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miércoles, 14 de octubre de 2015

LA TRISTE VIDA DEL EXILIADO (5a PARTE)

Nueva York es una ciudad difícil, dura, arisca. Los turistas no lo ven porque ellos están en otra dimensión. Y es normal. La mayoría de los viajeros buscan salir de su rutina y relajarse, por lo que poco les importa los problemas de los demás.

Sin embargo, a pesar de los malos momentos que es mejor olvidar, prefiero recordar aquellas cosas buenas y divertidas que aquí nos sucedieron. Muchas de ellas tienen que ver, desde luego, con la nieve y el hielo.

Han de saber, pues no me da vergüenza decirlo, que yo nunca aprendí a patinar cuando era pequeño. Con la bicicleta era un as, pero los patines me provocaban una inseguridad inmensa y siempre les tuve miedo. Recuerdo con pena aquellos días en casa de mis abuelos en la ciudad de México, cuando mis innumerables primos se ponían sus patines y se dedicaban toda la tarde a dar de vueltas en el patio, mientras mis hermanos y yo permanecíamos sentados observándolos con una mezcla de terror y envidia.

Cuando conocí a Judith hace ya muchos años, decidimos ir un día (más bien decidió ella) a patinar en hielo en la pista de San Jerónimo, al sur de la capital mexicana. Nos acompañaron dos amigas suyas de la oficina y mi querido primo y amigo Jaime Torres Fidalgo. Mientras Judith y sus amigas se daban vuelo en la pista, Jaime y yo no conseguimos soltar la pequeña barda de seguridad que rodea la pista. Lo bueno fue que el único que se cayó fue él (un par de veces, por cierto), pues aunque yo estuve a punto de hacerlo, al final conseguí mantenerme en pie.

Esos son mis antecedentes sobre los patines. Pues bien, durante nuestro primer invierno en Nueva York Judith me pidió que fuéramos a patinar a una de los innumerables pistas que para ello hay en la ciudad. Sin estar muy convencido, elegimos la que se encontraba en Bryant Park, detrás de la Biblioteca Pública. Fue uno de los peores momentos de mi vida. Sufrí de un miedo irracional, imaginando que iba a caer, que alguno de los múltiples y rápidos patinadores que me rodeaban me pasaría por encima de la mano, cortándome los dedos. A pesar del intenso frío que hacía, pues la pista es al aire libre, yo estaba sudando a chorros, como si me encontrara en la cuenca baja del Mekong durante el verano. Al final, Judith se compadeció de mí y me sacó de aquel infierno. Sin embargo, me hizo prometer que tomaría clases de patinaje.

Un par de semanas después encontré una pista de hielo más o menos cerca de la casa en la que daban clases para niños y adultos. Sin pensarlo mucho para evitar arrepentirme, me inscribí en la clase de principiantes adultos. El curso duraba dos meses, aunque en esos momentos tuve que pedir mi baja temporal después de dos semanas, pues un resbalón en el hielo sobre la cortina de la presa de Croton-on-Hudson me obligó a llevar el brazo derecho cubierto por un guante médico que lo inmovilizaba. Así que me presenté en la escuela de patinaje con la esperanza de que me dieran de baja, pero los muy desgraciados, en lugar de eso, me dijeron sonriendo que no me preocupara, que me curara el brazo e iniciara de nuevo en el siguiente curso, dentro de dos meses y medio. Incluso para obligarme se negaron a cobrarme el nuevo curso. Así que un mes y medio después me encontraba de vuelta embutido en los patines y con un temblor en las piernas que me daba una apariencia un tanto graciosa. Mis compañeros eran una señora china que fingía patinar peor de lo que en realidad lo hacía, un señor polaco que quería aprender para poder hacerlo con sus pequeñas hijas, que ya eran expertas en eso de deslizarse por el hielo, y un par de gringos sin nada de particular. El instructor era un joven puertorriqueño que hizo su mejor esfuerzo para que yo perdiera el miedo, cosa que consiguió, pues después de dos meses de práctica intensiva todos los sábados por la mañana (uno de ellos acompañado por mi hermana que se dedicó a reírse de mí y a tomarme fotos y vídeos sentada con toda comodidad en las gradas para los espectadores), le perdí el miedo a la patinada y logré atravesar la pista de lado a lado a cinco metros de distancia de la barda protectora que había sido mi fiel acompañante durante las primeras clases. Claro que nunca logré una velocidad mayor a los doscientos metros por hora, pero al menos ya no le temía y sabía la forma de no caerme, por lo que al final me dieron el diploma que me acreditaba como el peor del grupo de principiantes. Lo curioso es que después de ello Judith y yo sólo hemos ido a patinar en dos ocasiones.

Una vez superado el miedo, ella insistió en que pasáramos a los patines de ruedas para patinar en la calle, y sin decir ni agua va, en mi cumpleaños me regaló unos patines. Ella se ofreció a enseñarme, así que al principio practicamos en el patio de una iglesia cerca de casa, cada uno con un patín. Esta nueva modalidad se me hizo más difícil que la invernal, por lo que al final lo dejamos sin que yo consiguiera ponerme los dos patines.

Pero mi compañera de vida es necia como pocas personas, así que empezó a insinuar el siguiente paso para mí: esquiar. Ella era una experta, pues lo había hecho en varias ocasiones durante su juventud. Yo me estuve negando con mil pretextos hasta que un día, en febrero de 2014, me anunció que había comprado dos boletos para entrar a una pista de esquí situada en Connecticut, a una hora de camino en camión desde Nueva York. Viéndome condenado sin remedio, hablé con mi buen amigo ucraniano Volodia y lo invité a que nos acompañara junto con su mujer Ulyana. Esa fue mi salvación, pues resulta que ellos gustaban de esquiar en la modalidad llamada cross country, es decir, caminando con esquíes por el bosque, y en la pista a la que fuimos no había eso, sino tan sólo la modalidad que precisamente yo temía: lanzarse por una rampa embutido en los esquíes.

Volodia, Ulyana, Judith y yo.


Así que para poder hacer algo entre los cuatro, optamos por el tubing, es decir, por sentarnos sobre unas llantas y lanzarnos cuesta abajo por las pistas (las de principiantes, desde luego). La verdad es que fue muy divertido. Además de las llantas individuales había unas en forma de ocho para dos personas, y esas fueron las que utilizamos para aventarnos en pareja. Para llegar a las rampas había que hacer un poco de fila, y ahí fue lo más divertido, pues en una ocasión en que ya era nuestro turno de lanzarnos, resbalamos y en lugar de caer por la rampa nos fuimos sobre las personas que estaban detrás de nosotros en la fila provocando una carambola terrible. Yo alcancé a tomar a una niña pequeña a la que, tras tirarla y para evitar que rodara por la rampa, me la llevé conmigo hasta que nuestra llanta se detuvo al final de la fila. Entonces le pregunté "Are you ok?". Ella me miró con una mezcla de odio y alegría y se fue sin decir nada. Ni modo. Volvimos a formarnos llenos de vergüenza por el espectáculo que habíamos dado. Al llegar de nuevo al borde de la rampa, yo me subí a la llanta y en esos momentos sentí que esta volvía a resbalar en el sentido opuesto al que quería. Sólo escuché una voz detrás mío que dijo: "Oh, no! Not again!". Pero esta vez Judith alcanzó a reaccionar, se salió de la llanta y me empujó por la rampa antes de que provocáramos un nuevo desastre. Qué les puedo decir, fue muy divertido.

Cambiando de tema, fue por esas fechas que, ante la ausencia de un trabajo que me mantuviera ocupado y me generara ingresos, decidí terminar una novela que había empezado años atrás. Así que durante seis meses me senté frente a la computadora todas las tardes y me dediqué a escribir, corrigiendo y cambiando el argumento una y otra vez hasta que por fin quedé satisfecho con el resultado. Inmediatamente la mandé publicar, previo pago, con una editorial argentina que publica en versión digital e impresa.

Entonces ocurrió algo imprevisto. Estábamos a principios de 2012 y yo estaba organizando una presentación de la novela en Nueva York. En eso, fuimos a una manifestación que se organizó para protestar por la violencia en México. Salía del consulado de México y terminaba cerca de las Naciones Unidas. Cuando llegamos a éste último lugar, estaba con nosotros una joven reportera de un canal local en español llamado NY1 Noticias. Se puso a mi lado junto con su cámara y sacó un trípode para colocarla. Sin quererlo metió una de las patas de éste en un doblez que siempre hago en mis pantalones, pues como mis piernas no son muy largas, todos me quedan demasiado grandes. Se disculpó de inmediato y ambos nos reímos. Empezamos a platicar y cuando yo le comenté que iba a presentar mi novela me dijo que ella hablaría con el conductor del noticiero para que me invitara al programa a hablar sobre mi libro. La idea me encantó y, en efecto, a los pocos días me habló por teléfono Philip Klint, el conductor del noticiero, y fijamos fecha para el programa.

De ahí salió una buena amistad que a la fecha conservo con Philip, un hombre muy interesante. Hijo de padre holandés y madre canadiense, nació y pasó su infancia en la ciudad de México, por lo que se siente chilango de corazón. En la adolescencia la familia se trasladó a Indonesia donde terminó sus estudios antes de venir a Nueva York. Cuando uno lo escucha hablar se da cuenta de lo fuerte de su herencia mexicana. Después de ese programa me invitó en otras dos ocasiones para hablar sobre política mexicana y, durante las elecciones de 2012 en México, actué como "enviado especial" del noticiero, pues Judith y yo fuimos al país para votar.

En el campamento de Occupy Wall Street. El de sueter verde, barba y poco pelo, soy yo.


Dos semanas después fue la presentación del libro, en la que participaron Margueritte Lukes, que en aquellos momentos era profesora en la Universidad de CUNY y a la que conocí por Juan Castillo, e Ismael Naveja, un excelente amigo que en esos momentos era el Cónsul Adjunto de México en Nueva York.

Más adelante, cuando surgió en México el movimiento Yosoy132, nos enteramos de la creación de una célula del mismo en la ciudad de Nueva York, con el nada original nombre de Yosoy132NY. Sin pensarlo dos veces nos unimos a ellos y comenzamos a realizar labores de protesta y concientización entre los paisanos. Participamos con ellos en muchas manifestaciones e inclusive atendimos a la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad comandada por el poeta Javier Sicilia, cuando ésta llegó a Nueva York. Cuando íbamos a una protesta frente al consulado de México, mi actitud, no lo he de negar, era un tanto ambigua, pues una vez que terminábamos de gritar mueras al gobierno, yo me metía al edificio para saludar a mi buen amigo el cónsul adjunto y comer con él. Ni modo, así es la vida. En ocasiones nos sale con situaciones surrealistas que escapan a nuestro control. Al final, la mayoría de los miembros del grupo nos fuimos separando cuando los más radicales comenzaron a tomar el control. En los últimos años hemos acudido a una que otra protesta, pero ya más en calidad de apoyo solidario que como participantes activos.

Protestando en Union Square. El de la boina gris y barba que se ve al fondo, debajo del "No a Peña Nieto", soy yo.


Pero antes de terminar con este tema, quiero platicarles de la primera manifestación que hicimos con el grupo. En aquellos momentos estaban con nosotros la mamá de Judith y mi querida prima Martha Torres, quienes nunca en su vida habían participado en una. Pero al estar con nosotros les tocó marchar y lo hicieron con gran dignidad, portando unas pancartas hechas con cajas de cartón que algunos de los participantes les dieron.

En el grupo del 132 conocí también a una simpática muchacha llamada Mitzi Hernández que trabajaba en aquellos momentos como asistente del conductor de un programa cultural en un canal de televisión local: HITN. Ella me presentó con su jefe, el periodista español José Nieto, y consiguió que me invitara a su programa titulado "El autor y su obra". Estuvimos hablando por más de dos horas sobre mis libros y sobre historia de México. A José Nieto le gustó tanto que presentó la entrevista en dos capítulos de una hora cada uno para que no se perdiera nada. Luego me enteré que eso es algo que había hecho con muy pocos de sus invitados, pues a la mayoría los despachaba después de media hora.

Por último, me quiero referir a un acontecimiento que fue decisivo en mi formación como persona y como escritor en Nueva York. En 2013, cansado ya de no conseguir ningún trabajo remunerado (en parte debido a una gran depresión que venía arrastrando de tiempo atrás y de la que surgió este blog como parte de la terapia para salir adelante), recibí una llamada providencial de parte de una amiga. Ella, Alejandra Marín, vivía en Nueva York. Era diseñadora de profesión pero no tenía empacho de trabajar en lo que fuera para subsistir en la Gran Manzana. Así, había cuidado niños y vendido paletas heladas. En esa llamada me informó que la dueña del negocio de las paletas estaba buscando vendedores porque la mayoría se le habían ido. Estaba yo tan desesperado que acepté. En otros momentos la hubiera mandado a volar, con el argumento de que un historiador titulado como yo no podía caer tan bajo. Pero en esos momentos me urgía el trabajo, así que acepté. La dueña del negocio era una mujer mexicana llamada Fanny. Ella misma hacía las paletas en una cocina industrial, al más puro estilo mexicano. Había de mango con chile, de pepino con limón, de grosella, de piña con jalapeño y otros sabores exóticos que encantaban a los gringos. Trabajé de abril a octubre, entre semana en un carrito situado en el parque High Line y los domingos en un mercado en Greenpoint, Brooklyn. Ya en otra entrada del blog les hablé, en forma de cuento, sobre esta etapa de mi vida, que fue muy divertida y enriquecedora. En el mercado hice buena amistad con otros vendedores y siempre intercambiábamos productos, por lo que yo regresaba a casa con pescado fresco, frutas, verduras y hasta pies de nuez o zarzamora, los que conseguía a cambio de paletas. También hice amistad con un pequeño niño de cuatro años, llamado Gilbert, y cuya mamá terminó encargándome mientras ella hacia sus compras. Para Gilbert no había nada más emocionante en la vida que asomarse al interior del carro de las paletas. Y desde luego, siempre le regalaba una pequeña. Además, aproveché para enseñarle algunas palabras en español (ninguna grosería, no se apuren).

Vendiendo "Mexican Ice Pops" en el High Line Park.


En el High Line, por su parte, serví como modelo a varios fotógrafos, salí en algunos comerciales de televisión como extra (aunque nunca logré verlos) y fui testigo de filmaciones de series televisivas y de ensayos de obras de teatro. La gente solía ser amable y en ocasiones salían con algunas ocurrencias geniales. En cierta ocasión un señor se me quedó viendo por varios minutos. Cuando empecé a sentirme incómodo se acercó a mí y me dijo: "You have the most incredible job in the whole world". Me reí con ganas y le regalé una paleta. En los días más calurosos del verano la fila de gente frente al carrito era interminable y las propinas jugosas. Este trabajo me sirvió para bajarme de la nube en que vivía y comprender que ningún trabajo es malo si te da para comer. Además, conocí a muchas personas y obtuve muy buenas ideas para personajes de novelas en las que estoy trabajando en la actualidad.

Así que como ven, la vida en Nueva York, a pesar de sus problemas, también tiene sus grandes momentos, algunos de los cuales sólo ocurren aquí. Podría contarles miles de historias más, pero no quiero cansarlos, por lo que mejor aquí dejamos las memorias del exiliado en Nueva York.



jueves, 8 de octubre de 2015

LA TRISTE VIDA DEL EXILIADO (4a PARTE)

La vida en Nueva York nos ha deparado también momentos agradables. Hemos hecho varios amigos de procedencias diversas. Ya hablé de Volodia el ucraniano, de Pablo el venezolano, Carlos el colombiano y los mexicanos Juan, Román y Mónica, pero además de ellos no puedo dejar de mencionar aquí a Jean-Paul y Muriel, una pareja de franceses que conocimos en la cola del cine, a Carlyn, una simpática haitiana que nos recibió en su casa el primer día de Acción de Gracias que pasamos aquí y a Yema, una agradable mujer etíope que ha compartido con nosotros algunos momentos agradables, incluyendo una muy divertida cena de Año Nuevo en la que no pudimos parar de reír.

Y hablando de las fiestas de Año Nuevo, las cuatro que hemos pasado desde 2010 en Nueva York han sido, en general, muy divertidas. El primero de ellos, 2010-2011, nos fuimos nosotros dos solos a Prospect Park en Brooklyn, donde iban a tocar algunos grupos musicales e iban a lanzar fuegos artificiales. Llevamos una botella de champán (bueno, la verdad es que era un vino espumoso) y aprovechamos las enormes montañas de nieve que aun quedaban de la nevada del día 26 para ponerla a enfriar. Cantamos, brindamos, y la pasamos muy bien. La segunda, 2011-2012, tras regresar de un viaje a Boston, donde pasamos Navidad, nos reunimos con Mónica y el que entonces era su marido, un indio (de la India) llamado Dushyant, en su departamento de Astoria. Ahí cenamos y luego salimos en metro al Parque Central para ver los fuegos artificiales, brindar y lanzarnos confeti con una especie de lanzadores de confeti que habíamos comprado en el Barrio Chino de Manhattan. Lo pasamos muy bien, riendo hasta la madrugada. Lo único malo fue que de regreso en el metro nos tocó una muchacha muy borracha que vomitó dentro del vagón, lo que generó una pelea entre sus acompañantes y unas personas que protestaron. En fin.

El Central Park es muy hermoso cuando se cubre de nieve.

La tercera, 2012-2013, fue quizá la única desangelada. Habíamos pasado Navidad en Tulum, México, con unos excelentes amigos: el periodista Jaime Avilés y su hija Juncia. Jaime es muy divertido, así que nos reímos bastante. De regreso en Nueva York, compramos dos boletos para un crucero de Año Nuevo por el río Hudson frente a Manhattan. El boleto incluía comida, bebida y baile. Además, en el anuncio prometían las mejores vistas de los fuegos artificiales que se lanzaban a todo lo largo de la isla. La verdad es que nos aburrimos mucho, nos tocaron vari@s borrach@s, hacía un frío terrible y, para colmo, el barco se colocó de tal forma que era muy complicado disfrutar la vista de los fuegos artificiales. Ni modo. En cuanto llegó a puerto, corrimos a casa. En cambio la cuarta, 2013-2014, fue la mejor de todas. Organizamos una cena en nuestro departamento a la que acudieron Yema, Volodia, Juan y Hermelinda (otra compañera de la escuela). Nos reímos como pocas veces. La conversación transcurría a ratos en inglés y a ratos en español. Nos pusimos en la cabeza unos gorros alusivos a la fiesta, nos colgamos collares que decían Happy New Year, contamos chistes e hicimos bromas hasta que la risa nos provocó dolor muscular en el abdomen. A quien siempre le estaré agradecido es a Volodia, pues a pesar de vivir muy lejos de nosotros, en Coney Island (Brooklyn), a casi dos horas de viaje en metro, nunca falta a nuestras invitaciones. El Año Nuevo 2014-2015 decidimos pasarlo en Budapest, acudiendo a la Ópera y brindando en la calle con desconocidos. Ya veremos que ocurre el siguiente.

Volviendo al tema de los amigos, quiero hablar de Jean-Paul y Muriel, los franceses. A ellos los conocimos de la forma más curiosa. Habíamos ido al Lincoln Center para ver una película, llegando varias horas antes para formarnos en una fila especial en la que venden los boletos mucho más baratos. Fuimos los primeros o los segundos en llegar, no recuerdo bien. El caso es que yo dejé a Judith en la fila mientras iba a preguntar algo adentro del inmueble. Cuando regresé, ella estaba platicando con una mujer, que resultó ser Muriel. Me uní a la plática y al poco tiempo ya éramos grandes cuates. Al terminar la película nos presentó a su pareja, Jean-Paul, un profesor retirado que hablaba un poco de español gracias a su abuela. La conexión fue inmediata. Al poco tiempo nos invitaron a una fiesta en su casa. Muriel trabajaba como maestra en el Liceo Francés de Nueva York y Jean-Paul se dedicaba a disfrutar la vida. Fuimos a su casa en Brooklyn varias veces, un departamento muy pequeño en el que, sin embargo, nunca faltaba gente. Ahí conocí a varias personas interesantes, como el editor y escritor Robert Miller, especializado en novelas de espionaje, muy buenas, por cierto. Tras platicar con él, quedamos de vernos en su editorial una semana después. Yo llegué con la intención de pedirle trabajo, pero con tan mala suerte que en esos momentos estaba cerrando el negocio por bancarrota. Los franceses también fueron a la casa varias veces e incluso llegamos a reunirnos en un restaurante peruano para celebrar el 5 de Mayo.

Jean-Paul y yo congeniamos muy bien. En algún momento decidimos celebrar una reunión semanal en un café cerca de la Grand Central, con la finalidad de que él me enseñara francés y yo le reforzara su español. Pero sólo las primeras veces hicimos tal locura, pues al poco tiempo nos dedicábamos a platicar de historia y de política (ambos somos de izquierda), despotricando contra el conservadurismo y contra la religión (ambos somos ateos). Lo pasábamos muy bien. Además, como a ellos también les encanta viajar, revivimos una tradición ya muy en desuso, el de enviarnos mutuamente tarjetas postales cada vez que estábamos fuera. Gracias a eso ahora tenemos una amplia colección que adorna nuestros libreros. Ellos, sin embargo, eran más puntuales que nosotros en un aspecto. Siempre mandaban sus postales desde el país en que se encontraban, en cambio nosotros, comprábamos la postal en el país visitado pero como nunca teníamos tiempo de ir al correo, la poníamos en el correo al regresar a Nueva York. Por desgracia, en el verano de 2013 se venció el contrato de Muriel y tuvieron que regresar a París. Desde entonces los hemos visto tan sólo en un par de ocasiones, la primera en París, donde nos invitaron a cenar en su departamento, y la segunda en Nueva York, en un viaje que ellos hicieron para ver a sus numerosos amigos.

Pasando a otros temas, me viene a la mente la ocasión en que decidimos acudir a la ceremonia de encendido del famoso árbol de Navidad del Rockefeller Center. Fue toda una pesadilla. Era tal la multitud y el espacio tan estrecho, que no todos podían ver el famoso árbol, así que la gente se distribuía por las calles de los alrededores. Como también había un espectáculo musical, los organizadores colocaron pantallas gigantes en las calles aledañas para que los que no tuvimos la fortuna de llegar un día antes para apartar un lugar en primera fila, pudiéramos ver a los cantantes. Desde luego, esperábamos que tras la música, en las pantallas pudiéramos ver la ceremonia de encendido del árbol, pero los muy desgraciados apagaron las pantallas en ese momento y tan sólo los privilegiados que estaban cerca pudieron verlo. ¡Qué poca, me cae!

El famoso árbol del Rockefeller Center

Y para terminar por el día de hoy, les voy a platicar nuestra aventura con el "Huracán Sandy". Este fenómeno meteorológico ocurrió en noviembre de 2013. En realidad no era un huracán, pues cuando llegó a las costas de Nueva York ya se había degradado a tormenta tropical. A pesar de ello, provocó tal desastre que volvió a dejar en evidencia a la ciudad que se considera como una de las más ricas del mundo y la sede del capitalismo. Días antes, en la radio y en la televisión comenzaron a informar a la gente sobre Sandy. El gobierno anunció que el día previo a su llegada el transporte público iba a suspender el servicio desde las seis de la tarde, por lo que se pedía a todas las empresas que le dieran la tarde libre a sus empleados para que éstos pudieran volver a sus casas. Asimismo, se nos exhortaba a acudir con tiempo a los supermercados para aprovisionarnos de víveres. Es lo que llaman "compras de pánico". Yo le sugerí a Judith que hiciéramos algunas de éstas, acudiendo a las tiendas gritando como locos, comprando lo primero que viéramos y peleando con las viejitas por una lata de frijoles. Unas auténticas compras de pánico, vaya, tal y como lo marcan los cánones, pero ella no me dejó.

Total, que llegó el día esperado. Los noticieros pedían una y otra vez que la gente no saliera de sus casas, que se alejaran de las ventanas y que esperaran pacientemente a que terminara la emergencia. Sin embargo, al acercarnos a nuestras ventanas podíamos ver a la gente del barrio caminando tranquilamente en pleno "huracán", paseando al perro e inclusive a los niños pequeños en sus carriolas. No nos asombró. Muchos de nuestros vecinos son colombianos, dominicanos, puertorriqueños y caribeños en general, así como indios y bangladesíes, que saben por experiencia lo que es un huracán de verdad y que, por supuesto, no se dejaron intimidar por una simple tormenta tropical, por más pánico que sus vecinos de otras latitudes tuvieran. Así que ellos siguieron con su vida como si nada estuviera pasando. Nosotros aprovechamos el tiempo para gastarle una broma a Dushyant, el entonces esposo indio de Mónica. Mediante mensajes telefónicos le hicimos creer que Judith había salido antes de que se soltara el huracán y no había conseguido volver a casa. Yo fingí estar preocupado pero no lo suficiente como para salir en su búsqueda. Cuando le dijimos que Judith ya estaba frente a la casa, pero aun en la calle abrazada a un árbol para impedir que el viento se la llevara, Dushyant se ofreció a salir en su rescate desde su casa en Astoria. Mientras tanto, Mónica, Judith y yo nos reíamos de lo lindo ante su ingenuidad. Nunca le dijimos la verdad, y ahora que ya se divorció de Mónica, no tiene ningún caso.

Una estación del metro en Manhattan inundada tras el paso de Sandy

Por nuestro barrio, Jackson Heights, no hubo destrozos con la única excepción de dos árboles caídos, mismos que detectamos al día siguiente cuando salimos a realizar la inspección de rutina que nuestra curiosidad nos ordenaba. Sin embargo, Sandy causó grandes destrozos en otras zonas de Nueva York, evidenciando que la ciudad todopoderosa no está preparada ni siquiera para soportar una simple tormenta tropical. Toda la parte sur de Manhattan, de la calle 42 para abajo, se quedó sin luz. Los túneles del metro que unen Manhattan con Brooklyn se inundaron, la Zona Financiera (donde está Wall Street) se convirtió en zona de desastre, las costas de Long Island, de Staten Island y del Bronx sufrieron severas inundaciones y cientos de personas perdieron sus casas y varios miles, entre ellos nuestro buen amigo Volodia, se quedaron sin luz ni calefacción en los momentos en que estaba entrando uno de los inviernos más crudos que nos ha tocado. Y como siempre, el gobierno de la ciudad reaccionó tarde y mal, de acuerdo con muchos de los habitantes de las zonas afectadas.

El metro tardó casi dos días en volver a funcionar, aunque al principio de forma parcial. Judith ya estaba como leona enjaulada, así que en cuanto oyó que una de las líneas que unen Jackson Heights con Manhattan ya estaba abierta, decidió lanzarse a la oficina. En ocasiones creo que es adicta al trabajo, o como dicen los que creen que saben aunque en realidad no saben nada, workahólica. Dos horas después regresó al calor del hogar frustrada, congelada y de mal humor, pues según me platicó, el metro estaba atascado y estaban pasando muy pocos trenes, por lo que decidió tomar un camión, con el cual sólo pudo avanzar unas cuantas cuadras por lo denso del tráfico y porque los puentes estaban atascados. Así que tuvo que sufrir un día más a mi lado encerrados en casa.

Nos vemos hasta la próxima con más aventuras neoyorkinas, algunas de ellas muy divertidas.




martes, 6 de octubre de 2015

LA TRISTE VIDA DEL EXILIADO (3a PARTE)

Un día, a principios de marzo de 2011, acudí a una reunión con la agregada cultural del Consulado Mexicano en Nueva York, o lo que es lo mismo, con la directora del pomposamente llamado Instituto Cultural de México. Me parece que su apellido era Cabezut. La idea era que esta buena mujer me diera algunos contactos para poder conseguir trabajo en la ciudad. ¡Aguas! Sólo contactos que podrían ayudarme en mi búsqueda laboral, pues en ningún momento iba yo con la intención de que ella me consiguiera trabajo. Aclaro esto porque en esos momentos una prima mía trabajaba en el consulado como cónsul jurídica y ella es quien me había conseguido la entrevista con la directora del área cultural, por lo que no quiero que se piense que hubo tráfico de influencias. ¡No, señor!



Recuerdo muy bien ese día porque estuvo muy complicado. Además de que hacía mucho frío, mi mamá llegaba por primera vez de visita desde la Ciudad de México. De acuerdo con mis cálculos, podría ir por ella al aeropuerto (en metro), llevarla a la casa y dirigirme a mi cita. Así que tomé el tren E, me bajé en la estación Sutphin Boulevard, caminé hacia la estación del Air Train y llegué con tiempo suficiente al aeropuerto John F. Kennedy. En cuanto llegó mi mamá, emprendimos el regreso. Para el que no conozca el Air Train en Nueva York, he de decirle que es un poco complicado, más si uno va despistado platicando con otra persona. Resulta que hay tres rutas: una solamente recorre en círculo las diferentes terminales del aeropuerto; otra se dirige hacia Howard Beach, en donde se conecta con el metro A hacia Brooklyn; y la tercera se dirige hacia Jamaica Center, en donde se puede tomar el metro E para llegar a Queens. Esa es la que yo necesitaba. Sin embargo, por ir platicando, nos subimos al primero que llegó y que se puso a darnos de vueltas por las terminales. Cuando me dí cuenta, nos bajamos y nos subimos al siguiente que pasó, ¡que nos llevó a Howard Beach! Así que tuvimos que regresar a la única estación intermedia donde los dos que salen del aeropuerto se juntan y ahí tomamos por fin el que nos llevó a Jamaica. Cuando llegamos ahí, nos dirigimos al metro, donde estaba Judith esperándonos, pues le pedí que fuera por nosotros para que ella llevara a mi mamá a la casa mientras yo corría a mi cita, pues con tanta vuelta en el Air Train se me había hecho tarde. Por cierto, la maleta de mi mamá venía rota por culpa del maltrato a que la sometieron los trabajadores del aeropuerto, así que fue un problema llevarla a la casa, desde donde Judith, a base de gritos y sombrerazos, consiguió que la aerolínea le mandara una maleta nueva.

Una vez en en el Consulado me dirigí a la oficina de la agregada cultural, donde además de ella se encontraba Eduardo Peñaloza, el encargado del área educativa. De esa reunión saqué pocas cosas en claro, pues la señora Cabezut tan sólo me dio tres nombres, uno de ellos con teléfono, y comentarios como éste: "pues no sé, a lo mejor esta persona te puede decir más cosas que yo", "es que no sé dónde podrías encontrar trabajo de acuerdo a tu profesión". Yo soy historiador y ella es la agregada cultural, y ¿no sabía dónde se podría requerir de mis servicios? No manches. Bueno, al menos dos cosas positivas obtuve de dicha entrevista (que por cierto, no duró más de diez minutos, pues era claro que la Cabezut estaba incómoda con nuestra reunión): el teléfono de Mónica Argüelles, que en esos momentos trabajaba en una revista llamada Raíces de México, y a Eduardo Peñaloza, quien después dejó de trabajar en el Consulado y con quienes tengo una buena relación de amistad.



Los días siguientes me dediqué a pasear a mi mamá por el frío Nueva York y, una vez que regresó a México, hablé con Mónica Argüelles. Nos citamos en un café en Astoria y desde que nos conocimos nos caímos muy bien. Ella habla hasta por los codos y es una mujer muy amable y amigable. Desde luego que me ofreció la oportunidad de publicar en la revista, pero con una aclaración: la revista no estaba a la venta, sino que era gratuita, y por lo mismo no había dinero para pagarle a los escritores. Ni modo, mi primera chamba en Nueva York y no iba a recibir ni un triste centavo de dólar. A pesar de todo, decidí escribir algunos artículos. De hecho, publiqué cuatro o cinco, ya no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que de Mónica obtuve dos cosas más importantes, una amistad que se ha prolongado desde entonces (de hecho, podría decir que es nuestra mejor amiga en Nueva York) y la información de una feria educativa que se iba a celebrar en Staten Island en unas semanas.

Llegado el día y tras recibir las indicaciones para llegar que me dio la misma Mónica, tras casi dos horas de viaje en metro, ferry y camión, llegué al lugar en el que se iba a realizar la feria. Ahí estaban ya Mónica y Eduardo Peñaloza, quienes me presentaron con diversas personas. Una de ellas se llamaba Román Barroso, quien estaba ahí en representación de UVEA (Unidad de Voluntarios en la Educación para los Adultos), grupo fundado y dirigido por el ingeniero Juan Castillo. Platicando con él, me enteré del proyecto que ellos llevaban a cabo. UVEA es una escuela especial enfocada a personas de origen latino, sin importar su país (aunque la mayoría son mexicanos), que imparte clases en español desde alfabetización hasta secundaria y que mediante convenios con la SEP de México les otorga a sus alumnos certificados de primaria y secundaria. Me gustó, así que le pregunté a Román (un astrónomo aficionado muy competente) que tenía que hacer para unirme a ellos como profesor de historia. Entonces me ofreció darme un aventón a mi casa, lo que me hizo más corto el trayecto de vuelta, y en el camino me invitó a acudir el siguiente sábado a Drapper Hall, un edificio perteneciente a un hospital, situado en Harlem, donde se impartían las clases.

Cuando llegué a casa, le platiqué a Judith, quien también se entusiasmó y decidió acompañarme para conocer a Juan Castillo. El siguiente sábado, como a las once, estábamos ahí. He de decir que llegar era un poco complicado, pues teníamos que tomar tres metros y después un camión. Juan nos dijo que si queríamos enseñar éramos bienvenidos. Sólo había una condición: el compromiso de permanecer un semestre completo. Así que sin más ni más, el siguiente sábado estábamos ahí a las nueve de la mañana, Judith para enseñar matemáticas y yo, historia. Para Judith fue muy complicado, porque para llegar a tiempo teníamos que levantarnos muy temprano ¡en sábado! Sólo los dos primeros meses aguantó, y para los cuatro restantes de su único semestre como maestra le pedimos a nuestro amigo Carlos, el taxista colombiano, que nos llevara, lo que reducía el tiempo de traslado de una hora a veinte minutos. Como ya dije, Judith sólo estuvo un semestre pero fue una excelente maestra, muy dedicada (en la semana, por las noches, preparaba sus clases, incluyendo cartulinas con ejemplos). Yo comencé dando clases de historia de México y después me seguí con Historia de los Estados Unidos.

Había tres grupos, los dos primeros eran para la secundaria y el tercero para el GED, un examen especial que se hace aquí para poder acreditar lo que en México sería la preparatoria. Los alumnos, como ya dije, eran todos adultos, la mayoría poblanos, aunque también había algunos de Ecuador, República Dominicana, Puerto Rico y hasta España. Yo siempre he disfrutado el enseñar, especialmente a los adultos, así que me acoplé sin problemas a la escuela, donde hasta la fecha sigo dando clases, cuatro años después. Pero también creo importante recalcar que no recibo un sólo dólar por ello, pues como la escuela no le cobra a los alumnos ni recibe apoyo de ningún gobierno, tampoco le paga a los maestros, por lo que todos lo hacemos de forma voluntaria.

Mi amigo Juan Castillo

Además de nosotros dos, en esos momentos había otros dos maestros, Román, quien siempre estaba dispuesto a dar clase de lo que fuera y Volodia, un simpático ingeniero ucraniano que da clase de matemáticas y con quien me une una entrañable amistad, al igual que con Román y Juan. Al año siguiente llegó Pablo, un escritor venezolano que daba clases de español y a quien los alumnos querían mucho, pero que después de tres años tuvo que dejarnos por motivos profesionales, aunque ya anunció su próximo regreso.

Tiempo después Juan me pidió que también diera clases los miércoles, pero en otra ubicación. Se trataba de la antigua iglesia de Guadalupe, en la calle 14 de Manhattan, donde se daban clases de alfabetización y primaria y donde yo dí Historia de los Estados Unidos para los del GED. Sin embargo, en 2013 tuvimos que dejar el Drapper Hall por culpa de Sandy (les hablaré de él en la próxima entrega), así que todos terminamos refugiados en la sede de la calle 14, hasta que el padrecito nos corrió en diciembre de 2014. Lo bueno fue que pronto encontramos refugio en un gimnasio de la calle 51 que nos presta otra iglesia.

De mis alumnos yo también he aprendido mucho. En ocasiones deciden abrirse y cuentan sus propias historias. Ahí es cuando uno se da cuenta de lo fácil que ha sido nuestra vida. A fin de cuentas, para llegar a Nueva York, Judith y yo no tuvimos que cruzar el desierto ni trabajar en lugares donde nos explotan bajo la amenaza de llamar a la "migra". Y sin embargo, ahí están ellos, echándole ganas a la vida, estudiando para mejorar sus condiciones y disfrutando con lo que les tocó en suerte. Mis alumnos son un gran ejemplo a seguir. Estoy convencido que ellos, junto con los amigos que hemos hecho aquí, van a ser lo único que extrañe cuando nuestra vida laboral nos lleve a otros lugares.


viernes, 2 de octubre de 2015

LA TRISTE VIDA DEL EXILIADO (2a PARTE)

Nueva York no es como uno se la imagina. Yo no la conocía antes de llegar a vivir en ella. Sin embargo, había escuchado maravillas. Incluso muchos de mis amigos nos veían con envidia cuando anunciamos nuestra mudanza.

Una vez que se confirmó que Judith había obtenido la plaza en el GEF de la ONU, comenzamos a buscar donde vivir. Como buenos principiantes, queríamos vivir en Manhattan. Así que consultamos páginas de internet donde se ofrecen departamentos en renta. Vimos uno que nos llamó la atención, pues estaba muy barato y muy bien situado, cerca de la Quinta Avenida y el Parque Central. El supuesto dueño decía que se iba a trabajar a Londres y que por eso lo rentaba. Pedía que se hiciera un depósito y él mandaba las llaves por correo. Es increíble que a pesar de ello creyéramos que podía ser cierto. Nos vimos muy novatos, la verdad. Sin embargo, por si acaso, le pedimos a una prima mía que trabajaba en el consulado mexicano en Nueva York que checara el departamento. Muy amable, fue un fin de semana y por supuesto que nos dijo que era un edificio muy elegante y que ahí no conocían al supuesto dueño. Ni modo. Era un fraude. Pero así como la burra vuelve al trigo, nosotros volvimos a caer. Apareció otro con el mismo modus operandi: departamento barato, bien situado, dueño que se va a Londres, pagas y te manda las llaves. La única diferencia es que éste daba un nombre y una dirección en Londres. Así que ni tardos ni perezosos le pedimos a otro primo mío que vive en Londres que nos investigara sobre el tipo en cuestión. Y por supuesto que en el domicilio ese ni lo conocían. Caer una tercera vez hubiera sido patético. Así lo comprendimos y dejamos esa dichosa página por la paz.

Cuando Judith llegó aquí vivió dos semanas en un hotel en Queens. El hotel tenía servicio de transporte a la línea 7 del metro. Ahí conoció a un taxista muy amable, colombiano, del cual nos hemos hecho muy buenos amigos. Desde hace cinco años él es quien pasa por nosotros al aeropuerto o a donde necesitemos ir y no queramos ir en metro o camión.

Después Judith se mudó a casa de una compañera de las Naciones Unidas que le rentó el sótano de su casa en un barrio llamado Sunnyside, en Queens. Cuando por fin yo anuncié mi llegada fue que nos trasladamos a vivir a un departamento en Jackson Heights, Queens, en la calle 84. Elegimos Queens porque es mucho más barato que Manhattan y el metro quedaba muy cerca del departamento. Éste pertenecía a una alemana, también de la ONU, que lo rentaba amueblado porque ella vivía en Tanzania. Era de dos recámaras, pero una estaba cerrada con llave, pues le había pertenecido a la hija de Ingeborg, la dueña, y ésta quería conservarla tal y como su hija la había dejado para irse a estudiar la universidad, ¡hacía 8 años!. Era algo realmente inquietante. Pero por eso, las visitas que tuvimos mientras vivimos allí tuvieron que dormir en la sala, para lo cual compramos un colchón inflable. A todos les resultó menos a mi querida madre, quien prefirió dormir en el sofá, ya que el colchón inflable quedaba muy a ras de suelo y le costaba mucho poder levantarse.

Los muebles del departamento estaban en muy mal estado y había muchas cucarachas, pero con todo vivimos ahí dos años. Lo único que compramos fue el colchón, en una famosa tienda de colchones, y un aire acondicionado portátil, pues en la sala no había y el calor estaba muy canijo. El colchón salió malo y se comenzó a hundir de mi lado. Cuando hablamos para exigir que lo cambiaran nos dijeron que tenía que estar hundido no sé cuantas pulgadas para que en efecto fuera un defecto de fábrica, pero que iban a enviar a un inspector a checarlo. Dos días antes de que viniera el dichoso inspector, pusimos arriba del colchón el aire acondicionado durante todo el día para que el hundimiento fuera muy visible. Pues con todo, se negaban a hacer el cambio. Lo bueno es que Judith es buena para la pelea y al final consiguió un vale para comprar otro colchón. Ahora tenemos dos.

Tras dos años ahí, nos mudamos a otro departamento en la calle 78, también de una persona de la ONU. Como sólo habíamos llegado con la ropa a Nueva York, y no habíamos vuelto a México, creímos que la mudanza sería muy fácil, así que como sólo eran seis cuadras, decidimos hacerla nosotros mismos con la inapreciable ayuda de mi suegra que estaba de visita. Bueno, uno no se da cuenta de las chácharas que acumula hasta que comienza a mudarse. Como ya habíamos recogido algunos muebles de la basura (no se espanten, eso es algo muy común aquí, pues la gente tira muebles en perfecto estado, sabiendo que alguien más los va a reutilizar), un buen amigo, Román, nos ayudó a llevarlos en su camioneta. Para lo demás conseguimos un diablito (los que no sean chilangos a lo mejor no saben a que me refiero; el diablito es lo que usan en los mercados para transportar las cajas con los productos. Un poco más abajo les pongo una foto) y nos dividimos el trabajo. Judith empacaba y ponía las cajas en el diablito, yo me echaba el viaje de seis cuadras empujándolo y mi suegra desempacaba en la nueva ubicación. Para no perder tiempo, también utilizamos las maletas con rueditas, así que mientras Judith cargaba el diablito yo me iba con dos maletas. Al final hicimos más de cincuenta viajes y perdimos una maleta que no pudo soportar el esfuerzo. Fue toda una odisea y juramos no volver a repetirla. Pero valió la pena por que el nuevo departamento estaba en mucho mejor estado que el otro. El edificio también era muy superior, con un jardín muy bonito. El edificio de la calle 84 era atendido por un conserje que le hacía de todo. También tenía un jardín, pero como al pobre hombre, que era guatemalteco, no le daba la vida para todo lo que tenía que hacer, prefería tenerlo cerrado para evitarse el tener que arreglarlo, por lo que se encontraba en muy mal estado. En el nuevo edificio, en cambio, había todo un equipo de trabajadores, además del superintendente: dos polacos, un guyanés, dos puertorriqueños y otros dos, también latinos, pero que todavía no sé de donde son. Y el jardín es muy hermoso y bien cuidado.

Esto es un diablito

Este departamento estaba semiamueblado, así que ni tardos ni perezosos nos dirigimos a Ikea y compramos un comedor, una vajilla y otras cosas más. Ese mismo año fuimos a México de visita (y para votar, pues era el 2012) y aprovechamos para traernos algunas de nuestras cosas de allá. Con eso, el departamento comenzó a lucir más nuestro. Ahí duramos un año y medio, hasta que tuvimos que cambiarnos un piso más abajo, pues el dueño del departamento decidió venderlo, pero tuvo la gentileza de conseguirnos otro en el mismo edificio, también con gente de Naciones Unidas. Incluso nos ayudaron con la mudanza de los muebles, mientras otro buen amigo, Juan, se ofreció también a cargar cajas y demás enseres. Como esta vez sólo era bajar una escalera, decidimos hacerlo nosotros mismos. Necios que somos. Acabamos agotados. Pero bueno, al menos ya no hemos tenido que cambiarnos de nuevo.

Mi primera visita a Manhattan, una vez instalado en el departamento, fue con Judith, que pidió un par de días en la oficina. Realmente no me impresionó mucho. Edificios altos, algunas fachadas hermosas, pero hasta ahí. No se me hizo tan espectacular como decían. Otra opinión me mereció, días más tarde, el Parque Central y el Museo Metropolitano de Arte. Son realmente hermosos.

Los primeros años adoptamos la costumbre de ir todos los fines de semana a un museo diferente, o en el caso de los museos grandes, una sala diferente. Así conocimos algunos espectaculares y otros no tanto, aunque también algunos decepcionantes. La primera vez que fuimos al Museo de Brooklyn era un día de fiesta para la comunidad judía, y cerca del museo vivían muchos. Al terminar la visita, comenzamos a caminar por el camellón de una gran avenida que está enfrente, mismo que se encontraba lleno de adolescentes y jóvenes judíos, sin mujeres y en grupos de tres o cuatro cuando mucho. Sin excepción, se acercaban a mí y me preguntaban si era judío. Al principio, amablemente respondía que no. Pero después de cinco veces me comencé a hartar y decidí que al siguiente que me lo preguntara le iba a decir que era musulmán. No hizo falta, pues al parecer entendieron que no éramos de su comunidad y nos dejaron en paz. Lo curioso es que nunca se dirigían a Judith, ni tan siquiera la volteaban a ver. Sólo a mí. Así que para colmo, machistas. Ahora que lo pienso, nunca sabré que hubiera ocurrido si respondía que sí. ¿Me hubieran dado algún regalo, una felicitación por la fiesta o una invitación a comer? Quién sabe. A lo mejor me hubieran pedido dinero.

Nuestro plan original era conocer a fondo los cinco boroughs de Nueva York: Manhattan, Queens, Brooklyn, Bronx y Staten Island. Después de unos meses dejamos fuera a Staten Island por lo difícil y tardado que era llegar ahí. Luego abandonamos el Bronx y por último, Brooklyn. Y es que contrario a lo que se piensa, el transporte público de Nueva York no es muy eficiente que digamos. Un ejemplo: Queens y Brooklyn están en la misma isla, Long Island, prácticamente juntos. Bueno, pues sólo hay una línea de metro que los una de norte a sur. De otra forma, es necesario cruzar Manhattan para luego regresar a Long Island, un viaje que puede durar más de una hora, o adentrarse mucho en Queens para tomar otro metro que regrese a Brooklyn. Demasiado complicado. O de Queens a el Bronx. Tan sólo los separa un pequeño brazo de mar. Sin embargo, no hay ningún metro que los una. Es necesario ir a Manhattan y ahí tomar otro tren que vaya a el Bronx, en otro viaje que también puede llevar más de una hora. En pocas palabras, el metro está pensado para servir a Manhattan y nada más. Los demás que se frieguen. Por otro lado, la inmensa mayoría de las estaciones están en un estado lamentable, sucias, llenas de ratas y cucarachas, con las paredes descascaradas, el techo con humedades y oliendo a orines. La frecuencia de paso de los trenes puede ser desesperadamente larga, lo que hace los transbordos muy pesados. Judith los odia, y si puede evitarlos lo hace. Yo ya me acostumbré, lo que no significa que deje de renegar cuando se tardan más de cinco minutos. ¡Y es que en ocasiones pueden pasar hasta veinte minutos o media hora sin que llegue un maldito tren!

Lo que sí vale mucho la pena, además de los museos y el resto de la vida cultural, son los restoranes. La variedad es infinita, y aquí hemos conocido cocinas impensables en la ciudad de México. Comida afgana, etíope, persa, bangladeshí, butanesa, senegalesa, armenia, ucraniana, sudafricana, etc, etc, etc. La lista es enorme. De hecho, ya publiqué en este blog dos artículos sobre restaurantes neoyorkinos que, si les interesa, pueden consultar de nuevo.

Pero bueno, por hoy es suficiente. Otro día seguiremos platicando sobre la vida en esta ciudad. ¡Hasta luego!


lunes, 28 de septiembre de 2015

LA TRISTE VIDA DEL EXILIADO (1a PARTE)

Nueva York ha sido siempre una ciudad con vocación mundial. Desde que se fundó se convirtió en un puerto importante y en algún momento de su historia llegó a ser el más importante del mundo. Por casi dos siglos fue la puerta de entrada al país para la mayor parte de los inmigrantes, procedentes sobre todo de una Europa decimonónica sumamente desigual y de una Europa destruida tras dos guerras mundiales en la primera mitad del siglo XX. Pero también para inmigrantes procedentes de Asia, África, Oceanía y Latinoamérica.

Ya en el siglo XIX fueron muchos los mexicanos que se vieron obligados a buscar refugio en la llamada urbe de hierro, especialmente por motivos políticos. Destaca entre ellos el caso del expresidente Sebastián Lerdo de Tejada, quien abandonó el país al ser derrotado por la rebelión de Tuxtepec encabezada por Porfirio Díaz. Don Sebastián Lerdo vivió aquí desde 1876 hasta su muerte en 1889. En un principio compartió el exilio con otros distinguidos miembros de su gobierno, como Manuel Romero Rubio, Juan José Baz y Mariano Escobedo, aunque al poco tiempo éstos lo abandonaron para pactar con Porfirio Díaz y regresar a México. Sin embargo, Lerdo de Tejada, digno y orgulloso, prefirió vivir sólo en el destierro, en una modesta pensión situada en la Quinta Avenida y la calle 15 (no se vayan con la finta, la Quinta Avenida siempre ha tenido sus barios ricos y sus barrios pobres) y morir aquí, sin pactar jamás con el militar golpista.

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Sebastíán Lerdo de Tejada

Ahora soy yo quien se encuentra en el exilio. En cierto modo por motivos políticos, aunque nadie me persiga en México; en cierto modo por motivos económicos y en cierto modo por hartazgo de vivir en un país donde la corrupción, la impunidad y la violencia campean a sus anchas.

La vida del exiliado siempre es triste. Lejos de la familia y de los amigos, de la ciudad en que nací y en la que viví por casi cuarenta años. Lejos de las cosas que conozco, en una ciudad que en un principio me era totalmente desconocida, pero a la vez intrigante por lo mucho que había por descubrir. Nos mudamos aquí porque Judith obtuvo una plaza en las Naciones Unidas. Y como en muchas ocasiones habíamos platicado sobre la posibilidad de emigrar, aunque sin concretar cuando ni a dónde, no lo pensamos mucho, hicimos las maletas, arreglamos asuntos pendientes (de hecho yo me quedé en el DF casi tres meses más que ella), vendiendo muebles y llevando los demás enseres domésticos junto con mi biblioteca a casa de un amigo que amablemente se ofreció a guardarlos. Dejar mi biblioteca fue una de las cosas que más me dolieron, pero era imposible llevarla por el alto costo de la mudanza. Y así fue como llegamos a Nueva York, como habríamos podido llegar a París, Dakar, Canberra o Tumbuctú.

Como ya dije, Judith se fue unos meses antes, a finales de abril de 2010. Yo llegué a finales de julio. Cuando arrivé, hacía un calor de los mil demonios. Tan sólo una vez en mi vida había sentido tanto calor. Fue en Mexicali por ahí de 1996. Ese primer verano en Nueva York fue muy pesado, pues había ocasiones en que ni ganas daban de salir de casa por las altas temperaturas callejeras. Nos instalamos en un pequeño departamento en la calle 84 del barrio de Jackson Heights, en Queens. La dueña era una señora alemana que también trabajaba para las Naciones Unidas pero que vivía en Tanzania. El barrio es bonito, con muchos edificios del llamado período entreguerras (1910 a 1940), varias calles llenas de locales comerciales y una población sumamente variada.

Recuerdo que al día siguiente de mi llegada llegó un operario de la compañía Time Warner para instalar el sistema de cable para la televisión, así como el internet. Al darme cuenta que hablaba español, le pregunté de donde era y cuanto tiempo llevaba en Estados Unidos. Resultó que era cubano y había emigrado desde niño junto con sus padres. Para mi desgracia me devolvió la pregunta, y cuando le dije que yo había llegado apenas ayer, comprendí por fin la dimensión del cambio. Nunca me sentí tan solo como en ese momento.

Mi misión era buscar trabajo de inmediato, así que comencé a hacerme tarugo al mismo tiempo. El miedo a lo desconocido, así como otros factores que aquí no quiero comentar, me impidieron conseguir trabajo en los primeros tres años. El clima me causó muchos problemas. El calor de ese primer verano me provocó una reacción alérgica que cubrió todo mi hermoso y atlético cuerpo (nótese la ironía) con unas machas en forma de rayas que daban la impresión de que un gato me había arañado por todos lados. En un principio los dos doctores que consulté no dieron con la razón, pero me mandaron una pomada que al final me curó. Pero al año siguiente me volvió la urticaria, aunque menos fuerte que la primera vez. Por fin, un doctor puertorriqueño me dijo que era una reacción alérgica al clima extremo de la ciudad, pero que no me preocupara, que poco a poco me acostumbraría. Y así pasó, en efecto.

Al ser la pareja de una funcionaria de las Naciones Unidas, el gobierno estadounidense me otorgó un permiso de trabajo. Y aún así no fui capaz de conseguir uno. Al principio mandé mi curriculum a varias empresas editoriales y a un par de diarios en español que se publican en la ciudad, sin que nadie me contestara. Después dejé de hacerlo y me concentré en escribir una novela que tenía pendiente. La publiqué en 2011 con la editorial argentina Libros en Red. Se llama Crónica de un México que nunca fue, y aun sigo esperando que muchos de ustedes la compren para poder vivir de las regalías.


Mientras tanto, Judith y yo nos dedicamos a pasear por Nueva York. Los fines de semana nos íbamos a los museos (esta ciudad tiene muchos y la mayoría muy padres), comíamos en diferentes restaurantes buscando comida exótica. La ciudad nos sorprendía en muchos aspectos pero también nos decepcionaba en otros.

En septiembre fuimos a Filadelfia para pasar ahí el cumpleaños de Judith y en noviembre viajamos a Washington. Navidad la pasamos en un pequeño pueblo llamado Croton on Hudson, en el estado de Nueva York, en casa de una amiga peruana que nos la prestó, pues ella se había ido a Bangladesh. Ahí me tocó mi primera nevada. Antes de eso sólo conocía la nieve por una ocasión en que fui de niño con la familia a un paseo al Popocatépetl (¿o sería el Iztaccihuatl? la verdad es que no me acuerdo), pero nunca la había visto caer y menos de la forma en que lo hizo ese día. Fue el 26 de diciembre de 2010 y se trató de una de las peores nevadas en años. Comenzó por la tarde. Nosotros habíamos rentado un coche y en él habíamos ido a Tarritown para conocer la casa de Washington Irving (para los que no lo sepan, es el autor de El jinete sin cabeza). Ahí nos agarró la nevada. Inmediatamente enfilamos de regreso a la casa en Croton. Cuando llegamos al pueblo la nevada ya iba en aumento. La casa estaba en lo alto de una calle empinada y para mí, inexperto en manejar en la nieve, fue imposible lograr que el coche subiera sin patinarse, por lo que decidimos estacionarlo y llegar a pie a la casa. La nieve cayó durante toda la noche. Al día siguiente había más de un metro de nieve afuera. De inmediato nos pusimos a hacer un muñeco de nieve y a aventarnos bolas del mismo material en el porche de la casa. Luego fuimos al jardín trasero y nos pusimos a hacer "angelitos". Éramos como dos niños con juguete nuevo. Para mí todo aquello era nuevo, así que dejé que Judith ordenara lo que se podía hacer y lo que no (de hecho, es algo que siempre hace).

Pero cuando salimos a buscar nuestro coche, éste ya no estaba. En su lugar había un montón de montañas de nieve. Judith me explicó que el coche estaba bajo una de ellas, así que solo era cosa de averiguar en cuál y comenzar a palear. Claro que no teníamos pala, así que una vez identificado "nuestro" montón de nieve, comenzamos a quitarla a mano limpia (bueno, con guantes), hasta que un vecino se compadeció de nosotros y nos prestó una, con lo cual el trabajo se hizo más llevadero aunque no por ello menos difícil. Por fin, después de dos horas paleando, conseguimos recuperarlo. El siguiente problema era lograr que arrancara y sacarlo de ese lugar, lo que conseguimos poniendo piedras para evitar que las llantas patinaran. Con sumo cuidado subimos la cuesta que nos llevaba a la casa, estacionamos el coche, sacamos nuestras maletas y emprendimos el viaje de vuelta a Nueva York. El trayecto debía durar poco más de una hora en situaciones normales, pero con la nevada hicimos casi tres.

Cuando llegamos a Nueva York, nos encontramos con la novedad de que la ciudad había caído en el caos más absoluto y la anarquía reinaba en ella. Resulta que el gobierno de la ciudad no se había preparado para la nevada y su reacción fue lenta y mala. Cuando se decidieron a sacar a la calle las barredoras de nieve, ya era tarde. Además, lo hicieron solo en Manhatan,  dejando a su suerte a Queens, Brooklyn, Bronx y Staten Island. Así que nuestra calle estaba imposibilitada para circular. A duras penas conseguí acercarme al edificio, desembarcar a Judith con todo y maletas entre montañas de nieve y emprender el camino a la agencia de coches para devolverlo. Fue una pesadilla. En algunas calles había coches y hasta camiones del servicio público abandonados, por lo que no se podía circular por ellas.

Esa situación duró casi una semana, hasta que por fin comenzaron a pasar las barredoras. Por supuesto que las quejas contra el gobierno fueron muchas y variadas. Lo malo es que desde entonces el gobierno, temeroso de que ocurra lo mismo, reacciona con exageración ante cualquier aviso de problema climático.

Bueno, por hoy ya es demasiado. Luego les seguiré contando nuestras aventuras por Nueva York.