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sábado, 12 de agosto de 2017

AQUEL AÑO EN QUE LA NUEVA ESPAÑA PUDO TENER SU PROPIO REY

Pues sí. En un episodio poco conocido de nuestra historia, un político español propuso que un hermano del rey de España se convirtiera en rey de la Nueva España para así evitar su independencia violenta de la metrópoli.

Don Pedro Abarca de Bolea, conde de Aranda, fue uno de los políticos más importantes de España durante el reinado de Carlos III. Siendo presidente del Consejo de Ministros, promovió, de acuerdo con el rey, la expulsión de los jesuitas de todos los territorios españoles. En 1779 perdió el favor del monarca hispano, fue destituido de su cargo y enviado a Francia como embajador (como vemos, esta práctica mexicana para alejar a políticos indeseables, no es algo nuevo).

Pedro Pablo Abarca de Bolea, Count of Aranda.jpg
Conde de Aranda

En 1792, ya durante el reinado de Carlos IV, Aranda volvió a ser nombrado presidente del Consejo de Ministros, aunque al poco tiempo fue de nuevo destituido. Se retiró entonces a la villa de Épila, en Aragón, donde falleció en el año de 1798.

Estando Aranda en París, las trece colonias inglesas de América del Norte, apoyadas por Francia y España, consiguieron su independencia de Inglaterra. El tratado que ponía fin a la guerra fue firmado en París en el año de 1783, y Aranda fue comisionado para signarlo a nombre de España.

Después de ello, el conde envió a Carlos III una memoria reservada que se volvió famosa con el tiempo, pues en ella Aranda demostró su perspicacia política y sus dotes de profeta. Entre otras cosas, el buen conde decía lo siguiente:

"Señor: mi amor por la persona augusta de V.M., el reconocimiento que le debo por tantas bondades con que ha querido honrarme, y el amor que tengo a mi país, me obligan a comunicar a V.M. una idea a la que doy la mayor importancia en las presentes circunstancias.

Acabo de hacer y de firmar, en virtud de las órdenes y poderes de V.M., un tratado de paz con la Inglaterra. Esta negociación que según los testimonios lisonjeros, verbales y por escrito que de parte de V.M. he recibido, me ha dado motivo para creer haberlo desempeñado conforme a sus reales intenciones, ha dejado en mi alma, lo confieso á V.M., un sentimiento penoso.

La independencia de las colonias inglesas ha sido reconocida y esto mismo es para mí un motivo de dolor y de temor. La Francia tiene pocas posesiones en América, pero hubiera debido considerar que la España, su íntima aliada, tiene muchas, que quedan desde hoy expuestas a terribles convulsiones.
Desde el principio, la Francia ha obrado contra sus verdaderos intereses, estimulado y favoreciendo esta independencia; muchas veces lo he declarado así a los ministros de esta nación. ¿Qué cosa mejor podía desear la Francia que el ver destruirse mutuamente a los ingleses y a sus colonos, en una guerra de partidos, la cual no podía menos que aumentar su poder y favorecer sus intereses? La antipatía que reina entre la Francia y la Inglaterra cegó al gabinete francés: olvidó que sus intereses consistían en permanecer tranquilo espectador de esta lucha, y una vez lanzado en la arena nos arrastró desgraciadamente consigo en virtud del pacto de familia, a una guerra enteramente contraria a nuestra propia causa.

No me detendré ahora a examinar la opinión de algunos hombres de Estado, así nacionales como extranjeros, con cuyas ideas me hallo conforme sobre la dificultad de conservar nuestra dominación en América. Jamás posesiones tan extensas y colocadas a tan grandes distancias de la metrópoli se han podido conservar mucho tiempo. A esta dificultad, que comprende a todas las colonias, debemos añadir otras especiales que militan contra las posesiones españolas de Ultramar, a saber: la dificultad de socorrerlas cuando puedan tener necesidad; las vejaciones de algunos de los gobernadores contra los desgraciados habitantes; la distancia de la autoridad suprema a la que tienen necesidad de ocurrir para que se atiendan sus quejas, lo que hace que se pasen años enteros antes que se haga justicia a sus reclamaciones; las vejaciones a que quedan expuestos de parte de las autoridades locales en este intermedio; la dificultad de conocer bien la verdad a tanta distancia; por último, los medios que a los virreyes y capitanes generales, en su calidad de españoles, no pueden faltar para obtener declaraciones favorables en España. Todas estas circunstancias no pueden dejar de hacer descontentos entre los habitantes de la América, y obligarlos a esforzarse para obtener la independencia, tan luego como se les presente la ocasión.

El Imperio español en América bajo los Borbones.


Sin entrar, pues, en ninguna de estas consideraciones, me limitaré ahora a la que nos ocupa sobre el temor de vernos expuestos a los peligros que nos amenazan de parte de la nueva potencia que acabamos de reconocer, en un país en que no existe ninguna otra en estado de contener sus progresos. Esta República federal ha nacido pigmea (los Estados Unidos), por decirlo así, y ha tenido necesidad de apoyo y de las fuerzas de dos potencias tan poderosas como la España y la Francia, para conseguir su independencia. Vendrá un día en que será un gigante, un coloso temible en esas comarcas. Olvidará entonces sus beneficios que ha recibido de las dos potencias, y no pensará más que en su engrandecimiento. La libertad de conciencia, la facilidad de establecer nuevas poblaciones sobre inmensos terrenos, así como las ventajas con que brinda el nuevo gobierno, atraerán agricultores y artesanos de todas las naciones, porque los hombres corren siempre tras la fortuna, y dentro de algunos años veremos con mucho dolor la existencia amenazadora del coloso de que hablo.

El paso primero de esta potencia, cuando haya llegado a engrandecerse, será apoderarse de las Floridas para dominar el Golfo de México. Después de habernos hecho de este modo dificultoso el comercio con la Nueva España, aspirará a la conquista de este vasto imperio, que nos será imposible defender contra una potencia formidable, establecida sobre el mismo continente, y a más de eso limítrofe.

Estos temores son muy fundados, señor, y deben realizarse dentro de pocos años, si acaso antes no acontecen algunos trastornos todavía más funestos en nuestras Américas. Este modo de ver las cosas está justificado por lo que ha acontecido en todos los siglos y en todas las naciones que han comenzado a levantarse. El hombre es el mismo en todas partes: la diferencia de los climas no cambia la naturaleza de nuestros sentimientos: el que encuentra una ocasión de adquirir poder y engrandecerse, se aprovecha de ella. ¿Cómo podremos, pues, nosotros esperar que los americanos respeten el reino de la Nueva España, cuando tengan facilidad de apoderarse de este rico y hermosos país? Una sabia política nos aconseja tomar precauciones contra los males que puedan sobrevenir. Este pensamiento ocupó toda mi atención, después de que como ministro plenipotenciario de V.M., y conforme a su real voluntad y a sus instrucciones, firmé la paz de París. Consideré este importante asunto con toda la atención de que soy capaz, y después de muchas reflexiones debidas a los conocimientos así militares como políticos que he podido adquirir en mi larga carrera, creo que no nos queda, para evitar las grandes pérdidas de que estamos amenazados, más que adoptar el medio que tengo el honor de proponer a V.M.

V.M. debe deshacerse de todas las posesiones que tiene sobre el continente de las dos Américas, conservando solamente las islas de Cuba y Puerto Rico en la parte septentrional, y alguna otra que pueda convenir en la parte meridional, con el objeto de que pueda servirnos de escala de depósito para el comercio español.

A fin de llevar a efecto este gran pensamiento de una manera conveniente a la España, se deben colocar sus infantes en América: el uno como rey de México; otro, rey del Perú, y el tercero, de la Costa Firme. V.M. tomará el título de Emperador.

Las condiciones de esta grande cesión, deberán ser que V.M., y los príncipes que ocuparán el trono español, en clase de sucesores de V.M., sean siempre reconocidos por los nuevos reyes, como jefes supremos de la familia: que el rey de Nueva España pague cada año, en reconocimiento por la cesión del reino, una renta anual en marcos de plata, que deberá remitirse en barras para hacerlas amonedar en Madrid o en Sevilla. El rey del Perú deberá hacer lo mismo en cuanto al oro, producto de sus posesiones. El de la Costa Firme enviará cada año su contribución en efectos coloniales, sobre todo, en tabaco, para proveer los almacenes del reino.

Estos soberanos y sus hijos, deberán siempre casarse con los infantes de España o de su familia. A su vez los príncipes españoles se casarán con las princesas de los reinos de Ultramar. Así se establecerá una unión íntima entre las cuatro coronas; y al advenimiento a su trono, cada uno de estos soberanos deberá hacer el juramento solemne de llevar a efecto estas condiciones.

En cuanto al comercio, deberá hacerse bajo el pie de la mayor reciprocidad. Las cuatro naciones deberán considerarse como unidas por la alianza más estrecha, ofensiva y defensiva, para su conservación y prosperidad.

No hallándose nuestras fábricas en estado de proveer a la América de todos los objetos manufacturados, de que podría necesitar, será preciso que la Francia, nuestra aliada, le ministrase todos los artículos que estuviésemos en imposibilidad de enviarle, con exclusión absoluta de la Inglaterra. A este efecto, los tres soberanos, al subir a sus respectivos tronos, harán tratados formales de comercio con la España y la Francia sin establecer jamás relaciones algunas con los ingleses. Por lo demás, como dueños y soberanos de Estados nuevos, podrían hacer lo que más les conviniese.

De la ejecución de este plan, resultarían grandísimas ventajas. La contribución de los tres reyes del Nuevo Mundo importaría más a la España que la plata que hoy saca de América. La población aumentaría, pues cesaría la emigración continua que hoy se nota en esas posesiones.

Ni el poder de los tres reinos de América, una vez ligados por las obligaciones que se han propuesto, ni el de la España y Francia en nuestro continente podrían ser contrarrestados en aquellos países por ninguna potencia de Europa. Se podría evitar también el engrandecimiento de las colonias angloamericanas, o de cualquiera otra potencia que quisiese establecerse en esta parte del mundo. En virtud de esta unión con los nuevos reinos, el comercio de España cambiaría las producciones nacionales con los efectos coloniales de que pudiésemos tener necesidad para nuestro consumo. Por este medio nuestra marina mercante se aumentaría y la marina militar se haría respetar sobre todos los mares. Las islas que he nombrado anteriormente, administrándolas bien y poniéndolas en buen estado de defensa, nos bastarían para nuestro comercio, sin tener necesidad de otras posesiones; en fin, gozaríamos de todas las ventajas que nos da la posesión de la América, sin tener que sufrir ninguno de sus inconvenientes.

Tales son, señor, mis ideas sobre este negocio delicado: si ellas merecen la aprobación de V.M., entraré más detenidamente a detallar sus pormenores; explicaré el modo de ponerlas en práctica, con el secreto y precauciones convenientes, de manera que la Inglaterra no sepa nada, sino cuando los tres infantes estén en camino, más cerca de América que de Europa, y cuando ya no pueda oponerse. Este golpe sería terrible para esa orgullosa rival, y prepararíamos con anticipación las medidas que se deben tomar, para ponernos a cubierto de los efectos de su cólera.

Preciso es, para asegurar la ejecución de este plan, contar con la Francia, nuestra íntima aliada, que se prestará gustosa, viendo las ventajas que deben resultarle del establecimiento de su familia sobre los tronos del Nuevo Mundo, así como la protección especial de su comercio en todo ese hemisferio, con exclusión de la Inglaterra, su implacable rival. Hace poco tiempo que llegué a París, habiendo obtenido una licencia temporal, para atender a mis asuntos personales. Si V.M. lo tiene a bien volveré a continuar mi embajada, diciendo que mis negocios se han concluido. Gozo de una consideración sin límites en esa capital; el rey y la reina me honran con su afecto, y he observado bien y de cerca a sus ministros. No sé si me equivoco, pero espero hacerles aceptar el proyecto propuesto, y conducir su ejecución con el secreto y prudencia convenientes. V.M. puede contar conmigo para las ocurrencias ulteriores de este proyecto, de la manera que agrade a V.M., porque el que ha concebido una idea, es más propio para ejecutarla que cualquiera otro. V.M. conoce mi celo y mi fidelidad; ninguno de los asuntos que me ha confiado ha salido mal; tengo seguridad de que éste tendrá buen éxito, si he de juzgar por el deseo inalterable que tengo de consagrar mi reposos, mis intereses y mi vida en servicio de V.M."

Para los que no lo sepan, lo que Aranda llama Costa Firme es el territorio que ahora comprende Venezuela, Colombia y Panamá.

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Carlos III de España

Como era de esperarse, Carlos III rechazó airado semejante proposición. Algunos historiadores, entre ellos Lucas Alamán, vieron sin embargo en este proyecto, una tabla de salvación que se le negó a los países americanos, ya que con ella, según dice, hubieran alcanzado su independencia sin derramamiento de sangre y no hubieran sufrido la anarquía que siguió a su separación de la metrópoli.

Este asunto, como vemos, merece un estudio más profundo. Es fácil acusar a Carlos III de negarse, por envidia a sus hermanos (los infantes), por ceguedad política u otro argumento que se quiera utilizar, a apoyar este proyecto. Sin embargo, para poder juzgarlo tenemos que tomar en cuenta varias consideraciones.

En primer lugar, recordemos la época en que vive Carlos III. Es el siglo XVIII, el siglo del Despotismo Ilustrado. Los monarcas son señores absolutos en sus reinos. Ningún soberano europeo hubiera consentido en perder una parte de sus territorios para favorecer a sus “hermanos desposeídos por las leyes de la herencia”. Los infantes no eran los primogénitos, y por lo mismo no tenían derechos sobre el reino. Carlos era el rey de España y de América, y ese punto no estaba a discusión. ¿Se imaginan a Luis XV cediéndole la Borgoña al príncipe de Condé para que fuera su rey, o a Jorge III permitiendo que su hermano se coronara como rey de Escocia o de sus colonias americanas? Ni pensarlo. Entonces, ¿porqué Carlos III iba a permitir a sus hermanos que se coronaran reyes en América? Este asunto hay que juzgarlo con la mentalidad del siglo XVIII para poder comprenderlo.

Por otro lado, la afirmación de que en México (junto con Perú y la Nueva Granada) se hubiera evitado la anarquía de haber sido convertido en monarquía de acuerdo a este proyecto, también es algo que carece de fundamento. Siendo una monarquía, España se vio envuelta en múltiples dificultades internas durante el siglo XIX y buena parte del XX, lo que incluyó el establecimiento de dos repúblicas, un cambio de dinastía y una serie desastrosa de guerras civiles que tuvieron su más cruel representante en la que se desarrolló entre los años de 1936 a 1939.

Siendo así, ¿porqué México iba a ser distinto? Además, hay que recordar la vecindad con los Estados Unidos. A ese país no le hubiera importado que fuéramos una monarquía regida por un Borbón para arrebatarnos nuestros territorios norteños.

Por último, no podemos olvidar qué familia reinaba en España. Los Borbones eran, en su mayoría, poseedores de una imbecilidad congénita. El mejor ejemplo de esto son Felipe V, Carlos IV, Fernando VII, Isabel II y el pretendiente don Carlos por parte de España, y Luis XV y Luis XVI por parte de Francia. ¿Qué futuro nos esperaba con un monarca cuyos rasgos congénitos apuntaban a la debilidad mental?

Claro que tampoco cabe generalizar. Los probables príncipes de España que hubieran llegado a América como reyes en caso de aprobarse el proyecto del conde de Aranda, hubieran sido los infantes Gabriel y Antonio Pascual. De seguro al infante Gabriel le sería asignado el trono de México (que incluía Centroamérica y todo el sur de los Estados Unidos), al ser éste virreinato el más importante. Y el infante Gabriel era el más inteligente de los hijos de Carlos III, por no decir que era el único inteligente.

Infante Gabriel de Borbón


Antonio Pascual, al que le hubiera correspondido el Perú (junto con Ecuador, Bolivia, Paraguay, Argentina, Chile y Uruguay), era un absolutista furibundo enemigo de cualquier tipo de cambio social o político. Para el trono de Costa Firme (virreinato de la Nueva Granada), no había más príncipes, pues los otros dos infantes que quedaban eran Fernando y Felipe. El primero ya era rey de Nápoles y el segundo tenía un retraso mental severo. A falta de más hijos, a Carlos III tan sólo le quedaba un hermano, el infante Luis Antonio, que no era bien visto en la corte por su matrimonio morganático (es decir, con alguien que no era de la realeza).

Lopez Portaña - Infante Antonio Pascual, Prado.jpg
Infante Antonio Pascual, ¿rey del Perú?

Sin embargo, a fin de cuentas todo ello entra tan sólo en el campo de las especulaciones.

A pesar de todo, la Memoria del conde de Aranda presenta una clarividencia asombrosa respecto al futuro de las naciones hispanoamericanas y el peligro que para ellas representaban los Estados Unidos. Cuarenta años después, toda la América continental se había independizado de España tras más de diez años de guerra.

¿Ustedes que creen que hubiera ocurrido?

lunes, 24 de julio de 2017

LA CONJURACIÓN DE MARTÍN CORTÉS

Durante el gobierno de don Luis de Velasco, primero de ese nombre y segundo virrey de la Nueva España, tuvo lugar uno de los episodios más controvertidos y famosos de la época virreinal: la conjuración de Martín Cortés. Este episodio puede considerarse, aunque con reservas, como el primer intento de independencia de la entonces Nueva España, con el agregado de ser también la primera tentativa por establecer una monarquía mexicana.

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Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, segundo virrey de la Nueva España

Martín Cortés, segundo marqués del Valle de Oaxaca e hijo del conquistador Hernán Cortés, llegó a México, procedente de la corte española, en el año de 1563, desplegando todo el lujo y el boato que correspondía al descendiente de tan ilustre personaje.

El marqués del Valle era dueño de los dos grandes palacios de Moctezuma, uno de los cuales ocupaba la Audiencia, además de muchos solares en la ciudad, de los peñoles de Jico y Tepepulco, lugares de recreo, y era señor de Oaxaca, de Mexicapa, de Cuilapan, de Coyoacán, de Cuernavaca, de Charo, de Toluca, de Tuxtla y de otras villas y pueblos, de las que no sólo percibía los tributos, sino en las que nombraba gobernadores y jueces. 

El dicho Marqués, que como ya quedó claro era un hombre bastante rico y poderoso, era también ambicioso, pero poco inteligente. Tomando como pretexto que por órdenes reales se le habían reducido sus encomiendas que tantos frutos le producían, se decidió a conspirar a fin de levantarse con el trono de México, independiente de España. Sus principales colaboradores fueron los hermanos Alonso y Gil de Ávila, hijos del conquistador Gil González de Ávila. Estos hermanos eran, como casi todos los hijos de los conquistadores, encomenderos, y por lo mismo, se veían afectados por las leyes emitidas en España para terminar con esta forma tan discutida de posesión de la tierra.

El virrey Velasco, celoso de don Martín, consiguió que el Consejo de Indias decidiera revisar de nuevo el asunto de los veintitrés mil vasallos que correspondían al marquesado del Valle de Oaxaca. Esto incluía, por supuesto, que Martín Cortés tuviera que presentarse en Madrid para contestar al fiscal nombrado para el caso.

Había que actuar de inmediato. Varias cosas favorecían al marqués en su intentona golpista: el virrey Velasco falleció en 1565 y en su lugar entró a gobernar de forma provisional la Audiencia, cuyos miembros no tenían el valor de enfrentarse a Cortés; los encomenderos se hallaban disgustados porque temían, con fundamento, que sus encomiendas no pudieran ser heredadas por sus hijos, en virtud de una Cédula Real expedida por Felipe II; los franciscanos, en ese momento la orden más poderosa de la Nueva España, dispuestos a apoyarlo en todo, como agradecimiento a todos los favores que debían tanto al marqués como a su señor padre, el conquistador; los indígenas se encontraban profundamente irritados contra el gobierno español, ya que no habían sido muy bien atendidas sus quejas contra el abuso de los encomenderos; por último, había una gran cantidad de españoles sin encomiendas, fincas, destinos ni perro que las ladrase, dispuestos a seguir a Cortés junior en una rebelión de la que podían sacar mucho provecho.

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Felipe II de España

Además de los hermanos Ávila, Cortés contó con el decidido apoyo de los hermanos Baltasar y Pedro de Quesada, Cristóbal de Oñate el joven y el licenciado Espinosa de Ayala, clérigo racionero de la catedral. 

A este respecto, el cronista Suárez de Peralta nos dice los siguiente:

“En estos medios tornaron a tratar del alzamiento, y fueron al marqués, el cual los respondió, que él de muy buena gana les acudiría, mas que temía no fuese cosa que después no se hiciese nada, y que todos perdiesen las vidas y las haciendas; y que ¿quién tenían que les acudiese? ‘Muchos’; y los nombraron; y el marqués les dijo que se mirasen bien en ello, y de todo le diesen aviso. Así quedaron de lo hacer, y se salieron fuera, y empezaron a dar cuenta a los que creían habían de acudir, con el mayor secreto que pudieron. El marqués, realmente, él no tuvo voluntad de alzarse con la tierra, ni por la imaginación, sino escucharles y ver en lo que se ponía el negocio, y cuando le viera ya muy determinado y puesto en ejecución, salir él por el rey y hacerle un gran servicio, y enviarle a decir que su padre le había dado una vez la tierra y que él se la daba otra. Mas no sucedió así: estuvo este trato muchos días en secreto, y aun lo estuviera si el marqués no empezara a enemistarse con lo más principal de la ciudad de México, y ser parte a que hubieran bandos, como los empezaban a haber, declarándose él por más amigo de unos que de otros, y en ocasiones de enemistades, que se habían ofrecido en aquella coyuntura.” 

Es difícil creer que don Martín no deseaba coronarse como rey de México, como lo sugiere Suárez de Peralta, sin embargo, este cronista nos permite ver la otra carta con la que el marqués pretendía jugar. Si el asunto salía bien, sería rey de México, si se complicaba, podría salir en defensa de los intereses del rey de España y hacerle creer que él había logrado evitar la conjura. El pequeño problema es que ninguno de sus planes resultó.

La conspiración fue descubierta y, aunque en un principio la Audiencia no se animaba a intervenir, poco a poco sus miembros fueron cobrando valor y consiguieron apresar a los principales inculpados, incluyendo al marqués del Valle, a su hermano don Luis Cortés y a su medio hermano don Martín Cortés, hijo de la Malinche.

Las consecuencias fueron las normales en casos como éstos. El marqués del Valle fue remitido a España para ser juzgado allá. El Consejo de Indias lo condenó a servir en Orán, a destierro perpetuo de las Indias y a pagar una multa de cincuenta mil ducados y prestarle cien mil a la Corona, además del secuestro de sus bienes en la Nueva España, aunque algunos años después se le devolverían. Los demás conjurados fueron ajusticiados en la ciudad de México. La casa de los hermanos Ávila, que se encontraba donde ahora es la zona arqueológica del Templo Mayor, a un lado de la Catedral de México, fue destruida hasta los cimientos. Así terminó el primer intento por establecer en México una monarquía propia.

Antes de concluir, me gustaría referir una pequeña y divertida anécdota sobre don Martín Cortés.

Estaba el marqués del Valle enamorado profundamente de una señora cuyo nombre era Marina. Por influencia de ella, se dedicaba a repartir favores entre un grupo de caballeros que eran deudos de la dicha señora. Estos caballeros eran en su mayoría mal vistos por los hijos de los antiguos compañeros de Cortés y con los cuáles Don Martín también estaba en deuda.

Al ver éstos que Martín Cortés favorecía más a aquellos, comenzaron a disgustarse con él, al grado tal que una ocasión estuvieron a punto de lanzarse sobre él con sus espadas, a no haberlos contenido la guardia con que siempre se acompañaba el marqués del Valle.

Pero fuera de este incidente, no se pasaba de amenazarlo, ponerle mala cara, o enviarle escritos ofensivos o satíricos. Uno de ellos, el más ingenioso, y que le lanzaba a Don Martín una muy seria advertencia de lo que podría ocurrirle, decía así:

"Por Marina, soy testigo,
ganó esta tierra un buen hombre,
y por otra de éste nombre
la perderá quién yo digo."

A juzgar por la primera parte del verso que alude a Doña Marina, mejor conocida como La Malinche, se puede pensar que ésta estrofa fue compuesta por alguno de los viejos soldados que siendo jóvenes combatieron al lado de Cortés. Pero esto no es más que una mera suposición mía. Se trata sin duda de un verso ingenioso en el que se aprovecha la coincidencia del nombre de ambas mujeres.

Por último, diré que éste verso lo encontró Don Martín dentro de unas de sus calzas, por lo que se sospecha que pudo haber sido puesta allí por alguno de sus criados.

¡Ah, qué mi señor don Martín!

jueves, 16 de abril de 2015

CRIOLLOS CONTRA GACHUPINES. A DOS DE TRES CAÍDAS SIN LÍMITE DE TIEMPO

De todos es sabido que en los años previos a la Independencia mexicana, la confrontación entre los dos grupos que formaban la élite novohispana, es decir, los criollos y los gachupines, era intensa. Los criollos, a fin de cuentas descendientes de españoles, no podían entender que por el simple hecho de haber nacido en el continente americano no pudieran ejercer los cargos públicos más importantes del gobierno virreinal. Un criollo no podía ser virrey, presidente de la Audiencia u obispo, tan sólo síndico municipal y, en contadas ocasiones, gobernador de provincia o capitán de los ejércitos.

La Nueva España

Y especialmente les dolía porque ellos se sabían poseedores del poder económico. En efecto, los criollos eran los ricos del virreinato. Situación entendible, pues como hijos de españoles habían heredado la fortuna que sus padres habían amasado. Con ella podían comprar títulos nobiliarios a un rey siempre necesitado de dinero, pero por más que ofrecieran nunca podrían llegar a ser virreyes.

Fa
Familia criolla del capitán Pedro Marcos Gutiérrez

José María Morelos y Pavón
Palacio de la Inquisición
Como ya dije, se trataba simplemente de una guerra de élites. O más bien de una guerra fratricida. Padres contra hijos. Y cualquiera que haya visitado un Juzgado de lo Familiar, sabe lo complicado que pueden ser los pleitos entre consanguíneos, especialmente cuando hay herencias de por medio. Es como una guerra civil. Se tiran con todo y siempre afloran viejos resentimientos. Que si cuando éramos chicos tú me rompiste mi muñeca favorita, que si de adolescentes tú te burlabas de mí cuando se me llenaba la cara de barros, en fin, todas esas cosas que seguramente ya están recordando.

Y eso precisamente pasó entre los criollos y los gachupines. Se dieron hasta con la cubeta y se trataron como si fueran dos perfectos desconocidos. Una de las formas que tenían para demostrarse su odio recíproco era la utilización de versos burlescos impresos en forma de pasquines que se distribuían de forma anónima por las calles de la ciudad de México. Antes de continuar, hay que aclarar también que no todos los criollos estaban en contra de los gachupines ni todos los gachupines odiaban a los criollos. Tampoco exageremos.

Familia de gachupines

De antemano pido disculpas a l@s lector@s sensibles, pero sirva lo siguiente para demostrarles que en tiempos pasados también se utilizaban palabras ofensivas, así que olvídense de aquella frase que dice "esto no pasaba antes". Todo ha pasado antes y seguirá pasando después. Hay cosas que nunca cambiarán.

Esta lucha entre padres e hijos cobró especial fuerza en tiempos del virrey José de Iturrigaray (1802-1808), y una prueba de ello es el siguiente pasquín:

"¡Pobre América! ¿hasta cuándo
se acabará tu desvelo?
Tus hijos midiendo el suelo
y los ajenos mamando."

Los españoles no tardaron en replicar, y al poco tiempo apareció otro pasquín que, de acuerdo con don Artemio de Valle Arizpe fue financiado por los comerciantes del Parían. Así que tápenle los ojos a sus hijos pequeños o, por lo que más quieran, no lo lean en voz alta si hay menores presentes. Mejor mándenlos a jugar a su cuarto, al jardín, a la calle o a casa de sus primos. Conste que ya les advertí.


"En la lengua Portuguesa
al ojo le llaman "cri",
y aquel que pronuncia así
aquesta lengua profesa.
En la nación Holandesa
"ollo" le llaman al culo,
y así con gran disimulo,
juntando el "cri" con el "ollo"
lo mismo es decir "criollo"
que decir ojo de culo".


¿Qué, no se sonrojaron? Bueno, esperen a ver lo que les contestaron los criollos. Ahora sí mejor manden a la abuelita con sus nietos para que les haga compañía y no escuche lo que viene a continuación.

"Gachu" en Arábigo hablar
es en castellano "mula":
"Pin" la Guinea articula
y en su lengua dice "dar".
De donde vengo a sacar
que este nombre "gachupín"
es un "muladar" sin fin,
donde el criollo siendo culo
bien puede sin disimulo
cagar en cosa tan ruin".


José María Morelos y Pavón
Palacio de la Inquisición
No cabe duda que sentían un enorme cariño filial. Claro que no todos eran tan insultantes. Por supuesto que no. Había otros que, para las buenas conciencias de ayer y de hoy, hasta resultaban sumamente sacrílegos y cargados de venenos. ¿Habían escuchado alguna vez el "Padre Nuestro de los Gachupines"? Bueno, pues éste se publicó en 1776 por un "criollo americano" (es decir por un escritor anónimo) que hizo bien en omitir su nombre, pues en cuanto salió a la luz, la Inquisición, ese amado tribunal que velaba por el bien de todas las almas sencillas (nótese el sarcasmo), ordenó recogerlos y ofreció una recompensa a quien denunciara al autor. pero jamás apareció. Estos son los versos en cuestión:


            "Será dable que nos cuadre
          gente que por interés
          ha dejado en la vejez
          padeciendo al pobre.............Padre.
          Para dejar a su madre
          por cualquier trato siniestro
          es el gachupín muy diestro,
          pues para ellos si se acata
          ni hay más padre que la plata
          ni más ser que el reino.........nuestro.

          En vano son tus desvelos,
          perro, infame y mucho más,
          pues si en éste reino estás
          dices.....................que estás en los cielos.
          Si Dios tus malos anhelos
          destruyera provocado,
          fuera el reino desahogado
          de tantos perros obscenos,
          pues con tanto perro menos
          quedara.....................santificado.

          No hay en todo el reino un hombre
          a quien no tengáis acedo,
          ni criollo que os tenga miedo,
          por bravo que................sea tu nombre;
          ni hay hombre que no se asombre
          de vuestra avaricia atroz,
          tal que si uno, no habrá dos
          que avaros no sean de modo
          que a ellos quieran vaya todo
          y que nada...................venga a nos.

          ¡Oh Dios y Señor, no sé
          en qué estas cosas estriban!
          Si es tu voluntad que vivan
          aquí en.....................tu reino, hágase;
          pero sólo si diré
          que si la Real Majestad
          no ignorara en realidad
          lo que es esta gente fiera,
          ya todo el reino estuviera
          conforme a...................tu voluntad.

          Ninguno en la mar se emperra
          ni se engríen hasta llegar;
          o si como allá en el mar
          lo fueran..................así en la tierra;
          de su reino se destierra
          un gachupín sin recelo,
          por ser (se vienen en pelo)
          ricos, pues allá es notorio
          que están en el purgatorio,
          pero acá.................como en el cielo.

          No es viaje muy siniestro
          que hace este maldito enjambre,
          pues como están muertos de hambre,
          vienen en pos de..............El pan nuestro
          no hay perro que no sea diestro
          de éstos en la granjería,
          tratando con porquería,
          usuras; mas ¡qué me apura
          el que traten con usura,
          si es su pan.................de cada día!

          Esto digo y a más voy,
          y si algún agravio os hago
          y queréis darnos el pago,
          que sea breve,................dánosle hoy;
          y advertid que cierto estoy,
          y lo estamos a una voz
          todos, que si algún atroz
          caso sucede disforme,
          haciendo al Rey un informe
          nos vendrá...................perdón-a-nos.

          A ratos juzgo entre mí
          que quizá porque pecamos
          quiere Dios satisfagamos
          por......................nuestras deudas así;
          nunca de vosotros creí,
          según sois perros vosotros,
          que haya paz entre unos y otros,
          y está en que estáis muy alzados,
          soberbios y endemoniados,
          y no así...................como nosotros.

          Tal somos, que si os miramos
          desnudos y en aflicciones,
          ni aun nuestros propios calzones
          por cubriros.....................perdonamos;
          entre la plata nos criamos,
          de la cual sois poseedores,
          y tan crecidos favores
          bien debíais recompensar,
          y cuando no, confesar
          el que sois...................nuestros deudores.

          ¡Ea, gachupín! No te alejes
          a España porque tronaste,
          acá en las Indias buscaste,
          con que estáte.................y no nos dejes;
          y con que sólo reflejes
          lo rico de esta región,
          libre está tu inclinación
          ni aun siquiera de pensado
          de cometer tal pecado
          y de.......................caer en la tentación.

          ¡Oh, Dios mío! Ponnos en paz,
          y nuestras quejas acalla,
          líbranos de esta canalla
          y al reino no vengan.................más,
          ni vea por acá jamás
          ninguno de ellos, de quien
          jamás tenemos un bien;
          en fin,.......................líbranos de mal
          y de esta plaga infernal.
          Así sea, Señor,..................Amén."

Al final, los criollos ganaron esta singular lucha a tres caídas sin límite de tiempo. La guerra de independencia la comenzó un criollo (Hidalgo) y la terminó otro (Iturbide). En el ínter hubo mestizos, indígenas y mulatos que se estuvieron rompiendo el alma por la lucha y que, al final, no salieron bien parados. Una prueba de ello es, a mi parecer, el trato injusto que se le ha dado a Morelos. A diferencia de Hidalgo, éste sí sabía bien lo que quería con la lucha, y por ello a él le debemos los Sentimientos de la Nación, la creación del Primer Congreso, el apoyo a la redacción de un Acta de Independencia y, desde luego, de una primera Constitución, la Constitución de Apatzingán de 1814. A diferencia de Hidalgo, no sólo se preocupó por luchar, sino que también tuvo entre sus prioridades dotar a la futura nación de un marco legal y de gobierno que le permitiera funcionar una vez conseguida la independencia. Pero el destino, que suele jugar malas pasadas (especialmente cuando está disfrazado de envidias y celos) lo condenó a caer prisionero y ser pasado por las armas.


Una vez que triunfó la independencia, al criollo Hidalgo se le nombró Padre de la Patria, mientras que al mulato Morelos tan sólo se le dijo: "gracias por participar".