno de los grandes sindicalistas mexicanos, Vicente Lombardo Toledano.

Durante mucho tiempo, los partidos políticos de izquierda real fueron minoritarios en México, debido en gran medida al hecho de que el gobierno y el partido oficial se autonombraban de izquierda. Y con excepción de Lázaro Cárdenas, ninguno de los presidentes emanados de él, lo fue.

Ahora, con el viraje a la derecha por parte del PRI, la izquierda mexicana ha retomado fuerza, contando con varios abanderados como son Movimiento Ciudadano, el Partido del Trabajo, Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) o el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que han sustituido a sus viejos exponentes como el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y el PPS.

Por otro lado, la aparición de nuevos partidos políticos desde hace varias décadas permitió que México tuviera grandes avances en lo que al cuidado al voto se refiere. Porque no se trata tan sólo de votar sino de que nuestro voto sea efectivo. Bien decía el lema de Francisco I. Madero: “Sufragio efectivo, no reelección”.

Desde la independencia de México hasta los últimos años del siglo XX, el Congreso era el que, cada que había elecciones, se erigía en Colegio Electoral y se encargaba de calificar la elección, declarando al triunfador, lo que se prestó a muchos fraudes, pues el Congreso, en especial desde la época de Benito Juárez y Porfirio Díaz y después durante los años de auge del PRI, declaraba siempre triunfador al candidato oficial aunque éste no siempre lo fuera.

Después de los problemas originados tras la elección presidencial que le dio el triunfo a Carlos Salinas de Gortari en 1988, la aparición de nuevos partidos como el PRD, con una fuerza insospechada en esos momentos, o el crecimiento del PAN, impensable años atrás, obligaron al gobierno a realizar una serie de reformas tendientes a darle mayor credibilidad a las elecciones.

Se creó entonces el Instituto Federal Electoral en 1990, aunque en un principio no tuvo la credibilidad que el gobierno quería, pues su presidente era ni más ni menos que el secretario de Gobernación.

La constante presión de la gente, encauzada por los partidos, en especial los de izquierda, obligó a un nuevo cambio. En 2007 se reformó el IFE para convertirlo en un órgano ciudadanizado. El secretario de Gobernación dejaría de presidirlo y los consejeros del poder legislativo, al igual que los representantes de los partidos políticos, dejarían de tener voto en sus decisiones. El nuevo Consejo General del Instituto se compondría por consejeros nombrados por el Congreso a propuesta de los partidos, pero con la condición de que éstos fueron ajenos a dichos partidos. Se trataba de buscar ciudadanos honorables que fueran académicos o profesionistas de probada capacidad y honradez que le dieran legitimidad a las elecciones haciendo que el voto ciudadano fuera respetado. Empezó muy bien, aunque por desgracia todos sabemos en lo que se ha convertido, dominado por los corruptos partidos políticos y sus cuotas de poder. Ante el desprestigio en el que fue cayendo, en 2014 le cambiaron el nombre por el de INE (Instituto Nacional Electoral), pero como bien dicen, aunque la mona se vista de seda...

Isaac Asimov



Antes de terminar, me gustaría recomendarles un par de libros muy interesantes que tratan, a través de la ficción, el tema del sufragio. El primero es un cuento llamado precisamente "Sufragio universal", escrita en 1955 por Isaac Asimov, un gran científico y divulgador. La trama en lo esencial es la siguiente: ya avanzado el siglo XXI, las elecciones se realizan mediante una supercomputadora llamada Multivac, capaz de tener en cuenta los deseos e intereses de todos los habitantes del país. Es decir, Multivac elige al presidente y a los representantes populares, además de tomar las grandes decisiones políticas, sintetizando los deseos de todas las personas. Pero para poder tomar estas decisiones Multivac necesita la ayuda de un sólo ser humano, un único votante que encarne el sufragio universal.

El cuento relata el momento en que Norman Muller, un ciudadano común, es elegido como votante por Multivac y todo lo que esto provoca. No les digo más para que lo lean. Es muy bueno.

José Saramago


El segundo texto es una novela escrita por el genial escritor portugués José Saramago, titulada “Ensayo sobre la lucidez”. En ella, los habitantes de una ciudad, sin ponerse de acuerdo, deciden en lo individual no acudir a votar el día de las elecciones. Nadie se presenta. No hay ningún voto. El gobierno entra entonces en pánico creyendo que existe toda una conspiración para derribarlo y envía al ejército a esta ciudad para averiguar qué es lo que ocurre y detener a los líderes del movimiento abstencionista. Pero estos no existen. Y como en el otro caso, aquí lo dejo para que la lean.

Espero que este ensayo sobre la Historia del Derecho al voto, dividido en ocho partes, haya sido de su agrado.

viernes, 29 de septiembre de 2017

HISTORIA DEL DERECHO AL VOTO (7a PARTE)

EL CASO MEXICANO

Llegamos por fin a nuestro querido México. Conociendo ya la forma en que fue evolucionando el derecho al voto en el mundo, es hora de saber qué ocurría en nuestro país.

Bueno, para empezar es necesario aclarar que por lo que se refiere al mundo prehispánico existen muchos mitos. Y uno de ellos tiene que ver con la forma en que se elegía a las autoridades. Lo normal es que creamos que no había nada parecido a eso que comúnmente llamamos elecciones, que la gente sencilla nada tenía que ver con la designación de las autoridades.

En el caso de los mexicas (los que vivían en Tenochtitlán, ahora ciudad de México), la monarquía era electiva. Pero no se crea con esto que el pueblo mexica elegía a su huey-tlatoani, no; por lo menos no de forma directa. De acuerdo con Francisco Xavier Clavijero, los reyes de Tenochtitlán, Texcoco y Tacuba (la famosa Triple Alianza), eran elegidos de la siguiente manera: los pueblos de esas tres ciudades nombraba cuatro electores entre las personas más nobles, quienes se reunían con los ancianos, los soldados viejos y el resto de la nobleza y entre todos ellos elegían al nuevo huey-tlatoani, que por fuerza tenía que ser miembro de la familia reinante. Esto tenía su razón de ser. La monarquía mexica no podía ser hereditaria porque en un mundo en guerra constante no podían permitirse tener como rey a un niño incapaz de gobernar. Así, mediante el método electivo se escogía a un adulto con experiencia. Si mensos no eran. Además, una vez electo, el huey-tlatoani no respondía ante ninguna persona, sólo ante los dioses, y se convertía en un emperador absolutista.

Moctezuma II Xocoyotzin


A su vez, el huey-tlatoani designaba a una serie de tlatoanis como encargados de gobernar a un grupo de calpullis o barrios. El equivalente actual de éstos serían los gobernadores de los estados. A su vez, cada calpulli (ahora les llamaríamos municipios) era gobernado por un cacique. Y aquí es donde la cosa se vuelve interesante, porque estos caciques eran elegidos por la misma comunidad del calpulli. Desconocemos, o al menos yo, no sé ustedes, como sería el proceso electoral para elegir a los caciques, pero de que había votaciones, las había.

La llegada de los españoles apenas trajo cambios. En lugar del huey-tlatoani ahora el gobernante iba a ser el rey de España, en cuya elección la gente no tenía nada que ver. El rey se convertía en rey por simple herencia. Es decir, era rey porque era hijo de rey. A su vez, el rey nombraba a un virrey como encargado de administrar el territorio de la Nueva España, es decir, de México. Y ahí tampoco teníamos elección. Debíamos aguantar al que nos mandaran, pues no teníamos ninguna participación en su nombramiento.

Y por último, los españoles trajeron con ellos una institución política muy arraigada en España que era parecida al calpulli: el ayuntamiento. En todas las ciudades importantes fundadas por los españoles éstos constituyeron un ayuntamiento, lo que ahora sería una presidencia municipal. El primero de ellos fue el de la entonces llamada Villa Rica de la Vera Cruz, establecido el 22 de abril de 1519. Y aquí la gente si tenía cierta participación, por lo menos al principio.

Así es. Tal y como sucedía en España, los miembros del ayuntamiento eran elegidos por los vecinos del pueblo. Sin embargo, como los reyes estaban siempre necesitados de dinero para continuar las costosas guerras que sostenían en Europa, pronto se decidió eliminar esta autonomía electoral municipal y se comenzaron a vender los puestos. Es decir, si alguno de ustedes quería ser síndico del ayuntamiento de su pueblo, sólo tenía que pagar un precio establecido de antemano y conseguía el puesto a perpetuidad. Así se ahorraban el engorroso proceso electoral y obtenían un buen puesto de trabajo de por vida.

Carlos III de España

En 1766 el rey Carlos III promulgó una serie de reformas entre las cuáles se encontraba la supresión de la venta de puestos municipales y la autorización para que fueran los vecinos quienes eligieran a sus alcaldes y síndicos. Sin embargo, aunque esto si se aplicó en España, en la Nueva España pasó inadvertido, por lo que los puestos municipales siguieron siendo sujetos de una simple compraventa.

El primer cambio real llegó con la Constitución Española promulgada en la ciudad de Cádiz en 1812. Para entender este cambio es necesario conocer lo que estaba ocurriendo en España. Resulta que en el año de 1808 las tropas francesas de Napoleón invadieron el país, obligaron al rey a renunciar llevándoselo a Francia y en su lugar se puso al hermano de Napoleón, José Bonaparte, como nuevo rey. Pero los españoles no aceptaron esta situación y se levantaron en armas. Sin embargo, aprovechando que el rey legítimo, Fernando VII, estaba preso, los liberales españoles, mientras combatían contra los franceses, decidieron realizar algunos cambios en el gobierno y redactaron una Constitución, algo que antes no existía, pues como recordarán España era una monarquía absolutista.

Juramento de la Constitución de Cádiz en 1812


Entre los cambios que introdujo esta Ley Suprema se encontraba el derecho de los ciudadanos a elegir a sus autoridades, con excepción del rey, claro está, que seguía siendo un puesto hereditario. Pero al menos se establecía ya un Congreso que iba a gobernar junto con el rey y cuyos diputados serían elegidos por el pueblo. Asimismo, la gente recuperó su derecho a elegir a los miembros de los ayuntamientos.

Para elegir a los diputados el proceso era el siguiente: el país, incluyendo los territorios americanos y asiáticos, se dividía en provincias, las provincias en partidos y los partidos en parroquias. En cada parroquia los vecinos elegían un elector parroquial por cada 200 habitantes. Los electores parroquiales se juntaban en la Junta Electoral de Partido para elegir a los electores que irían a la capital de la provincia para allí, a su vez, elegir a los diputados que representarían a la provincia. Un método lento y algo complicado pero que sin embargo representaba un gran avance. El pueblo sólo participaba en la primera etapa a nivel parroquial.

Asimismo, para la elección de los funcionarios del ayuntamiento, la nueva ley ordenaba que todos los vecinos se juntaran y por mayoría de votos seleccionaran a un grupo de electores que, a su vez, elegirían a los alcaldes, síndicos y regidores. A este tipo de elecciones se les llama elecciones indirectas.

Sin embargo la situación política no permitió que esta Constitución durara mucho tiempo. En España, por una parte, la derrota definitiva de los franceses en 1814 permitió el regreso del exiliado rey Fernando VII, cuya primera medida de gobierno fue tirar a la basura la Constitución y gobernar de nuevo a la antigua usanza, es decir, como le diera su real gana, que para eso era el rey.

Fernando VII de España


En México, por otra parte, la guerra de independencia que había comenzado en 1810 no permitió que se aplicara la Constitución a plenitud, aunque si se llegaron a elegir diputados para el Congreso de España.

Al final, en 1821 México logró su independencia y entonces procedió a redactar su propia Constitución. Tras el breve reinado del emperador Agustín I de Iturbide, se proclamó la república y se terminó de escribir nuestra primera ley suprema: la Constitución de 1824.

Pero ésta establecía un sistema electoral muy extraño. Para elegir a los diputados, tanto los federales como los estatales, se procedía con un sistema parecido al de la Constitución de Cádiz. Primero, todos los hombres mayores de 18 años votaban en su parroquia para elegir a un elector. Para ello, una persona del ayuntamiento iba casa por casa para revisar quién tenía derecho a votar y le entregaba ahí mismo la boleta. El día de la elección tenía que presentarla ante las autoridades.



Las personas electas en las parroquias se reunían en el distrito y elegían a un elector de distrito. Los electores de distrito se reunían en la capital del estado y ahí elegían al diputado estatal o federal, dependiendo el caso. De esta forma, el pueblo perdía el control de la elección, pues el gobernador estatal en turno se encargaba de que los electores de distrito eligieran a los candidatos que ellos querían.

Pero para elegir a los senadores y al presidente de la República, la gente ya no contaba. A éstos los elegían los congresos estatales. En el caso de los senadores, cada congreso estatal de forma interna elegía a los suyos y los enviaba a la ciudad de México para integrarse al Senado.

Guadalupe Victoria, primer presidente de México


Con el presidente era más complicado. Cada congreso local escogía a dos personas y enviaba sus nombres al Congreso Federal. Una vez que se recibían los nombres enviados por todos los congresos locales, los diputados federales abrían las cartas y contaban los votos. El nombre que más votos consiguiera era nombrado presidente, mientras que el segundo lugar era nombrado vicepresidente. Esta forma de elegir al presidente y vicepresidente provocó muchas revueltas en los años siguientes.

La Constitución de 1824 fue sustituida en 1836 por una nueva conocida como Las Siete Leyes. En ésta se hacían varios cambios importantes. Además de modificar la forma de gobierno de república federal a república central, cosa que no analizaremos aquí, se restringía mucho el derecho al voto y la ciudadanía. Como es normal, sólo los ciudadanos podían votar, pero para ser ciudadano era necesario saber leer y escribir y contar por lo menos con un ingreso anual de 100 pesos, pero no de los actuales, todos devaluados, sino de pesos de los de antes, de oro. No cualquiera tenía un ingreso así. También se ponía una restricción especial para los trabajadores domésticos, los que no podían votar independientemente de lo que ganaran al año.

Hay que recordar que en aquella época más del 90% de la población era analfabeta, es decir que no sabía leer ni escribir, y la realidad era que a ese segmento de la población poco le importaban los vaivenes de la política.

Como sea, al presidente lo seguían eligiendo los congresos locales, pero con un pequeño cambio. Ahora era el Congreso Federal quien proponía los nombres de los candidatos y los enviaba a los congresos locales para que éstos votaran por el que quisieran.

Mapa de México en 1821


La situación del país continuó empeorando. Para darnos una idea, cuando México logró su independencia, nuestro territorio iba desde California y Texas hasta Costa Rica. Para 1847, cuando se regresa a la Constitución de 1824, Centroamérica ya se había separado de México, habíamos perdido Texas, Yucatán había decidido separarse (aunque después regresó) y estábamos en guerra con los Estados Unidos, de cuyo resultado perderíamos California, Arizona y Nuevo México. Además, ya habíamos sido invadidos por España y Francia, las rebeliones y los golpes de estado eran cosa de cada día. Entre 1821 y 1847 el poder había sido ejercido por un emperador, dos regencias, dos triunviratos y 37 presidentes, menos de uno por año.

Benito Juárez


En 1857, tras una revolución de corte liberal encabezada por hombres como Benito Juárez, Ignacio Comonfort, Melchor Ocampo y Miguel Lerdo de Tejada, se promulgó una nueva Constitución. En ésta se eliminaba el requisito de saber leer y escribir para poder votar y ser considerado como ciudadano, así como el requisito económico, pero las elecciones seguían siendo indirectas, aunque se reducía el número de pasos. Ahora los ciudadanos votaban por unos electores que a su vez votaban por los candidatos a diputados. Ya no había electores de parroquia, de distrito y de estado. Por otro lado, el mismo método se aplicaba para elegir al presidente de la República, por lo que los congresos locales dejaban por fin de hacerlo.

Porfirio Díaz


Durante el largo gobierno de Porfirio Díaz, que duró más de treinta años, las leyes electorales tan sólo sufrieron algunos pequeños ajustes que no cambiaban nada en realidad. Pero las elecciones eran una farsa. Cada cuatro años los presidentes municipales se encargaban de elegir a los electores secundarios, eso sí, dejando por escrito constancia de que la gente los había votado aunque no fuera cierto, y luego enviaba las listas a la ciudad de México para que éstas fueran aprobadas por el presidente Díaz. Hecho esto, los electores procedían a votar por Porfirio Díaz para que, a nombre el pueblo, continuara en la presidencia.

Tras el triunfo de la Revolución de 1910 que quitó del poder a Porfirio Díaz, llegó a la presidencia de México Francisco I. Madero, en las primeras elecciones realmente libres que tuvo México. Sin embargo, éstas seguían siendo indirectas, es decir, la gente seguía votando por electores que a su vez elegían al presidente de la República.

Así las cosas, será la nueva Constitución, promulgada en 1917, la que declare por primera vez el derecho de los ciudadanos a elegir de forma directa al presidente y a todos los demás funcionarios públicos. En ese año se fueron para no volver jamás los famosos electores secundarios.

Congreso Constituyente de 1917


Pero el voto seguía sin ser universal. Aunque ya podían votar todos los hombres mayores de dieciocho años, sin importar su educación, su clase social o su fortuna económica, existía aun un segmento muy importante de la población que no podía votar: las mujeres. Para hablarles sobre la forma en que finalmente lo obtuvieron, voy a seguir en términos generales la historia platicada a este respecto por doña Enriqueta Tuñón, quien es autora de varios libros sobre el tema.

En el caso de México, la obtención de derechos cívicos por las mujeres no fue tan complicado como sucedió en Inglaterra o los Estados Unidos, tal y como se los mencioné anteriormente. La lucha de las mujeres mexicanas por conseguir el derecho al voto, inició entre 1884 y 1887 cuando Laureana Wright de Kleinhans, mexicana (a pesar de su apellido) nacida en Taxco, Guerrero, escribió un artículo en "Violetas de Anáhuac", primera revista feminista publicada en México, demandando ese derecho para las mujeres, además de exigir la igualdad de oportunidades para ambos sexos. Para ser francos, en una sociedad tan machista como la que existía en el México de entonces, y en todo el mundo en general, sus argumentos fueron blanco de burlas de connotados intelectuales y funcionarios públicos mexicanos.

Laureana Wright


Al estallar la Revolución, muchas mujeres decidieron participar en ella  no sólo como soldaderas acompañando a sus hombres en el campamento, sino que se dedicaron también a difundir las ideas revolucionarias, actuar como espías, correos y enfermeras, conseguir ayuda para la población civil además de colaborar en la redacción de proyectos y planes. La suya fue una contribución activa e importante y no sería raro que algunas lo hayan hecho con la esperanza de que al triunfo del movimiento su situación de subordinación al hombre cambiaría. 

Fue a finales de 1916 cuando Hermila Galindo, secretaria particular del presidente Venustiano Carranza, envió al congreso constituyente un escrito en el que solicitó los derechos políticos para las mujeres con el siguiente argumento:

Hermila Galindo


“Es de estricta justicia que la mujer tenga el voto en las elecciones de las autoridades, porque si ella tiene obligaciones con el grupo social, razonable es, que no carezca de derechos. Las leyes se aplican por igual a hombres y mujeres: la mujer paga contribuciones, la mujer, especialmente la independiente, ayuda a los gastos de la comunidad, obedece las disposiciones gubernativas y, por si acaso delinque, sufre las mismas penas que el hombre culpado. Así pues, para las obligaciones, la ley la considera igual que al hombre, solamente al tratarse de prerrogativas, la desconoce y no le concede ninguna de las que goza el varón”.

Doña Hermila tenía toda la razón y sus argumentos eran imbatibles, en especial si recordamos que el Plan de Guadalupe, con el que Venustiano Carranza se levantó en armas contra el asesino de Madero, el usurpador Victoriano Huerta, aseguraba a todos los habitantes del país la efectividad y el pleno goce de sus derechos y la igualdad ante la ley. 

Sin embargo, a nuestros diputados constituyentes poco les importó la lógica esgrimida por la señora Galindo y decidieron, sin entrar en mayor debate, negar a las mujeres sus derechos políticos con el siguiente argumento:

“[...] en el estado en que se encuentra nuestra sociedad [...] las mujeres no sienten la necesidad de participar en los asuntos públicos, como lo demuestra la falta de todo movimiento colectivo en este sentido”.

En eso tenían razón. Salvo honrosas excepciones, en aquellos años en México pocas mujeres estaban interesadas en adquirir derechos políticos, e inclusive había algunas, pertenecientes sobre todo a las clases ricas, que veían esa pretensión como antinatural y ofensiva a Dios, que había creado al hombre y a la mujer diferentes. Decían que la política debía de ser cosa de hombres.

Pero también es innegable que los legisladores pretendían que la mujer siguiera encadenada al hogar y a la familia, dependiendo por completo de su padre, de su marido o de sus hijos, dependiendo el caso.

Sin embargo no podemos dejar de advertir que más bien era a los hombres a quienes no les interesaba que las mujeres obtuvieran el derecho a votar ya que temían que se rompiera la unidad familiar, un argumento que 35 años después esgrimieron algunos diputados que también estaban en contra de la medida. Temían que con el avance de la civilización, las mujeres se interesaran por asuntos ajenos a sus hogares y sus familias y los abandonaran, por eso había que mantenerlas fuera del juego democrático. 

Los constituyentes además les jugaron chueco a las mujeres. Por un lado aseguraron que las mujeres no podían tener derechos políticos porque no tenían educación cívica y por el otro no hicieron nada para educarlas en ese sentido. Esta postura generó un déficit histórico respecto a la educación cívica de las mujeres y se reflejó en su futuro comportamiento electoral y en su pasividad en el ámbito político. 

Los legisladores decidieron tratar diferente a hombres y mujeres a pesar de asegurar que todos eran iguales ante la ley. Cuando se decidió que todos los hombres, sin importar su nivel de educación, pudieran votar, el argumento fue que el sufragio universal había sido uno de los lemas de la Revolución y por ello los constitucionalistas no podían arriesgarse a que sus enemigos los acusaran de faltar a uno de los principios del movimiento revolucionario. Sin embargo, cuando se trató el caso de las mujeres, no se tomaron en cuenta esas mismas razones. 

En otras palabras, si muchas mujeres eran analfabetas, de acuerdo con los diputados, entonces no podían votar, pero si muchos hombres también lo eran, eso no era impedimento para que lo hicieran. De verdad que no tenían vergüenza, pero también hay que reconocer que era la idea predominante en aquella época.

Cuando se presentó ya terminada la Constitución, en el Artículo 34 se establecía lo siguiente:

“Son ciudadanos de la República todos los que, teniendo la calidad de mexicanos, reúnan además los siguientes requisitos: 

I. Haber cumplido 18 años siendo casados y 21 si no lo son y 

II. Tener un modo honesto de vivir.”

Félix Fulgencio Palavicini


El artículo estaba redactado con un género neutro, lo que de inmediato despertó el temor de algunos diputados como Félix Fulgencio Palavicini, quien de inmediato advirtió del “peligro” que esto implicaba:

“El dictamen dice que tienen voto todos los ciudadanos, está el nombre genérico; esta misma redacción tenía la adición que existe en la Constitución del 57 y que se conserva hoy, y yo deseo que aclare la Comisión en qué condiciones quedan las mujeres y si no estamos en peligro de que se organicen para votar y ser votadas.”

No andaba equivocado don Félix Fulgencio, pues si recuerdan a doña Hermila Galindo, la secretaria de Carranza que había pedido a los constituyentes que les otorgaran derechos políticos a las mujeres, les diré que aprovechó esta redacción para lanzarse como candidata a diputada federal en 1918. Y que va ganando la elección. Sin embargo, el Colegio Electoral, que en aquellos años era la misma Cámara de Diputados, no le quiso reconocer el triunfo con el argumento de que las mujeres no podían ser votadas.

Pocos años después, ya en la década de los 20’s,  los gobernadores de Yucatán, San Luis Potosí y Chiapas promovieron reformas a las constituciones locales para permitir que las mujeres pudieran votar y ser votadas. De inmediato, varias de ellas lograron ser electas diputadas locales, aunque el gusto les duró poco, pues en cuanto los gobernadores terminaron su período, los nuevos decidieron echar para atrás dichas reformas.

De esta forma, las primeras mujeres electas para un cargo público en 1923 fueron las yucatecas Elvia Carrillo Puerto (hermana del entonces gobernador), Raquel Dzib y Beatríz Peniche de Ponce, que llegaron a ser diputadas locales; además Rosa Torre fue electa para regidora en el ayuntamiento de Mérida. Por desgracia, un año después el gobernador Felipe Carrillo Puerto fue asesinado y las cuatro mujeres fueron obligadas a renunciar a sus cargos.

En el caso de San Luis Potosí, las mujeres obtuvieron el derecho a participar en las elecciones municipales en 1924 y en las estatales en 1925. Pero en 1926, durante el gobierno de Rafael Nieto la ley que lo permitía fue derogada.

Ahora bien, en 1929 ocurrió un hecho que, por un lado, significó algo terrible para las generaciones futuras y por otro brindó algo de esperanza a las mujeres mexicanas. Me refiero a la fundación del PRI, que en aquellos momentos se llamó PNR (Partido Nacional Revolucionario), por parte de Plutarco Elías Calles y otros políticos más. En su Declaración de Principios este partido decía lo siguiente: “... ayudará y estimulará paulatinamente el acceso de la mujer mexicana a las actividades de la vida cívica...” Es decir, le guiñaba el ojo a las mujeres dándoles a entender que en un futuro no muy lejano obtendrían por fin los tan ansiados derechos políticos.

Lázaro Cárdenas


Y fue así como llegó al poder el cardenismo. Durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas, sin duda uno de los presidentes más populares que ha tenido México, en especial por haber realizado la Expropiación Petrolera y el reparto agrario, además de haber brindado un apoyo excepcional a los trabajadores en contra de los abusos patronales, se fundó en 1935 el Frente Único Pro Derechos de la Mujer (FUPDM), mismo que llegó a contar con 50 mil mujeres afiliadas. Había de todo: intelectuales, profesionistas (en especial maestras, pues recuérdese que en aquellos años las mujeres tenían acceso a pocas profesiones y la mayoría de las que trabajaban fuera de casa eran maestras o enfermeras), obreras, mujeres pertenecientes a diversos sindicatos y partidos políticos, veteranas de la Revolución, feministas de izquierda y de derecha, simples liberales, católicas e inclusive del sector femenino del PNR, callistas y cardenistas.

Frente Único Pro Derechos de la Mujer


Su éxito se debía en especial a la gran diversidad de sus demandas que no se limitaban tan sólo a conseguir el derecho al voto. También se exigía igualdad de salarios con los hombres, instalación de servicios médicos especializados en atender la maternidad y otras cosas por el estilo que, como bien decía Adelina Zendejas, una de las pocas mujeres periodistas que existían en aquellos años, “esto importaba a todas: católicas, protestantes, comunistas”.

En 1937 el Frente postuló a Soledad Orozco como candidata del PNR a diputada federal por León, Guanajuato, y a Refugio García para el mismo cargo pero por Uruapan, Michoacán. La cosa se puso fea. El Congreso dijo que eso no se podía hacer sin reformar primero la Constitución, por lo que las mujeres del Frente decidieron ponerse bravas y amenazaron incluso con quemar el Palacio Nacional con todo y presidente adentro. Para colmo, iniciaron una huelga de hambre frente a la casa presidencial, conocida ahora como Los Pinos. Ante esta situación, y de seguro tras recibir un fuerte regaño de parte de su propia esposa, quien simpatizaba con el Frente, Cárdenas prometió enviar al Congreso una iniciativa de reforma constitucional para otorgarles derechos cívicos a las mujeres.

Y Cárdenas cumplió.  Al poco tiempo envió su iniciativa para que el artículo 34 de la Constitución quedara de la siguiente manera:

“Son ciudadanos de la República todos los hombres y las mujeres que, teniendo la calidad de mexicanos, reúnan además los siguientes requisitos: 

I. Haber cumplido 18 años siendo casados y 21 si no lo son y 

II. Tener un modo honesto de vivir.”

Aquí vale la pena detenerse un poco para analizar las razones de los que se oponían a que las mujeres pudieran votar. Para los hombres de izquierda, la negativa se basaba en la creencia de que las mujeres eran en su mayoría más proclives que los hombres a la religión y por lo mismo eran más influenciables por parte de la Iglesia, lo que provocaría que su voto fuera en su mayoría para la derecha y en contra de las ideas revolucionarias. Para los hombres de la derecha, la negativa se basaba en la idea de que el lugar de la mujer cristiana era el hogar y su único deber el cuidado de la familia, por lo que no debía inmiscuirse en política. Pero también les asustaba ver el cada vez mayor número de mujeres trabajadoras que simpatizaban con las ideas de la izquierda. Total, que al final todos las querían en casa y llenas de hijos.

Por otro lado, era curioso ver como ambos grupos afirmaban que la mujer no podía votar porque era totalmente ignorante en cuestiones políticas, pero olvidaban que la mayoría de los mexicanos hombres eran analfabetas, como las mujeres, y tampoco es que tuvieran mucha educación cívica.

Sin embargo, en plena época del presidencialismo, nadie en su sano juicio iba a oponerse a los deseos del presidente, por lo que en cuanto la iniciativa llegó a la Cámara de Diputados, nuestros legisladores aprobaron de inmediato y por unanimidad aceptarla para su discusión. No les gustaba la idea, pero ni modo, el presidente así lo quería.

En el dictamen que se envió a las Comisiones de Gobernación y Puntos Constitucionales apoyando la medida, se afirmaba que en todo régimen democrático los individuos son iguales ante la ley, y dado que se había aceptado que la mujer era igual al hombre tanto mental como moralmente, era por lo tanto necesario reconocer esta igualdad desde el punto de vista social y político, esto es, otorgándoles los derechos de ciudadanía.

Aprobada en la Cámara de Diputados, se envió a la de Senadores donde también pasó sin mucho trámite. En diciembre de 1937 se envió la reforma constitucional a los congresos locales para su aprobación, pues la ley exige que la mayoría de ellos la acepten. Aquí tampoco hubo problema y todos los estados estuvieron de acuerdo con los deseos del inquilino de Los Pinos. La última aprobación estatal llegó en septiembre de 1938.

Con esto, tan sólo faltaba la declaratoria oficial correspondiente y la publicación en el Diario Oficial de la Federación. Y aquí fue donde todo falló. Cárdenas recibió felicitaciones de organizaciones femeninas de todo el mundo, se le llamó el Paladín de la Democracia, las mujeres mexicanas comenzaron a apoyar de forma mayoritaria su programa de gobierno en espera de la pronta terminación del trámite. Pero don Lázaro se hizo como el tío Lolo. Nunca mandó el decreto para su publicación en el Diario Oficial de la Federación.

Pretextos no faltaron: que si en ese momento la prioridad era la de la Expropiación Petrolera, que si estaba muy ocupado atendiendo lo del exilio español, que si todavía no era el momento oportuno, y mil cosas más. En realidad, Cárdenas tenía miedo de que las mujeres votaran en su mayoría por la derecha conservadora que amenazaba con echar abajo todo su programa de gobierno.

Este miedo creció cuando a finales de 1939 comenzó la carrera por la sucesión presidencial. El gobierno temía que las mujeres votaran en su mayoría por el candidato del Partido Revolucionario de Unificación Nacional (PRUN) y del recién fundado Partido Acción Nacional (PAN), el general derechista Juan Andrew Almazán, quien por cierto simpatizaba con el movimiento nazi de Adolf Hitler en Alemania.

Y aunque ellos tampoco estaban a favor del voto femenino, en junio de 1940 la Comisión Electoral del PRUN publicó en el periódico Excélsior aprovechando la frustración de las féminas:

“Mujer mexicana: el gobierno te ha negado derechos políticos porque la imposición sabe que tu no venderías por ningún precio el porvenir de tus hijos [...] porque los diputados comprenden muy bien que tu intuición infalible te convierte en enemiga implacable del comunismo que prostituye tu hogar. Tu revancha consistirá en hacer valer tus derechos de mexicana, de mujer, de madre, de esposa, de amante, de hermana, por conducto de los hombres que amas y sobre los que puedes influir. No olvides que tu patriotismo consiste en salvar la dignidad de los ciudadanos de tu familia, haciendo que voten por Almazán [...]” ¡Ah, qué cosas tiene nuestra política!

Esther Chapa


En los años siguientes el movimiento femenino se debilitó, y salvo honrosas excepciones, no hubo mujeres que pelearan por sus derechos. Una de estas excepciones fue Esther Chapa, quien durante 22 años, cada que iniciaba un período de sesiones del Congreso, enviaba una carta exigiendo la concesión a las mujeres del derecho al voto. Pero para el caso que le hacían...

El sucesor de Cárdenas, Manuel Ávila Camacho, ni siquiera se molestó en tratar el tema. Por ello, cuando llegó el momento de elegir al siguiente presidente en 1946, las mujeres decidieron unirse a la campaña del candidato oficial, Miguel Alemán Valdés, pero con la condición de que éste si hiciera efectiva la reforma que les otorgaba el voto. Recordemos que lo único que faltaba era que el presidente la enviara al Diario Oficial para su publicación.

El candidato Alemán agradeció su apoyo y ofreció otorgarles el derecho al voto... en el ámbito municipal. Pero eso sí, les exigía a cambio, y cito textualmente sus palabras, “como una especie de garantía para asegurar la reproducción de la familia, que no dejaran de ser en el hogar... la madre incomparable, la esposa abnegada y hacendosa, la hermana leal y la hija recatada...”

Miguel Alemán Valdés


Ya en la presidencia, Miguel Alemán cumplió su promesa y envió al Congreso la iniciativa para modificar la fracción I del artículo 115, que habla de los municipios. Ya se había olvidado de la reforma al artículo 34 que dormía plácidamente el sueño de los justos.

De inmediato, los dos diputados que el PAN tenía en el Congreso, hicieron escuchar su voz indignada, atacando con furia a las mujeres que deseaban votar. Aquiles Elorduy, uno de ellos, dijo lo siguiente:

“(...) el hogar mexicano (...) es el hogar selecto, perfecto, en donde la ternura llena la casa y los corazones de los habitantes gracias a la mujer mexicana que ha sido y sigue siendo todavía un modelo de abnegación, de moralidad, de mansedumbre, de resignación (...) Ciertas costumbres venidas de fuera están alejando a las madres mexicanas un tanto cuanto de sus hijos, de su casa y de su esposo. 

"Las señoras muy modernas juegan más que los hombres y no sólo a la brisca o al tute, sino al póker, despilfarran, aun a espaldas de los señores maridos, buenas fortunas en el frontón (...) Fuman que da miedo (...) los jefes mexicanos de familia tenemos en el hogar un sitio en donde no tenemos defectos. Para la mujer mexicana, su marido, si es feo, es guapo; si es gordo, es flaco; si es tonto, es inteligente; si es ignorante, es un sabio (...) porque quiere enaltecer, a los ojos de ella misma y de su familia, al jefe de la casa. 

"Si vamos perdiendo los hombres --y aquí está la parte egoísta-- las pocas fuentes de superioridad, por lo menos aparente que tenemos en el hogar, vamos a empezar a hacer cosas que no son dignas de nosotros. Ya no hay méritos mayores en el jefe de familia, como no sea que gane el dinero para sostener la casa y, en muchas ocasiones, lo ganan ellas a la par que los maridos. 

"De manera que, si en la política, que es casi lo único que nos queda, porque en la enseñanza también son hábiles y superiores; si vamos perdiendo la única cosa casi aparatosa, que es la política, las cuestiones externas de la casa para que nos admiren un poco; si vamos a ser iguales hasta en la calle, en las asambleas, en las Cámaras, en la Corte Suprema, en los tribunales, en los anfiteatros, etcétera, etcétera, pues, entonces, que nos dejen a nosotros, que nos permitan bordar, coser, moler y demás (...).”

El discurso provocó un serio disgusto entre las mujeres que estaban presentes entre el público. Para los panistas, la modernidad de la que hablaba el presidente Alemán estaba bien, siempre y cuando las mujeres permanecieran en su papel tradicional de madres, esposas y amas de casa, admirando al jefe de familia, el hombre. En otras palabras, la mujer moderna, autónoma y con ideas propias les sacaban ronchas a muchos de nuestros políticos.

La idea del presidente era clara. Al otorgarles el derecho al voto tan sólo a nivel municipal, se podría observar el comportamiento de las mujeres durante las votaciones y así decidir si merecían que se les diera a nivel nacional. O visto de otra forma, si veían que votaban por los candidatos que la derecha o el cura del pueblo les decían, nunca obtendrían el derecho a votar por el presidente, el gobernador o los diputados. Y si votaban por los candidatos del partido oficial, demostrarían que están preparadas para ejercer la democracia y se les otorgaría este derecho tan ansiado. ¡Qué relajo se traían!

Por fin, la reforma constitucional al artículo 115, propuesta por el presidente Alemán, se publicó en el Diario Oficial el 17 de febrero de 1947. De inmediato, los aduladores que nunca faltan, gritaron a los cuatro vientos que el presidente Alemán era el paradigma de la modernidad, resaltando su imagen democrática porque con esta medida, aseguraban, se fortalecía el sistema federal y además se les daba a las mujeres el lugar que merecían en la vida política del país. Sí, todo muy bonito, pero, ¿y el voto a nivel nacional para cuando, apá?

Bueno, como sea, el hecho es que las mujeres iniciaron por fin su andadura política. Pero no se crea que por poder votar o ser votadas en las elecciones municipales, rompieron por fin las cadenas que las subordinaban a los hombres, en especial en los pueblos pequeños o en ciudades más conservadoras, tal y como lo demuestra el hecho de la escasa participación femenina en las elecciones o en las pocas que lograron obtener algún puesto municipal. En otras palabras, el papá o el marido seguían sin darles permiso.

Llegó el año de 1952, año de elecciones presidenciales, y de inmediato las mujeres priistas decidieron exigirle al candidato que les otorgara de una buena vez el derecho al voto a nivel nacional. Encabezadas por Margarita García Flores, dirigente femenil del partido, organizaron una asamblea a la que invitaron al candidato Adolfo Ruiz Cortines. Se dice que acudieron más de veinte mil mujeres, pero también hay quien asegura que todo fue plan con maña, pues el gobierno no sabía que no podía seguir posponiendo esta cuestión.

Adolfo Ruiz Cortines


Ruiz Cortines aceptó siempre y cuando las mujeres le presentaran una petición por escrito y firmada por varios miles de ellas. Entonces doña Amalia Castillo Ledón fundó la Alianza de Mujeres de México y procedió a la recolección de las firmas exigidas. Obtuvieron quinientas mil.

Pero algunas ideas no habían cambiado mucho. El mismo candidato y futuro presidente Adolfo Ruiz Cortines, dijo que las mujeres debían participar en política no por un sentido de justicia, sino porque desde su hogar ayudarían a los hombres, resolverían con abnegación, trabajo, fuerza espiritual y moral, problemáticas tales como la educación y la asistencia social. Es decir, está bien que voten siempre y cuando se regresen de inmediato a su casa a cumplir con las labores propias del hogar y de su sexo.

Amalia González de Castillo Ledón


Con la concesión del derecho al voto, publicada finalmente el 17 de octubre de 1953, se daba respuesta de alguna manera a la inconformidad de las mujeres y, al mismo tiempo, no afectaba al sistema, pues ellas seguirían bajo el control político e ideológico del partido oficial, además las dejaría circunscritas a actividades pertenecientes al ámbito doméstico. 

Pero lo más importante para el gobierno fue la ampliación del número de votantes, lo que le permitió contar con una mayor legitimidad, pues la mayoría de las mujeres, agradecidas, votaron por los candidatos oficiales.

Lo triste, sin embargo, es que las mujeres obtuvieran el derecho al voto en una época en que México no gozaba de libertades democráticas, en que las voces disidentes eran perseguidas o compradas. La oposición en aquellos años era poca, a pesar de lo cual fue muy reprimida.


(Continuará)