domingo, 17 de abril de 2016

BREVE HISTORIA DE FRANCIA PARA PRINCIPIANTES Y OCIOSOS. DESDE LOS REYES CAROLINGIOS HASTA LOS PRIMEROS AÑOS DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Estamos al final de la época de los reyes Merovingios. En la Corte, más que el rey, impera la figura del mayordomo de palacio, quien es en realidad el que gobierna la frágil unión de Austrasia y Neustria. Encontramos aquí a Pipino de Heristall, primer mayordomo de palacio que ostenta el poder, ya que los últimos reyes merovingios se distinguían por su apatía y poca inteligencia (siglo VII). Pipino de Heristall es famoso por ser el padre del celebérrimo Carlos Martell, el triunfador de Poitiers. En efecto, Carlos Martell, mayordomo de palacio, derrota a los árabes de Muza en la batalla de Poitiers, al sur de Francia, y detiene con ello la invasión agarena que había comenzado por el Reino Visigodo de España, y que de haber triunfado hubiera cambiado por completo la historia del mundo entero.

Pipino el Breve

A Carlos Martell le sucede su hijo Pipino el Breve, llamado así por su corta estatura (no llegaba al 1.50 m de estatura). Pipino el Breve es conocido como el fundador de la dinastía carolingia, aunque en realidad el sólo era, al igual que sus antecesores, mayordomo de palacio. A él le sucede su hijo Carlomagno, primer rey carolingio de Francia. Carlomagno pretendió crear de nuevo el Imperio Romano, por lo que se lanzó a la conquista de Italia, ocupada por los lombardos, y de Alemania, ocupada por los sajones. Asimismo, recuperó la zona del sur de Francia ocupada por los árabes del califato de Córdoba. Carlomagno es coronado Emperador por el Papa en el año 800. Él fue también el creador de los Estados Pontificios, al cederle al Papa una parte del territorio conquistado al Reino de los Lombardos. Se trata sin duda de uno de los reyes más famosos de Francia.


Carlomagno muere en el año 814 y le sucede su hijo Luis I el Piadoso. Con él, el Imperio comenzó su decadencia, ya que era un rey de naturaleza débil. A su muerte (840) el Imperio se divide entre sus tres hijos: Francia para Carlos el Calvo, Alemania para Luis el Alemán y la Lotaringia (Italia, Suiza, y la parte central que divide Alemania de Francia), para el mayor de los tres: Lotario. Al morir Lotario, su reino de repartió entre sus hermanos.

Vinieron a continuación en Francia una serie de reyes bastante patéticos: Luis II el Tartamudo (877-879), Luis III (879-882), Carlomán (879-884), Carlos el Gordo (885-887), Eudes (887-898), Carlos III el Simple (898-923), Raoul (922-923), Roberto I de Borgoña (923-936), Luis IV de Ultramar (936-954), Lotario (954-986) y Luis V el Perezoso (986-987). En este período cabe destacar a Carlos III el Simple, a quien los vikingos obligaron a cederles las tierras de lo que sería el ducado de Normandía. A la muerte del último carolingio a mediados del siglo X, se apoderó del trono Hugo Capeto, conde de París, quien en su juventud había sido carnicero en esa misma ciudad. Con él inicia la dinastía más famosa de Francia, la de los Capetos.


A Hugo Capeto le sucedió su hijo Felipe I quien a su vez se lo heredó a Roberto II el Fuerte. A continuación llegó Enrique I y luego Luis VI el Gordo. Todos ellos fueron reyes de muy escasa relevancia. Al morir este último, subió al trono Luis VII el Joven o el Piadoso, quien casó en primeras nupcias con una de las mujeres más increíbles de la historia, Leonor de Aquitania, heredera de una de las provincias más grandes de Francia. Debido a la enorme diferencia de caracteres (Leonor tenía un carácter muy fuerte) y a la ausencia de herederos varones, decidieron divorciarse. Leonor casó entonces con Enrique Plantagenet, en aquella época pretendiente al trono de Inglaterra. Además, Leonor ya había sido amante de su padre, Godofredo Plantagenet. De ésta manera, al subir Enrique al trono de Inglaterra, más de la mitad de Francia pasó a su poder. En efecto, Enrique era, además de rey de Inglaterra, duque de Normandía, duque de Aquitania, conde de Poitou, de Maine, La Marche y Anjou.

Leonor de Aquitania

Por su parte, Luis VII casó con Blanca de Castilla. Al morir, le sucedió su hijo Felipe II Augusto. Felipe, gran amigo de Ricardo I Corazón de León, rey de Inglaterra, acompañó a éste en la III Cruzada.

De regreso en Francia, tras el fracaso en la Cruzada, muere Ricardo al intentar tomar un castillo de un súbdito rebelde. Le sucede su hermano Juan sin Tierra, un auténtico incompetente, y entonces Felipe se lanza a la reconquista de todos los territorios franceses que se encontraban en poder de Inglaterra. Así, conquista Aquitania, Poitou, Maine, Anjou, La Marche y Normandía, dejando en poder de Inglaterra únicamente una pequeña parte de Normandía.

A Felipe II Augusto le sucede su hijo Luis VIII, quien reinaría pocos años, siendo sustituido por su hijo Luis IX, mejor conocido como San Luis Rey de Francia. Este rey, lleno de fervor religioso, se lanzó a la conquista de la Tierra Santa en las que serían las dos últimas Cruzadas. Murió en Túnez, víctima de la tifoidea, durante la última de éstas.

Entonces subió al trono su hijo, Felipe III el Atrevido, quien se dedicó a reorganizar el reino y comenzó, poco a poco, a recuperar el poder real puesto en manos de los nobles. A éste siguió su hijo Felipe IV el Hermoso, mejor conocido como el primero de los Reyes Malditos. Felipe IV logró quitarle a los nobles casi todo su poder, concentrando éste en manos del rey, convirtiendo así a Francia en la primera de las naciones modernas. Se le llamó el Rey Maldito debido a lo siguiente:


Decidido a terminar con la orden religiosa-militar de los Caballeros Templarios, que habían adquirido una gran riqueza y un enorme poder que representaba un peligro para la autoridad real, se alió con el Papa Clemente IV y, una vez excomulgados los Templarios por el Papa, se inició su persecución. Por último, cayó en su poder el último Gran Maestre de los Templarios, Jacques de Molay. Condenado a muerte, fue quemado en la Plaza del Louvre junto con el Comendador de Normandía y el de Aquitania. Estando en la hoguera, de acuerdo con la tradición, Jacques de Molay lanzó la siguiente maldición: “Papa Clemente, rey Felipe, caballero Guillermo (refiriéndose a Guillermo de Nogaret, fiscal real en la causa de los Templarios), por la iniquidad que cometéis, yo os juro ante Dios Todopoderoso que antes de un año, compareceréis ante El para rendir cuentas de este crimen. Rey Felipe, yo te maldigo a ti y a tus sucesores. Con tus hijos terminará tu dinastía maldita”.

En efecto, antes de un año, murieron el Papa, el Rey y el caballero. Felipe tuvo cuatro hijos, Luis, Isabel, Felipe y Carlos. Isabel casó con Eduardo II de Inglaterra y fue madre de Eduardo III. Al morir Felipe, subió Luis X el Turbulento, quien casó con Constanza de Baviera. Estando embarazada la reina, Luis X murió, presuntamente envenenado por la condesa Mahault de Artois, quien pretendía el trono para su hija menor Blanca, casada con Carlos, hijo menor de Felipe IV. Constanza dio a luz un varón, bautizado como Juan I el Póstumo. El niño, durante su bautizo, fue envenenado por la condesa Mahault, nombrada madrina del infante.

El trono quedó en manos del segundo de los hijos de Felipe, Felipe V el Largo. A los pocos años murió sin descendencia y le sucedió su hermano menor, Carlos IV el Hermoso. Al morir éste sin hijos, terminó la dinastía de los Capetos, cumpliéndose así la maldición del Gran Maestre de los Templarios, Jacques de Molay..

Subió entonces al trono Felipe VI de la dinastía de los Valois (siglo XIV), hijo de Enrique de Valois, hermano de Felipe IV el Hermoso. Tras un reinado gris, Felipe fue sustituido por su hijo Juan II el Bueno. Durante su reinado, se produjo la mayoría de edad de Eduardo III de Inglaterra, y éste decidió reclamar sus derechos al trono de los Luises, como nieto que era de Felipe IV, hijo de su única hija Isabel. Eduardo III invadió Francia y derrotó a los franceses en la memorable Batalla de Crécy. Después de rondar por tierras francesas sin conseguir un éxito palpable, decidió regresar a Inglaterra, dando por terminada la campaña. Sin embargo, en Francia quedó alguna tropa encargada de hostilizar a los franceses. Años después, Eduardo mandó una nueva expedición al mando de su hijo primogénito Eduardo, el Príncipe Negro, quien logró derrotar a los franceses en la batalla de Poitiers. En esta batalla cayó prisionero Juan II, rey de Francia. Enviado a Inglaterra, se negoció su libertad a cambio de la promesa formal de nombrar a Eduardo III o su heredero, rey de Francia a la muerte de Juan.

Sin embargo, muerto el Príncipe Negro en plena juventud, al morir Eduardo III le sucedió su nieto, Ricardo II de Burdeos, quien era menor de edad. Esto motivó problemas internos en Inglaterra por la regencia, por lo que al morir Juan II, Inglaterra no estaba en condiciones de exigir lo pactado.

A Juan II le sucedió Carlos V el Sabio, y a éste, Carlos VI el Loco, casado con Isabel de Orleáns. Durante su reinado, subió al trono de Inglaterra Enrique V de Monmouth, de la casa de Lancaster, hijo de Enrique IV de Bolingbroke, primo y sucesor de Ricardo II de Burdeos. Enrique V decidió reclamar de nuevo sus derechos al trono de Francia, y para ello, invadió este país (siglo XV). Enrique derrotó a los franceses en la célebre batalla de Azincourt, y, después de conquistar París, firmó un acuerdo con Carlos VI, por el cual Enrique V se casaría con Margarita de Francia, hija de Carlos VI, y el hijo de ambos heredaría las dos coronas de Francia e Inglaterra, excluyendo así al delfín Carlos, hijo primogénito del rey de Francia.

Carlos VI el Loco

Al estar por nacer el hijo de Enrique y Margarita, éste tuvo que salir a Francia, ya que el rey no había respetado lo pactado. Además, había surgido en el panorama histórico la figura de Juana de Arco, humilde campesina francesa que lograría infundir nuevos ánimos de lucha al delfín Carlos y logró detener a los ingleses en las puertas de Orleáns.

Antes de salir, le pidió a su mujer que su hijo naciera en cualquier lugar, con excepción del castillo de Windsor, sin explicarle el porqué. Pero Margarita, enojada por que Enrique no se esperó al nacimiento, decidió trasladarse a ese castillo para dar a luz.

Se dice que cuando Enrique, que se encontraba luchando en Francia, recibió la noticia del nacimiento de su hijo varón (el futuro Enrique VI), se puso loco de alegría. Pero, de repente, se detuvo en seco y preguntó dónde había nacido el niño: “En Windsor, Su Majestad”- le dijo uno de los enviados. Entonces, Enrique, que había nacido en el castillo de Monmouth, puso un rostro sombrío y dijo lo siguiente: “El Enrique en Monmouth nacido, poco reinará y mucho obtendrá. El Enrique en Windsor nacido, mucho reinará y todo lo perderá”. Después, sonrió de nuevo y dijo: “Señores, que sea lo que Dios quiera”.

Y en efecto, Enrique V, que llevaba pocos años de rey, murió al poco tiempo, después de conquistar tres cuartas partes de Francia. Y su hijo, Enrique VI, reinó durante casi 40 años, perdiendo todos los territorios ganados por su padre, la corona y la cabeza.

Así fue como Carlos VII, el hijo de Carlos VI el Loco, recuperó su reino. Aunque también hay que decir que en algo le ayudó la famosa Juana de Arco. Al morir, le sucedió su hijo Luis XI, famoso por su crueldad. A éste siguió Carlos VIII, el último de los Valois, famoso por su libertinaje y por su estupidez notoria

A su muerte, le sucedió Luis XII de la casa de los Valois-Orleáns, quien casó con Ana de Bretaña, última duquesa independiente de ese territorio francés, con lo que logró unificar por completo el reino de Francia. Luis XII murió sin descendencia y fue sucedido por Francisco I de la casa de los Valois-Angulema (siglo XVI)

Francisco I se convirtió con el tiempo en el rival más encarnizado del Emperador Carlos V de Alemania y I de España, llegando incluso a aliarse con los protestantes y con Turquía para combatirlo. A pesar de esto, Francisco I fue considerado por el Papa como el defensor de la cristiandad.

Francisco I

El principal problema entre ambos reyes era la posesión del Milanesado, en tierras italianas. Francisco I, derrotado en muchas ocasiones, vencedor en algunas otras, cayó por fin prisionero de Carlos V en la célebre batalla de Pavía.

Su captura permitió al emperador alemán obtener amplias ventajas en Europa. Recuperada su libertad, Francisco I se lanzó de nuevo a la lucha contra Carlos V. Al morir, le sucedió su hijo Enrique II. Este, además de heredar la corona de su padre, heredó también los odios hacia el emperador hispanoalemán.

Una vez retirado a la vida monástica Carlos V (1555), le sucedió su hijo Felipe II, quien, cansado de las bravatas del francés, invadió su territorio, derrotando a éste en la célebre batalla de San Quintín.

Firmada la paz, Enrique II, al igual que lo estilaba su padre, no tardó en romperla. Para estas fechas, el rey se había casado con Catalina de Médicis, con quien tuvo tres hijos: Francisco, Carlos y Enrique. Sin embargo, la fidelidad de Enrique para con su esposa duró poco tiempo. En efecto, Enrique entabló relaciones nada decorosas con la famosísima Diana de Poitiers.

A los pocos años de su reinado, Enrique II murió al recibir en un torneo una lanzada que le penetró por el ojo y le atravesó el cerebro. Le sucedió su pequeño hijo Francisco II, menor de edad, casado con la entonces también menor María Estuardo, reina de Escocia, unión que no tenía muy contenta a Inglaterra. La regencia fue entonces asumida por su madre, Catalina de Médicis, quien ejerció un gobierno despótico, influenciada por italianos fanáticamente católicos.

Francisco II murió a los dos años de reinado y le sucedió su hermano Carlos IX, quien, influenciado por los poderosos miembros de la casa de Guisa, jefes del partido católico, ordenó la famosa matanza de San Bartolomé, en la que fueron asesinados sin misericordia miles de protestantes (en Francia llamados hugonotes), hombres, mujeres y niños.

Carlos IX murió joven (igual que su hermano Francisco) y fue sucedido por su hermano menor Enrique III (quien acababa de ser nombrado rey de Polonia, trono que dejó para correr tras el de Francia).

Al acercarse su muerte en 1589, comenzó la lucha por su sucesión, entablada entre Enrique de Navarra (de la familia de Borbón), apoyado por los hugonotes, y Enrique de Guisa, apoyado por los católicos.

Enrique de Borbón logró derrotar a su contrincante, pero París, capital del reino, se negó a recibirlo como rey si no se convertía al catolicismo. Fue entonces cuando Enrique IV, primer Borbón, pronunció la siguiente frase: “París bien vale una misa”.

Enrique IV se convirtió así al catolicismo, pero en uno de sus primeros actos de gobierno, dictó el Edicto de Nantes, concediendo la libertad religiosa a los hugonotes.

Enrique IV logró llevar a Francia a una posición de primer nivel en Europa y se convirtió en uno de los reyes más queridos de esta nación. Inclusive se cuenta que durante la revolución francesa, al producirse el saqueo de las tumbas reales en Saint Denis, la única que se respetó fue la de Enrique IV. A pesar de esto, Enrique murió asesinado por un fanático católico llamado Ravaillac.

Enrique IV de Francia. Cuenta la leyenda que tan sólo se bañó dos veces en su vida...

A Enrique le sucedió su hijo Luis, treceavo de este nombre. El reinado de este monarca es llamativo particularmente por la presencia de una figura de primer nivel: el cardenal de Richelieu.

Richelieu, un ser extremadamente inteligente, se convirtió en el dueño de la voluntad del monarca, y tras lograr esto, en el dictador de los destinos de Europa entera. Hombre sagaz, inteligente, cruel o bondadoso según lo permitan las circunstancias, Richelieu gobierna con mano de hierro.

Por cuestiones políticas, Richelieu casa a Luis XIII con Ana de Austria, hija de Felipe III de España.

Aunque fue duramente criticado por su política, Richelieu llevó a Francia al rango de primera potencia europea. Nada se movía en el continente sin que él diera su aprobación. Llevó a Francia a un sin fin de guerras, en especial contra Austria y España, las eternas rivales del reino de la flor de lys.

Tratando ahora la vida privada de Luis XIII, se afirma que nunca llevó buenas relaciones con su esposa Ana, por lo que se considera un misterio la forma en que ésta procreó al futuro Luis XIV. La historia oficial nos cuenta que Richelieu, preocupado por la descendencia de la corona, logró por sólo una noche la reconciliación de los reyes, y que en esa noche la reina concibió al heredero.

Observamos que esta historia es poco creíble. Las malas lenguas afirman que Richelieu consiguió a algún joven bastardo Borbón, hermanastro del rey (recordemos que Enrique IV fue bastante licencioso en su vida privada), y convenció a la reina de tener relaciones con él a fin de procrear un heredero a la corona de Francia. La reina aceptó y quedó pronto embarazada.

También se cuenta que Luis XIV era tan parecido a su padre Borbón, que para evitar problemas con los demás pretendientes a la corona, encarceló a su padre en la Torre de Nesle, colocándole una máscara de terciopelo y dando órdenes a los guardias de que trataran al prisionero con todo lujo de delicadezas, pero que si observaran que pretendía despojarse de la máscara, lo mataran implacablemente (de esta historia real surgió la novela de Alejandro Dumas, “El Hombre de la Máscara de Hierro”, en la que dicho escritor afirmaba que el prisionero de Nesle era en realidad el legítimo rey, o sea, el hermano mayor de Luis XIV, aunque esto pertenece ya al terreno de la novela).

Muerto Luis XIII, le sucedió su pequeño hijo Luis XIV, conocido como “El Rey Sol”. Durante su minoría de edad, ejerció la regencia otro célebre cardenal: Mazarino. La actitud prepotente de éste y el hecho de ser extranjero provocó una revuelta de la nobleza lidereada por el príncipe de Condé, primo del rey, y apoyada por gran parte del pueblo de París. A esta revuelta se le conoce como La Fronda.

Luis XIV

Dos cosas destacan en la vida de este célebre rey: su famosa frase “El Estado soy yo” (en la que condensa de la forma más clara y dura la tendencia gobiernista del final de su época: el Despotismo Ilustrado), y la construcción del palacio más bello, más grande, más espléndido y lujoso del mundo: el Palacio de Versalles, que a pesar de tener más de mil habitaciones no contaba con un sólo baño.

Luis XIV continuó con la política de dominio europeo implantada por Richelieu. Buen militar, en sus primeras campañas siempre salió victorioso, logrando derrotar en varias ocasiones a España, Austria, Prusia e inclusive Inglaterra. Además, tras una breve campaña, agregó a su poderosa monarquía el pequeño reino de Holanda. Al poco tiempo de esto, Luis XIV revocó el Edicto de Nantes dictado por su abuelo Enrique IV, regresando a Francia al tiempo de la intolerancia religiosa.

A éstas victorias le ayudaron dos de los mejores generales de todos los tiempos: El Gran Condé y Turena. Desgraciadamente, estos dos generales murieron a temprana edad.

Durante su reinado se dio también un episodio que conmovió a Europa entera: la Guerra de Sucesión Española. En efecto, muerto sin descendencia en 1700 el último de los Habsburgos españoles, Carlos II el Hechizado, se despertó en torno a su sucesión las intrigas de todos los príncipes europeos.

Pero Luis XIV, más hábil que sus colegas, había conseguido del ahora difunto rey, la promesa de que su heredero sería el nieto de Luis XIV, Felipe de Borbón. Sin embargo, los Habsburgo también alegaron sus derechos a la corona. Ambos reinos llevaron sus tropas a la Península Ibérica y se dio inicio a la guerra. Francia se vio apoyada por Prusia y Rusia, las eternas rivales de Austria, mientras que a esta última le dio todo su apoyo la floreciente Inglaterra.

Tras muchas vicisitudes de las que no es propio hablar en este breve ensayo, Felipe de Borbón triunfó sobre Austria y subió al trono de España como Felipe V. Sin embargo, a España le costó muy caro esta victoria, pues Inglaterra se apoderó durante su desarrollo de Gibraltar y de la isla de Menorca.

Triunfante en España, Luis XIV, ya viejo, no pudo evitar sin embargo que sus fronteras orientales fueran invadidas por el Austria resentida de la derrota española. Totalmente aplastado, Luis XIV tuvo que firmar la paz que le costó a Francia le pérdida del primer lugar europeo.

Además de todo esto, provocaba inquietud en Luis XIV la grave cuestión de su descendencia. Muerto su hijo el delfín y su nieto mayor, la descendencia recaía en su bisnieto Luis, de tan sólo 5 años de edad.

Sin embargo, al grito de: “¡El Rey ha muerto, viva el Rey!”, Luis XV ocupa el trono de Carlomagno (1715). De inmediato se establece la Regencia presidida por un nuevo cardenal: el cardenal de Fleury.

Luis XV, llamado por su pueblo “El Bienamado”, se casa con la hija del destronado rey de Polonia Estanislao Leczsinsky, María Leczsinska, 10 años mayor que él. En un principio, su matrimonio es muy feliz y Luis XV es el modelo de la fidelidad en una corte en la que imperaba el desorden moral.

Pero con el paso de los años, Luis XV comienza a darse cuenta que, mientras su esposa envejece, el aún conserva todo su vigor, por lo que comienza a buscarse aventuras fuera del tálamo matrimonial.

La vida amorosa de Luis XV es quizá, junto con la del veneciano  Casanova, una de las más famosas en la historia. Entre sus amantes más conocidas destacan las tres hermanas de Nesle, la famosísima madame de Pompadour, y la que lo acompañó hasta su muerte, la también célebre madame Du Barry.

Madame de Pompadour

Además de ellas, Luis XV establece en Versalles un lugar conocido como el Parque de los Ciervos, en el que su fiel mayordomo Molin, lo surte de jóvenes mujeres de toda Francia, con las que el rey pasa algunas noches de placer y luego recompensa largamente.

Pasando a otros aspectos de su vida, Luis XV se convirtió en un rey odiado al construir una carretera que lo llevara de Compiégne a Versalles sin tener que pasar por París, después de sufrir un atentado en esta ciudad.

En materia política, Luis XV intentó recuperar el predominio perdido por su bisabuelo en Europa, y para ello se enfrentó a Federico el Grande de Prusia en lo que se conoció como la Guerra de los Siete Años. Las tropas de Francia, que contaban con el apoyo de María Teresa de Austria, estuvieron en varias ocasiones, al mando de los mariscales de Broglie, a punto de borrar del mapa europeo a Prusia, pero su hábil monarca Federico, lograba siempre recuperarse y sorprender a los francoaustriacos cuando éstos menos lo esperaban.

Otro grave problema internacional que tuvo que sortear Luis XV fue la cuestión de la corona de Polonia. En efecto, Luis XV apoyaba a su suegro Estanislao, en contra de Augusto, el candidato de Austria y de Rusia. Al final, Francia tuvo que ceder y concederle a Estanislao como consolación el ducado de Lorena.

Durante su reinado, las finanzas del reino llegaron a caer en un grado total de depresión debido a los despilfarros del rey y de la corte, lo que provocó un aumento de impuestos en todo el reino.

Se dice que Luis XV, ya viejo y previendo el desastre que se avecinaba para la monarquía francesa, pronunció la siguiente frase: “Después de mí, el diluvio”.

A Luis XV le sucedió su joven nieto, el duque de Berry, conocido como Luis XVI. Este rey tomó por esposa a una hija de María Teresa de Austria, a la joven y hermosa María Antonieta de Austria.

Luis XVI era un rey bondadoso, accesible, ahorrativo, pero con poca inteligencia. Digamos que hubiera podido ser un excelente campesino o un buen artesano, pero nunca un rey de Francia. Su mujer, al contrario, era despótica, despilfarradora y tampoco brillaba por su inteligencia.

Durante este reinado, se inició la lucha de independencia de las colonias americanas de Inglaterra, las que buscaron de inmediato el apoyo de Francia, enemiga tradicional de Inglaterra en América. Francia envió tropas en auxilio de los norteamericanos, al mando del marqués de Lafayette.


Pero al triunfo de éstos frente a Inglaterra, las tropas francesas regresaron a su patria infestados de las ideas revolucionarias de los estadounidenses. Por este motivo, el rey Luis XVI decidió convocar a los Estados Generales, que no se reunían desde mediados del siglo XVII, para calmar así la agitación revolucionaria. Pero, dentro de esta Asamblea, existían grandes injusticias. En efecto, la Asamblea se componía de tres estamentos: nobleza, clero y estado llano (pueblo). Cada estamento contaba con un voto, sin importar el número de sus miembros, por lo cual el estado llano, a pesar de ser el más numeroso, nunca triunfaba en las votaciones.

Esto, aunado al enorme despotismo imperante en Francia y a la cruel diferencia entre pobres y ricos, así como a las hambrunas ocasionadas por la pérdida de las cosechas, fermentaron un clima de descontento que estalló por fin el 4 de julio de 1789, cuando el enfurecido pueblo de París tomó por asalto la odiado prisión de la Bastilla, poniendo en libertad a todos sus presos, la mayoría de los cuales eran perseguidos políticos.

Después, las mujeres de París avanzaron hacia Versalles, donde se encontraba la Corte, exigiendo pan para sus hijos. Se dice que la princesa de Chambord (que tiempo después sería descuartizada por el pueblo enfurecido), al oír a las mujeres pedir pan, les gritó que no lo había, que comieran pasteles.

Tras este episodio, el rey fue conducido con toda su familia a París, y se alojó en el Palacio del Louvre. Los revoltosos convocaron entonces a una Asamblea Nacional, cuyo fin original era redactar una Constitución, que debería de ser jurada por el rey.

Pero Luis XVI, aunque en un principio aceptó jurar esta Constitución, fue convencido por su esposa María Antonieta, para que no lo hiciera. La familia real fue recluída en la torre de Nesle. Ahí, apoyados por el marqués de Lafayette, decidieron escapar de Francia para pedir ayuda en los países vecinos y recuperar su trono. La fuga se realizó con los reyes disfrazados de sirvientes de una condesa. Pero al llegar a un lugar llamado Valenciennes, a 10 kilómetros de la frontera con Prusia, los reyes fueron reconocidos y recapturados y enviados a París.

Por este motivo, el pueblo se volvió a levantar, cayó el gobierno de la Asamblea y se proclamó la Convención Nacional. El primer acto de este gobierno, fue declarar abolida la monarquía en Francia, y por lo mismo, depuesto al rey Luis XVI, quien se convirtió simplemente, en Luis Capeto. Juzgado como traidor, el antiguo rey fue guillotinado en el año de 1793, por órdenes de Maximiliano de Robespierre, con lo que se inició lo que se conoce como el gobierno del Terror. Este gobierno de Robespierre duró más de un año, y durante su mandato, fueron guillotinadas más de 15,000 personas, entre ellas, la reina María Antonieta, la gran mayoría de los nobles que no habían conseguido escapar de Francia, pero también, los enemigos políticos de Robespierre. Al final, en 1895, Robespierre mismo fue guillotinado por los girondinos, sus enemigos políticos.

Se creó entonces un nuevo gobierno en Francia, llamado el Directorio, compuesto por cinco Directores, entre los que sobresalía el general Siéyes. En esos momentos, Francia se vio invadida por todas las potencias europeas, que veían en esta revolución y en la muerte de los reyes, un peligroso ejemplo para sus países. Invadieron su territorio, España, Austria, Prusia e Inglaterra. Las tropas francesas fueron derrotadas, hasta que apareció en escena un joven general que se había distinguido ya en el asalto al puerto de Tolón, ocupado por los ingleses. Este joven general se llamaba Napoleón Bonaparte.


El general Bonaparte derrotó a los austriacos en Italia, en las batallas de Lodi, Padua, Rávena y el puente de Arcole, obligándolos a firmar la paz de Campoformio. Con ello, Austria se retiró de la guerra, provocando que España y Prusia hicieran lo mismo. Al quedar sola, Inglaterra decidió también solicitar la paz. Con ello, Bonaparte se convirtió en el general más popular de la República Francesa y comenzó a pavimentar el camino que lo llevaría al trono imperial.


miércoles, 2 de marzo de 2016

¡2 DE ENERO NO SE OLVIDA! BUENO, LA VERDAD ES QUE SÍ SE OLVIDÓ... LA MATANZA DE LEÓN EN 1946

Todos sabemos lo que ocurrió en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968. La matanza perpetrada por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz con la finalidad de terminar con el movimiento estudiantil que amenazaba con echarle a perder las Olimpiadas.

Pero por desgracia, Tlatelolco no fue la primera ni la última matanza de este tipo llevada a cabo por el gobierno y el ejército mexicano.

Muchos de los incidentes posteriores a Tlatelolco son bien conocidos. Otros no tanto. Pero los anteriores han caído en un olvido preocupante. Es por ello que el día de hoy quiero rescatar uno de ellos, el sucedido en la ciudad de León, Guanajuato, el 2 de enero de 1946.

En ese entonces, el presidente de la República era Manuel Ávila Camacho, el mismo que ha pasado a la historia como "el presidente caballero", pues se dice de él que era una persona afable y bonachona.

Manuel Ávila Camacho

Todo comenzó en julio de 1944 cuando un grupo local de industriales y el exsinarquista José Trueba Olivares, organizaron un partido político llamado Uníón Cívica Leonesa (UCL) con Ricardo Hernández Sorcini como líder. Su finalidad era oponerse al PRM (ahora PRI) en las elecciones locales. Las elecciones para presidente municipal se llevaron a cabo el 16 de diciembre de 1945. La UCL presentó como candidato a Carlos Obregón en contra del candidato oficial Ignacio Quiroz.

El día de las elecciones, a las diez de la mañana, los funcionarios electorales decidieron de forma ilegal cerrar las casillas al darse cuenta de la copiosa votación que se estaba acumulando a favor de la oposición. Un informe secreto elaborado por la Secretaría de Gobernación, a cargo de Primo Villa Michel, reconoció que el candidato de la UCL había ganado. Sin embargo, el triunfo se le adjudicó a Quiroz, el candidato oficial. Ante ese anuncio, una delegación de figuras públicas locales fueron a la ciudad de México para hablar con el presidente, quien se negó a recibirlos.

La tensión en la ciudad de León crecía mientras se acercaba el 1 de enero de 1946, día en que Quiroz tomaría posesión de la presidencia municipal. El 31 de diciembre el gobernador mandó a León a un grupo grande de reservistas del ejército disfrazados de agraristas para simular el apoyo popular al nuevo gobierno.

Parque Hidalgo

El 1 de enero la UCL realizó un mitin de protesta en el Parque Hidalgo, a tres kilómetros de la plaza central de León, al que acudieron cerca de dos mil personas. El coronel Pablo Cano Martínez, al frente de 100 soldados, se dirigió allá. Metralleta en mano introdujo a sus tropas en el parque con las bayonetas caladas y dispersó a los manifestantes con un saldo de cientos de heridos, entre ellos una mujer embarazada que murió pocos días después a causa de los golpes recibidos.

Ante el escándalo que esto provocó, la mayoría de los comerciantes de León, simpatizantes de la UCL, decidieron cerrar sus tiendas a partir del mediodía del 2 de enero como acto de protesta. Ese mismo día una multitud se presentó frente al palacio municipal para exigir la renuncia de Quiroz, mientras los líderes de la UCL trataban de dialogar con el gobierno. Por la noche, un grupo de adolescentes de entre doce y dieciséis años comenzó a dar de vueltas a la plaza cargando un ataúd con un par de letreros que decían "Quiroz" y "PRM", lo que provocó los aplausos de la multitud allí reunida. Mientras tanto, el coronel Emilio Olivera Barrón mantenía a sus soldados dentro del palacio municipal.

Manifestantes

De acuerdo con la versión oficial (todos sabemos lo que eso significa en cuanto a credibilidad), alrededor de las nueve de la noche una piedra "golpeó o cayó cerca" del coronel Olivera, quien dio la orden de disparar tres veces al aire como advertencia. Como la gente no se retiró, 20 soldados salieron en fila del palacio municipal y se formaron, diez de ellos de pie y diez pecho a tierra. Entonces comenzaron a disparar contra los civiles, que se calculaban en esos momentos en más de cinco mil. También abrieron fuego dos ametralladoras emplazadas en la azotea del edificio. Cuando la gente comenzó a correr, presa del pánico, los soldados se dividieron en dos grupos para atraparlas en fuego cruzado. Casi de inmediato llegó la Cruz Roja, pero cuando uno de sus camilleros fue alcanzado mortalmente por las balas, se retiró.

El jefe de la policía militar aseguró que la gente de la plaza había comenzado los disparos y la tropa tan sólo se había defendido, pero no presentó ninguna prueba de ello, además de que ningún soldado resultó muerto o herido. Una vez más, según la versión oficial, murieron 30 personas. De acuerdo con la Cruz Roja, fueron 74. Los heridos pasaron de doscientos. Para apoyar su versión, algunos oficiales disfrazaron de soldados a un pequeño número de los muertos, pero sin fijarse que los uniformes que les pusieron no tenían agujeros de balas, mientras que los cuerpos que los portaban, sí.

Palacio Municipal de León

Los líderes locales del PRM (PRI), Delfino Carranza, Manuel Carmona y Felipe Hernández Segura, aseguraron que la matanza había sido provocada por los sinarquistas como un primer paso para una insurrección general. Por cierto, por si no lo saben, los sinarquistas fue un grupo de extrema derecha de los años 30's, identificado con el fascismo, pero que en los 40's ya estaba totalmente desarticulado.

El escándalo que provocó la matanza fue mayúsculo y obligó al presidente Ávila Camacho a quitar al gobernador de Guanajuato y declarar nulas las elecciones municipales de León. El licenciado Nicéforo Guerrero, magistrado asociado de la Suprema Corte de Justicia, fue nombrado gobernador interino.

La prensa también reaccionó. Excélsior, Novedades y La Prensa, calificaron el episodio como una desgracia sin precedentes en la historia. A mediados de enero, muchos bancos y empresas de todo el país cerraron sus puertas en señal de duelo. De forma por demás reprobable, algunos medios de comunicación de izquierda como El Popular (órgano de la CTM dirigido por Lombardo Toledano) consideraron como sediciosas las protestas por los asesinatos ocurridos en León. Y eso que el presidente Ávila Camacho era abiertamente de derecha y enemigo de los líderes obreros. Incluso este periódico llegó a decir que los imperialistas estadounidenses habían armado a los sinarquistas para que éstos provocaran a la tropa, lo que era totalmente falso de acuerdo, incluso, con el informe secreto elaborado por el gobierno. Cuando Excélsior le respondió que los soldados habían disparado contra una multitud de clase obrera, los de la CTM no supieron que contestar.

En febrero, el candidato de la UCL, Carlos Obregón, fue declarado presidente municipal de León. Pero era muy tarde para evitar el escándalo internacional, pues ya se hablaba de la matanza en periódicos de los Estados Unidos, Europa e incluso la Unión Soviética.

Pro la actitud del presidente Ávila Camacho al destituir al gobernador y declarar nulas las elecciones municipales no fue producto de su conciencia democrática sino de la presión popular y el descrédito internacional. Lo peor para el presidente y el partido oficial era el hecho de que la campaña electoral para renovar la presidencia ya estaba en marcha, por lo que comenzó a correr el rumor de que los especialistas en relaciones públicas del PRM discutían la opción de cambiar el nombre del partido, en un intento por desviar del candidato Miguel Alemán la indignación pública, lo que en efecto ocurrió poco después, cuando se anunció con bombo y platillo el surgimiento del nuevo Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Entierro de los caídos

Por otro lado, la tentativa de que el ejército pretendía falsear los hechos para evitar su responsabilidad, tampoco ayudó de mucho al gobierno. Cuando el jefe de la policía militar, el general Roberto Bonilla, presentó un informe en el que aseguraba que todas las balas disparadas el dos de enero eran de calibre diferente al usado por ejército, nadie le creyó. En un artículo publicado en La Prensa, el periodista González Tejada, refiriéndose a dicho informe, aseguró que cien mil testigos debían entonces de estar equivocados. Al final, el ejército se limitó a acusar a los coroneles Cano Martínez y Olivera Barrón de delitos menores, anunciando que serían juzgados por un tribunal militar, mismo que acabó por declararlos inocentes en una corte marcial celebrada en Guadalajara el 3 de noviembre, once meses después.

Una comisión de la Suprema Corte de Justicia, encabezada por Roque Estrada, concluyó que no había habido provocación y que las fuerzas federales eran totalmente responsables. Sin embargo, cuando los miembros de esta comisión quisieron interrogar a los soldados involucrados, les dijeron que era imposible porque habían sido trasladados a Irapuato. Pero su informe fue demoledor. Todos los agujeros de bala estaban en los edificios frente al ayuntamiento y ninguno en éste. Todas las balas habían sido del calibre utilizado por el ejército. Todos los muertos habían sido civiles desarmados.

Era evidente que el ejército había actuado con injustificable violencia frente a una protesta pacífica por la imposición del candidato oficial. La masacre de León ensombreció la convención nacional del PRM celebrada el 18 y el 19 de enero en la ciudad de México. Miguel Alemán quedó muy desacreditado por haber guardado silencio sobre el incidente.

Sin embargo, el más dañado políticamente fue el líder de la izquierda, Vicente Lombardo Toledano, que en su afán de defender al gobierno argumentó que los líderes locales del PRM se habían adormecido y no habían advertido las astutas maquinaciones de los agentes reaccionarios que planearon la masacre para desacreditar al gobierno.

Vicente Lombardo Toledano

Es vergonzoso que la masacre de León, de escala semejante a la de Tlatelolco en 1968, haya sido olvidada por los estudiosos de la historia, los líderes sociales y el público en general. La falsa asociación con los sinarquistas, creada por la versión oficial de los hechos, convirtió a los caídos en víctimas sin méritos para ser mártires de la democracia. 

El Comité Nacional de la Unión Nacional Sinarquista publicó un manifiesto en que expresaba que "no ha intervenido oficialmente en la dirección o control de la lucha cívica iniciada y mantenida por la Unión Cívica Leonesa a favor de la candidatura del señor Carlos A. Obregón", aunque aceptó que "en lo particular si han participado abiertamente en la campaña política nacional; pero lo han hecho conforme a su propio criterio y en uso de sus derechos ciudadanos." El propósito de este comunicado era desmentir las acusaciones del PRM de que tras la UCL estaban las manos del sinarquismo.

Ojalá que este pequeño artículo contribuya a rescatar del olvido a estas víctimas del PRI.



viernes, 5 de febrero de 2016

¿EL VATICANO EN MÉXICO?

Sin duda alguna, el Vaticano es un Estado muy peculiar. En él, el Papa, líder espiritual de los católicos, ejerce como soberano absoluto.

El Vaticano surgió a raíz de que el papa Pío XI y Benito Mussolini firmaran el llamado Tratado de Letrán el 11 de febrero de 1929. Con ésto se ponía fin a una situación un tanto incómoda en la que el Papa permanecía encerrado en el Palacio Vaticano desde que los italianos le quitaran sus territorios, incluyendo la ciudad de Roma, a raíz de la unificación del país en 1870.



Y es que resulta que desde el año 752 los papas eran dueños de la ciudad de Roma y los territorios que la rodeaban gracias a una donación que le hizo el rey franco Pepino el Breve (sin albur) al papa Esteban II por haberlo reconocido como rey de Francia. Poco después Carlomagno, hijo del anterior, ratificaría esa donación. Con el paso de los años los papas fueron ampliando sus dominios, ya fuera mediante cesiones de reyes y nobles deseosos de ganarse un lugar en el cielo o mediante la simple y llana conquista. Su mayor extensión se alcanzó en el siglo XVI cuando llegaron a dominar todo el centro de Italia.

Pero como siempre ocurre, eso se acabó el día que los italianos, impregnados del espíritu nacionalista del siglo XIX, decidieron que ya era hora de tener su propio país en lugar de una serie de reinos dominados por reyes, papas y duques poco escrupulosos. Todo comenzó en 1848. En aquellos momentos el papa era Giovanni María Mastai Ferreti, mejor conocido como Pío IX, uno de los papas más intransigentes y conservadores. Con decirles que fue el creador de esa tarugada de la infalibilidad papal.

Pío IX

El caso es que tras una guerra entre los reinos italianos contra Austria, que dominaba parte del norte de Italia, el pueblo se llenó de patriotismo y decidió que era llegada la hora de su libertad. Entre otras cosas, el pueblo romano se levantó en armas y proclamó la República Romana, obligando al papa a huir y refugiarse en Gaeta. Sin embargo, esta república sólo duró ocho meses, pues el entonces presidente de Francia, Luis Napoleón Bonaparte (futuro Napoleón III) envió a sus tropas para recuperar la ciudad y devolvérsela a Pío IX.

Pero bueno, y ¿qué tiene que ver México con todo esto? Resulta que en aquellos momentos nuestro país se encontraba deprimido tras perder la guerra contra los Estados Unidos en la que éstos nos arrebataron la mitad del territorio. El presidente en turno era don José Joaquín de Herrera, quien ya había ostentado el cargo en otras ocasiones en medio de los disturbios que caracterizaron a nuestro país en los primeros años de vida independiente.

José Joaquín de Herrera

Pues bien, un día estaba don José Joaquín buscando alguna forma de levantar el ánimo del decaído pueblo mexicano, cuando algún chismoso le habló de las desgracias que habían caído sobre Pío IX, y en esos acontecimientos creyó ver la solución a nuestros problemas (léase con ironía, por favor). Ni tardo ni perezoso se reunió con los señores diputados y les propuso su plan. Todos estuvieron de acuerdo con él y se redactó entonces una carta dirigida al papa en la que, entre otras cosas, se le decía lo siguiente: "Si viniese acá, Santidad, encontraría en México a siete millones de hijos llenos de amor y veneración hacia su sagrada persona, y que tendrían la ventura de recibir inmediatamente de sus manos la bendición paternal".

En pocas palabras, el presidente Herrera le ofrecía al papa que se viniera a vivir a México, ya que lo habían corrido de Roma, y para ello le ofrecía el castillo de Chapultepec como residencia, además de mandarle 25,000 pesos como aliciente. Por fortuna para nosotros, el papa estaba aferrado a recuperar sus territorios italianos y su añorada ciudad de Roma, por lo que amablemente rechazó el ofrecimiento del gobierno mexicano. Eso sí, en agradecimiento, nombró a don José Joaquín como caballero Gran Cruz con collar de la Orden de Pío IX (sí, con toda la humildad que lo caracterizaba, el papa había creado una orden caballeresca con su propio nombre).

Esto pudo haber sido el Vaticano Mexicano

No sabemos que hubiera ocurrido si Pío IX hubiera aceptado la invitación, pero algunas de las posibilidades son, o que actualmente la ciudad de México y sus alrededores fueran los nuevos Estados Pontificios, o que al menos Chapultepec, Polanco y las Lomas fueran el nuevo Vaticano. Y habiendo perdido poco tiempo antes los territorios del norte, quien sabe cómo le hubiera caído al pueblo mexicano una nueva pérdida, aunque fuera a costa de los chilangos.


viernes, 29 de enero de 2016

ALGUNOS DATOS INTERESANTES SOBRE LOS PAPAS

Ahora que Jorge Mario Bergoglio, mejor conocido como el Papa Francisco, visitará México durante el mes de febrero, me gustaría compartirles algunos datos interesantes sobre los papas.

Aunque san Pedro está considerado como el primer papa (no confundir con papa: tubérculo comestible muy sabroso, ni con papá: dícese del progenitor de uno o varios escuincles), en realidad ni él ni sus sucesores inmediatos utilizaron ese título. En el caso de Pedro, porque no sabía hablar griego (papa es una palabra de origen griego) y en el de sus sucesores, porque ese era un título que se le daba a todos los obispos importantes y no sólo al de Roma. Al parecer, la prueba más antigua de que este término se aplique al obispo romano es del siglo IV, por lo que antes de esa fecha no es probable que se usara. Será hasta el siglo XI que el papa Gregorio VII establezca su uso en exclusiva apoderándose mediante decreto del copyright.

Gregorio VII

Por otro lado, será hasta el Concilio de Nicea en el siglo IV, en el que el emperador romano Constantino decide apoyar a los cristianos, cuando el obispo de Roma comience a tomar fuerza. Antes de eso, los obispados más relevantes eran los de Antioquía y Alejandría. Sin embargo, al poco tiempo Constantino funda su propia capital, Constantinopla, y con ello el obispo de Roma vuelve a perder poder frente a su homólogo de dicha ciudad.

La caída del Imperio Romano de Occidente en el siglo V será lo que consagre definitivamente la autoridad del papa sobre Roma, aunque todavía no sobre toda la cristiandad, pues los patriarcas de Constantinopla seguirán disputándole dicho cargo, pelea que terminará con el cisma entre Oriente y Occidente que se mantiene hasta la fecha.

Desde Pedro, la iglesia católica contabiliza 266 papas, aunque de los primeros veinte o treinta en realidad no hay muchos datos además de la lista elaborada por Ireneo de Lyon en el siglo II.

Junto con los 266 papas hay 43 antipapas, de los cuáles el primero fue Hipólito en el siglo III y el último fue Félix V en el siglo XV, lo cual nos habla de una historia muy ajetreada. Un antipapa es un papa elegido de forma ilegal, aunque hay que aclarar que lo de "ilegal" es algo muy ambiguo, pues por mucho tiempo no hubo una regla definida para elegir al papa, como sucede en la actualidad, y en muchas ocasiones la elección obedecía a fines políticos o a demostraciones de poder entre los reyes europeos o las diferentes familias nobles romanas.

Urbano VII

De los 266 papas, 209 nacieron en Italia (la mayoría en Roma). Antes de Juan Pablo II, nacido en Polonia, el último papa no italiano fue Adriano VI, nacido en Holanda, y que gobernó entre 1522 y 1523. Los papas no siempre estuvieron en Roma, pues entre 1316 y 1378 se trasladaron a la ciudad francesa de Avignon, donde estuvieron bajo el dominio de los reyes de Francia.

No todos los papas han muerto de muerte natural. Algunos fueron asesinados (claro que si a uno lo asesinan, es natural que se muera). Por orden cronológico son los siguientes: Sabiniano, Juan VIII, Formoso, Esteban VI, León V, Juan X, Esteban VIII, Benedicto VI, Juan XIV, Silvestre II, Clemente II, Alejandro VI y León X. De otros más existen fuertes sospechas de que fueron asesinados: Benedicto VII, Dámaso II, Anacleto II, Celestino IV, Inocencio V, Adriano V, Celestino V, Adriano VI, Clemente XIII, Clemente XIV, Pío XI y Juan Pablo I. En esta lista, sin embargo, no se incluye a los que fueron asesinados durante las persecuciones bajo el Imperio Romano. Quizá el caso más trágico sea el de Benedicto VI, asesinado por su sucesor Bonifacio VII, de quien se dice que lo estranguló con sus propias manos.

En el siglo X hubo 22 papas y no todos murieron de muerte natural. El último papa que usó barba fue Inocencio XII, quien gobernó de 1691 a 1700. El papa Julio II (1503-1513) se ponía la armadura y encabezaba a sus tropas en la lucha contra sus vecinos. El papa Adriano IV, en el siglo XII, murió asfixiado por una mosca que se le metió en la garganta.

Juan XIX

El papa que ha gobernado por menos tiempo fue Urbano VII, del 15 al 27 de septiembre de 1590. El papa más joven fue Benedicto IX, quien llegó al trono papal a los 20 años, aunque hay quien afirma que en realidad tenía doce. Además, gobernó en tres ocasiones, fue depuesto en una y vendió el cargo en otra. El que más tiempo ha durado fue Pío IX, de 1846 a 1878 (32 años). A Benedicto VIII le sucedió su hermano Juan XIX, quien ni siquiera era sacerdote, por lo que fue ordenado el mismo día de su elección. Por cierto, éstos dos pagaron por el puesto, pues en esos momentos se vendía al mejor postor. ¡Ah! Y por cierto, nunca hubo un papa Juan XX. De Juan XIX se saltaron a Juan XXI.

En algunas ocasiones hubo tres papas al mismo tiempo, pues los antipapas Benedicto XIII y Juan XXIII compitieron con los oficialistas Inocencio VII, Gregorio XII y Alejandro V, situación que se repitió con los antipapas Clemente VIII y Benedicto XIV y el oficialista Martín V. Desde luego, todos ellos decían que eran legítimos y las excomuniones volaban de un lado al otro con singular alegría.

Julio II, el papa guerrero

Total, que la historia de los papas no siempre es tan santa como se cree. Sin embargo, también hay que reconocer que hubo papas muy buenos y otros que se convirtieron en grandes mecenas del arte. De todo hay en la viña del Señor.


martes, 26 de enero de 2016

ALGO DE CRÍTICA LITERARIA

Siendo un bibliófilo por nacimiento, hace poco decidí traicionar un poco mis raíces y me compré un Kindle de Amazon. En cuanto llegó dicho aparato a mi entonces domicilio neoyorkino, me lancé a buscar títulos interesantes que poder adquirir. ¡Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que Amazon tiene más de mil títulos gratuitos! Loco de la emoción, comencé a imaginarme bajando los mejores títulos de historia o de novela histórica y disfrutando de largas horas de agradable lectura. ¡Oh, decepción!

En el largo listado de libros gratuitos había muy pocos de historia (y no precisamente de los mejores). Así que decidí concentrarme en la novela histórica. Obtuve algunos títulos buenos, es cierto, pero otros que no merecen siquiera llamarse libros.

Quiero platicarles acerca de tres de ellos, con el caritativo fin de que no los adquieran y se eviten malos momentos en su lectura. Hago hincapié en que los tres títulos que mencionaré aparecen como grandes éxitos editoriales. Increíble pero cierto.

Primero: El Rastreador, de Blanca Miosi, quien aparece como una de las autoras más vendidas en Amazon. La novela trata sobre un miembro retirado de las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos que es enviado a Pakistán para liberar a un antiguo compañero que supuestamente está en manos de Al-Qaeda. El tipo en cuestión es una especie de Rambo con más inteligencia que Stallone y el encanto de James Bond. Todas las mujeres quieren con él. Pero como arma especial cuenta con un olfato digno de un sabueso. ¡Literalmente puede percibir el olor de una persona aunque esta haya pasado por el lugar dos días antes! La trama está llena de estereotipos (el árabe malo y el anglosajón bueno), aunque hay algunos personajes que se salen de lo normal. El hermano, rubio y de ojos verdes, se vuelve musulmán y planea asesinar a la familia Obama al completo durante la ceremonia del perdón del pavo previa al inicio del Thanksgiving Day. El compañero perdido resulta ser un soldado puertorriqueño que en realidad se unió a Al-Qaeda seducido por una joven afgana que es miembro de dicho grupo terrorista. Y para colmo, resulta que Al-Qaeda está buscando la forma de recuperar el protagonismo que la muerte de Bin Laden y la aparición de ISIS les quitó. Vaya, que están celosos de sus compañeros del Estado Islámico. Al final, el héroe gringo, como siempre, salva la situación en una historia insulsa y pesada. A la basura con él. ¡Ah! Según la autora, la historia se basó en las cartas que los soldados latinos del ejército gringo en Afganistán le escribieron para contarle sus aventuras.




Segundo: El eslabón Sinaiticus, de Sonia Tomás Cañadas. Realmente no sé cómo comencé a leer semejante basura y como pude llegar al final. El problema es que yo soy de los que, una vez empezado un libro, tengo que acabarlo por muy malo que esté, siempre con el pensamiento optimista de que "a lo mejor se pone bueno". Se presenta como un "Thriller polémico histórico religioso", y la verdad que no cumple con nada de eso. La historia trata de un grupo de arqueólogos ingleses que descubren por pura suerte una serie de esculturas sumergidas en el Támesis y que parecen ser medievales. En total son nueve: cinco monjes con espadas y cuatro arcángeles. Sin que se entienda el motivo, dicho descubrimiento despierta gran expectación y la misma reina de Inglaterra cede unos terrenos en su palacio de Saint James para construir un museo exclusivo para dichas estatuas. A la inauguración acuden grandes dignatarios mundiales, incluido el papa Benedicto XVI. Y justo cuando todos están ahí reunidos, los cuatro arcángeles cobran vida y la emprenden con furia contra todos los presentes. Al final, serán los arqueólogos los que consigan, con la ayuda de los monjes espadachines (que también cobran vida, aunque varios días después), los que derroten a esta especie de gamberros alados. Por cierto, de vez en cuando aparece una alumna de uno de los arqueólogos, una muchacha pesada y engreída (una niña fresa, vaya) que está enamorada de su profesor pero que en ningún momento de la trama justifica su aparición. Pésimo libro. El peor de los tres.



Tercero: La última cripta, de Fernando Gamboa, quien presenta su novela como una mezcla de El Código da Vinci e Indiana Jones. El libro comienza bien, a buen ritmo, aunque la historia está un poco jalada de los pelos. Se trata de un joven instructor de buceo inglés que por chiripa descubre, en el Caribe hondureño, una campana que perteneció a un barco templario. De ahí arranca una frenética búsqueda del supuesto tesoro templario (de cuya leyenda les hablaré en otra ocasión) y que lo lleva a él, a una arqueóloga mexicana(hija de gringo y mexicana y que utiliza un lenguaje que pretende ser mezcla de chilango y acapulqueño bastante malo) y a un anciano profesor de historia medieval español a recorrer Honduras, Mali, Mallorca, México y Guatemala. Como dije, comienza bien, pero como a la mitad cae en picada y no vuelve a levantar cabeza. Después de recorrer medio mundo descubren que el tesoro se encuentra en la ciudad maya de Yaxchilán, en la frontera entre México y Guatemala, aunque del lado mexicano. Cualquiera que conozca dicha zona arqueológica, por cierto una de las más hermosas que tenemos, sabrá que está llena de turistas y de vigilantes del INAH, pero los tres buscadores de tesoros llegan a una zona completamente vacía, sin un alma que la recorra, por lo que pueden recorrerla a sus anchas y hacer lo que quieran en sus pirámides. De repente, los alcanza un buscador de tesoros gringo que también anda en busca de las riquezas templarias y los obliga a trabajar para él. Su estancia en dicha zona arqueológica termina abruptamente cuando un grupo del EZLN les cae por sorpresa y los ataca con armas de alto poder, mientras el gringo loco vuela una pirámide en cuyo interior hay un cenote donde los templarios escondieron su tesoro. Al final, los dos personajes principales (el anciano profesor español de historia medieval muere en Yaxchilán) acaban en Guatemala, en un pueblo llamado Tecpan (que según el autor significa "la Ciudad del Templo", cuando en realidad el significado es "lugar de la casa real" de acuerdo con los diccionarios español-nahuatl que consulté, pues en realidad es una palabra nahuatl y no maya), entrando bajo el altar de la iglesia del siglo XVII (que en realidad es un altar maya de sacrificios) y descubriendo el auténtico tesoro templario: una urna con los huesos de Cristo. El cura los descubre y los tres terminan en la oficina parroquial discutiendo sobre la conveniencia o no de hacer público un hallazgo semejante, por la repercusión que podría tener en la fe de las personas pobres y humildes cuya única esperanza es obtener una mejor vida en el cielo una vez que acaben con esta otra llena de sufrimientos. Una auténtica chorrada, vaya. Lo único bueno del libro es el humor de los personajes, que se llevan bastante fuerte entre ellos, en especial el submarinista y el profesor de historia. La verdad es que se hacen bromas muy buenas.




En fin, que como habrán observado, ninguno es de mis libros favoritos y celebro haberlo descargado gratis, ya que me hubiera dado mucho coraje pagar por ellos, aunque fueran diez centavos de nuestro devaluado peso.