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martes, 21 de julio de 2015

PASEANDO POR EL CENTRO CON SU SEGURO SERVIDOR (2a PARTE)

Espero que hayan descansado. Dejé que se tomaran algunos días libres porque luego hay quien se queja de que los traigo caminando muy rápido. Además, espero que hayan aprovechado para ir de compras por el Centro de la ciudad de México. No hace falta que traigan sus maletas, pues después volverán para dormir en el Hotel Isabel. Así que espero que hayan desayunado bien porque vamos a volver a caminar por las calles de la capital.

Al salir del hotel vamos a dar vuelta a la derecha por la calle de República de El Salvador. Es fácil, sólo sigan el paraguas que tengo levantado. En el número 59 nos vamos a encontrar con una hermosa casa del siglo XVIII que perteneció al Conde de Regla, don Pedro Romero de Terreros, un rico minero que, entre otras cosas, fundó el Monte de Piedad, al que seguramente más de uno de ustedes ha acudido para empeñar el televisor o la plancha y así salir de algún apuro. ¿O me equivoco?

Casa del Conde de Regla

Este señor fue tan rico (incluso se le considera el hombre más rico de su época), que incluso le prestó al rey de España Carlos III un millón de pesos, aun sabiendo que nunca se los iban a regresar, y le regaló un barco de guerra con 80 cañones. A cambio de tan singulares favores, el rey le concedió el título de Conde de Regla. Por cierto, como muchos españoles antes y ahora, don Pedro llegó a la entonces Nueva España con una mano adelante y otra detrás, como se dice popularmente, o lo que es lo mismo, pobre y hambriento. Pero hábil como era para los negocios, al poco tiempo se metió a minero y consiguió encontrar un par de vetas muy ricas en las cercanías de Pachuca. Así que como ven, no es la primera vez que México tiene entre los suyos al más rico del mundo. El problema es que también tenemos a los más pobres. Ahí es donde la cosa no funciona.

Por cierto, en esta misma cuadra se encontraba la casa donde estuvo la imprenta de la llamada Biblioteca Mexicana, del bibliófilo novohispano Juan José de Eguiara y Eguren. Por desgracia, esa construcción ya no existe.

No, señora. El edificio que está usted viendo, en el número 49, no es una iglesia y no puede usted entrar a rezar. Lo siento mucho. Antes sí lo fue. De hecho, están ustedes frente al Oratorio de San Felipe Neri, que ahora cumple una nueva función como Biblioteca Lerdo de Tejada, nombre que se le dio en honor a Miguel Lerdo de Tejada, uno de los héroes del liberalismo decimonónico, aunque en otra ocasión les platicaré porque en realidad no es tan héroe ese señor.

En primer término, la Biblioteca Lerdo de Tejada. Al fondo el Instituto Manuel Toussaint.

Los monjes de la Orden del Oratorio de San Felipe Neri comenzaron la obra a mediados del siglo XVIII, pero cuando se enteraron que los jesuitas habían sido expulsados, ni tardos ni perezosos cayeron como buitres sobre las sobras y consiguieron que el gobierno virreinal les diera en 1767 La Profesa a cambio de su iglesia en construcción y 70 mil pesos. Así que esta iglesia que ven aquí en realidad funcionó muy poco como Oratorio, pues casi por concluirse su construcción, en 1765 un terremoto la tiró, y después fue destinada a casa de Niños Expósitos (abandonados, vaya) y otra parte del convento a comercios y vivienda. Durante el porfiriato, aquí estuvo el famoso Teatro Arbeu, uno de los mejores de la época.

Si quieren pasar para buscar algún libro, aquí los espero, no se preocupen. Siempre es bueno visitar una biblioteca. Cuando entren, no dejen de apreciar un fresco que cubre una superficie de 200 mts. cuadrados, obra del pintor Vlady Kibalchich, quien tardó 9 años y medio en concluir el mural titulado "Las revoluciones y los elementos". En él, plasmó su interpretación de las revoluciones francesa, rusa y algunas latinoamericanas, conjugando en su obra elementos míticos, religiosos y filosóficos. ¡Ah, y no dejen de visitar el Museo de la Cancillería, que se encuentra aquí mismo!

Justo al lado, en el número 47, se encuentra otra iglesia que parece pertenecer al mismo conjunto conventual. Y de hecho, así fue por un tiempo, pues se trata de la antigua iglesia del Oratorio de San Felipe Neri. No señor, no me estoy repitiendo. Ésta fue construida entre 1660 y 1668, pero como siempre pasa, cuando la Orden religiosa tuvo más dinero decidió hacer una nueva iglesia más suntuosa y comenzó a construir la que acabamos de ver, aunque ya vimos lo que pasó.

Y por cierto, ¡los engañé! Cayeron redonditos. Lo que estamos viendo en realidad nunca fue una iglesia, pues tan sólo se trata de una fachada que simula una. En realidad, ésta daba acceso a un patio. La verdadera iglesia estaba construida dentro del convento de los felipenses. Al igual que su vecina, ahora este lugar está destinado a fines culturales, pues aquí es la sede del Instituto Manuel Toussaint, que depende de la Arquidiócesis de México, y que se encarga de la conservación y promoción del patrimonio artístico religioso.

Vamos, vamos no se me pierdan. Señor, controle a su hijo. Bueno, ¿ya están aquí todos? Ok. Un poco más adelante, y aun dentro del conjunto del exconvento, en el número 41 se encuentra la sede del Instituto Cultural México Israel. Éste se encuentra aquí desde 1991, cuando el edificio fue rescatado tras ser abandonado después del temblor de 1985. Es un buen lugar para conocer la cultura y las costumbres de la comunidad judía de México. Les recomiendo que visiten su museo. Se llama Museo del Folklore de Israel y del Pueblo Judío. En ocasiones organizan festivales culturales y conciertos de música clásica (aunque no sé por qué nunca tocan obras de Wagner).

Instituto Cultural México Israel

Muy bien, público asistente, llegamos de nuevo a la calle de Bolívar. Vamos a dar vuelta a la derecha. Síganme, por favor. En las siguientes dos cuadras podremos observar algunos ejemplos de viviendas de principios del siglo XX. Van a poder observar el cambio radical que se da respecto a las construcciones virreinales. Ya no se construye de forma horizontal, eso pasó de moda. Ahora la moda es construir de forma vertical. Por ejemplo, la casa que vemos aquí, en el número 44, fue construida en 1906 por el ingeniero Severo Esparza, mientras que la siguiente, en el número 46, lo fue en 1907 por el ingeniero Agustín del Río. No señora, no es necesario que me adule. Yo no sabía esos datos. Los acabo de leer en las placas que tienen adosadas en sus fachadas. Si en lugar de estar distraída hubiera estado atenta, usted también las habría visto.

Al llegar a la esquina con República de Uruguay, si se asoman un poco (por que no vamos a entrar), podrán ver un buen ejemplo de la arquitectura art decó de los años veinte, en el edificio marcado con el número 37, casi en la esquina con Bolívar. Y en el número 57, que también se alcanza a ver desde aquí, podremos observar un buen ejemplo de arquitectura neogótica de la primera década del siglo XX.

Y ya que estamos en esta esquina, aprovecharemos para comer. Aquí hay varios restaurantes, así que elijan el que quieran. Yo voy a entrar a los Mariscos Frescos del Mar. Se ve muy humilde pero es bueno y barato. También está la Esquina del Pibe, los Antojitos Tere, el Uruguay 28, el Rincón Mexicano, la Casa Churra y el Charco de las Ranas.

Al terminar, los espero a una cuadra, en la esquina de Bolívar y Venustiano Carranza, frente al Reloj Otomano que vimos el otro día.

¡Caramba! ¡Tres horas para comer! O comieron mucho o me quieren ver la cara y aprovecharon para ir de compras. En fin, continuemos, ya que estamos todos. Frente a nosotros se encuentra una iglesia. Ésta, que ahora se conoce como la iglesia de Lourdes, anteriormente fue la capilla privada del Colegio de Niñas, una institución fundada en el siglo XVI para dar educación a niñas de escasos recursos. Claro, la educación que se les daba era para que llegaran a ser unas virtuosas esposas cristianas. De hecho, los mismos cofrades del Colegio se encargaban de conseguirles marido. ¡Ay, que tiempos, señor don Simón!

Iglesia de Lourdes

El Colegio, que está situado en 16 de Septiembre 27 esquina con Bolívar, fue construido en el siglo XVI, aunque en el siglo XVIII sufrió varias modificaciones, y finalmente desapareció en el siglo XIX con las Leyes de Reforma. El edificio fue puesto a la venta y tuvo diversos usos. Fue sede del Casino Alemán, después del Teatro Colón y también del Cine Imperial. Desde 1994, tras ser de nueva cuenta remodelado, es la sede del Club de Banqueros de México. Así es, ahí se juntan a comer los que nos chupan la sangre. Lo único bueno es que también ahí trabaja un excelente peluquero, de los de antes, que recibe clientes de fuera, aunque no sean banqueros. Es un señor ya muy grande pero que es todo un experto en su trabajo. Si quieren ir con él, simplemente digan en la puerta que van con el peluquero y los dejan pasar. Se llama don Arnoldo.

Antiguo Colegio de Niñas

En la otra esquina, en el número 38 de 16 de Septiembre, se encuentra la Biblioteca Silvestre Moreno Cora de la Suprema Corte de Justicia, construida por el ingeniero Miguel Ángel de Quevedo (si, el mismo de los Viveros de Coyoacán), en 1923, como sede del Banco de Londres y México, que ya no existe, pero que fue el primer banco privado fundado en México en el año de 1864.

Biblioteca Silvestre Moreno Cora

Avanzamos media cuadra por la calle de Bolívar para llegar al número 27, donde se encuentra uno de los museos más originales de la ciudad, el Museo del Calzado El Borceguí. La zapatería El Borceguí, que se encuentra al lado del museo, fue fundada en 1865 por Gabriel Chacón y aun sigue en funcionamiento. Sus zapatos suelen ser de gran calidad.

El museo abrió sus puertas en 1991 y cuenta con dos mil pares de zapatos de tamaño natural y quince mil miniaturas. Los zapatos van desde el siglo I hasta nuestros días. Hay zapatos provenientes de todas partes del mundo. Entre otros, están los que usó Neil Armstrong en su viaje a la Luna. Por cierto, en todo el mundo sólo hay 14 museos como éste, y en América Latina no hay ningún otro, así que su visita es OBLIGADA.

La puerta pequeña que se ve del lado derecho es la entrada al Museo del Calzado.

Para terminar este paseo, daremos vuelta en U por Bolívar para regresar a 16 de Septiembre. No se bajen de la banqueta porque me los pueden atropellar. Al llegar a esta última calle, damos vuelta a la derecha hasta encontrarnos en la esquina de la calle de Gante, donde del lado izquierdo podremos admirar el imponente edificio que fue sede por un tiempo de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, esa misma que hace poco despareció el infame expresidente Felipe Calderón. El edificio fue construido entre 1912 y 1918 en estilo parisino. Es realmente soberbio. Actualmente alberga oficinas del Banco de México.

Antigua sede de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro

Si quieren cenar, les recomiendo visitar el Círculo Vasco, en 16 de Septiembre 51, el Centro Castellano, en República de Uruguay 16 o el Salón Luz, en Gante 25. Y desde luego, no dejen de visitar la Panadería Ideal, en 16 de Septiembre 14, una de las más tradicionales de la ciudad. Por cierto, en su interior, además de una maravillosa variedad de panes, aun se pueden contemplar parte de los arcos que pertenecieron al claustro del antiguo convento de San Francisco, hoy desaparecido. En el número 37 se encuentra otra de las panaderías clásicas del Centro, el Molino. Vayan a verla también.

¡Qué rico es el pan dulce mexicano!

Bueno, pues yo aquí los dejo. Si les gustó el paseo no dejen de recomendarme. Se aceptan propinas, sugerencias, apretones de mano y abrazos. No se aceptan críticas ni quejas. Próximamente los invitaré a conocer otros barrios de nuestro hermoso Centro Histórico.


viernes, 17 de julio de 2015

PASEANDO POR EL CENTRO CON SU SEGURO SERVIDOR (1a PARTE)

Con esta entrada quiero iniciar una serie que iré publicando de tanto en tanto acerca del Centro Histórico de la ciudad de México. La idea es que sirva como una especie de Guía de Forasteros (como llamaban en el siglo XIX a las guías turísticas) que despierte en todos ustedes el interés por esta hermosa zona de la capital mexicana, misma que fue mi hogar durante los últimos cuatro años que viví en ella, antes de mudarme a Nueva York, y que definitivamente es una de las cosas que más extraño.

La zona con la quiero empezar fue conocida en la época prehispánica y durante el siglo XVI como barrio de Zoquiapan. Lo más seguro es que este nombre no les diga nada. Pero ya verán que más adelante irán reconociendo el rumbo. Es una de las zonas más bonitas del Centro, con una gran diversidad arquitectónica y con mucha historia. De antemano les advierto que no soy muy amante de las compras, a menos que se trate de libros o discos, por lo que sólo mencionaré algún comercio si se trata de una librería. ¿Queda claro? ¡Qué bueno!

Yo les recomiendo llegar en Metro. Si me hacen caso, se bajan en la estación Allende de la línea azul y caminan por la calle de Tacuba hacia el oriente hasta llegar a Isabel la Católica (Chabela la Mocha, como le decían sus cuates). Ahí los espero. ¿Ya llegaron? ¡Qué rápidos! Ni tiempo me dieron de desayunar. Muy bien, damos vuelta a la derecha y avanzamos un par de cuadras para llegar al número 30, donde se encuentra la casa de los Condes de Miravalle. Esta es una de las casas más antiguas de la ciudad, pues fue construida a mediados del siglo XVII. En el siglo XIX se convirtió en hotel y para el XX fue acondicionada para albergar despachos y departamentos. Actualmente es sede de un hotel y varios restaurantes. Aunque su fachada es muy sobria, conserva muchos de los elementos originales, al igual que el patio interior. Además, en su escalera hay un hermoso mural de Manuel Rodríguez Lozano.

Casa de los Condes de Miravalle

Justo enfrente, en el número 29, se encuentra el Casino Español. El terreno donde se encuentra este hermoso edificio de principios del siglo XX (fue construido entre 1901 y 1903) albergó anteriormente al Hospital del Espíritu Santo, fundado en 1602 y al Hotel de la Gran Sociedad en el siglo XIX. El aspecto actual lo adquirió en 1943 cuando fue ampliado al terreno vecino, aunque respetando la arquitectura ecléctica original. Es uno de los edificios más hermosos del Centro, tanto por fuera como por dentro. Les recomiendo ampliamente su restaurante y, de ser posible, visitar el Salón de los Reyes, aunque no siempre está abierto al público.

Casino Español

En la esquina de Chabela la Mocha y 16 de Septiembre se encuentra la Casa Böker, sede de una de las ferreterías más antiguas de la ciudad, fundada en 1865 por el alemán Roberto Böker. El edificio fue construido por por los arquitectos neoyorkinos W. E. De Lemos y August Wilhelm Cordes, siendo el primero que contó con un armazón de acero. Fue inaugurado en 1900. Actualmente la ferretería sólo conserva un pequeño espacio del mismo, mientras que lo demás es sede de uno de los innumerables restaurantes de la cadena Sanborns, que pululan por el Centro Histórico.

Casa Böker

Si caminamos un poco por 16 de Septiembre, (no sean flojos) llegamos al número 54, donde estuvo la sede de la antigua imprenta Murguía. ¿No les suena? A lo mejor si les doy el nombre de la más célebre de sus publicaciones, la recuerdan: el Calendario del más Antiguo Galván. Es fácil reconocer la casa, pues en la fachada tiene dos bustos, uno de Gutenberg, inventor de los tipos móviles en la imprenta, y otro de Senefelder, inventor de la litografía.

Antigua Imprenta Murguía

Pero regresemos a Isabel la Católica, caminemos unos pasos y démonos de narices con una de las construcciones más hermosas de la capital, el antiguo palacio de los Condes de San Mateo Valparaíso, actualmente sede de Banamex, el Banco Nacional de México, construido en 1769 por uno de los mejores arquitectos novohispanos, Francisco de Guerrero y Torres. El interior es impresionante, así como la escalera helicoidal que se encuentra en el patio principal.

Palacio de los Condes de San Mateo Valparaíso

En la esquina damos vuelta a la derecha para entrar a la calle de Venustiano Carranza donde, en el número 57 (prácticamente en la esquina donde dimos vuelta), vamos a encontrar tres casas del siglo XVIII que hace poco tiempo fue sede de un bazar de artesanías mexicanas. Ahora alberga varios restaurantes.

Poco más adelante, en el número 49, vamos a encontrar el antiguo palacio del Marqués de Selva Nevada, sede en la actualidad, entre otras cosas, del Bar Mancera (nada que ver con el Jefe de Gobierno, no sean malpensados), llamado así por Gabriel Mancera, un empresario y filántropo del porfiriato. El edificio fue construido en el siglo XVIII y reformado en el XIX, cuando fue convertido en hotel. Por cierto, si avanzamos unos pasos más, llegamos a la esquina con Bolívar, donde se encuentra una de las mejores cantinas del centro: El Gallo de Oro, situada en un edificio del siglo XVIII. Ahí pueden comer para continuar después con el recorrido. Yo les espero afuera, no se preocupen, a menos que me inviten a comer, claro.

¿Ya terminaron? Perfecto. Paguen la cuenta y salgamos. Justo enfrente podemos contemplar el llamado Reloj Otomano, que fue regalado a México por la comunidad libanesa en 1910, con motivo de los festejos del Centenario de la Independencia. ¿Por qué Otomano? Porque en aquellos años Líbano era parte del Imperio Otomano, es decir, de Turquía.

Reloj Otomano. Enfrente la cantina El Gallo de Oro.

Muy bien. Caminamos una cuadra por Bolívar y damos vuelta a la izquierda para tomar República de Uruguay. En el número 80 vamos a encontrar la casa en la que vivió en 1803 el famoso científico alemán, barón Alejandro de Humboldt. Se trata de una modesta casa de finales del siglo XVIII. Véanla bien porque no vamos a volver.

Casa de Humboldt

Al llegar de nuevo a Isabel la Católica, nuestra vieja conocida, damos vuelta a la derecha para admirar la soberbia construcción que en una época albergó la Iglesia de San Agustín de México y después a la Antigua Biblioteca Nacional, antes de que ésta fuera trasladada a la Ciudad Universitaria. Por desgracia, este hermoso inmueble está siendo restaurado desde que yo me acuerdo (¡imagínense!), por lo que no se puede visitar. Esta iglesia y su respectivo convento fueron las primeras construcciones de la zona, pues se comenzaron en 1541, y se pudo terminar gracias a las donaciones, entre otros más, de doña Isabel de Moctezuma, hija del emperador Moctezuma II. ¡Cómo habían cambiado los tiempos! Claro que la ayuda del rey de España, Felipe II, también fue importante.

Iglesia de San Agustín

En 1867 se estableció en la Iglesia la Biblioteca Nacional. El convento ya había sido destruido casi en su totalidad. Una parte de la hermosa sillería del coro fue enviada a San Ildefonso, donde aun se conserva en el Salón del Generalito.

Si damos vuelta por la calle de República de El Salvador, que la vamos a dar de todas formas, podemos acceder a lo que antes fue la capilla del Marqués de Salvatierra, que era parte del antiguo convento y que ahora funciona como nueva iglesia de San Agustín.

Capilla del Marqués de Salvatierra

Ya que estamos en esta calle, en los números 81, 85, 95 y 97 vamos a encontrarnos con la afamada Farmacia París, en las casas que antiguamente fueron parte del Noviciado de San Agustín, que funcionó como tal desde 1575 a 1823. Este edificio se comunicaba con el convento mediante un arco a través de la calle. La farmacia fue creada en 1944 y es muy interesante visitarla, pues además de poder admirar el interior del edificio, podemos ver en funcionamiento a una de las farmacias más curiosas de la capital. No les digo más, entren y observen por ustedes mismos. Yo aquí los espero.

Interior de la Farmacia París

Con esto terminamos por el día de hoy. Espero que lo hayan disfrutado. Los voy a dejar que descansen en el Hotel Isabel, situado en la esquina de Isabel la Católica y República de El Salvador, en la que fuera la casa de Lucas Alamán, uno de los políticos más importantes de los primeros años del México Independiente. Es una construcción de finales del siglo XVIII con una decoración sencilla pero agradable. No se desvelen mucho, pues mañana continuamos con nuestro paseo.

Hotel Isabel


lunes, 6 de julio de 2015

LOS CINCO EDIFICIOS MÁS HERMOSOS DEL CENTRO DE LA CIUDAD DE MÉXICO (OBVIO, SEGÚN YO)

En 1987 la UNESCO declaró como Patrimonio de la Humanidad al Centro Histórico de la Ciudad de México debido a la enorme riqueza artística que posee. Ello a pesar de que los mexicanos nos hemos empeñado por siglos en destruirlo. Por suerte, tiene tanta riqueza acumulada que lo que aun queda sigue siendo majestuoso. Sin embargo, como en todo, siempre hay un top ten (en este caso top five) de edificios preferidos por cada quien. En mi caso muy particular, que tuve la fortuna de vivir en el Centro Histórico por cuatro años, ésta es mi lista.

1) El antiguo claustro del convento de La Merced. Ubicado en la calle de República de Uruguay, entre Jesús María y Talavera, su construcción comenzó en 1602. De acuerdo con crónicas de la época, su templo era el más fastuoso de la ciudad. Sin embargo, durante la Reforma, fue destruido, aunque el convento logró permanecer de pie un poco de tiempo más. Sin embargo, años después éste también fue destruido para construir en su lugar el mercado de La Merced. Tan sólo el claustro de estilo mudéjar se salvó, en parte gracias a que el Dr. Atl,, un conocido muralista mexicano, decidió vivir ahí para impedir su demolición. Por suerte lo logró, y el claustro siguió en pie, aunque en un estado lamentable de abandono, sirviendo como pulquería, baños públicos y hasta cuartel militar. Ya a mediados del siglo XX se inició su restauración. Durante mucho tiempo permaneció cerrado al público (aunque por cincuenta pesos ofrecidos al vigilante en turno, yo conseguí entrar en varias ocasiones). Actualmente se encuentra en un controvertido proceso de restauración para instalar ahí el Centro Nacional de la Indumentaria, Diseño Textil y Música, es decir, un museo. Sin embargo, el arquitecto encargado de la restauración ha realizado algunas obras polémicas, como tapiar los arcos de la entrada al edificio o construir una enorme cúpula de cemento que nada tiene que ver con el edificio original. Así que por desgracia, actualmente es imposible visitarlo.

El claustro antes...


... y ahora.


2) La capilla de Manzanares. Este curioso edificio está situado en Manzanares 23 esquina con Anillo de Circunvalación, es decir, en el límite oriental del Centro Histórico. También se le conoce como Capilla del Señor de la Humildad. El rumbo no es de los mejores, pues casi enfrente está una calle peatonal donde hasta hace poco tiempo se llevaba a cabo un importante negocio de trata de blancas. Las pobres mujeres desfilaban como en pasarela mientras eran vigiladas por sus padrotes. Aunque las autoridades sabían de sobra lo que ahí ocurría, tardaron mucho tiempo en arreglarlo.
Esta capilla es una de las más pequeñas (si no es la que más) de la ciudad. En su interior tan sólo cabe el altar y cuatro o cinco bancas. Hay espacio para veinte personas apretadas. A pesar de ello, su estructura asemeja la de una iglesia de dimensiones normales, con sus dos torres, su cúpula, su fachada labrada de estilo churrigueresco, su coro y hasta una diminuta casa cural. Eso es lo que le da un encanto muy particular. Su construcción se remonta a los últimos años del siglo XVIII y se erigió como capilla para la población indígena de ese barrio.





3) El Museo Franz Mayer. Ubicado en la avenida Hidalgo, frente a la Alameda, dentro de la plaza hundida de la Santa Veracruz, este museo ocupa el antiguo edificio del Hospital de San Juan de Dios, construido a finales del siglo XVI, aunque reformado en el XVIII. Además de poder apreciar la fabulosa colección del museo creado por el alemán Franz Mayer, vale la pena sentarse en el enorme patio principal para admirar la arquitectura mientras se toma el café. Es un sitio ideal para leer tranquilamente, para reunirse con los amigos o simplemente para perder el tiempo.

Entrada al museo.

¿A poco no se antoja perder el tiempo sentados ahí?

4) Iglesia de la Santísima Trinidad. Está situada en la calle de Santísima, en la esquina con Emiliano Zapata, en la parte oriental del Centro Histórico. Originalmente fue la iglesia del gremio de los sastres durante el virreinato, y su fachada barroca es, para mí, la más hermosa de la ciudad. Por desgracia, se encuentra en muy mal estado. Con el tiempo se ha hundido de forma considerable (más de tres metros bajo el nivel de la calle) y su fachada presenta muchas grietas, algunas de tamaño considerable. A pesar de todo, sigue conservando una belleza difícil de describir.




5) Palacio de los Condes de Heras y Soto. Situado en la esquina de Donceles y República de Chile (continuación de Chavela la Mocha mejor conocida como Isabel la Católica), actualmente resguarda el Archivo Histórico del Distrito Federal. Su construcción se remonta a la segunda mitad del siglo XVIII. Para mí es la construcción civil más hermosa del Centro. Su estilo es churrigueresco y tiene una esquina labrada que para muchos, incluyéndome, es la esquina más hermosa de la ciudad. Ingresar a su archivo y pasar la mañana ahí, sumergido en las Libros de Actas del Cabildo, es una experiencia inolvidable para cualquier amante de la historia. Además, ahí pueden ver la cabeza original del Ángel de la Independencia, ese que se cayó en el temblor de 1957. Se encuentra totalmente rota y aplastada.




La famosa esquina.

¿Lo reconocen?

Obviamente el Centro Histórico guarda más secretos, de los que hablaré en otras entradas, así como un gran número de edificios hermosos. Aquí puse los que para mí son los mejores, aunque otros de ustedes tengan también sus preferidos. Así que ya lo saben. Si visitan la ciudad de México, vayan a ver estos cinco edificios y ya veremos si comparten mi opinión.




martes, 28 de abril de 2015

UN PASEO CULINARIO POR EL CENTRO DE LA CIUDAD DE MÉXICO

Esta es una nueva entrega de la tan gustada serie sobre restaurantes. Ahora nos trasladamos a la ciudad de México, específicamente en el Centro Histórico. Este lugar fue nombrado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1987 por su alta concentración de edificios históricos y artísticos. Ello a pesar de la enorme destrucción que sufrió durante décadas.

En él podemos encontrar múltiples museos, iglesias y palacios coloniales, un comercio variopinto (se dice que en el centro se puede conseguir absolutamente todo) organizado por calles y, desde luego, un número increíble de restaurantes. Nosotros vivimos ahí durante tres años, en un hermoso edificio catalogado como Patrimonio Artístico de la Ciudad y, por lo mismo, se bien de lo que hablo cuando les recomiendo lugares donde comer muy bien y nada caro. Desgraciadamente, algunos de mis preferidos ya no existen, pero los que aparecen en esta lista está confirmada su permanencia, así que no se preocupen y vayan a buscarlos con total tranquilidad.

Al igual que ocurrió con la lista de los de Nueva York, el orden en que aparecen tan sólo obedece al orden en que me fueron llegando a la mente. No les digo cuál es el mejor para que los prueben todos. Una cosa más, no se asombren si no encuentran aquí los más conocidos como el Café Tacuba, el Danubio, la Hostería de Santo Domingo o el Casino Español, pero es que habiendo tantos buenos restaurantes, ¿para qué irnos con los turistas?

Coox Hanal: este estupendo restaurante yucateco, fundado en 1953 como un simple puesto de tacos de cochinita pibil, está situado en Isabel la Católica 83, 2° piso, entre Mesones y Regina. Todos los días presenta un espectáculo en vivo de música y bailes tradicionales de la península yucateca. Actualmente es atendido por don Manuel Salazar, sobrino del fundador don Raúl Salazar. Definitivamente es el mejor en su clase en el Centro Histórico. Yo les recomiendo ampliamente el relleno negro, la cochinita pibil, los papadzules y los codzitos. Son espectaculares. Los precios son bastante aceptables, así que no sufran por la cartera.

Codzitos

Zéfiro: este es el restaurante de la Escuela de Gastronomía de la Universidad del Claustro de Sor Juana y es atendido por los alumnos de la misma, quienes realizan ahí sus prácticas, pero no se asusten, puedo decirles con conocimiento de causa que saben muy bien lo que están haciendo, además de que siempre están supervisados por sus maestros. Está ubicado en un lugar privilegiado, la antigua celda de la marquesa de Selva Nevada en lo que fue el convento de San Jerónimo, en San Jerónimo 24 entre Isabel la Católica y Bolívar. Un poco de historia: en el siglo XVIII la susodicha marquesa decidió hacerse monja y eligió este convento, donde había estado Sor Juana. Pero como era ella de la alta sociedad, mandó a Manuel Tolsá que le construyera una celda especial (celda es el nombre de las habitaciones de las monjas y frailes en los conventos) donde vivió "retirada" acompañada con todo un séquito de sirvientes. El recinto tiene 1,100 m2, el doble que una casa actual de tamaño normal. Muy piadosa que era la señora marquesa.
El restaurante escuela ofrece comida mexicana contemporánea y cambia su menú cada semana, por lo que no puedo recomendarles algo en específico. Tan sólo puedo decirles que las veces que lo he visitado nunca me he arrepentido. Los precios, si bien no son baratos, tampoco son muy altos. Un solo inconveniente: abre de lunes a viernes de 1 a 5 de la tarde y hay que hacer reservación. Como es atendido por los alumnos de la escuela, no abre los fines de semana, pero bien vale la pena buscarse un hueco entre semana para conocerlo.

Restaurante Zéfiro
Al andar: se trata de un restaurante y mezcalería situado en la calle peatonal de Regina 27 entre Isabel la Católica y 5 de febrero, enfrente del mural de la familia Burrón. Cuando lo abrieron hace 8 años aproximadamente, un conocido nos lo recomendó como un lugar "bueno y sin pretensiones". Y así fue. Fuimos en cuanto tuvimos oportunidad y valió la pena, convirtiéndose en uno de nuestros favoritos. En aquella época era atendido por un chef joven que preparaba comida mexicana contemporánea, pero los fines de semana iba su mamá a preparar un pozole verde de Guerrero y unas enchiladas verdes que no tenían abuela. Tengo entendido que si bien ya hay más chefs en la cocina, la mamá sigue preparando sus dos platillos estrella. El menú cambia constantemente, pero siempre hay buenas sorpresas. Sus mesas sobre la calle son ideales para disfrutar de una tarde de verano. Los precios son también muy asequibles.

¿A poco no se antoja?

Marisquería Las Palmas: está ubicada en Madero 60, primer piso, entre Palma y el Zócalo y existe desde 1950. Para mí es la mejor marisquería de toda la ciudad y los precios son muy asequibles. El ceviche es espectacular, al igual que las diferentes variedades en que preparan el camarón. No se lo pueden perder. Lo único malo es que no abren los domingos.

Una deliciosa tostada de camarón

Sushi roll: ubicado en 5 de mayo 15 esquina con Gante, se trata, para mi gusto, de un excelente restaurante japonés. Si te gusta el sushi, este es el lugar cuando visites el centro. Los precios son moderados y el menú sumamente amplio, además de estar situado en un lugar privilegiado. Yo te recomiendo que pruebes el edamame y la gran variedad de rollos que tienen.



La casa del pavo: situado en Motolinía 40 entre Madero y 16 de septiembre, se trata de un restaurante fundado en 1901, por lo que tiene ya 114 años de edad. ¡Toda una garantía! Como su nombre lo indica, se dedica al pavo, que se puede encontrar en tortas, tacos, al horno o de muchas formas más. Sólo en temporada preparan también bacalao. Pero no vayas buscando otra cosa porque no la vas a encontrar. A pesar de ello, los platillos que preparan son muy buenos. Cuando entres, si eres muy fresa, no te asustes, pues te sentirás transportado a una película setentera del Chente Fernández. En realidad es como una pequeña fondita, pero es toda una tradición en el centro. Y lleva efectivo, porque no aceptan tarjeta.




Museo Mexicano del Diseño (MUMEDI): situado en Madero 74 entre Palma y el Zócalo, este simpático museo tiene una cafetería que sirve excelente comida. Es una buena opción si te gusta estar en un ambiente cosmopolita, rodeado de arte y escuchando música lounge y algo de jazz. Además, está situado en una casa del siglo XVIII construida sobre una parte de lo que fueron las casas de Cortés y anteriormente el palacio de Axayácatl. Como un plus, antes o después de comer te puedes dar una vuelta por el museo y por la tienda. No te arrepentirás.

Cafetería del Mumedi

Pues esas son mis recomendaciones. Espero que te sirvan y que las disfrutes. Así que tan solo me queda desearte buen provecho.


lunes, 27 de abril de 2015

CIUDAD DE TACUBAYA, DISTRITO FEDERAL, ¿CAPITAL DE LA REPÚBLICA MEXICANA?

¿Te lo imaginas? Pues es algo que estuvo a punto de suceder. Aunque no lo creas, el Zócalo, la Catedral y el Palacio Nacional pudieron haber estado en la plaza mayor de Tacubaya. Pero al final, no ocurrió, la capital siguió siendo la ciudad de México, con todos los problemas y las ventajas que esto puede reportar.

En esta urbe ya estamos acostumbrados a las inundaciones. Cada que se presenta una lluvia fuerte escuchamos en las noticias (si es que no nos toca vivirlo en carne propia) acerca de los grandes encharcamientos que se presentan en los túneles del Viaducto o del Periférico, o el desbordamiento de alguno de los canales que se encuentran en algunas delegaciones o municipios conurbados. Y esto sucede año con año. Por más labores de desazolve que se realizan, el deficiente sistema de desagüe de la ciudad y la falta de educación cívica de la mayor parte de los habitantes de la urbe y de los turistas que la visitan, mismos que tiran basura en las calles provocando que se tapen las coladeras, evitan que el problema se solucione.

La ciudad de México en 1628, según el plano levantado por Juan Gómez de Trasmonte. Foto: IIE-UNAM

Sin embargo, es un hecho que, a pesar de la gravedad de las inundaciones que se sufren todos los años, no tienen nada que ver con las que ocurrían en el pasado. En efecto, en años pretéritos la aparición de gruesas nubes negras, de esas que presagian tormenta, realmente ponían a temblar a los capitalinos.

Si bien las inundaciones se daban ya en tiempos de los mexicas y su gran ciudad de Tenochtitlán, éstos habían aprendido a medio controlarlas, después de la de 1450 que casi destruye su ciudad, construyendo diques, albarradas y compuertas que regulaban el flujo del agua. Un equilibrio un poco delicado, es cierto, pero equilibrio al fin y al cabo. Durante el sitio que puso Cortés a la ciudad en 1521 se destruyeron muchas de estas obras y nunca fueron reparadas, a pesar de construirse la nueva ciudad española sobre las ruinas de la mexica. Tan sólo se construyó una albarrada por el lado oriente en 1555, pero nunca se le dio mantenimiento y con el paso del tiempo se deterioró hasta quedar inservible. Por cierto, una albarrada es simplemente una pared construida con piedra.

La ciudad de Tenochtitlán

La situación era tan precaria que en 1607 el nuevo virrey don Luis de Velasco hijo, marqués de Salinas, ordenó al cosmógrafo Enrico Martínez que iniciara las obras del desagüe del valle de México, desecando los lagos que formaban su cuenca, mediante la construcción de un canal que drenara sus aguas hacia el lago de de Zumpango. Este canal, que recibió el nombre de Tajo de Nochistongo, se concluyó en 11 meses y tuvo una longitud de 6,600 metros por 3.5 de ancho y 4.2 de alto. A lo mejor no es algo muy impresionante para los parámetros actuales, pero piensen que estas obras se realizaron utilizando tan sólo picos y palas. Desde luego, la mano de obra fue indígena, como no podía ser de otra forma en aquella época.

Sin embargo, al poco tiempo se derrumbó una parte el canal y éste quedó obstruido, provocando que la ciudad se inundara una vez más, por lo que el rey Felipe III envió al ingeniero flamenco Adrian Boot, quien en 1615 dictaminó que las obras de Martínez estaban mal hechas a pesar de lo caras que habían salido. Que habían sido una chapuza, vaya. Al más puro estilo del México actual.

Pero también al más puro estilo del México actual, en lugar de castigar a don Enrico, el virrey Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo, volvió a encargarle el arreglo del canal. Y este empezó con las obras, pero ahora a un paso más lento.

Y todavía le levantamos un monumento a Enrico Martínez a un costado de la Catedral. De que somos brutos, somos brutos.

Llegó así el año de 1629, que comenzó con unas fuertes lluvias que ya presagiaban el desastre que se avecinaba. Al empezar el mes de septiembre, Enrico Martínez había ordenado taponar la boca del desagüe para evitar que el agua estropeara las obras de reparación. Craso error. El 21 de septiembre comenzó un torrencial aguacero que duró 36 horas y elevó de inmediato el nivel de los lagos de Zumpango, Xaltocan, San Cristóbal y Texcoco, provocando que la ciudad de México se inundara de una forma realmente catastrófica, alcanzando el agua en algunos lugares más de tres metros de altura. Al parecer, tan sólo la Plaza Mayor (el Zócalo), la del Volador (actualmente frente a la Suprema Corte de Justicia) y el barrio de Santiago Tlatelolco quedaron libres de agua al tener una mayor altura. A la Plaza Mayor se le comenzó a llamar "la isla de los perros", por la gran cantidad de ellos que buscaron refugio ahí.

De acuerdo con el arzobispo de México, Francisco de Manso y Zúñiga, en los primeros días murieron 30,000 indígenas de los barrios periféricos, y de las 20,000 familias españolas de la ciudad, la mayor parte habían huido a tierra firme, quedando tan solo 400 en la ciudad. Desde luego, los piadosos y poco prácticos habitantes de la capital no tuvieron mejor ocurrencia que traer el cuadro de la Virgen de Guadalupe desde el Tepeyac para pasearla, el 25 de septiembre, por las calles inundadas de la ciudad mientras le pedían que los librara de las aguas, lo que desde luego no sucedió. Y eso que la imagen permaneció en la Catedral hasta 1635.

En la esquina de Madero y Motolinía, esta cabeza de león indica el nivel al que llegaron las aguas en 1629.

Pero lo peor vino con el tiempo, pues la falta de desagüe provocó que la ciudad permaneciera bajo las aguas por cinco años ¡Cinco años! ¿Imaginan lo que eso significa en cuanto a infecciones, ruina de los edificios, etc.?

Con las siguientes lluvias, el nivel del agua siguió creciendo y al año siguiente toda la ciudad estaba cubierta por ella, incluyendo los lugares que en un principio la habían librado por su altura. Entre otras cosas, las obras de la Catedral se vieron muy afectadas y sufrieron un gran retraso, muchas casas se derrumbaron y la muerte siguió reinando en la urbe.

Los pocos habitantes que se aferraban a la ciudad tenían que transitar en canoas o en puentes improvisados de madera construidos para cruzar entre las azoteas de las casas. A Puebla llegaron 27,000 refugiados, lo que contribuyó a darle un nuevo auge a esa ciudad.

Tacubaya en el siglo XIX

Ante la magnitud del desastre el virrey reunió a los notables de la ciudad para decidir que se podía hacer con ella. El gobierno se había instalado ya, con la mayoría de la población, en la cercana villa de Tacubaya, por lo que muchos propusieron que la capital se asentara de forma definitiva allí, abandonando la ciudad de México. Desde España, el rey Felipe IV ordenó que eso precisamente se hiciera. Sin embargo, otro sector importante se decantó por esperar a que las aguas bajaran, continuar con las obras del desagüe y arreglar la ciudad para volver a ella. Al final, los números, como siempre, decidieron la cuestión, pues trasladar la capital a Tacubaya, con todo lo que implicaba (sobre todo por la construcción de edificios) costaría aproximadamente unos treinta millones de pesos; por otro lado, las inversiones de capital en la ciudad que se perderían si ésta era abandonada ascendían a 50 millones, mientras que desaguarla costaría tan sólo 4 millones. Creo que era obvia la decisión, así que el cabildo ordenó que las obras continuaran, alargando el canal del desagüe hasta Huehuetoca. Y Tacubaya continuó siendo un pueblo apacible por muchos años más, hasta que finalmente fue absorbida por la capital en el siglo XX.

Algunos miembros de la élite, como el arzobispo y el virrey, mandaban mientras tanto canoas con alimentos y agua potable para repartirlos diariamente entre los pobres que seguían en la ciudad. Claro que en aquella época nadie pudo mandar fotografías o videos por internet para probar eso, lo que también nos ha impedido ver imágenes en vivo de la inundación. Ni modo. Aun no existía Facebook, Twitter o Instagram.

Un dibujo anónimo es la única representación que tenemos de la gran inundación de 1629

Al final, en 1634 las aguas comenzaron a ceder y los habitantes empezaron poco a poco a regresar, iniciando de inmediato las reparaciones necesarias en lo que quedaba de sus casas. El canal del desagüe finalmente se terminó, a pesar de lo cual, la ciudad siguió sufriendo de inundaciones, aunque ninguna de la magnitud de la de 1629. La última gran inundación ocurrió el 15 de julio de 1951, cuando quedaron bajo las aguas, además del centro de la ciudad, colonias como la Condesa, Candelaria de los Patos, San Lázaro, Tránsito, Obrera, Doctores, San Pedro de los Pinos, Portales la Guerrero y Peralvillo, entre otras muchas más. La mitad de los tres millones de habitantes de la ciudad tenían sus casas y negocios bajo el agua. Sin embargo, en ningún momento se alcanzaron los niveles del siglo XVII. Además, en esa ocasión se desaguó la ciudad en tan sólo diez días, contra los cinco años que tardó la de 1629. Una gran diferencia.

La calle de Mesones en la inundación de 1951, con una góndola improvisada. Foto: Archivo de Excélsior

Así que ya saben, no tiren basura en las calles, vigilen los canales si es que viven cerca de uno, récenle a Tlaloc o a quien quieran y ármense de paciencia, porque todo indica que nuestras calles se seguirán inundando.