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miércoles, 1 de abril de 2015

DE VIAJE POR LA ANTIGUA TIERRA DE LOS ZARES Y LOS BOLCHEVIQUES (2a PARTE)

"Kremlin" significa fortaleza en ruso. Por eso, aunque tendemos a asociar la palabra Kremlin con el centro de poder de Rusia, así como asociamos el término Casa Blanca con el centro de poder en los Estados Unidos, en realidad, la mayoría delas ciudades rusas, al menos en la parte europea, tienen su propio Kremlin. Y es que en un principio, el Kremlin era el centro neurálgico de las ciudades rusas, ucranianas y bielorrusas. Una zona fortificada dentro de la urbe que cumplía las mismas funciones de protección y de sede del poder político que tenían los castillos en la Europa medieval.

El Kremlin de Moscú

En el caso de Moscú, el Kremlin original se construyó en el siglo XII y tan sólo consistía en una muro de tierra que rodeaba un pequeño pueblo, aunque con el tiempo éste fue creciendo en importancia hasta convertirse, en el siglo XIV, en la capital de un principado. En esos momentos, sus muros de tierra fueron sustituidos por una sólida muralla de piedra y se comenzaron a construir algunas de las maravillosas iglesias que actualmente se pueden ver en su interior.

Poco a poco Moscú fue creciendo y con él el Kremlin, que se convirtió en la residencia de los primeros zares de Rusia. Sin embargo, a inicios del siglo XVIII, cuando el zar Pedro I el Grande traslada la capital a San Petersburgo, el Kremlin entra en un largo período de decadencia, aunque en el siglo XIX algunos zares ordenaron trabajos de restauración que le devolvieron algo de su brillo anterior.

Al triunfo de la Revolución de 1917, el Kremlin se convirtió de nuevo en la sede del poder ruso (o soviético). Algunos de los edificios antiguos fueron entonces demolidos para sustituirlos por modernos edificios que albergarían oficinas gubernamentales.

Actualmente, en ese lugar se encuentra la residencia del presidente de Rusia, así como varios museos maravillosos y las espectaculares catedrales construidas por los zares en diferentes épocas.

Así que sin más ni más, decidimos visitar este lugar. Desde luego, tan sólo los museos y las catedrales están abiertos al público, no así los edificios gubernamentales. Primero que nada, nos dirigimos a la Armería, uno de los museos más hermosos que he visto, situado en un majestuoso edificio de estilo neoclásico erigido a mediados del siglo XIX. La Armería era el lugar donde se fabricaban, compraban y resguardaban armas, joyas, carruajes y la mayor parte de los artículos hogareños utilizados por los zares.

Armería del Kremlin

Pero no imaginen que aquí van a ver la licuadora en la que Catalina la Grande se preparaba su licuado de nopal energizante o el metate con el que Alejandro III elaboraba las salsas picositas que tanto le gustaban. No, hablamos de otro tipo de enseres domésticos. Saleros de oro (como los que todos tenemos en nuestras casas) vajillas de plata con incrustaciones de diamantes (como aquella que heredamos de la abuela), vestidos fabricados por los mejores modistos y modistas de París y Londres (como los que podemos conseguir en Walmart) y otro número infinito de objetos sencillos y accesibles para el común de la gente.

Ya en serio, la colección es maravillosa. En ella no sólo se encuentran objetos producidos en todos los rincones del imperio ruso, sino que ahí también se resguardaban los regalos que recibían los zares de los dignatarios de otros países. Entre otras cosas, en la Armería se resguarda la colección más grande de los famosos huevos elaborados por el joyero Fabergé y que eran elaborados especialmente para la familia imperial rusa. También resguarda las insignias imperiales utilizadas por los zares durante su coronación en una de las catedrales del Kremlin, así como el trono de marfil usado por Iván el Terrible y una de las colecciones de armas y armaduras más grande que existe.

Algunos de los huevos de Fabergé

Pero a mí lo que más me impresionó fue la colección de carruajes, elaborados entre los siglos XV y XIX, utilizados por los miembros de la familia imperial para sus traslados, entre los que se incluyen varios trineos. La mayoría de ellos fueron elaborados por los mejores artesanos europeos y cuentan con todas las comodidades y los lujos que se podía tener en aquella época. Si conocen el carruaje de Maximiliano que se exhibe en el Castillo de Chapultepec, imagínenselo con el triple de ornamentos y se darán una vaga idea de lo que estoy diciendo.

Carruaje de Catalina II

Recorrer este museo puede llevar más de cuatro horas, pero definitivamente vale la pena. Al salir de la Armería, nos dirigimos hacia la zona de las catedrales, pero en el camino pudimos admirar dos bellas piezas realizadas por los mejores orfebres rusos: el Tsar Pushka y la Tsar Kólokol. ¿Que qué demonios es eso? se preguntarán. El primero es uno de los mayores cañones de la historia, fabricado en el siglo XVI por encargo del zar Fiódor I, aunque es el de mayor calibre que se ha fabricado, perdió el primer puesto en cuanto a tamaño con la construcción del cañon Gran Bertha utilizado por los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Las dimensiones del cañón, para que se den una pequeña idea, son las siguientes: mide 5.34 metros de longitud por un diámetro externo de 1.2 metros, pesa 38 toneladas y su calibre es de 890 milímetros. Por su tamaño descomunal, es difícil que se haya utilizado alguna vez con efectividad (supuestamente estaba concebido para lanzar balas de dos toneladas de peso), pero de que impone, impone.

Tsar Pushka

A su lado se haya la Tsar Kólokol, la mayor campana de bronce del mundo, elaborada en el siglo XVIII por la emperatriz Ana. Sin embargo, al poco tiempo se fracturó a causa de un gran incendio. Mide 6.14 metros de altura y tiene un diámetro de 6.6 metros. Su peso es de 216 toneladas. Me gustaría saber cómo la subieron al campanario al que estaba destinada. jamás hubiera aceptado ser uno de los encargados de la mudanza. Sin embargo, ahora se encuentra a ras de suelo colocada sobre un pedestal al lado del gran cañón (no el del Colorado, sino el que les platiqué en el párrafo anterior).

Tsar Kólokol

La Plaza de las catedrales está ubicada en el centro del Kremlin, y en ella se encuentran tres grandes edificios religiosos: la Catedral de la Dormición, del siglo XV, la catedral de la Anunciación, del mismo siglo, y la Catedral del Arcángel Miguel, del siglo XVI. Todas ellas presentan las características cúpulas de cebolla de las iglesias rusas, además de estar pintadas con hermosos frescos de piso a techo.

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Catedral de la Dormición

La catedral de la Dormición era el lugar donde se coronaba a los zares rusos, incluso en la época en que la capital del imperio se trasladó a san Petersburgo, mientras que en la del Arcángel Miguel están enterrados muchos de ellos, incluyendo al famoso Iván el Terrible.

Interior de la Catedral del Arcángel Miguel

Salimos del Kremlin ya entrada la tarde y buscamos un lugar para comer en el centro comercial GUM, a un costado de la Plaza Roja. Tras ver varias opciones, al final nos decantamos por un lugar en el que servían buffet. Influyó el hecho de que ya estábamos cansados y éste se nos hizo el más apetitoso. Y realmente comimos muy bien. Los platillos en general estaban muy bien preparados y con un sabor excelente, especialmente un pollo empanizado con queso que me obligó a regresar el último día para volverlo a probar.

Catedral de la Anunciación

Después de comer, caminamos un poco por las orillas del río Moskova con sus grandes trozos de hielo flotando. De repente, nos encontramos con un anuncio sobre la Compañía de Ballet de Moscú. Había función ese día. Buscamos la oficina de boletos y sin pensarlo compramos dos.

Por la noche, regresamos al Kremlin para asistir al ballet, pues éste se presentaba en el  Palacio Estatal del Kremlin, antigua sede del Soviet Supremo de la Unión Soviética y del Congreso del Partido Comunista Soviético. La obra que nos tocó ver era la Cenicienta y fue realmente espectacular. Muy buena puesta en escena. La Compañía de Ballet de Moscú es la mejor de Rusia después de la del teatro Bolshoi, y recuérdese que los mejores ballets del mundo son los rusos.

Palacio Estatal del Kremlin

Regresamos al hotel casi a las once de la noche, donde intentamos dormir para reponer fuerzas y seguir turisteando al día siguiente. Estábamos tan cansados que al final, a pesar del ruido en los pasillos, lo logramos.

Otro día les contaré sobre otros lugares para visitar en Moscú, antes de trasladarnos a San Petersburgo.




lunes, 23 de marzo de 2015

DE VIAJE POR LA ANTIGUA TIERRA DE LOS ZARES Y LOS BOLCHEVIQUES (1a PARTE)

Viajar a Rusia es toda una aventura. Pocos países llaman tanto la atención, especialmente para las personas de mi generación a las que nos tocó los últimos 20 años de la Guerra Fría y crecimos escuchando hablar sobre la Unión Soviética y la "amenaza comunista". Fueron los años en que James Bond seguía luchando contra los soviéticos y a nuestros oídos llegaban historias terribles de los campos de trabajos forzados en Siberia. Los Estados Unidos eran los buenos y la Unión Soviética eran los malos, por lo menos en las películas de Hollywood, aunque los que íbamos más allá y estábamos pendientes de las noticias o leíamos algo más que el Vanidades, sabíamos que las cosas no eran así de simples. ¡Ah, qué tiempos aquellos!

Ahora Rusia es el país que se atreve a plantarle cara a los Estados Unidos (y muchos lo apoyan por eso), la de los Juegos Olímpicos de Invierno y el próximo Mundial de Futbol, pero también el país de la homofobia, del nacionalismo exacerbado y de un cierto retorno al autoritarismo zarista y comunista. En fin.

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Emblema del mundial de futbol 2018

Para viajar a Rusia, lo primero que uno tiene que saber es que hace falta tramitar una visa en la embajada o el consulado más cercano. Esta visa sólo será válida por el tiempo que dure tu viaje, pero para obtenerla, primero debes conseguir una invitación para visitar el país. No te asustes. No es tan difícil como parece. Si conoces a alguien allá (algo poco probable), simplemente le pides que te la envíe a tu email, si no, hablas al hotel en el que piensas quedarte y ellos te facilitarán dicha invitación. Así que vas con ella a las oficinas de la visa, efectúas el pago correspondiente (¿o acaso creíste que era gratis? ¿Aún crees en santa Claus?) y ¡voilá!, ya tienes tu visa. Claro, se me olvidó decirte que también debes de llevar tus boletos de avión para demostrar la duración de tu viaje. Pero no te agobies, que los rusos no son tan quisquillosos como los estadounidenses y es muy difícil que te nieguen la visa. Nosotros la tramitamos en Nueva York y no tuvimos ningún problema.

Así que sin más, hicimos las maletas y nos dirigimos al aeropuerto Kennedy para tomar un avión de Delta (por cierto, muy mala aerolínea). Tras casi diez horas de vuelo directo, llegamos al aeropuerto Sheremétievo de Moscú.

Los rusos tienen un alfabeto distinto al nuestro, llamado alfabeto cirílico (inventado por San Clemente de Ohrid en el siglo X). Pero no te preocupes, no es tan difícil de leer, pues muchas letras son parecidas al nuestro y las demás, pues simplemente por lógica las deduces. Al menos yo no batallé tanto. Además, en muchos lugares los letreros vienen escritos en ruso y en inglés.

Ahora bien, antes de salir del aeropuerto, quiero comentarles algo. Nosotros fuimos a Rusia a principios de marzo, en pleno invierno. Y recuerden que fue el invierno ruso el que derrotó a Napoleón y a Hitler. Ahora sé muy bien por qué. Nuestras maletas iban cargadas con ropa abrigadora, pero por no dejar, habíamos echado unos pantalones de los que se usan para esquiar (aunque yo nunca he esquiado) y, en mi caso, el abrigo y el gorro que en China habían provocado que me confundieran con un ruso. Pues bien, a partir del segundo día, no volví a quitarme dichos pantalones, abrigo y gorro (además de utilizar doble calcetín, botas para nieve, ropa interior térmica, camisas de franela, sweater grueso, bufanda y guantes). No me importó que al final el pantalón se parara sólo, pues como bien decía el genial poeta español Luis de Góngora y Argote: "Ande yo caliente y ríase la gente". Con decirles que por el río Moskova, que atraviesa la capital, pasaban grandes témpanos de hielo flotando. Claro que en San Petersburgo sería peor, pero de eso luego les contaré.


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El Kremlin de Moscú del lado del río Moskova

Del aeropuerto tomamos un tren y llegamos a Moscú en media hora, para tomar una línea del metro que nos dejaba muy cerca de nuestro hotel. El metro de Moscú es la primera atracción turística que uno debe de ver. Construido en época de Stalin (la mayor parte de las estaciones), es un auténtico museo subterráneo, especialmente la línea 5 que, con forma circular, rodea todo el centro de la ciudad. Candiles, azuelejos, pinturas y una arquitectura envidiable hacen las delicias de cualquier amante del arte. Algunas estaciones son sumamente profundas (sólo las de San Petersburgo lo son más), pues se pensaron también como refugios subterráneos en caso de ataque nuclear durante la Guerra Fría. Obviamente se utilizan grandes escaleras eléctricas de las cuáles, si uno está en uno de los extremos, literalmente no ve el final. Son tan largas que si algún día se descomponen, se armaría una nueva revolución, pues el metro de Moscú es el más transitado del mundo y dudo mucho que la gente, con la prisa de llegar al trabajo, se animara a subirlas andando. Pero por otro lado, el metro es excesivamente puntual y rápido, además de que los trenes pasan con mucha frecuencia, todo lo contrario a lo que ocurre con el metro de Nueva York.

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Una de las estaciones del Metro de Moscú

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Escaleras eléctricas en el metro de Moscú

Salimos del metro y, arrastrando las maletas por la nieve, llegamos al Hotel Artel, un pequeño hotel escondido en un callejón que me recordó al de don Gato y su pandilla. El hotel pretendía dar un aire bohemio sesentero, con las paredes de diferentes colores, un ambiente de penumbra y pinturas estilo graffiti por todos lados. Lo seleccionamos desde Nueva York por su cercanía con el Kremlin y la Plaza Roja, pero definitivamente no lo recomiendo. Las paredes parecen ser de papel, pues todo el ruido penetra por ellas y, como recibe a muchos turistas jóvenes europeos, el escándalo es constante y por lo mismo, es difícil conciliar el sueño. En fin.

Catedral de San Basilio

Una vez que dejamos las maletas, nos dirigimos caminando al Kremlin y la Plaza Roja (aproximadamente unos diez minutos entre la nieve y el hielo). Es un lugar increíble. La Plaza es enorme, flanqueada por las murallas rojas del Kremlin, una serie de edificios decimonónicos que incluyen los famosos almacenes GUM, la hermosísima catedral de San Basilio con sus características cúpulas de cebolla pintadas de mil colores, y el Museo Estatal de Historia Rusa. Además, en ella se encuentra el Mausoleo de Lenin y una estatua ecuestre del mariscal Zhukov, héroe de la Segunda Guerra Mundial, en la entrada a la misma.

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Las murallas del Kremlin, el Mausoleo de Lenin y el Museo de Historia Rusa

Caminar por ella es una delicia, observando los edificios y las murallas del Kremlin, donde se encuentran enterrados Stalin, Yuri Gagarin (el primer hombre en el espacio) y el periodista estadounidense John Reed (si, enterrados dentro de las murallas, aunque no lo creas). Éste último escribió excelentes crónicas sobre la Revolución Mexicana y la Revolución Rusa. Vale la pena leerlas.

Pero creo que ya me extendí mucho, así que otro día les seguiré contando.