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viernes, 9 de junio de 2017

EL CERRO DE LAS CAMPANAS. NINGÚN HOMBRE POR ENCIMA DE LA LEY (3a Y ÚLTIMA PARTE)

El Consejo de Guerra concluyó el 14 de junio de 1867 al medio día, cuando los miembros del tribunal se retiraron a deliberar. Los siete miembros condenaron por unanimidad a los reos a sufrir la pena de muerte. Con la fina ironía que lo caracterizaba, Fuentes Mares nos comenta que “en cinco de los votos se lee: 'los condenamos a ser pasados por las armas'. Sólo Platón Sánchez y José Ramírez discreparon en punto a las palabras, pues el primero condenó a la pena de muerte y el segundo a la pena capital, o sea en resumidas cuentas a lo mismo. Que dos de los miembros del Consejo modificaran la fórmula generalmente adoptada se debió, posiblemente, a la legítima precaución de que nadie sospechara que la sentencia pudo proporcionárseles, de antemano, en la forma de un original y seis copias”.

Hoy, a 150 años de distancia, podemos juzgar este acontecimiento libres de las pasiones que, en su tiempo, impidieron a nuestros historiadores valorarlo en su justa medida. Algunos hablaban de un triple asesinato realizado en contra de la más elemental justicia, sin reconocer que en el sonado caso se presentan poderosas circunstancias que lo atenúan e incluso lo justifican. Otros ponderan a la justicia republicana que otorgó a los reos la posibilidad de defenderse, olvidándose del hecho de que éstos ya estaban condenados a muerte desde que cayeron prisioneros en Querétaro, por lo que, por más brillantes que fueran sus argumentos de defensa, no tenían posibilidad alguna de salvar la vida.

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Benito Juárez

La muerte de estos tres hombres fue la culminación lógica de un duelo que llevaba casi medio siglo de asolar las tierras mexicanas. La guerra civil había sido demasiado encarnizada para terminar con un perdón. Sin embargo, mucho se ha especulado sobre las consecuencias favorables que hubiera traído a México un posible indulto. En su momento, eso fue impensable. Los próceres republicanos temían la posibilidad de un resurgimiento de sus enemigos monárquicos.

Con el paso del tiempo, al enfriarse las pasiones políticas, estamos en capacidad de analizar seriamente esta posibilidad. A mi juicio, dos de los tres condenados hubieran podido ser indultados. Maximiliano no representaba ya ningún peligro. Al regresar a Europa, difícilmente se hubiera embarcado de nuevo en una aventura como la mexicana. Ningún país europeo lo hubiera apoyado. Francia estaba a punto de sucumbir frente a los prusianos. Austria no estaba en condiciones de desafiar a los Estados Unidos, país interesado en mantener la idea republicana en México. España no tenía la fuerza suficiente para intervenir en América por su cuenta, e Inglaterra prefería comerciar a pelear con los países latinoamericanos. Maximiliano se habría visto así reducido a una posición secundaria en Austria-Hungría o, en el mejor de los casos, a ser aspirante de una de las múltiples coronas de los nuevos países balcánicos que surgían ante el derrumbe definitivo del Imperio Otomano.

El general Tomás Mejía era un hombre acabado. En 1867 cumplía los 47 años de edad y sufría ya de algunas enfermedades que minaban rápidamente su existencia. Lo más seguro es que no hubiera sobrevivido mucho al triunfo de la República. Además, después de la debacle imperialista, es dudoso que pensara seriamente en un levantamiento armado, pues, además de no contar más con tropas a su mando, es difícil que hubiera conseguido apoyo de otros militares republicanos. Por otro lado, de los tres condenados, el único que pudo tener una esperanza fue precisamente Mejía, pues como confió Lerdo de Tejada en una carta dirigida a Antonia Revilla: “De los aprehendidos el que tiene más a favor es Mejía. Siempre ha sido leal a su bandera, y nunca ha sido sanguinario. Ni se ha hablado, ni se ha resuelto nada todavía”. En efecto, Mejía siempre había sido un enemigo leal y generoso. Inclusive había salvado la vida de Escobedo en una ocasión en que éste cayó en manos del general Márquez, quien quería fusilarlo. Tras ordenar la liberación de don Mariano, Leonardo Márquez pronunció estas proféticas palabras: “Don Tomás, hoy usted le salvó la vida a Escobedo, pero no dude que mañana, él lo fusilará a usted”.

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El sanguinario Leonardo Márquez. Al lograr escapar de la Ciudad de México, dejó a los republicanos con las ganas de fusilarlo.

El único de los reos al que Juárez sabía que no podía perdonarle la vida, era el general Miguel Miramón. Independientemente de repúblicas o monarquías, Miramón representaba el némesis de Juárez. Ninguno de ellos podía vivir en el México del otro. No podían coexistir. Miramón no hubiera dudado en fusilar a Juárez si éste hubiera caído en sus manos en 1859, durante el sitio de Veracruz, o en enero de 1867 durante la toma de Zacatecas. Juárez no hubiera encajado en el México de Miramón. Miramón no hubiera encajado en el México de Juárez. Ambos representaban a un México diferente. Ambos estaban convencidos de la justicia de su causa. Sin Juárez y lo que su figura representó para la unificación de los republicanos, éstos jamás hubieran vencido al Imperio. Sin Miramón, los conservadores no podían pensar seriamente en enfrentarse de nuevo a Juárez. La muerte de Miramón significaba la muerte política del partido conservador, y Juárez no podía olvidar eso. Por ello, no podía indultar a Miramón. El destino de Juárez era morir en su cama. El destino de Miramón, era morir “como un artista trágico, tal vez lo mejor que pudo ocurrir a un hombre de sus amores y enemistades”.

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Miguel Miramón, el único que no podía sobrevivir.

Pero volvamos al juicio. En la sentencia se dispuso que los reos fueran fusilados el día 16 de junio a las cuatro de la tarde. Al serle notificada a los reos, éstos aceptaron su destino y se prepararon a morir. Sobrevino entonces un acto al que casi todos los historiadores, republicanos o imperialistas, han calificado de cruel e innecesario. El presidente Juárez decidió posponer la ejecución por tres días, decisión que ninguno de los procesados agradeció, pues ya se encontraban listos para morir, ya se habían confesado y habían comulgado, ya habían muerto moralmente, y esta decisión no hizo más que prolongar su agonía, permitiendo que se les matara el 19 después de haber muerto el 16. Sin embargo, sirvió para que los abogados intentaran conseguir, inútilmente desde luego, el indulto de los prisioneros.

Además, la noticia de que múltiples personalidades internacionales habían solicitado el indulto de Maximiliano y sus dos generales, dio nuevas esperanzas a los defensores, esperanzas que pronto quedaron desvanecidas. Entre las personalidades que pidieron a Juárez el perdón, se encontraba Garibaldi, el héroe de la unificación italiana; el emperador de Austria, Francisco José; casi todos los reyes europeos; el gobierno de los Estados Unidos; e inclusive Víctor Hugo, célebre escritor y político francés que se había opuesto a la intervención de su país en México. En la carta que el autor de Los Miserables envío a Juárez se abogaba, no tanto por la vida de Maximiliano, sino por el triunfo de los principios. En esta bellísima epístola, Víctor Hugo decía: “Jamás se ha presentado a vosotros una ocasión más magnífica. Juárez, haced que la civilización dé un paso inmenso. Abolid sobre la faz de la tierra la pena suprema. ¡Que el mundo vea esta cosa prodigiosa!… Esta será, Juárez, vuestra segunda victoria. La primera, vencer la usurpación, es magnífica. La segunda, perdonar al usurpador, es sublime… Sobre todos los códigos monárquicos, chorreando sangre, abrid la Ley de la Luz y en la más santa página del Libro Supremo, que se vea el dedo de la república puesto sobre el mandamiento de Dios: No Matarás”. Por desgracia, esta sublime pieza oratoria llegó a manos de Juárez cuando ya los reos habían sido fusilados.

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Víctor Hugo

Al amanecer del 19 de junio de 1867, Maximiliano se dio por fin cuenta de lo que había sucedido. De su alma surgió entonces un último rasgo de generosidad, mismo que quedó plasmado en una carta que dirigió al presidente de la República:

Próximo a recibir la muerte, a consecuencia de haber querido hacer la prueba de si nuevas instituciones políticas lograban poner término a la sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años este desgraciado país, perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir a la paz y prosperidad de mi nueva patria. Íntimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo conjuro a usted, de la manera más solemne, y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame, y para que la misma perseverancia, que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad, con que ha defendido usted la causa que acaba de triunfar, la consagre a la más noble tarea de reconciliar los ánimos, y de fundar de una manera más estable y duradera la paz y tranquilidad de este país infortunado.

Sin duda alguna, este texto es la mejor herencia que Maximiliano pudo dejar a su patria adoptiva. Tras ser conducidos al Cerro de las Campanas para ser fusilados, el archiduque fue colocado al centro, teniendo a su derecha al general Mejía y a su izquierda al general Miramón. El emperador se dirigió entonces hacia este último, y le dijo: “General, un valiente debe ser admirado hasta por los monarcas. Permítame cederle el sitio de honor”. De esta forma, Miramón quedó al centro y Maximiliano a la izquierda.

Hecho esto, Maximiliano hizo uso de la palabra, diciendo con voz fuerte: “Mexicanos. Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!”. Después, Miguel Miramón intentó, incluso hasta el final, quitarse de encima el apelativo de traidor con que sus jueces lo habían acusado: “Mexicanos. En el consejo de guerra mis defensores han querido salvar mi vida; aquí, listo a perderla y cuando voy a comparecer delante de Dios, protesto contra la acusación de traición que me han lanzado al rostro para excusar mi ejecución. Muero inocente de ese crimen, perdono a mis matadores con la esperanza de que Dios me perdonará y de que mis compatriotas alejarán de mis hijos cargo tan villano y me harán justicia, ¡Viva México!”.

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El fusilamiento. Obra de Edouard Manet.

Tomás Mejía, con el estoicismo propio de su raza indígena, permaneció callado. Ni una sola palabra de reproche o de justificación salió de sus labios. Consciente de su destino, sabía que nada de lo que dijera podría cambiar su situación. Su silencio sólo se vio interrumpido por los disparos del pelotón de fusilamiento que puso fin, no sólo a sus vidas, sino a toda una etapa de nuestra historia.

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El pelotón de fusilamiento. Entre los soldados se encontraba el futuro general Aureliano Blanquet, amigo de Victoriano Huerta e implicado en la muerte de Francisco I. Madero.

Aunque la ciudad de México se defendió hasta el 21 de mayo y Veracruz aguantó unos días más, en Querétaro quedaba liquidada la añeja reyerta del siglo XIX mexicano. En el Cerro de las Campanas, moría un México, para que naciera otro.

miércoles, 7 de junio de 2017

EL CERRO DE LAS CAMPANAS. NINGÚN HOMBRE POR ENCIMA DE LA LEY (2a PARTE)

El 12 de junio quedó formalmente constituido el Consejo de Guerra. Como presidente del mismo, se nombró al teniente coronel Rafael Platón Sánchez. Como vocales, fueron nombrados los capitanes José Vicente Ramírez, Emilio Lojero, Ignacio Jurado, Juan Rueda y Auza, José Verástegui y Lucas Villagrán. El licenciado José María Escoto, fungía como asesor de Mariano Escobedo, y como escribiente se nombró al soldado Jacinto Meléndez. El fiscal, como ya se ha dicho, era el teniente coronel Manuel Azpíroz.

Al iniciarse el proceso, los abogados de Maximiliano decidieron, acertadamente, dividirse el trabajo. Mariano Riva Palacio y Rafael Martínez de la Torre se dirigirían a San Luis Potosí, sede del gobierno republicano, para intentar conseguir el indulto para su cliente. Sabían perfectamente que las decisiones importantes no se tomarían en el Consejo de Guerra, sino en el despacho del gabinete presidencial. Además, sabían que la única persona con influencia suficiente en Juárez para conseguir el perdón de los reos, era el ministro de Gobernación y de Relaciones Exteriores, Sebastián Lerdo de Tejada, a quien podía considerarse como el poder detrás del trono. Por ello, los abogados de Maximiliano se dirigieron a él antes de hablar con el presidente. Cuando Lerdo les dio a conocer su opinión contraria a un indulto, los abogados perdieron toda esperanza de salvar la vida del archiduque.

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Sebastián Lerdo de Tejada

Mientras tanto, Eulalio María Ortega del Villar y Jesús María Vázquez permanecieron en Querétaro para encargarse de la defensa frente al Consejo de Guerra. Los cuatro abogados se encontraban sin embargo en constante correspondencia telegráfica, para preparar juntos los escritos que habrían de presentarse.

El juicio comenzó el 13 de junio de 1867. “Un día semejante al 13 en que embarcó Carlota Amalia a bordo del Emperatriz Eugenia con rumbo a Europa, o al 13 en que el emperador se puso en marcha para Querétaro al frente de un pequeño ejército, o al 13 en que sacaron su cadáver de la Iglesia de San Andrés, para llevarlo a Viena”, como dice Fuentes Mares. A las seis de la mañana, los reos fueron escoltados al Teatro de Iturbide, adornado con gallardetes y escudos republicanos. Resulta por demás paradójico que el lugar donde se puso fin al último intento monarquista en México llevara el nombre del primer emperador mexicano.

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Antiguo Teatro Iturbide, ahora Teatro de la República

A las nueve de la mañana, penetraron en la sala Miramón y Mejía, ante el desencanto del público presente, que esperaba ver a Maximiliano. Éste había preferido negarle a sus enemigos la satisfacción de verlo humillado y se aprovechó de su precario estado de salud para evitar presentarse ante el tribunal. Así, Fernando Maximiliano salvaba la vergüenza de que un Habsburgo, como su tía María Antonieta en París 80 años antes, compareciera, como decía el célebre doctor Samuel Basch, ante un tribunal de descamisados.

La defensa se compuso de dos partes. En la primera, los abogados se dedicaron a oponer excepciones sobre la competencia del Consejo de Guerra y sobre la aplicación de la Ley del 25 de enero de 1862. En la segunda, simplemente presentaron sus alegatos finales ante el tribunal.

Por lo que se refiere a la competencia del Tribunal Militar, los abogados de los tres prisioneros dirigieron sus baterías a probar que los delitos de que se les acusaba eran de carácter político, por lo que quedaban fuera de la jurisdicción del Consejo de Guerra y de la ya citada ley. Además, muchos de los cargos que se les imputaban a Miramón y a Mejía habían sucedido durante la Guerra de Reforma, es decir, antes de la promulgación de la Ley con la que se pretendía juzgarlos. Por ese motivo, sus abogados insistían en que era inconstitucional pretender aplicar de forma retroactiva dicho precepto legal.

Por todo ello, los defensores solicitaban que el asunto, debido a su importancia para la República, fuera juzgado por un tribunal federal, ya que al ser el Gobierno la parte acusadora, la Suprema Corte de Justicia se volvía competente para su substanciación.

Esta petición fue elevada al Gobierno, quien respondió con una rotunda negativa, pues el presidente no estaba dispuesto a permitir que se continuara perdiendo el tiempo con recursos y apelaciones que no resolvían el fondo del asunto.

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Mariano Riva Palacio

Los abogados decidieron entrar entonces al fondo de la cuestión. Para ello alegaron en su defensa que en el proceso no se había demostrado el cuerpo del delito ni la culpabilidad de los acusados con pruebas suficientes. Inclusive insistían en que los cargos no constaban en el expediente.

Al día siguiente, 14 de junio, el fiscal presentó sus conclusiones argumentando que no se trataba de verificar el cuerpo del delito ni de descubrir a los culpables, pues éstos habían sido detenidos con las armas en la mano y los hechos de que se les acusaba eran hechos históricos de pública notoriedad. Para ello, el fiscal hizo todo un repaso de la historia reciente del país y aunque cayó en algunas inexactitudes históricas, nadie podía negar que Maximiliano se había arrogado el poder público, que había promulgado el decreto del tres de octubre, que había hecho una guerra no declarada al gobierno de la república, que Miramón y Mejía lo habían apoyado cuando decidió conservar la corona a pesar de la retirada de los franceses. Ante la contundencia de estos argumentos, todos sintieron que la presencia de Juárez llenaba la sala.

A pesar de que bastaba con estos cargos para condenar a los reos, el fiscal, llevado por el entusiasmo, cayó en algunos excesos innecesarios con los que lo único que consiguió fue el descrédito de la justicia republicana. En efecto, el fiscal quiso aprovechar el momento para ajustarle las cuentas no sólo a los defensores del Imperio, sino también a los conservadores, sus viejos enemigos desde la Reforma. La oportunidad era única, pues en el banquillo se encontraban nada menos que un ex-emperador y un ex-presidente de la República a quienes podía acusar de casi todos los males que había sufrido la república desde 1857.

Para ello, lanzó acusaciones monstruosas, como las llama Fuentes Mares, con relación a hechos ocurridos en 1856, 1859 y 1860, antes de que se expidiera la ley en que estaba fundado el proceso y, por lo mismo, la acusación. Al fiscal se le antojó aplicar la ley retroactivamente, olvidándose por lo visto de las nociones más elementales de derecho constitucional.

Sin embargo, y fuera de este penoso incidente, hay que reconocer que el fiscal, con gran habilidad, rebatió uno por uno todos los puntos de la defensa, destruyendo implacablemente sus argumentos, aportando pruebas documentales y demostrando la improcedencia de los recursos que los defensores pretendieron hacer valer. Finalmente, con una oratoria menos brillante que la de los abogados defensores, pero sin duda más efectiva, convenció al jurado sobre el punto medular de su acusación: Maximiliano era culpable de haber invadido el territorio nacional y de haber usurpado el poder público; Miramón y Mejía eran sin duda sus cómplices, además de que los tres habían sido capturados con las armas en la mano.

Su conclusión era la que todo el mundo esperaba. Pidió para los reos la pena de muerte de acuerdo con lo establecido en la Ley del 25 de enero de 1862, ya que, según él, los reos eran culpables de delitos contra la independencia y la seguridad de la nación, así como contra el orden y la paz pública. Después de esto, el fiscal renunció a su cargo y su lugar fue ocupado por el general Refugio González de Hermosillo. Se dice que Azpíroz no deseaba presentarse ante Maximiliano, Miramón y Mejía para notificarles la pena a la que habían de ser condenados. La participación del nuevo fiscal se redujo así a notificar la sentencia a los prisioneros y a dar fe de la ejecución.

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Princesa Agnes de Salm-Salm

Mientras esto sucedía, la princesa de Salm-Salm preparaba planes de fuga para Maximiliano. Para ello, intentó sobornar a los coroneles Palacios y Villanueva, encargados de la custodia del archiduque, ofreciéndole a cada uno cien mil pesos de oro, cantidad realmente fabulosa, y que según la princesa, pagaría el emperador de Austria, hermano de Maximiliano. En la conjura se hallaban también el ministro de Austria, el de Italia y el de Prusia. Sin embargo, ésta se frustró cuando los coroneles republicanos, fingiendo que aceptaban el dinero, obtuvieron todos los detalles de la trama y se la comunicaron a Escobedo. Éste ordenó la inmediata expulsión de Querétaro de la princesa y todos sus cómplices.

(Continuará)


lunes, 5 de junio de 2017

EL CERRO DE LAS CAMPANAS. NINGÚN HOMBRE POR ENCIMA DE LA LEY (1a PARTE)

En este mes de junio se celebran los 150 años del juicio en contra de Maximiliano de Habsburgo, llamado emperador de México, y los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, que le puso fin al Segundo Imperio Mexicano, consolidando por fin a la República. Por ello, quiero compartir con ustedes un breve análisis de este singular acontecimiento.

Para los primeros meses de 1867, pocas ciudades quedaban en manos de los imperialistas. Las más importantes de las que permanecían fieles a Maximiliano eran la ciudad de México, Morelia, Puebla, Querétaro y Veracruz. Ante lo crítico de la situación, el emperador, aconsejado por el general Leonardo Márquez, decidió enfrentar a las tropas republicanas en la ciudad de Querétaro, para lo cual reunió a sus mejores tropas y se encerró en dicha ciudad, a pesar de la oposición del general Miramón, quien prefería salir a campo abierto y derrotar a las columnas republicanas una por una antes de que se unieran, en lugar de caer en la ratonera que significaba quedarse en la ciudad del Bajío. Poco a poco, los republicanos al mando de los generales Escobedo, Corona, Régules y Riva Palacio, entre otros, comenzaron a dirigirse hacia la capital queretana para ponerle sitio. Éste quedó establecido formalmente el 14 de marzo de 1867.

Dos meses después, el 15 de mayo de 1867 la ciudad de Querétaro cayó en poder de los republicanos. La traición del coronel imperialista Miguel López permitió a las tropas selectas del batallón de Supremos Poderes al mando del general Francisco A. Vélez, antiguo imperialista, penetrar las defensas por el Convento de la Cruz, donde se encontraba el cuartel general de los sitiados y donde tenía sus habitaciones el mismo Emperador.


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Convento de La Cruz, en Querétaro. En la actualidad se utiliza como museo.

Al darse cuenta de lo ocurrido, Maximiliano consiguió huir, acompañado de algunos de sus oficiales, y se dirigió al Cerro de las Campanas. Se dice que el coronel republicano Rincón Gallardo, quien lo conocía por ser toda su familia imperialista, se lo topó en la calle y, fingiendo no conocerlo, lo dejó pasar.

Una vez en el cerro, Maximiliano le preguntó al general Tomás Mejía su opinión sobre la posibilidad de escapar. Éste tomó su catalejo y examinó la situación. Después se volvió hacia Maximiliano y le dijo: “Señor, pasar es imposible, pero si Vuestra Majestad lo ordena, trataremos de hacerlo; en cuanto a mí, estoy dispuesto a morir”.

Ante esto, Maximiliano dictó sus últimas órdenes como emperador de México: envió a uno de sus ayudantes a parlamentar con el general Mariano Escobedo, jefe de las tropas republicanas, y enarboló la bandera blanca en señal de rendición. Los republicanos suspendieron el fuego y un pequeño grupo de jinetes al mando del general Ramón Corona se dirigió al Cerro de las Campanas. Al llegar frente a Maximiliano, éste le entregó su espada y se rindió a discreción, junto con todas sus tropas.

Poco después, caería preso el general Miguel Miramón, quien se ocultaba en la casa del doctor José Licea después de haber sido herido en la cara al entrar los republicanos a Querétaro. Poco sospechaba el Macabeo que su mismo anfitrión lo denunciaría.

El botín, si puede llamársele de alguna forma, fue impresionante: un emperador, once generales, seiscientos oficiales y más de cinco mil soldados.

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Maximiliano de Habsburgo

Al caer la plaza, muchos republicanos esperaban que el general Escobedo fusilara sin más a Maximiliano y a sus generales, fundándose en la Ley del 25 de enero de 1862 y en el hecho de que Escobedo había recibido órdenes precisas de Juárez de fusilar a todos los oficiales imperialistas que cayeran prisioneros. Sin embargo, don Mariano prefirió cuidar su futuro político y dejar que el gobierno decidiera sobre la situación de sus prisioneros.

Pero el gobierno ya había decidido. Los prisioneros serían pasados por las armas, como advertencia para todos aquellos que pensaran aun que se podía agredir a la república con total impunidad. El fusilamiento del archiduque austríaco sería un escarmiento para el imperialismo europeo.

Además, el gobierno juarista temía dejar vivo a Maximiliano. Este miedo se reflejó claramente en la carta que Matías Romero escribió el 31 de mayo de 1867 a Hiram Barney, antiguo administrador de la aduana de Nueva York. Decía Romero:

He leído con interés las observaciones de Ud., respecto al modo con que debemos tratar a los enemigos de México. No sé que disposiciones tome el presidente Juárez con Maximiliano; pero temo que si le permite regresar a Europa impunemente, sea una constante amenaza para la paz de México. Seguirá llamándose, para oprobio nuestro, emperador de México. Todos los mexicanos descontentos e intrigantes mantendrán una correspondencia activa con él, sobre su supuesta popularidad allí y podrán inducirlo a que regrese algún día, como hicieron con Iturbide. Los que puedan se irán a Austria a formar una corte mexicana en Miramar, y tendrá lo necesario para organizar un gobierno mexicano, como el ex-rey de las Dos Sicilias hizo en Roma cuando fue expulsado de Nápoles. Algunas potencias europeas continuarán reconociéndolo como emperador de México, como hizo España con el ex-rey de las Dos Sicilias. Siempre que tengamos complicaciones con cualquiera nación europea, el primer paso que dé la parte interesada será intrigar con Maximiliano, amenazándonos con dar auxilio a nuestro legítimo soberano, para recobrar su autoridad de las manos de los usurpadores, si no aceptamos las condiciones que quiera imponernos. Además, si se perdona a Maximiliano y se le permite regresar a su país, ninguno dirá en Europa que hacemos esto porque somos magnánimos, puesto que las naciones débiles no se cree que sean generosas; sino por el contrario, se dirá que lo hicimos por temor a la opinión pública en Europa, y porque no nos atrevimos a tratar duramente a un príncipe europeo nuestro soberano.

El problema era que el gobierno juarista, que ya había decidido el destino de los prisioneros, no sabía aun cómo realizar sus propósitos para que éstos se ajustaran por entero a la ley y sus enemigos no pudieran acusarlo de asesino. Por fin, el 21 de mayo de 1867, el gobierno republicano encabezado por Benito Juárez, decidió iniciar el proceso legal más connotado de todos los que se han celebrado en la historia de México. Para ello, el ministro de Relaciones Exteriores, Sebastián Lerdo de Tejada, mandó a través del ministro de Guerra, Ignacio Mejía, las órdenes pertinentes al general Mariano Escobedo, jefe de las tropas republicanas en Querétaro, para que diera inicio a la instalación del Consejo de Guerra y, de acuerdo con la ley de 25 de enero de 1862, se sujetara a proceso al emperador Maximiliano y a los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía.

El ministro de Guerra daba en el documento las razones que tenía el gobierno para juzgar a Maximiliano y a sus dos generales. Mencionaba así que éstos habían atentado contra la tranquilidad del pueblo mexicano en los momentos en que éste, después de cincuenta años de guerra civil, había conseguido por fin la paz que tanto anhelaba, así como hacer respetar al fin las leyes y la Constitución del país. Para ello, los tres reos habían recurrido a la intervención armada extranjera y a la traición.


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Tomás Mejía

Aunque estas razones se podían justificar como argumentos políticos, históricamente estaban alejadas de la verdad, pues en 1861, cuando la idea monárquica llega a su punto culminante, México estaba lejos de encontrarse pacificado. Además, el gobierno de Juárez distaba de ser popular. Muchos de los grandes jefes del liberalismo se oponían al presidente. Aun no existía en el pueblo mexicano un sentimiento fuerte de unidad nacional. Y aunque en lo particular los ahora republicanos sabían que muchos conservadores honrados también habían aspirado, como ellos, a lograr esa unidad nacional, no podían en estos momentos de triunfo, por motivos políticos, reconocerles a sus enemigos tan nobles propósitos.

Sin embargo, casi todos los historiadores coinciden en que este juicio fue una mera formalidad. Apegándose a la ley de 25 de enero de 1862, Escobedo hubiera podido fusilar a los reos sin mayor trámite, pero como bien dice José Fuentes Mares, “...aunque su muerte estuviera resuelta de antemano, era aconsejable dorar la píldora frente al mundo... El proceso de Querétaro... tuvo todas las características de un artículo de exportación”, simplemente era “...un trámite procesal para el patíbulo, un trámite que Juárez desahogaba en toda su formalidad para encarnar el papel que se acomodaba a su carácter: el de un magnánimo vengador”.

El general Escobedo procedió de inmediato a cumplimentar las órdenes recibidas. El gobierno había designado como fiscal al teniente coronel Manuel Azpíroz. Este recibió órdenes de utilizar la comunicación del ministro de Guerra como documento instructivo, es decir, como base para la acusación.

En este documento se repasaba brevemente la reciente historia del país, llena de guerras y ambiciones, mismas que el “pueblo” había repudiado dictando la Constitución de 1857, para buscar así una paz y una prosperidad, que se vieron interrumpidas cuando “los restos más espurios de las clases vencidas apelaron al extranjero, esperando con su ayuda saciar su codicia”. A Maximiliano se le lanzan entonces terribles cargos, mismos que “...dejando a un lado ciertas durezas de estilo, contenían la verdad absoluta acerca de la empresa imperialista en México...”. Desde luego, se trataba de la verdad vista por los republicanos, quienes en ese momento podían y querían imponerla: es decir, la verdad del vencedor.

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Miguel Miramón


A Maximiliano, Miramón y Mejía se les lanzaban cargos realmente fuertes, ante los cuales los reos comprendieron que, de antemano, ya estaban condenados a muerte. Los preceptos de la Ley con la que serían juzgados eran implacables. Esta imponía la pena de muerte para todos aquellos que cometieran delitos contra la nación, contra el orden, la paz pública y las garantías individuales. Una ley muy cruel, en efecto, pero no menos cruel que su contraparte imperialista, el decreto de 3 de octubre de 1865. De esta forma, Juárez conseguía el precepto legal idóneo para juzgar a Maximiliano, sin que se le pudiera acusar de realizar una venganza personal, pues él se limitaba a aplicar la ley. Así, no sería el presidente quien firmara la sentencia de muerte, manchando sus manos con la sangre de los reos, sino que sería un tribunal utilizando como respaldo una ley de la república.

La Ley de 25 de enero de 1862 ha sido en múltiples ocasiones tildada de inconstitucional, pero, como dice Fuentes Mares, independientemente de esto, “...en el México turbulento de 1867, era prácticamente imposible que un criterio legalista dominara sobre las pasiones del vencedor”. Es decir, el vencedor aplicó su ley. Si los imperialistas hubieran triunfado y hubieran capturado a Juárez y a sus principales generales, éstos hubieran sido juzgados y condenados de acuerdo al decreto de 3 de octubre de 1865. Simplemente se aplicó la ley del vencedor.

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Teniente Coronel Manuel Azpíroz

En la tarde del 24 de mayo de 1867, el fiscal Azpíroz se dirigió a la celda de Maximiliano, junto con un escribano, para desahogar lo que hoy llamaríamos declaración preparatoria. El archiduque solicitó que se le presentara la acusación por escrito y se le dieran tres días para estudiarla y elegir abogados para su defensa. Al formularle las acusaciones el fiscal, Maximiliano se limitó a desconocer la competencia del tribunal militar, además de insistir en que todas las acusaciones que se le hacían eran de carácter político. Al día siguiente, Azpíroz volvió a la celda del archiduque y le preguntó por sus defensores. Maximiliano nombró entonces como tales a Mariano Riva Palacio, Rafael Martínez de la Torre, Eulalio María Ortega del Villar y Jesús María Vázquez, todos ellos distinguidos abogados republicanos.

Enseguida, el fiscal procedió a leerle los cargos que se le hacían. Éstos eran, en síntesis, los siguientes:

1° Fue instrumento de la intervención francesa, la cual intentó destruir las instituciones republicanas de México.
2° Atentó contra la Constitución de 1857, y apoyándose en unos cuantos votos, trató de justificar su llamado Imperio Mexicano.
3° Usurpó la soberanía nacional.
4° Dispuso por medio de la violencia, de vidas e intereses de los mexicanos.
5° Auxiliado por Bazaine, general en jefe del Cuerpo Expedicionario Francés, llevó a cabo una guerra implacable contra los republicanos. Muchos hombres fueron sacrificados en su nombre.
6° Hizo una guerra de filibusteros, trayendo incluso a belgas y austríacos, ciudadanos de países que no estaban en guerra con la República.
7° Dio el manifiesto del 2 de octubre de 1865, preámbulo del decreto del día siguiente, tratando de justificar su conducta con el falso argumento de que Juárez había abandonado el territorio nacional.
8° Dio el decreto del 3 de octubre de 1865, del que se habló anteriormente.
9° Después de retirado el ejército francés, cuando la República entera se levantaba contra él, persistió en seguir dominando con su falso título de emperador.
10° Sólo abdicó a su falso título de emperador al ser vencido.
11° Pretendió que se le guardaran las consideraciones debidas a un soberano vencido en guerra, cuando para la nación mexicana no lo había sido ni de hecho ni de derecho.
12° Negó la competencia del Consejo de Guerra.
13° Fue contumaz y rebelde al haberse negado a contestar las preguntas formuladas por el fiscal.

Por su parte, el general Tomás Mejía nombró como su defensor al licenciado Próspero Vega. Los cargos que se le hicieron fueron los siguientes:

1° Haber hecho constantemente la guerra al Gobierno constitucional, sin que sirviera de excusa la persecución de que fue objeto.
2° Haberse mantenido “neutral” cuando peligraba la independencia de México, siendo su deber defenderla y no embarazar al Gobierno con su actitud.
3° No haber reconocido al Gobierno Constitucional.
4° Haber reconocido al llamado Imperio, y haberle servido como instrumento de guerra.
5° Haber sido cómplice de los franceses y de Maximiliano en los asesinatos, incendios, y crímenes de todo género que se habían cometido en los pasados cinco años, además de la cooperación que prestó a la Intervención y al Imperio, y por la sangre mexicana que se había derramado en los combates en que él había participado.

Extrañamente, el general Mejía, hombre que siempre se había distinguido por su valentía, por su sentido del honor, su grandeza de alma y su generosidad, se limitó a aceptar todos los cargos que se le hicieron; tan sólo argumentó que durante la guerra él se limitó a defenderse pero nunca atacó, complicándole de esta forma todo el trabajo a su abogado. Bien dice Fuentes Mares, “fuera de duda el valor personal del famoso adalid conservador, tales debilidades resultan inexplicables”.

Mariano Escobedo

En mi opinión Mejía, quien carecía de antecedentes criminales, fue juzgado a falta de Leonardo Márquez, a quien no pudieron capturar los republicanos, y por ser general de división, al igual que Miramón, pues Juárez pretendía así demostrar que aplicaba un principio de igualdad: mismos grados, mismo destino.

Por último, al general Miramón se le formularon los siguientes cargos:

1° Haber estado en constante rebelión contra el Gobierno Constitucional.
2° Haber cooperado eficaz y principalmente con los jefes rebeldes que han mantenido la guerra civil, a turbar la paz de la nación y hacerla víctima de los horrores de la guerra.
3° Haberse arrogado el mando supremo de la nación en la época de la Guerra de Reforma.
4° Haber mandado ejecutar a los “mártires” de Tacubaya.
5° Haber mandado violar los sellos del Gobierno de Inglaterra para extraer los fondos destinados por el Gobierno al pago de la Convención inglesa.
6° Haber desembarcado en Veracruz, cuando el puerto estaba en poder de las tropas de la intervención, para ofrecer a ella sus servicios, o al menos volver al país bajo su amparo.
7° Haber vuelto nuevamente a México, cuando debió considerar que los franceses eran el único apoyo de Maximiliano, y que este no fue más que un usurpador de los títulos de soberano.

Miramón se defendió de estos cargos de forma bizarra e inteligente. Uno a uno los fue rebatiendo, dejando en muy mala situación al fiscal Azpíroz. Él no era rebelde al Gobierno Constitucional porque nunca lo había reconocido, él no había ordenado el fusilamiento de los civiles capturados en Tacubaya, él no había apoyado nunca la intervención francesa. Además, si aceptó servir al gobierno de Maximiliano cuando se retiraron los franceses, fue por el hecho de que había en su contra un decreto de proscripción por parte del gobierno republicano. Una vez más Fuentes Mares, uno de los mejores biógrafos de Miramón, nos dice acerca de esto: “Ni por un momento exhibió debilidades que pudieran llamar a la clemencia. Seguro de tener que morir, no se apartó de los principios que normaron su vida. Atacaba en su banquillo de acusado, como en un pequeño campo de batalla”. En su defensa, Miramón demostró que simplemente era cuestión de ver quién había ganado y quién había perdido, más que de legitimidad o de vigencia de las leyes.

Como abogados, el general Miramón designó a Joaquín Alcalde, quien no aceptó, a Ignacio Jáuregui, abogado liberal residente en San Luis Potosí y hermano de uno de los “mártires” de Tacubaya, y a Ambrosio Moreno. Ninguno de ellos tenía la reputación de los abogados de Maximiliano, pero no por ello fueron menos brillantes sus alegatos en la defensa de su cliente.

La conclusión era lógica: Maximiliano, negándose a responder y pretendiendo una majestad que no tenía, y Mejía demostrando su candor y haciendo alarde de sus bondadosos sentimientos, buscaban salvar la vida. En cambio Miramón, seguro de que la perdería, quiso dejar constancia de su idea de lo que había pasado en México, idea que muchos con él profesaban.

(Continuará)

miércoles, 30 de noviembre de 2016

LOS CANGREJOS EN LA REFORMA Y LA INTERVENCIÓN FRANCESA

Pues sí, aunque suene extraño, hubo cangrejos peleando en México durante la Reforma y el Segundo Imperio. Pero no se confundan, no estoy hablando de esos simpáticos animalitos provistos de tenazas que viven a la orilla del mar o en los ríos alimentándose de crías de tortuga y otros pequeños seres vivos y que suelen darnos muy buenas pellizcadas si tenemos la osadía de molestarlos. Pero que a la plancha o en tacos son deliciosos.



Entonces, ¿de dónde salieron estos cangrejos de los que estoy hablando y que armados de fusiles, sables y pistolas lucharon en México en esos turbulentos tiempos?

Bueno, pues resulta que éste fue uno de los nombres con el que se conoció en el imaginario popular a los miembros del bando conservador, por la manía que tienen los auténticos cangrejos de caminar hacia atrás (aunque también caminan de lado y hacia adelante, hay que aclararlo). Otras formas de llamarlos era "mochos", en referencia a los generales Osollo y Orihuela, a los que les faltaba alguna parte del cuerpo, perdida en batalla, y que por lo mismo, estaban "mochos".

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El mocho Luis G. Osollo

No se sabe bien a bien cuándo surgió el apodo, pero ya durante la última dictadura de Santa Anna era algo común escucharlo por las calles de las ciudades y pueblos.

Es en esos momentos cuando el gran intelectual liberal Guillermo Prieto (1818-1897) compone una excelente canción, en 1854, dedicada a los cangrejos. Esta canción se volvió muy popular a partir de la Guerra de Reforma y durante el Segundo Imperio Mexicano y permaneció en el imaginario colectivo aun en la Revolución Mexicana y sirvió para pitorrearse de la oligarquía militar y clerical que pretendía dominar al país. En la práctica se convirtió en una especie de himno para los liberales.

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Guillermo Prieto

La letra original fue publicada en el libro "Viajes de Orden Suprema" escrito por el mismo Guillermo Prieto. Las estrofas eran las siguientes, aunque el estribillo procede de una versión que se popularizó en Guanajuato:


Cangrejos, al combate,
cangrejos, a compás;
un paso pa'delante,
doscientos para atrás.

Casacas y sotanas
dominan dondequiera,
los sabios de montera
felices nos harán.

Estribillo:
¡Zuz, ziz, zaz!
¡Viva la Libertad!
¿Quieres Inquisición?
¡Ja-ja-ja-ja-já!
Vendrá "Pancho Membrillo"
y los azotará.

Maldita federata
que oprobios nos recuerda,
hoy los pueblos en cuerda
se miran desfilar.

¿A dónde vais, arrieros?
Dejad esos costales:
Aquí hay cien oficiales
que habéis de transportar.

Cangrejos, al combate,
cangrejos, a compás;
un paso pa'delante,
doscientos para atrás.

Estribillo:
¡Zuz, ziz, zaz!...

Orden, ¡gobierno fuerte!
y en holgorio el jesuita,
y el guardia de garita,
y el fuero militar.

Heróicos vencedores
de juegos y portales,
ya aplacan nuestros males
la espada y el cirial.

Cangrejos, al combate,
cangrejos, a compás;
un paso pa'delante,
doscientos para atrás.

Estribillo:
¡Zuz, ziz, zaz!...

En ocio el artesano
se oculta por la leva,
ya ni al mercado lleva
el indio su huacal.

Horrible el contrabando
cual plaga lo denuncio,
pero entre tanto el Nuncio
repite sin cesar:

Cangrejos, al combate,
cangrejos, a compás;
un paso pa'delante,
doscientos para atrás.

Estribillo:
¡Zuz, ziz, zaz!...

Previendo lo que de seguro muchos se preguntarán, les comento que "Pancho Membrillo" es el nombre con el que se conocía popularmente a la vara de membrillo que utilizaban en aquellos años los maestros para "disciplinar" a sus educandos. ¡La letra con sangre entra, decían! Y sí, con "casacas y sotanas" se refiere a los militares y al clero, que de acuerdo con la canción, "felices nos harán". Ajá.

Como sucede con muchas canciones populares, con el tiempo se le agregaron nuevas coplas por autores anónimos que tan sólo pretendían actualizar su carácter rebelde. Éstas, por ejemplo, aparecieron en 1861, a punto de comenzar la Intervención Francesa:

Al sable y al bonete
el pueblo les dirá:
en las revoluciones
pararse es ir atrás.
Rompí ya mis cadenas,
brilló la libertad;
que marchen los cangrejos,
que marchen al compás.

Murió la tiranía,
ya sólo imperará
de la Constitución
la excelsa majestad.
Por eso al que pretende
ad libitum mandar,
el pueblo grita airado
¡cangrejos, para atrás!

Si progreso y reforma
palabras son no más,
y tras ellos no marchan
honor y probidad;
si sólo es ilusión
la santa Libertad,
no hay duda que marchamos,
cangrejos, para atrás.

O ésta otra, dirigida contra los jesuitas:

Si indómito el comanche
nuestra frontera asola,
la escuadra de Loyola
en México dirá:
Cangrejos a compás,
marchemos para atrás.

Esta otra, dirigida contra dos obispos, me encanta:

El Obispo Barajas
y el Obispo Murguía
se dieron de cuernazos
por una tapatía”

Y otra más dedicada a Concha Lombardo, esposa del presidente conservador Miguel Miramón:

En l’ancha crinolina
de Concha Miramón
se esconden los traidores
al ruido del cañón…

El mismo Miramón, el militar más prominente de los conservadores y del que las hablaré en otra ocasión, no escapó de que se le compusieran sus coplas:

¿Por qué viniste al ferro
tan tonto y tan simplón,
patriarca de los mochos
señor San Miramón?

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Una rara fotografía de Miguel Miramón con su esposa Concha Lombardo

En 1973, el INAH sacó al mercado un disco LP titulado "Cancionero de la Intervención Francesa", coordinado por el historiador Ricardo Pérez Montfort y con la participación de la excelente cantante mexicana Amparo Ochoa. En él se recuperó, entre otras canciones como "Adiós Mamá Carlota" o "La Chinaca", la popular composición de Guillermo Prieto, también conocido en el mundo de las letras por su seudónimo de "Fidel". Si quieren escuchar la canción, aquí es dejo el enlace respectivo: https://www.youtube.com/watch?v=RumNOjsk0yo. Por si les interesa escuchar el disco entero aquí les dejo también el enlace: https://www.youtube.com/watch?v=t9EO-hIT9OQ. Ahora, por cierto, se puede conseguir en CD. 

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La canción de Los Cangrejos, como es natural, molestaba sobremanera a los conservadores, por lo que estuvo prohibida en el territorio dominado por ellos durante la Guerra de Reforma. Con la llegada de Maximiliano, algunos alcaldes decidieron volver a prohibirla, pero liberal como era el austriaco, de inmediato ordenó que dicha prohibición se levantara. Inclusive se cuenta que, cuando el emperador viajó a la ciudad de León, Guanajuato, en agosto de 1864, se enteró de que ahí el alcalde había mantenido la prohibición de marras. Ni tardo ni perezoso, Maximiliano ordenó que la orquesta municipal la tocara durante la comida que dicho alcalde le ofreció. Sobra decir la humillación que sintió este funcionario público y el regocijo de los pocos liberales leoneses que observaron el acto.

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A Maximiliano también le gustó la canción...

En estos tiempos modernos en que la Iglesia pretende regresar por sus fueros, en que los militares vuelven a cobrar protagonismo y en que nuestros gobernantes se lanzan de frente contra muchas de las conquistas sociales obtenidas con la sangre del pueblo a lo largo de muchos años, creo que es momento de volver a entonar la canción escrita por Fidel (no se confundan con Fidel Castro) durante las manifestaciones que casi a diario recorren la avenida Reforma (creada, por cierto, por Maximiliano). Así que los conmino a componer nuevas estrofas que se ajusten a la situación actual.






martes, 5 de mayo de 2015

LA BATALLA DEL 5 DE MAYO, ¿VICTORIA MEXICANA O DERROTA FRANCESA?

El día de hoy se celebra en México y en los Estados Unidos (aunque más en este último país) el 153 aniversario de la Batalla del 5 de Mayo en Puebla, en la que las tropas mexicanas al mando del general Ignacio Zaragoza derrotaron a las tropas francesas al mando del general Lorencez. Toda una hazaña si tomamos en cuenta que en esos momentos el ejército francés era considerado como el mejor del mundo.

En efecto, las tropas francesas que llegaron a México a principios del año de 1862 eran las mismas que habían participado en la Guerra de Crimea, donde derrotaron al Imperio Ruso; en la guerra contra Austria, donde vencieron en las batallas de Magenta y Solferino; en la ocupación de Argelia, Indochina y otras regiones del mundo, en las que siempre demostraron un gran valor y pericia militar.

Ignacio Zaragoza se ganó el derecho a estar en los billetes de 500 pesos

Pero, ¿qué fue lo que ocasionó que esos temibles guerreros llegaran a suelo mexicano con ganas de repetir ahí sus hazañas bélicas? ¿Por qué Napoleón III de Francia envió sus tropas contra nuestro país? ¿Pues qué le hicimos? Si siempre nos portamos bien.

Pues resulta que en aquellos años Napoleón III estaba empeñado en formar un imperio ultramarino que compitiera con el británico. Sus tropas ya estaban incursionando en África y en Asia, ganando batallas en Europa y mostrando al mundo que Francia era la nueva potencia. Pero de tiempo atrás el emperador francés, del que ya se sospecha que en realidad no era sobrino del famoso Napoleón, tenía metido entre ceja y ceja que tenía que hacer algo para frenar el poderío de los Estados Unidos en América. En esa época, si bien los estadounidenses no eran ni de lejos la gran potencia que son ahora, ya eran un país con una fuerza respetable, pero que tenían la idea de que América debía de ser para ellos y ninguna potencia europea debía meterse ahí. Y Napoleón el Pequeño se preguntaba todas las noches: ¿y por qué no?

Napoleón III

Pero de repente, los astros se le alinearon, consultó su horóscopo con Walter Mercado y decidió que era el momento de poner "un dique a los Estados Unidos", según sus propias palabras. ¿Pues qué había pasado que estaba tan contento el muchacho?

Resulta que de tiempo atrás, un grupo de mexicanos, partidarios de crear un imperio en México ante el desastre que era el país y el gobierno republicano, estaban en Europa tratando de interesar a algún soberano en su proyecto. Pero ninguno se dejaba convencer. La favorita era la reina Isabel II de España, a la que ganas no le faltaban, aunque si medios y tiempo, pues la pobre gobernaba, bastante mal por cierto, un país sumido en la anarquía. Así que de vez en cuando los monárquicos mexicanos habían ido de vez en cuando a tocar otras puertas, incluyendo la francesa, donde la emperatriz, española de nacimiento, se comenzó a entusiasmar con el proyecto. El problema era que su marido, tan deseoso de pararle los pies al expansionismo de nuestros vecinos del norte, sabía que tampoco era cosa de irse a pelear abiertamente con ellos a menos que quisiera arriesgarse a una más que posible derrota y humillación.

Pero en eso, el segundo de los astros se alineó con el primero. En marzo de 1861 los estados de Carolina del Sur, Misisipi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas decidieron independizarse y formar su propio país, al que llamaron los Estados Confederados de América. Un mes después se les unieron Virginia, Arkansas, Carolina del Norte y Tennessee, con lo que ya eran 11 los separatistas. Esto provocó el estallido de la guerra civil en los Estados Unidos, la primera y única que ha sufrido ese país. ¿Que por qué se separaron? Pues por que los del sur estaban a favor del trabajo no remunerado, es decir, de la esclavitud. Y como el nuevo presidente del país, Abraham Lincoln, estaba necio en que a todos los trabajadores se les tenía que pagar, pues los sureños decidieron separarse para conservar su amado estilo de vida (véase "Lo que el viento se llevó").

Los Estados Confederados de América

Cuando Napoleón III se enteró, brincó de gusto, pues si los americanos estaban ocupados peleando entre sí no podrían interferir con sus planes de establecer un protectorado en sus propias narices. Y para colmar su alegría, el gobierno mexicano encabezado por Benito Juárez le dio el pretexto que necesitaba. Ese mismo año de 1861, con México recién salido de su propia guerra civil que había durado tres años, el presidente decretó la suspensión de pagos de la deuda externa, alegando con toda razón que el país se encontraba en la más absoluta miseria. Sin embargo, no negó las deudas ni tampoco su pago, tan sólo anunció que éste se retrasaría un poco, en lo que el país se recuperaba. En otras palabras: "debo, no niego; pago, no tengo".

Fueron tres los países más afectados por esta medida: Inglaterra, Francia y España, así que sin pensarlo mucho formaron una especia de alianza y se presentaron frente a las costas mexicanas con ánimo de exigir el pago que se les debía. Los primeros que legaron fueron los españoles, que aprovechando su oportuna presencia en Cuba, aun colonia de ellos, llegaron a Veracruz con 6,000 soldados en diciembre de 1861. En enero del año siguiente se les unieron 3,000 franceses y 800 ingleses. Inmediatamente el gobierno mexicano, que sabía que era una locura pelear contra estas tres potencias, envió emisarios para negociar, encabezados por Manuel Doblado.

Lo primero que exigieron los europeos, antes inclusive del pago de la deuda, es que se les dejara salir de Veracruz. No, no es que no les gustara el puerto jarocho ni que ya se hubieran cansado del desayunar diario en el Café de la Parroquia. Lo que sucedía era que en esa temporada del año las costas veracruzanas eran muy peligrosas para aquellos que no estaban acostumbrados a su clima, y las enfermedades estaban comenzando a diezmar a las fuerzas invasoras, por lo que amablemente y un poco desesperados, solicitaron se les permitiera acampar en Córdoba y Orizaba, un poco más al interior y con un clima más agradable. ¡Ni aguantaban nada! ¿No que muy valientes?

Un zuavo francés

Y el gobierno mexicano accedió a su petición para evitar que lo tacharan de bárbaro. Me pregunto si los europeos hubieran hecho lo mismo y mi respuesta suele ser que no. Una vez instalados en esas hermosas ciudades, y ya tranquilizados por su salud, comenzaron las negociaciones. Después de algunos dimes y diretes, en los que no faltaron gritos y sombrerazos, se firmaron los Tratados de La Soledad, cuyo nombre no se debe a la soledad en la que se encontraba México, sino a la hacienda de ese nombre donde se reunieron los negociadores. México se comprometía a pagar su deuda lo más pronto posible. Con ello, ingleses y españoles se dieron por satisfechos y se retiraron, pero no así los franceses, para quienes lo de la deuda había sido solo el pretexto para llevar sus tropas a México.

Así que sin decir ni agua va y sin pedir permiso a nadie, desconocieron los tratados que acababan de firmar y se dirigieron a Puebla con la intención de tomarla para después dirigirse a la capital. Al frente de los franceses se encontraba el general Lorencez, quien había recibido otros 3,000 soldados de refuerzo. entre los que se encontraban los famosos zuavos, soldados de origen argelino que vestían unos llamativos pantalones rojos bombachos. También lo acompañaban algunos militares mexicanos que, llevados por su odio a Benito Juárez, decidieron apoyar la invasión. Entre ellos se encontraba el famoso Juan Nepomuceno Almonte, el hijo del gran Morelos, Antonio de Haro y Tamariz y Leonardo Márquez, mejor conocido en los bajos fondos como "el Tigre de Tacubaya".

El gobierno mexicano tomó entonces una decisión muy arriesgada. Envió a la mayor parte de su ejército a defender Puebla. Las tropas estaban al mando del general Ignacio Zaragoza, nacido en Texas cuando esa provincia aun era mexicana. Contaba con casi 5,000 soldados y algunos cuantos voluntarios, entre ellos indígenas de la sierra de Puebla, a los que la tradición popular hizo originarios de Zacapoaxtla, aunque en realidad, muy pocos venían de ese hermoso pueblo, pues la mayoría eran originarios del Pueblo Mágico de Cuetzálan. Inmediatamente Zaragoza ordenó la fortificación de dos pequeños cerros que se encontraban frente a la ciudad, a un lado del camino que llevaba a Veracruz y que era por donde venían los franceses. En esos cerros había dos pequeñas capillas, una dedicada a la virgen de Guadalupe y la otra a la virgen de Loreto, lo que dio  nombre a los fuertes que ahí se levantaron, que en realidad no eran sino unos cuantos terraplenes y fosos, pues no hubo tiempo para más.

El vanidoso Lorencez

Cuando llegaron los franceses, Almonte le aconsejó a Lorencez que pasaran de los fuertes y atacaran la ciudad por el sur. Pero el francés se enojó. ¿Cómo se atrevía ese mexicano a darle consejos a él, veterano del mejor ejército del mundo? ¿Rodear la ciudad? ¿Para que piensen que son unos cobardes? Eso nunca. Lorencez estaba convencido de que los soldados mexicanos se retirarían asustados en cuanto vieran avanzar a los famosos zuavos y a los Cazadores de África, famoso cuerpo de caballería del ejército galo. Estaba tan convencido de la superioridad de sus tropas que, sin pensarlo mucho, les ordenó tomar por asalto los dos fuertes y masacrar a cuanto mexicano encontraran.

Y como buenos soldados, los franceses se limitaron a obedecer órdenes por más descabelladas que estas parezcan. Comenzaron a subir los cerros y desde arriba los mexicanos los tomaron como dianas en un puesto de tiro al blanco en alguna feria pueblerina. Y van para abajo. Y Lorencez, furioso, les ordena volver a subir. Pero los mexicanos, a las órdenes de los generales Méndez, Berriozábal, Lamadrid y Porfirio Díaz, los volvieron a bajar.

Asalto al fuerte de Loreto

En eso, comenzó a llover (recuérdese que era temporada de lluvias), pero con todo y todo los franceses lo volvieron a intentar. Fue aquí cuando se produjo la famosa carga de los de Zacapoaxtla, que en realidad eran de Cuetzálan. Total, que los franceses se tuvieron que retirar, pero en esta ocasión no pararon hasta llegar a Amozoc. Porfirio Díaz, joven e impetuoso, quería perseguirlos con la caballería para terminar de rematarlos, pero Zaragoza, más prudente, lo prohibió.

Inmediatamente se mandó un telegrama a la ciudad de México, donde Juárez y sus ministros tenían ya preparadas las maletas y comprados los boletos de camión para dirigirse a Querétaro, pues no creían que Zaragoza pudiera detener a los franceses. ¡Hombres de poca fe! El telegrama, entre otras cosas, traía una frase que se ha vuelto memorable: "¡Las armas del Supremo Gobierno se han cubierto de gloria!". Aliviado, Juárez comenzó le pidió a su esposa que deshiciera la maleta mientras él iba a pelear el reembolso de su boleto a la compañía de camiones.



Cuando las noticias llegaron a Francia, Napoleón III montó en cólera. Dicen los que saben que rompió jarrones chinos, pateó sillas muy finas y gritó cuantas groserías en francés, inglés, alemán y español se sabía. De inmediato ordenó que se le enviara un telegrama a Lorencez, anunciándole que su presencia era requerida en París. Seguramente no era para felicitarlo y darle una medallita. Después mandó llamar al general Forey y le ordenó que se dirigiera a México, pero esta vez acompañado de 30,000 soldados y de una advertencia: no se toleraría otro fracaso.

Los reyes europeos se pitorrearon de su colega francés y según contó uno de sus sirvientes, el rey de Prusia le envió unos tamalitos, "quesque para el coraje".

Un año después, en 1863, Forey sitiaba la ciudad de Puebla y, tras capturarla junto con una gran cantidad de generales mexicanos, ocupó la ciudad de México, a la que llegó, al año siguiente, el flamante emperador Maximiliano I de Habsburgo, hermano del emperador de Austria.

Nadie pone en duda el valor desplegado por los mexicanos en la batalla. De que se la rifaron, se la rifaron. Pero siempre me pregunto: ¿qué hubiera pasado si en lugar del pesado y vanidoso Lorencez hubiera mandado las tropas francesas un general más competente? ¿Habría ganado Zaragoza la batalla? ¿A los franceses los derrotaron los mexicanos o su propio orgullo y desprecio por los nuestros? Nunca lo sabremos, aunque las apuestas, de una u otra forma, estaban en contra de los mexicanos. Por eso mismo, siempre cabe la duda de si fue una victoria mexicana o una derrota francesa.

Y no podía faltar la película, desde luego.

Curiosamente, y trasladándonos al presente, el 5 de Mayo se ha convertido en una gran fiesta, pero curiosamente no en México, sino en los Estados Unidos, donde inclusive hay gente que piensa que se trata de la independencia mexicana. Ese día hay desfiles en las principales ciudades, diversos eventos culturales y kermeses e incluso el presidente de los Estados Unidos da un discurso en la Casa Blanca. ¿Por qué será?

En mi opinión, al ser los mexicanos una minoría oprimida en suelo yanqui, celebrar esta victoria sobre los franceses es una forma de reafirmar el orgullo patrio, de demostrarnos que si nos unimos, somos capaces de derrotar a cualquiera que se nos ponga al brinco. Aunque la terca realidad se empeñe en demostrarnos lo contrario, pues lo que más nos falta, es unidad.

¿O ustedes que opinan?



martes, 14 de abril de 2015

NO SE HAGAN BOLAS, A MAXIMILIANO SI LO FUSILARON...

Hace algunos años un arquitecto salvadoreño metido a investigador de mitos, llamado Rolando Deneke, anunció a los cuatro vientos un hecho que, supuso, conmocionaría al mundo académico, especialmente en México. Según él, después de quince años de investigación en varios países, entre los que se encontraban Francia, Bélgica, Austria, México y El Salvador, había descubierto la verdad: Maximiliano no había sido fusilado en México en 1867, sino que había sido perdonado en secreto por Juárez y se había ido discretamente a El Salvador, donde cambió de nombre por el de Justo Armas y murió en 1936 a la edad de 104 años.

Maximiliano de Habsburgo

Para asegurar eso, se basa principalmente en lo siguiente:
1) Su bisabuela había conocido a Justo Armas y él oyó la historia por primera vez en la voz de su abuela.
2) Juárez y Maximiliano eran masones y los masones tienen prohibido matarse entre ellos.
3) Maximiliano no comparece en su juicio alegando motivos de salud y poca gente lo ve en sus últimos días.
4) Al momento de la ejecución, un cordón de soldados aleja lo más posible al público asistente y el gobierno contrata a un grupo de campesinos para que formen el pelotón de fusilamiento.
5) El gobierno mexicano tardó varios meses en enviar el supuesto cadáver a Austria y cuando éste al fin llegó, la archiduquesa Sofía, madre de Maximiliano, exclamó: "este no es mi hijo".
6) Justo Armas llega a El Salvador más o menos por la misma fecha en que Maximiliano es fusilado en México.
7) Justo Armas era un hombre muy excéntrico que sabía mucho de protocolo diplomático, pero que siempre andaba descalzo para cumplir una especie de "manda" por haber salvado la vida en un naufragio y la emperatriz Carlota, en uno de sus momentos de lucidez, mandó hacer un grabado que muestra a Maximiliano abrazado a una bandera blanca en un barco que se hunde.
8) Ambos tenían un gran parecido físico, de acuerdo con un estudio de comparación craneo-facial realizado por una antropóloga costarricense.
9) Fue acogido en El Salvador por el vicepresidente Gregorio Arbizu, quien también era masón.
10) Se realizó una prueba de ADN con una muestra tomada de los restos de Justo Armas y otra de una pariente de Maximiliano por la línea materna directa.
11) Un estudio grafológico realizado en Florida aseguró que la letra de los dos hombres era la misma.
12) Justo Armas conservaba en su casa múltiples objetos que habían pertenecido a Maximiliano.
13) Durante la Primera Guerra Mundial, unos emisarios austriacos fueron a El Salvador para tratar de convencer a Justo Armas de que regresara a Austria, pues su hermano estaba muy enfermo y necesitaba un heredero.

Justo Armas

Analizemos estos puntos uno a uno, paso a paso y sin prisas, pero con rigor.

1) Todo comienza por una historia contada por la abuela que a su vez lo escuchó de su madre, es decir, la bisabuela del autor de esta hipótesis. Al parecer, en El Salvador de finales del XIX y principios del XX ya se escuchaba esa historia y algunas personas aseguraban que Justo Armas era Maximiliano. Si en realidad fuera así, y éste estuviera interesado en mantener su secreto a salvo, hubiera sido el primero en desmentirlo, y esto, al parecer, nunca ocurrió. Así que todo quedó en chismes de sociedad.

2) Se afirma que al ser ambos masones, no podían hacerse daño. La verdad es que no sé si los masones tienen alguna especie de voto o juramento que les impida hacer daño a otro masón, pero hay muchos ejemplos de masones que se han hecho daño. Sin ir más lejos, en México el masón Anastasio Bustamante mandó matar al masón Vicente Guerrero y el Congreso Mexicano, en el que había muchos masones, ordenó matar al masón Agustín de Iturbide si éste volvía al país, cosa que sucedió. Benito Juárez y Porfirio Díaz eran masones y se dieron hasta con la cubeta en su lucha por el poder presidencial, Díaz fusiló a O'Horan y Vidaurri, ambos masones, con el beneplácito de Juárez cuando tomó la capital de la República, así que la hipótesis del indulto por motivos masónicos no tiene, en realidad, ningún sustento.

3) Se menciona el hecho de que Maximiliano no acudió a las sesiones del tribunal que lo condenó a muerte, ni siquiera para escuchar la sentencia, alegando motivos de salud. Es cierto que el pretexto de la salud pudo haber sido eso, sólo un pretexto, pero más que ver una conspiración para alejar a Maximiliano de los reflectores y poder preparar así su desaparición, yo me inclino más por otra opción. Maximiliano era miembro de una de las familias reales más antiguas de Europa. De hecho, tan sólo la de Baviera, en Alemania, era más antigua que los Habsburgo. A los miembros de grupos familiares así nunca les gustó ser exhibidos y menos ante un tribunal, pues por muy liberal que hubiera sido Maximiliano era consciente de su pertenencia a una familia acostumbrada a ciertos privilegios, entre los cuales estaba el gozar de impunidad judicial. Así que mejor evitar la vergüenza de verse sometido a los dictados de un tribunal.

4) En este punto, el arquitecto Deneke asegura varias cosas. Tan solo una veintena de personas acudieron como espectadoras al fusilamiento. Aun así, los soldados se encargaron de mantenerlas alejadas estableciendo un amplio cordón de seguridad en torno al pelotón de ejecución. No hubo fotografías del acontecimiento, aunque sí algunos grabados. Los soldados que ejecutaron a Maximiliano, Miramón y Mejía eran campesinos del norte contratados para la ocasión.

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Mal, mal. Es cierto que un cordón de soldados mantuvo alejado al público. ¿Qué querían? ¿Que la gente estuviera a dos metros de los condenados? Si no era un circo, era una ejecución. Por supuesto que hubo más de veinte personas, tal y como lo demuestran los grabados sobre este acontecimiento. Tan sólo la brigada del general Jesús Díaz de León, que estuvo presente en el lugar, tenía 4,500 soldados, además de aproximadamente 400 personas de Querétaro que lo conocían bien, pues Maximiliano solía pasear por la ciudad durante el sitio. Y desde luego que hay fotografías del fusilamiento, además de varios grabados. Por último, eso de que los soldados eran campesinos contratados exprofeso para la ejecución es totalmente falso, pues todos eran veteranos de la guerra contra el Imperio. ¿Qué caso tenía contratar campesinos para ello? Además de que hubieran tenido que entrenarlos en el uso de las armas, no tenía ningún caso. Si el argumento es que no querían a alguien que conociera a Maximiliano, puedo asegurarles que ninguno de los soldados republicanos lo conocía, sin importar su origen geográfico (del norte o del sur de México). Puede que algunos oficiales sí hubieran sido capaces de identificar a un falso Maximiliano, pero los soldados no.

Aquí queda pendiente otro punto. Si no fusilaron a Maximiliano, ¿entonces a quién ejecutaron en su lugar? Deneke no lo dice, a pesar de ser un punto fundamental de la hipótesis. Otras personas han manejado la posibilidad de que el fusilado fue el joven aristócrata austriaco Armin Friedrich Herbert Hilmar Wilhelm Gottfried Freiherr von Hammerstein-Equord, nacido el mismo año que Maximiliano y con un notable parecido físico con él. Pero hay un problema. Este hombre murió en la ciudad de México en mayo de 1867 durante el sitio que le impuso Porfirio Díaz. Así que no tenemos suplente. ¿Entonces? ¿A quién se fusiló? ¿A un cadáver? No lo creo.

Armin von Hammerstein-Equord

5) Deneke asegura que el gobierno mexicano tardó siete meses en mandar el cadáver a Austria utilizando pretextos vanos. No es así. El emperador austriaco exigió la entrega y el gobierno mexicano se negó hasta que se hiciera una petición oficial. La razón era muy simple. Si Francisco José I de Austriahungría enviaba un emisario particular, no le daba al gobierno de Juárez el reconocimiento debido. En cambio, si el gobierno austriaco enviaba una solicitud formal, estaba reconociendo que el gobierno de Juárez era el gobierno legítimo de México y, por lo mismo, el gobierno de Maximiliano no había sido legal. Era una simple cuestión de principios.

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Cadáver de Maximiliano

El cadáver fue sometido a varios intentos de embalsamamiento para preservarlo, pero es cierto que éstos no fueron muy profesionales. Incluso el médico que lo embalsamó en Querétaro aprovechó la oportunidad para vender como reliquias pequeñas partes del cuerpo de Maximiliano. Deneke se aprovecha de la leyenda que dice que la archiduquesa Sofía, su madre, exclamó al verlo: "este no es mi hijo". Pero hasta la fecha no hay ninguna prueba de que haya dicho eso. Además, si vemos las fotos del cadáver, a pesar de los estragos causados por el fusilamiento, el tiempo y las pésimas condiciones en que fue embalsamado, el parecido es innegable, aunque Deneke asegure lo contrario. Maximiliano era el favorito de su madre, y sin embargo, cuando quiso abdicar ésta le escribió diciéndole en pocas palabras que lo prefería ver muerto en México a humillado en Europa. Un Habsburgo no abdica, le aseguró. Cuando el cadáver llegó a Viena y se instaló la capilla ardiente en el palacio imperial de Hofburg, estuvieron presentes sus hermanos, sus primos, tíos y demás parientes, además de muchos dignatarios de la corte y diplomáticos extranjeros que conocían muy bien a Maximiliano. ¿Estaban todos metidos en la intriga? Es ridículo.

6) Aunque no hay constancia de la fecha exacta de la llegada de Justo Armas a El Salvador, si la hay de su presencia en ese país en 1870. ¿Y? Eso no prueba absolutamente nada. No creo que haya sido el único europeo llegado a El Salvador por aquellas fechas. Respecto al nombre, Deneke nos regala una joya de las teorías conspiratorias. Según él, el nombre derivó de una frase de una carta de Juárez en la que: "El archiduque Fernando Maximiliano José de Austria fue hecho justo por las armas el 19 de junio de 1867..." Justo Armas. Sin comentarios.

7) Justo Armas es un hombre que siempre anda elegantemente vestido pero descalzo por una promesa que hizo a la virgen después de sobrevivir a un naufragio y la emperatriz Carlota mandó realizar un grabado en el que se ve a Maximiliano abrazando una bandera a bordo de un barco que se hunde. Justo Armas es un hombre que conoce mucho de protocolo cortesano y diplomático. Otro argumento que no prueba nada. Cualquier aristócrata europeo de la época era experto en protocolo y muchos de ellos, sobre todo los jóvenes, solían escapar unos años de sus países de origen por motivos de deudas, así que no sería raro que éste fuera el caso.

8) Deneke asegura que ambos hombres tienen un gran parecido físico y da como prueba un estudio de comparación cráneo-facial realizado por la antropóloga costarricense doctora Roxana Ferlini Timms. Una vez más, presenta como prueba concluyente algo totalmente circunstancial.

9) Fue acogido en El Salvador por el vicepresidente Arvizu, que era masón. Vuelvo a lo mismo. ¿Y? ¿Eso que prueba? Únicamente que se trataba de alguna persona importante. Nada más.

10) Cuando Deneke tiene por fin la posibilidad de presentar una prueba que, sin ser concluyente, puede ya permitirnos dudar un poco, falla. Logró hacer la prueba de ADN tomando una muestra de los restos de Justo Armas para compararlos con una muestra facilitada por la princesa Elizabeth de Habsburgo y Mithofer, pariente de Maximiliano por la línea materna directa. Pero las muestras tomadas de los restos del señor Armas estaban contaminadas y el resultado no fue concluyente. Y aunque lo hubiera sido. Durante generaciones los Habsburgo tuvieron hijos fuera del matrimonio, por lo que actualmente hay en Europa miles de personas que pueden asegurar que descienden de uno de ellos. Probablemente ese pudo haber sido el caso del señor Armas, pero nada más. Eso no prueba que fuera Maximiliano.

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Tumba de Maximiliano en la cripta de los Capuchinos, en Viena

11) Un experto grafológico de Florida dictaminó que la letra de los dos personajes era la misma, pero se negó a ponerlo por escrito mientras no se le dieran los originales de las cartas utilizadas, pues Deneke sólo le llevó copias. Qué conveniente. Otra prueba meramente circunstancial.

12) Justo Armas conservaba en su casa muchos objetos que habían pertenecido a Maximiliano, como su vajilla y algunos muebles. Muchos coleccionistas los tienen. No es nada raro. Pudo haberlos adquirido en México sin ningún problema. Yo conozco gente que tiene objetos con las iniciales de Maximiliano y Carlota y estoy seguro que no descienden de ellos. Esto tampoco prueba nada.

13) Durante la Primera Guerra Mundial, unos emisarios austriacos fueron a El Salvador para tratar de convencer a Justo Armas de que regresara a Austria, pues su hermano estaba muy enfermo y necesitaba un heredero. Para probar esto, Deneke utiliza una historia que, según su abuela, contaba doña Fe Porth de Rodríguez, hija de Alexander Porth, un austriaco que era dueño del hotel Nuevo Mundo en San Salvador, donde supuestamente tuvo lugar la entrevista. Según esta historia, doña Fe escuchó tras la puerta la conversación en alemán y, aunque nunca se menciona el nombre de Maximiliano o del emperador Francisco José, el señor Armas dice que no piensa volver, que su hermano le hizo renunciar a sus derechos al trono y que no le interesa en lo absoluto recuperarlos. Volvemos a la historia contada por la abuela que, además, no se puede comprobar porque doña Fe ya está muerta y sólo quedan los dichos de sus descendientes. No hay nada por escrito.

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Francisco José I de Austria

Analicemos este último punto. Maximiliano y su hermano el emperador siempre se llevaron mal, pues eran totalmente diferentes. Uno, liberal y romántico, el otro, conservador y autócrata. Tan se llevaban mal que Francisco José acepta que su hermano se vaya a México, muy lejos de Austria, imponiéndole además la renuncia a sus derechos al trono austriaco. En esos momentos Maximiliano era el segundo en la línea sucesoria, pues su hermano sólo tenía un hijo. En 1914, cuando estalla la Gran Guerra, Francisco José es un hombre viejo que ya no puede hacer frente con energía a los asuntos del gobierno. Ha perdido a su hijo, a su esposa, a sus hermanos y a su sobrino Francisco Fernando, cuyo asesinato en Sarajevo fue la chispa que terminó por incendiar Europa. Su heredero es un sobrino nieto, el archiduque Carlos, que se convertirá a su muerte en el último emperador de Austria. Cuesta trabajo creer que en esos momentos Francisco José prefiriera buscar a su supuesto hermano, tan viejo como él, para ofrecerle la corona de un imperio que se está derrumbando a pedazos, en lugar de preferir a un heredero joven con más energía. Ahí lo dejo.

En pocas palabras, Deneke no presenta una sola prueba sólida de su dicho, sino puras pruebas circunstanciales sin mucho valor. Así que mientras no consiga algo más contundente, seguiré creyendo que Maximiliano murió fusilado en el Cerro de las Campanas el 19 de junio de 1867.

Para terminar, una pequeña reflexión. Supongamos sin conceder que lo dicho por Deneke fuera cierto. Eso no cambiaría en nada la historia de México. La República triunfó y Juárez volvió a la capital en su calidad de presidente. Nunca más hubo un intento monárquico en México y la forma republicana de gobierno se consolidó y es hasta la fecha la forma de gobierno que tenemos, con muchos altibajos democráticos desde luego, pero República al fin. Así que en caso de comprobarse, la hipótesis de Deneke no pasaría de ser una simple anécdota en nuestra historia, sin ninguna repercusión seria.

Ahí se los dejo. Que cada quién saque la opinión que quiera.