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sábado, 11 de agosto de 2018

ENTRE DESFILADEROS Y POLEMONES: A JAIME AVILÉS CON CARIÑO

El pasado 8 de agosto se cumplió un año de la muerte de Jaime Avilés, el mejor cronista mexicano de nuestra época además de un gran y querido amigo. Como si el destino en persona quisiera rendirle un homenaje, su aniversario luctuoso coincidió con la entrega por parte del Tribunal Electoral de la constancia de presidente electo a su gran amigo Andrés Manuel López Obrador, quien por cierto lo mencionó en su discurso frente a la autoridad electoral, justo después de Emiliano Zapata, de quien se cumplía también un aniversario de su nacimiento.

Leí con agrado una serie de textos que algunos de sus amigos y colaboradores publicaron para recordarlo en este su primer aniversario luctuoso y pensé que yo también debía escribir el mío. Tengo mucho que contar, aunque al final decidí que algunas cosas las guardaré para mí. Son mis recuerdos y sólo yo puedo seleccionar cuáles quiero compartir.

Jaime y yo llegamos a ser muy buenos amigos. No digo que fuera su mejor amigo, porque creo que ese honor le corresponde a Pedro Cote. Nos apreciábamos en verdad y puedo decir sin temor a equivocarme que soy uno de sus pocos amigos con quien jamás se peleó. Porque es indudable que Jaime tenía su carácter y si quería podía ser la persona más difícil del mundo. Hay muchas cosas de las que ya no me acuerdo o no me acuerdo bien, pero aquí trataré de escribir las que más me gustaron de nuestros años de amistad.

Yo lo conocí, si mal no recuerdo, a finales de 2003 en casa de unos grandes amigos en común, Oliver y Caro. En esa ocasión ni nos hicimos caso. Nos presentaron, nos dimos la mano, y cada uno continuó con su vida como si nada. Yo había leído su columna en La Jornada pero en ese momento no ligué su nombre con el del autor de El Tonto del Pueblo o Desfiladero. Y él, por supuesto, no tenía por que saber quién demonios era yo.

Unos meses después volvimos a encontrarnos, de nueva cuenta en casa de Oliver y Caro, y en esta ocasión si platicamos. Y nos caímos bien. A él le llamó la atención que Judith, mi pareja, se refiriera a mí como "el historiador" (esa es mi profesión) en lugar de utilizar mi nombre de pila. A mí me llamó la atención su boca huérfana de algunos dientes que había perdido en una reciente pelea con un taxista. Con el tiempo él se puso dientes artificiales y comenzó a referirse a Judith y a mí como "los historiadores".

Poco a poco nos fuimos haciendo amigos de la mano de Pedro Cote, otro gran personaje del que vale la pena hacer una reseña aparte.

Yo lo admiraba y lo apreciaba y él me correspondía con la misma moneda. Sin embargo, ni yo mismo sabía porque nos llevábamos tan bien si teníamos opiniones muy diferentes en algunas cosas. Jaime era un taurino apasionado (escribía una columna sobre toros en La Jornada bajo el seudónimo de Lumbrera Chico) y yo detestaba y detesto la llamada Fiesta Brava. Jaime era noctámbulo y yo soy más bien diurno con cara de mañanero, como digno hijo de mi señor padre. Quizá eran más las cosas que nos unían, como nuestra admiración y respeto por Andrés Manuel López Obrador, nuestro desprecio por el subcomandante Marcos, nuestra ideología izquierdista tirando a radical, nuestro pasado combativo y nuestro gusto por la risa y los amigos.

El día que nos hicimos amigos

Pocas veces en mi vida he reído tanto como cuando Jaime contaba algunas de sus anécdotas, pues era un cronista y un histrión consumado. Recuerdo en especial cuando nos contó a "los historiadores" sobre la ocasión en que decidió criar conejos en el tejado de su casa a principios de los años ochenta. Esa etapa coincidió con su visita a la Unión Soviética como parte de una delegación del Partido Socialista Unificado de México (el antiguo Partido Comunista). Según Jaime, decidió aprovechar la oportunidad y ofrecerle al ministro de economía soviético un jugoso negocio mediante el cual él surtiría de carne de conejo al oso comunista. El ministro lo miró muy serio y le dijo que la URSS necesitaba 1,000 toneladas semanales de dicho producto, que si Jaime se comprometía a surtir esa cantidad, se podría hacer el negocio. Avilés lo miró pensativo y se retiró despacio mientras hacía cuentas pensando si sus conejos de azotea serían suficientes para cubrir la demanda soviética. No se si la historia fuera real, pero Jaime la contaba con una gracia que te obligaba a desternillarte de risa.

Como parte de su trabajo en la prensa, Jaime tenía un don especial para inventarse nombres. Cómo olvidar otra de sus historias de cuando trabajaba en el Unomasuno y pidió parar las prensas para incluir en la edición una supuesta entrevista con el doctor Donald Drinkwater Nevermilk, de la Universidad de Old Sweter, acerca de la contaminación en el Lago de Chapultepec. ¡Y según él se la publicaron!

En otra ocasión, utilizó el nombre de Francesco Mossca para tenderle una trampa a Guido Belsasso, Comisionado contra las Adicciones del gobierno foxista, y así desentrañar una red enorme de tráfico de influencias que éste funcionario coordinaba. Al contarte esa historia, una vez más te obligaba a llorar de tanto reír. ¡Era genial!

Cuando llegó el vergonzoso episodio del desafuero en contra de López Obrador, Jaime y yo ya éramos buenos amigos. Con él fuimos a varias de las marchas organizadas para exigirle al gobierno de Fox que cesara en la injusta persecución de Andrés Manuel, ya entonces conocido como El Peje, y cuya finalidad real era impedir que éste se lograra postular como candidato a la presidencia del país. De esa etapa recuerdo en especial una enorme manifestación en el Zócalo capitalino en la que participaron casi un millón de personas y que terminó con una torrencial lluvia que, no obstante, no ahuyentó a los seguidores del Peje. Sólo yo llevaba paraguas, por lo que terminamos bajo él, en medio de la plaza, Jaime, su hija Juncia, Judith y yo, todos abrazados como muéganos. Los pies se nos empaparon pero al menos conservamos seca la cabeza. Y en medio de la lluvia, no podíamos parar de reír por lo absurdo de la posición en que nos encontrábamos y por los comentarios que Jaime hacía al respecto.

Poco después vino el fraude de 2006 por el cual Felipe Calderón le robó el triunfo a López Obrador. En la primera concentración convocada por Andrés Manuel en contra del fraude, se juntaron casi dos millones de personas. El Zócalo y todas las calles que lo rodean estaban a reventar de gente. Y hablo de forma literal. Jaime, gracias a sus contactos, se encontraba en un balcón del edificio de gobierno de la Ciudad de México para hacer su crónica y desde ahí nos habló por teléfono para preguntarnos dónde estábamos nosotros. Judith y yo veníamos caminando por la avenida 20 de Noviembre. Nos dijo que fuéramos al edificio de gobierno donde se encontraba y él en persona nos abriría la puerta para que pudiéramos ver desde lo alto la magnitud de la manifestación. En eso quedamos. Pero entre más nos acercábamos, más difícil era caminar entre la multitud. Sin embargo, logramos llegar a la esquina del edificio. Faltaban tan sólo unos veinte metros para llegar a la puerta pero fueron imposibles de recorrer. Al final nos quedamos en la calle, y aunque no pudimos apreciar el tamaño de la concentración desde arriba, si pudimos ver de primera mano la indignación y la rabia del pueblo mexicano contra la imposición de Felipe Calderón. Después de que hablara Andrés Manuel desde un templete, la gente se comenzó a retirar y así logramos al fin acercarnos a la puerta, a donde Jaime bajó rápidamente para recibirnos e intercambiar impresiones con nosotros. Fue un momento increíble.

Las cosas se pusieron feas y en las concentraciones callejeras la gente pedía armas para luchar contra el gobierno. En ese momento Andrés Manuel López Obrador, tras consultar con algunos de sus más cercanos colaboradores, le propuso a la multitud organizar un plantón sobre el Paseo de la Reforma como forma de protestar contra el fraude. Mucha gente no lo quiere entender todavía, pero con eso se desactivó una más que posible rebelión armada y se encauzó la lucha por la vía pacífica. A Judith y a mí Jaime nos informó de la decisión, poco antes de que ésta se hiciera pública, en una reunión en La Casa de las Sirenas, un conocido restorán situado a espaldas de la Catedral, junto con otras personas más cuyos nombres ya no recuerdo. Creo que ahí se encontraba Jesús Ortega, pero no estoy muy seguro.

Aquí estamos haciendo el tonto en Tulum


Instalado el plantón, y aprovechando que yo trabajaba en una institución cultural ubicada en la avenida Madero, por donde también se instalaron las carpas, Jaime y yo las visitamos con frecuencia para conocer de primera mano la forma en que la gente vivía en ellas y cómo el ánimo se mantenía a pesar del paso del tiempo. Cuando Jaime llegaba, me hablaba por teléfono, yo bajaba a la calle y comenzábamos a caminar.

Dos años después, en 2008, "los historiadores" nos mudamos a vivir al centro, en la calle de Bolívar. Para Jaime fue una gran noticia, pues aprovechaba nuestro domicilio como base para escribir sus crónicas después de participar en alguna de las múltiples manifestaciones en contra del gobierno de Calderón. Yo le prestaba mi computadora y él, invariablemente, se quejaba de la mala luz que había en la habitación donde la tenía. Pero comenzaba a escribir y no paraba en, por lo menos, una hora. Así cubrió varias de las manifestaciones convocadas por el sindicato de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, cuya empresa fue liquidada por el infame borrachín de Calderón.

Ese mismo año Jaime me invitó a escribir un artículo en La Jornada sobre la historia del petróleo en México, como parte de la lucha contra los deseos privatizadores del gobierno del pelele. Así lo hice y el periódico publicó mi artículo bajo el singular título de "2000 años de chapopote". Cuando la ley privatizadora del petróleo llegó al Senado, la gente se organizó para bloquear las oficinas del órgano legislativo, en especial un grupo de valientes mujeres conocidas como "Las Adelitas", entre las que estaba Jesusa Rodríguez, gran amiga de Jaime. Como el Senado estaba a dos cuadras de mi casa, una vez más Jaime la tomó como base para descansar tras pasar todo el día en medio de la protesta, a la cual, desde luego, siempre que podía lo acompañaba yo.

Imitando a una garza (según él)

2009 trajo otra sorpresa de Jaime. La mamá de Judith vino a visitarnos desde Ciudad Juárez y, mientras la paseábamos, Jaime me habla por teléfono. "¿Qué van a hacer en la noche?", me preguntó. "No tenemos nada planeado, pero está aquí la mamá de Judith. ¿Por?". "Me invitaron a una reunión de masones y no quiero ir solo. ¿Se apuntan?". Tras preguntarle a Judith y a mi suegra, decidimos ir. Era la primera vez para los cuatro que veíamos una ceremonia de éstas y la verdad que fue muy interesante. Dos días después Jaime nos invitó a cenar a su casa en Mixcoac para agradecernos por acompañarlo, pues según me dijo entonces, no estaba seguro de si tan sólo lo habían invitado sus amigos por cortesía o si querían convertirlo en masón. En esa ocasión nos preparó su famoso pastel de carne del que se sentía muy orgulloso, pues también hay que decirlo, era un buen cocinero.

En 2010 Judith y yo nos fuimos a vivir a Nueva York por cuestión del trabajo de ella en la ONU. Judith se fue en mayo y yo me quedé en México hasta finales de julio. En esos meses, Jaime me buscó con mucha frecuencia para invitarme a tomar una copa. Aunque yo no era aficionado a los bares, en varias ocasiones acepté, más por cariño a él que por otra cosa. Al final me fui a Estados Unidos y en cuanto tuve teléfono, le pasé mi número.

Sin embargo, pasaron casi dos años sin que nos habláramos. Yo lo veía en Facebook, pero nada más. En abril de 2012, sin embargo, recibí un mensaje un poco raro. Era Jaime para avisarme que Paquita la del Barrio había fallecido. La noticia era falsa, desde luego, pero fue el camino que decidió tomar para reanudar el contacto con nosotros. ¡Así era Jaime!

Ese año había elecciones presidenciales y decidimos ir a México para votar y ver a nuestros amigos. Desde luego, Jaime fue uno de ellos, aunque para ser sinceros no recuerdo que hicimos en aquella ocasión.


Modelando en poses sensuales


Ese mismo año, ya de regreso en Nueva York, Judith y yo decidimos pasar las vacaciones decembrinas en Tulum, Quintana Roo. Sabíamos que Jaime se encontraba ahí en esas fechas en un pequeño hotel de playa propiedad de un buen amigo suyo, al que iba todos los años, así que le hablamos y de inmediato se contactó con su amigo para conseguirnos un precio más que excelente para poder quedarnos ahí. Tras agradecerle el gesto, le preguntamos en un mensaje de texto si quería que le lleváramos algo de Nueva York. Su respuesta llegó de inmediato: "unos sweet beans". "¿Qué?", le respondí. "Unos sweet beans", volvió a escribirme. Bueno. Yo no sabía de la existencia de ese tipo de frijoles, así que decidí investigar. Resulta que en Inglaterra son muy apreciados y forman parte de un típico desayuno inglés, con huevos y pan. Así que fuimos al supermercado y le compramos varias latas.

Al llegar a Tulum, nos recibió Jaime, junto con su hija Juncia y su sobrino Jerónimo. Cuando le dimos sus sweet beans la cara se le iluminó, pues no pensó que se los fuéramos a llevar. De inmediato dio sus instrucciones para que la mañana siguiente el cocinero del hotel, un hombre a quien Jaime se dirigía como "El Sargento", preparara huevos con sweet beans. Ese viaje fue memorable, pues fiel a su costumbre, Jaime nos hizo reír como locos.

No volvimos a saber de él en un par de años, fuera de lo que yo veía en internet o las noticias que nos daba Pedro Cote. En 2014 yo vine de nuevo a México, por motivos laborales, y de inmediato Jaime se puso en contacto conmigo. "Tenemos que platicar", me dijo. "Nos vemos en la tarde en el Museo Casa de la Memoria Indómita". Cuando llegué, estaba comenzando la presentación de una exposición sobre los desaparecidos en México por la absurda guerra contra el narco desatada por Calderón y continuada por el infame Peña Nieto. Al acabar el evento, nos fuimos a tomar un café y entonces Jaime me dijo muy tranquilo: "Le hablé de ti a Andrés Manuel y te quiere conocer. Está preparando un nuevo libro sobre historia de Tabasco y yo le dije que tu eras historiador y podías ayudarle revisando el texto." No podía creerlo. Ya en una ocasión Jaime me lo había presentado, pero ahora se trataba de trabajar con él. Yo estaba feliz.

Una semana después nos encontrábamos en la sede de Morena en la colonia Roma y ahí lo conocí en privado. Esto me sirvió para corroborar la excelente opinión que tengo de nuestro presidente electo. Nos veíamos una vez a la semana, los tres juntos, y ahí yo le enseñaba las precisiones o adiciones que había hecho al texto (que en realidad no fueron muchas pues Andrés conoce muy bien la historia de su estado) y siempre me escuchaba con respeto y defendía los cambios propuestos que no le parecían adecuados. Trabajamos en el libro por dos meses hasta que, ya casi concluido, decidí regresar a Nueva York.

En esa misma estancia en mi ciudad natal, un día Jaime me habló para invitarme a un evento un tanto extraño: una degustación para periodistas organizada por un chef que acababa de abrir su restorán en la Condesa. A Jaime le avisó un conocido y decidió hacerse pasar por corresponsal de La Jornada para acudir al banquete gratuito. Para variar, llegamos tarde. Sin embargo, el chef nos recibió y nos obsequió con una cena deliciosa negándose por completo a cobrarnos. Correspondimos el gesto con una jugosa propina para el mesero. Entonces el chef se acercó a nosotros y nos dijo que había reconocido a Jaime de inmediato y que, aunque sabía que ya no estaba en La Jornada, había decidido compartir con él sus platillos por la admiración que le tenía. Jaime se puso rojo por la vergüenza de haber sido descubierto en su pequeña trampa pero le agradeció al chef con un fuerte abrazo. Esa era otra de las cosas que me agradaban de Jaime: cuando caminabas con él por la calle siempre se le acercaban muchas personas a saludarlo, en especial lectores de su columna, y él, aunque no los conociera, aceptaba los saludos y decía algunas palabras amables.

Cuando decidimos regresar a México para no volver más a la ciudad de los rascacielos, Pedro Cote organizó una cena de bienvenida en su casa a la que nos invitó a nosotros y a Jaime. El reencuentro fue muy cariñoso, aunque en esos momentos Jaime pasaba más tiempo en Guadalajara que en México por motivos de su revista digital Polemón.

Por ese motivo nos pudimos ver en muy pocas ocasiones. Sin embargo, por whatsapp el contacto era frecuente. Y fue así como de repente nos llegó la noticia. Pedro me avisó. Judith estaba en Ciudad Juárez visitando a su familia. "Jaime está muy grave en el hospital Ángeles, lo van a operar". En ese momento no supo decirme que tenía. Así que sin pensarlo me fui al hospital. Ahí me encontré a Juncia y a Julio, sus hijos, solos en la sala de espera, quienes me informaron con más detalle. A Jaime lo operarían del cerebro. Ese día no pude verlo, pero al siguiente sí. Desde entonces, cada que podía me iba al hospital a verlo. Primero al Ángeles, luego a Cancerología y por último a casa de su mamá.

En una de sus visitas a nuestra casa en el Centro de la Ciudad de México, disfrazados de "chinos" (según nosotros)

Aunque se veía que su salud decaía a pasos agigantados, Jaime seguía como siempre: ocurrente, combativo y deseoso de escribir un texto para su revista Polemón. Dos días antes de su muerte lo pude ver en el Instituto Nacional de Cancerología, gracias a que logré colarme, pues las visitas estaban muy restringidas. Fue su hermano Carlos quien me facilitó el pase. El 8 de agosto a las 6:30 de la mañana, mientras caminaba hacia el colegio en el que doy clases de historia, me llegó el mensaje de Juncia. Jaime acababa de fallecer.

Me dolió mucho. Desde entonces extraño al amigo. Extraño al que me hacía reír y me contagiaba su fe en la lucha por lograr el triunfo y acabar con el mal gobierno en México. Esto lo digo porque en más de una ocasión, después de más de treinta años de luchar sin ver ningún cambio, llegué a desesperar y pensé en tirar la toalla, pero Jaime me regañaba y me convencía de que aun había esperanza.

Yo se que a muchos no les va a agradar lo siguiente pero es lo que pienso. Al igual que yo, Jaime era ateo. Al igual que yo, por lo mismo, no creía en ninguna de esas tontería de la vida eterna. En una ocasión me lo dijo con todas sus palabras: "Cuando te mueres, te mueres y ya. No hay nada. No queda tu espíritu ni nada de esas cosas. Sólo tu recuerdo". Por eso yo, en lo personal, es una cuenta pendiente que le tengo a Calderón y Peña Nieto. Por su culpa, mi amigo no pudo ver el triunfo de su querido Andrés Manuel. Le arrebataron a la mala ese gusto, por el cual luchó muchos años, y yo jamás se los perdonaré.

Cuando murió, Andrés Manuel López Obrador, a quien volví a ver en el velorio y con el cual pude platicar largamente sobre nuestro amigo en común, dijo que Jaime fue "símbolo de la prensa independiente, apasionado y rebelde, defensor de causas justas". Una excelente descripción del mejor cronista que ha tenido México en los tiempos recientes.

Se que tu espíritu, como tu cuerpo, ya no está, pero a tu recuerdo le envío muy seguido un abrazo muy grande, mi querido Jaime.


viernes, 18 de septiembre de 2015

LA TRAGEDIA VUELTA TERREMOTO

El 19 de septiembre de 1985 es una fecha que todos los chilangos de más de 30 años jamás olvidaremos. Ese día fue el famoso terremoto que destruyó varias zonas céntricas de la capital. Narrar el terremoto en sí no tiene mucho caso, pues mañana que se celebra el 30 aniversario van a disponer de mucho material y de muchos análisis. Por ello, prefiero contar lo que yo vi, lo que me tocó vivir y las conclusiones que yo saqué.

En aquel entonces yo tenía 14 años y cursaba el segundo año de Secundaria en una escuela situada en Tlalpan, al sur de la ciudad. Mi papá era médico cardiólogo del ISSSTE (para los lectores que no son mexicanos, es la Seguridad Social para los Trabajadores del Gobierno) y mi mamá era ama de casa.

Al momento del temblor, yo estaba en la sala de la casa leyendo mientras esperaba a que pasara por mí la mamá de mi mejor amigo con el que hacíamos ronda para ir al colegio. Desde luego que me asusté, ya que fue mi primer temblor fuerte. Pocos minutos después, llegaron por mí y nos dirigimos al colegio. En el camino el tema de conversación fue el temblor, como no podía ser de otra forma. A pesar de que por el rumbo en que vivíamos y estudiábamos no ocurrió nada, al escuchar la radio del coche (si, los coches traían radio y había que buscar manualmente las estaciones) nos enteramos que en el centro de la ciudad y las zonas aledañas los daños habían sido muchos. Mi preocupación aumentó al escuchar que la colonia Roma era una de las más afectadas, pues ahí vivía mi abuela paterna y unos tíos.

Al llegar al colegio nos dijeron que las clases se habían suspendido a causa de lo ocurrido, así que nos regresamos a casa. Una vez allí, comenzamos a seguir las noticias como podíamos, pues la televisión no funcionaba bien debido a que se habían caído varias torres de transmisiones y la torre de noticieros de Televisa, la principal empresa televisiva del país, y en aquellos momentos la única privada a nivel nacional. Mi papá llegó hasta la noche. Fue la primera vez que lo vi llorar.

A él el temblor lo encontró en misa. Siempre iba a misa antes de dirigirse al hospital en el que trabajaba, el 20 de Noviembre, en la colonia del Valle. Como por esa zona no hubo derrumbes, pensó que todo estaba bien, así que se dirigió al hospital. Cuando estaba llegando, recibió una llamada de mi mamá. Aun no existían los celulares, así que conseguir que esa llamada entrara al hospital en momentos en que las líneas comenzaban a saturarse y que la secretaria consiguiera encontrar a mi papá en unos momentos en que las noticias del desastre estaban comenzando a llegar, fue realmente increíble. Mi mamá le informó que había hablado con mi abuela en la colonia Roma y que las cosas estaban muy mal. La casa estaba muy dañada y mi abuela estaba muy asustada. Uno de mis tíos había intentado ir por ella pero no había podido llegar. Así que mi papá tomó una ambulancia del hospital y se dirigió hacia allá. Con la ambulancia consiguió abrirse paso y llegar a la casa de mi abuela en la avenida Álvaro Obregón. La sacó de allí tan sólo con una pequeña maleta y después fue por su hermana, mi tía, que vivía a la vuelta de la esquina y también la sacó de allí junto con su esposo. Después de dejarlos en lugar seguro en casa de otra de mis tías al sur de la ciudad, regresó a la zona del desastre para ayudar. Entre otras cosas, le tocó ir a un CONALEP que se había derrumbado y le tuvo que amputar la pierna a un chavo, sin anestesia, para poder sacarlo de entre los escombros. Fue algo que le afectó mucho.

Resultado de imagen para temblor del 85


A partir de ahí, la familia entera se movilizó. Mi papá se iba todas las mañanas a prestar sus servicios médicos en la zona de desastre mientras mi mamá, mis hermanos y yo, preparábamos comida para los damnificados y para los socorristas. Primero íbamos a una tienda CONASUPO que estaba a la vuelta de la casa y comprábamos costales enteros de bolillos, además de cajeta, mermelada, frijoles, arroz y otras cosas para rellenar los bolillos. Ya en casa, preparábamos las tortas junto con mis primos y algunos amigos (Felipe se acuerda muy bien de ello), llenábamos botellas de agua (aun no se vendía el "agua purificada" como ahora, pero mi mamá tenía un filtro de agua en la cocina) y luego nos íbamos a repartir la comida. A veces la dejábamos en colegios convertidos en centros temporales de distribución y a veces nos íbamos directamente a las zonas del desastre, acercándonos lo más que podíamos, y ahí mismo repartíamos nuestro cargamento. Eso fue todos los días durante, por lo menos que yo recuerde, dos semanas. Recorrer la zonas dañadas, ver los edificios caídos, a los voluntarios sacando sobrevivientes o muertos de entre los escombros, es algo que me marcó de por vida. Son escenas que difícilmente se pueden olvidar.

Todos los días veíamos por la televisión escenas de heroísmo por parte de los socorristas, escuchábamos noticias trágicas por la muerte de miles de personas y noticias increíbles del rescate de otras más. A mí especialmente me impactó la noticia de los bebés recién nacidos que fueron encontrados con vida entre los escombros del Hospital Juárez, mientras que sus madres, las enfermeras y los médicos, habían muerto. Aun me estremezco al recordarlo. De hecho, por muchos años yo seguí llorando cada vez que veía imágenes del terremoto. Y recuerdo también el terror que sentimos cuando ocurrió la primera réplica fuerte un día después. Tontamente nos refugiamos bajo los marcos de las puertas, pero es que en aquellos momentos aun no había en la capital manuales de que hacer en caso de desastre.

La casa de mi abuela sufrió severos daños. Se trata de una casa construida a principios del siglo XX, a finales del porfiriato (actualmente está catalogada como parte del Patrimonio Artístico de la ciudad) por mi bisabuelo. Ahí creció mi abuelo, ahí se casó, ahí nacieron y crecieron mi papá y sus hermanos, ahí vivió mi abuela desde que se casó con mi abuelo. Ahí murió mi abuelo y mi tía abuela. ¡Qué más les puedo decir! Mi abuelo había comprado un pedazo de arcada de un patio de una casa colonial del Centro Histórico cuando la iban a derribar y lo puso en el patio de su casa. Ese arco se vino abajo con el temblor. Yo recuerdo haber ido a la casa en cuanto se permitió el paso a esa zona. Estaba completamente inclinada y las paredes tenían grandes grietas. Enfrente de la casa había un edificio donde se encontraba una tienda de electrodomésticos MABE. No recuerdo el número exacto de pisos que tenía pero me parece que eran más de siete. El edificio entero se desplomó y a mi abuela le tocó verlo. Y desde luego no fue el único edificio que se cayó en esa cuadra. Ella nunca pudo volver a su casa, pues las obras de reconstrucción, llevadas a cabo por otro de mis tíos que es arquitecto, fueron muy lentas debido a la gravedad de los daños. Mi abuela murió menos de un año después a causa de varios infartos.

A pesar del tamaño del desastre, el entonces presidente Miguel de la Madrid tardó más de 36 horas en dirigir un mensaje a la nación y cuando finalmente lo hizo fue para decir que México no necesitaba de ayuda extranjera pues éramos autosuficientes para solventar el desastre. ¡Imbécil! Recuerdo también que se organizó una visita del presidente y del entonces Regente de la Ciudad (lo que ahora es el Jefe de Gobierno) a la zona de desastre y para ello se ordenó suspender el trabajo de los socorristas y de los voluntarios por el trayecto que los funcionarios iban a recorrer para que no les importunaran con exigencias de ayuda. ¡Doblemente imbéciles!

En realidad, fue el pueblo mexicano el que salió adelante, pues las autoridades, en su inmensa mayoría se mostraron completamente lejanas al sufrimiento de la gente y tan sólo buscaron, como decimos en México, sacar raja política del asunto, ayudando a quienes aceptaran vender su voto. El terremoto dejó completamente desnudo al sistema político mexicano. Nunca como entonces se había visto tan claro el abismo que separaba al pueblo de su gobierno. Y para colmo, como siempre ocurre, una vez pasado el desastre, los damnificados comenzaron a sufrir del olvido, tanto del gobierno como de sus paisanos. Hubo campamentos de refugiados, entre ellos uno situado a un costado de la Alameda, en pleno centro de la ciudad, que permanecieron sin cambios por más de 20 años, sin que llegaran jamás las ayudas prometidas por el gobierno. ¡Triplemente imbéciles!

Es cierto que en muchas zonas, una vez terminados los trabajos de rescate se iniciaron los de demolición y retiro de escombros, así como la construcción de nuevos edificios, pero hubo otras que permanecieron en ruinas por muchos años. Como resultado de ello, muchas colonias fueron abandonadas casi en su totalidad por sus habitantes, como el Centro, Tlatelolco, la Roma y la Juárez, entre otras más. En ellas el valor inmobiliario se desplomó y apenas hace unos años (no más de diez) han comenzado a recuperarse.

Los habitantes de la ciudad de México nunca olvidaron el desprecio de sus gobernantes. Tres años después hubo elecciones y en la capital perdieron los candidatos del PRI, el partido en el gobierno. Al senado llegaron miembros de la corriente de izquierda recién fundada por Cuauhtemoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo. Y cuando se celebraron las primeras elecciones para Jefe de Gobierno de la ciudad (antes el puesto de Regente lo ocupaba una persona nombrada directamente por el presidente), el PRD ganó de calle. Apenas en las últimas elecciones, celebradas en este 2015, el PRI ha recuperado algo del terreno perdido en la capital, aprovechando sobre todo que muchos de los nuevos votantes son jóvenes que no vivieron el temblor del 85.

Para terminar, quiero comentar algo más. A pesar de todas nuestras desgracias, los mexicanos no perdemos el buen humor. Aun se estaban rescatando sobrevivientes cuando comenzaron a aparecer los chistes. Me acuerdo de uno que decía lo siguiente: "¿Porqué los del Centro no invitaron a los de San Juanico a su movida? Pues porque ellos no los invitaron a su reventón." Explico el contexto: un año antes había ocurrido una terrible explosión de gas en una planta de almacenamiento de PEMEX en San Juan Ixhuatepec (conocido como San Juanico), en Tlalnepantla, uno de los municipios mexiquenses que ya forman parte de la ciudad de México. Hubo cientos de muertos. Con lo de "movida" se referían al terremoto y con lo de "reventón" a la explosión de gas. Es un chiste cruel, pero fue muy popular en su momento. Otro chiste decía que a la ciudad de México se le llamaba "la dona", pues ya no tenía centro.

En fin. Cada quien tiene sus recuerdos. Esos son los míos y hoy se los quiero compartir.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

LAS FIESTAS PATRIAS

15 de septiembre. Este día los mexicanos solíamos celebrar el aniversario de nuestra independencia. Y digo decíamos porque desde hace ya muchos años no hay nada que celebrar. Cuando yo era joven todavía se llenaba el Zócalo de la ciudad de México por gente que iba genuinamente a echar desmadre, a aventar huevos con confeti, a dar el Grito junto con el presidente, sin importar lo impopular que fuera éste. Ese día todo se olvidaba. Había que celebrar. En cada plaza del país ocurría lo mismo.

Pero desde la trágica época de Felipe Calderón, eso se acabó. La gente dejó de acudir al Zócalo capitalino y el gobierno comenzó a llenarlo con acarreados. Calderón lo llenaba con soldados y sus familias. Peña Nieto lo llena con burócratas. Y lo sé porque viví varios años en el centro, a tres cuadras del Zócalo. Así que lo vi, por lo que pido que no me contradigan.

La ceremonia del Grito se ha convertido en una farsa. El Presidente finge que todo está bien, los medios de comunicación le hacen segunda y algunos burócratas acarreados desde el Estado de México bajo la amenaza del despido u otras sanciones administrativas, fingen que están disfrutando de la fiesta. Pero la fiesta hace tiempo que se acabó.

Aun recuerdo cuando la entrada al Zócalo era libre. Podías ir con tus banderas, tu confeti, tu sombrero (entre más grande mejor), tus bigotes falsos y, lo mejor de todo, con tu familia y tus cuates. Ahora hay policías por todos lados que te revisan hasta las calzones antes de entrar. Catean hasta a los niños. Todo está prohibido: los palos de las banderas, los paraguas, los huevos con confeti,... Hay francotiradores en las azoteas de los edificios que rodean al Zócalo, y en el colmo de la ignominia, este año cercaron la plaza con una barda de metal como si fuera una especie de corral. ¡Y todavía pretenden hacernos creer que todo está bien!

¿Cómo va a estar todo bien si el gobierno le teme tanto al pueblo? Por que es evidente que México ya no quiere a su gobierno. Y no caigamos en la trampa de creer que sólo es Peña Nieto. No. México ya no quiere a su presidente, a su Congreso, a su Suprema Corte de Justicia, a sus gobernadores, a sus presidentes municipales, a sus Congresos locales, a sus policías, a sus soldados, a sus partidos políticos, a sus líderes sindicales, a sus medios de comunicación vendidos, a sus empresarios corruptos (si me falta alguien más pido disculpas, son tantos que uno pierde la cuenta).

Desgraciadamente, no lograremos un cambio real mientras permanezcamos divididos. Por eso el gobierno se empeña tanto en dividirnos. No atiende las quejas ciudadanas, obligando a los grupos que las presentan a manifestarse, sabiendo que eso va a provocar el rechazo de otro sector de la población. Los medios de comunicación se encargan de destruir con sus comentarios a todos aquellos que se oponen genuinamente al gobierno. Los partidos políticos "de oposición" fingen interés para que aun creamos que son de oposición. Y mientras tanto al país se lo está llevando la chingada.

En otra de sus burradas, Peña Nieto dijo en cierta ocasión que la corrupción en México era algo cultural. Pues no, señor, es algo institucional. Si un policía me detiene en la calle, le doy mordida por dos razones: por que sé que la va a aceptar y por que sé que si me lleva ante el Ministerio Público, en la mayoría de los casos sin haber hecho nada, me va a ir peor. ¿Eso es cultural? En el juzgado hay que darle dinero al juez porque si nuestra contraparte ya le dio, pues ya valimos. Vaya, hasta hay que darle dinero al de las copias para que te dé las copias de tu expediente por las que ya pagaste.Y así nos podemos seguir con miles de ejemplos. Pero lo peor es la impunidad, el ver que se castiga a unos pocos funcionarios menores, que se sanciona al policía de la calle pero no al jefe que le exige una cuota diaria de mordidas.

De la crisis económica mejor ni hablamos. Yo tengo 44 años y soy generación de crisis. Desde que nací he escuchado que el país está en crisis. Y todas las generaciones que vinieron tras de mí están igual. El número de pobres aumenta día con día. ¡Pero tenemos al hombre más rico del mundo (a ratos) y a otros más en la "prestigiosa" lista Forbes!

Y para colmo, ahora la violencia. El narcotráfico desatado, el gobierno coludido con él, el ejército y la policía a su servicio, y los ciudadanos en el medio, poniendo los muertos y viviendo en el terror. Pueblos abandonados, refugiados por todos lados, familias fragmentadas, asesinatos todos los días, secuestros, desapariciones, extorsiones,...

Yo por eso decidí quedarme en mi casa el 15 en la noche. Y eso que ya no vivo en México. Me quedo por que ya me cansé de luchar. Me cansé de luchar contra un sistema tan cínico y contra un pueblo tan agachado. Por años estuve en las calles apoyando diferentes causas, la mayoría de las cuales acabaron por decepcionarme. Me manifesté y grité mueras a más de un presidente. Apoyé al PSUM y al PRD, a los Zapatistas y al Sindicato de Electricistas, a los maestros y hasta a los 400 pueblos, entre otros grupos más. Pero me cansé. No tiene caso luchar mientras México siga tan dividido, mientras el interés personal sea lo único que nos importe, mientras la mayoría permanezca indiferente, quejándose en privado pero callándose en público, resignándose a su suerte.

Y ya no digo más para evitar que me salga una úlcera. Si van a celebrar, les deseo que tengan un bonito festejo, aunque no entienda su celebración.



martes, 7 de julio de 2015

¿DE DÓNDE DICES QUE ERES? LOS NOMBRES MÁS RAROS PARA ALGUNOS PUEBLOS

Cuando uno viaja, en ocasiones se encuentra con algunos pueblos que parecen sacados de un chiste. Yo no sé quién es el gracioso que elige los nombres para ciertos lugares, pero no cabe duda que es una persona con muy buen sentido del humor, aunque en ocasiones parece que tuvo un mal día.



¿Ter imaginas que te manden a La Chingada? No te preocupes, no es tan lejos. De hecho, puedes escoger entre el municipio de San Miguel de Allende, Guanajuato, o el municipio de San Gabriel, en Jalisco, a dos horas de Guadalajara. Ahora que si quieres conocer algunos otros lugares curiosos, te puedes ir a La Nalga de Ventura, en Guanajuato, a Está Cabrón, en Veracruz, o a La Verija o Las Tetillas en Michoacán.

Ya con un espíritu más aventurero, te puedes ir Nuevo Hawai, en Zacatecas, The Flowers Games, en Jalisco, Honey, en Puebla, o presumir que estuviste en San Antonio Texas aunque no hayas pasado de Guanajuato, o en Buckhingam, sin salir de Nayarit. Lo que si te recomiendo es que no visites Salsipuedes, en Guerrero, El Chingadazo, en Tamaulipas o Temama en el Estado de México.

Si eres muy fresa, tampoco es bueno que conozcas a alguien de Naco, Sonora o que vayas a Cabo Corrientes, Jalisco. Ahora que ya entrados en gastos, ¿te gustaría conocer Pitorreal (Chihuahua), Lengua de Buey (Baja California Sur), La Ciudad (Durango), ¡Válgame Dios! (Sinaloa), Mocorito (Sinaloa) o Cacaloapan (Puebla)?

Pero no sólo en México ocurre este fenómeno. A nivel internacional hay algunos lugares que de verdad se llevan la medalla de oro, aunque algunos realmente sin saberlo, pues en su idioma el nombre no suena igual que en español. Es el caso de Kagar, en Alemania, que para colmo está cerca del pueblo de Repente, por lo que es posible ir de Repente a Kagar, pero sin llegar a Kagarsee, el lago que está cerca de Kagar.



De la misma forma, Italia tiene a Bastardo, la isla de Mauricio a Cargados Carajos, Rusia a Vagina, Gales a Golfa, Francia a Condom, Canadá a Dildo y a Zorra, Australia a Warra, Austria a Pölla y a Fucking, Azerbaiyán a Puta, y Estados Unidos a Joder, a Vergas y a No Name. Ah, y Chile tiene a Peor es Nada.

Y para colmo, en el letrero de abajo se puede leer: "Por favor, no tan rápido"

España es otro lugar que tiene lo suyo. ¿Qué te parecería conocer a Parderrubias, el Purgatorio, Los Infiernos, Feas, Peleas de Arriba, Peleas de Abajo, Las Machorras, Alcantarilla, Moscas del Páramo, Contamina, Triste o Correpoco?

Ahora que para nombrecitos, quien se lleva definitivamente el primer lugar es aquel pequeño pueblo de Nueva Zelanda que se llama, nada más y nada menos que:





¡A ver, díganlo de corrido! Y sin equivocarse.



lunes, 1 de junio de 2015

S.M. NORTON I, EMPERADOR DE LOS ESTADOS UNIDOS

Los Estados Unidos fueron la primera República del continente americano y la primera República moderna del mundo. Desde que comenzaron su lucha independentista hicieron suyos los principios de la Ilustración: división de poderes, tolerancia religiosa, soberanía popular. Sorprendieron al mundo cuando, en vez de un rey, eligieron a un presidente. Y una vez que sus vecinas hispanoamericanas se independizaron, siguieron de inmediato su ejemplo, convirtiéndose en repúblicas con la sola excepción de Brasil, del que hablaremos en otra ocasión.

Y desde entonces, los Estados Unidos de América han transitado por la democracia y el republicanismo sin sobresalto alguno, con la única excepción de su Guerra Civil. Esto ha sido así, ¿o no? Pues no. Resulta que los Estados Unidos tuvieron también un emperador: Su Majestad Norton I.

Bueno, en realidad se trataba de un sujeto medio loco (o loco y medio) que se proclamó emperador y fue la delicia de sus vecinos por lo estrafalario de su conducta.

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Norton I

Su verdadero nombre era Joshua Abraham Norton. Nació en Inglaterra entre 1814 y 1815, y a los dos años su familia emigró a Sudáfrica. Ahí permaneció hasta 1849, cuando aprovechó la herencia de 40,000 dólares (una auténtica fortuna en aquella época) que le dejara su padre para trasladarse a San Francisco. Hábil negociante, en cuatro años había amasado una fortuna de más de 250 mil dólares, pero entonces la codicia lo segó. Especuló con el arroz aprovechando la escasez provocada por la disminución de las importaciones provenientes de China. Compró todo el existente en la ciudad y consiguió que su precio aumentara de forma considerable. Sin embargo, sumamente codicioso, se negó a vender esperando a que el precio subiera más. Y entonces vino el desastre. Un grupo de barcos con arroz del Perú llegaron al puerto de San Francisco y su negocio se vino abajo. El precio se volvió a desplomar y perdió toda su fortuna. Se declaró en bancarrota y un juez ordenó el embargo de todas sus propiedades. Abatido, en 1857 desapareció de la ciudad. Parecía que se trataba de un especulador fracasado más, tipo de persona que abundaba en aquella época. Pero de repente, Norton volvió.

El 17 de septiembre de 1859 envió una carta a los principales periódicos de la ciudad en la que anunciaba su proclamación como emperador de los Estados Unidos y protector de México, convocaba a los Estados del país a que enviaran representantes a San Francisco para formar un nuevo Congreso, disolviendo el que estaba en Washington. Los periódicos inmediatamente se lo tomaron a broma y comprendieron que era una historia a la que le podían sacar mucho provecho.

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Su reinado duró 21 años, hasta su muerte en 1880. Publicó un sinfín de decretos de todo tipo, hizo nombramientos cortesanos y diplomáticos, escribió cartas a sus "primos" reales de Europa (los reyes europeos tenían la costumbre de llamarse primos cuando se escribían cartas, lo que no era algo extraño teniendo en cuenta la costumbre milenaria de casarse entre ellos) y se volvió un personaje muy popular.

Gustaba de recorrer sus dominios, paseando por las calles acompañado de dos perros callejeros a los que adoptó y que se volvieron tan célebres como él: Bummer y Lazarus. Cuando Bummer murió, Mark Twain se encargó de escribir su epitafio: "murió con muchísimos años y muchísimo honor, enfermedades y pulgas". La gente lo saludaba llamándole "Su Majestad", los dueños de restaurantes le servían comida gratis porque su presencia atraía clientes al local, los dueños de comercios le rendían pleitesía y organizaban banquetes en su honor.

Cuando estalló la Guerra Civil en 1861, ordenó de inmediato el cese al fuego y la comparecencia de Abraham Lincoln y Jefferson Davis (presidente de los Estados Confederados del Sur) ante su corte para explicarle los motivos de la guerra. Asimismo, ordenó la disolución de los partidos Republicano y Demócrata por considerar que le hacían mucho daño a la nación.

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Impuso un impuesto de 25 centavos semanales al comercio local y de tres dólares a los bancos para financiar su corte y muchos tenderos y banqueros lo pagaban con gusto e inclusive le enviaban regalos por su cumpleaños. El Palacio Imperial se estableció en un viejo edificio de departamentos situado en el 642 de Commercial Street.

Todos los teatros le tenían reservado un palco, y cuando él entraba, todos los asistentes se ponían respetuosamente de pie en absoluto silencio, como señal de respeto. Cuando se negaron a servirle una comida gratis en un tren, ordenó la expropiación de la compañía. Ésta se disculpó públicamente y le ofreció un pasaje vitalicio. ¡No le iba nada mal en su locura!

Se dice que en una ocasión utilizó su influencia para impedir el linchamiento de un grupo de inmigrantes chinos, algo usual en aquella época. El uniforme militar que utilizaba había sido un obsequio de los empleados de Correos y cuando con el paso de los años éste estuvo deslucido y harapiento, Norton dictó de inmediato una proclama: "Sabed que yo, Norton I, tengo varias quejas contra mis vasallos, considerando que mi imperial guardarropa constituye una desgracia nacional". Al día siguiente el ayuntamiento aprobó una subvención especial para comprarle un nuevo uniforme, por lo que el emperador los premió con un título de nobleza para cada uno de sus miembros.

¡Inclusive llegó a emitir su propia moneda que los comerciantes de San Francisco le aceptaban como pago! Claro que sólo a él. Si cualquier otra persona pretendía pagar con esos billetes era mandada a volar. También ordenó la construcción de un puente sobre la bahía de San Francisco, decreto visionario que se llevaría a cabo tiempo después de su muerte: se trata del famoso Golden Gate.

Billete de diez dólares del emperador Norton

En cierta ocasión un jefe de policía oriundo de Los Ángeles, y que no lo conocía, lo detuvo acusándolo de vagancia y lo encerró en la cárcel municipal. Entonces se desató una verdadera revuelta popular, lo que obligó a éste a liberarlo ofreciendo una disculpa. Norton I, amable y magnánimo, le concedió el perdón imperial. A partir de ese momento, todos los policías lo saludaban cuando se cruzaban con él por la calle, quitándose el casco en señal de respeto. ¡Era todo un personaje!

El 8 de enero de 1880 falleció a causa de un ataque de apoplejía cuando se dirigía a una conferencia en la Academia de Ciencias de San Francisco. Su entierro fue multitudinario y se le rindieron grandes honores. Acudieron más de 30 mil personas de las 100 mil que tenía la ciudad. Como no tenía dinero iba a ser enterrado en un ataúd sencillo, pero el Pacific Club (un club de ricos empresarios) pagó un ataúd de madera fina y la ciudad organizó un entierro de primera clase.

Todos los periódicos de la ciudad publicaron la noticia con gran respeto. Incluso uno de ellos publicó lo siguiente: "El Emperador Norton no mató a nadie, no robó a nadie, no se apoderó de la patria de nadie. De la mayoría de sus colegas no se puede decir lo mismo."

En su humilde vivienda se encontraron monedas por un total de 10 dólares, un sable oxidado, distintos tipos de sombreros y tocados, un cuadro de Napoléon y otro de la Reina Victoria de Inglaterra, cartas dirigidas a ésta misma y telegramas falsos de distintos monarcas europeos felicitándole por su próxima boda con ella. Drury, uno de sus biógrafos, cuenta la siguiente historia: Parece ser que Norton le contaba a un conocido que realmente no era hijo de sus padres sino de la casa real francesa y que sus padres le habían entregado a los Norton para salvarle de unos asesinos. Cuando el interlocutor le dijo que eso era de locos, contestó "de esos hay muchos". Cuando un reportero le preguntó si era judío contestó "¿cómo voy a serlo si soy un pariente cercano de los Borbones y todo el mundo sabe que no son judíos?".

Su tumba en el Woodlawn Cementery

Su personaje quedó inmortalizado en obras de Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Selma Lagerlöf, René Goscinny y otros más, y hasta salió en la serie de televisión Bonanza.

Cuando se cumplieron cien años de su muerte, en 1980, hubo muchas ceremonias en su honor. Inclusive un grupo de personas propuso que se le cambiara el nombre al Golden Gate por el de Emperor Norton Bridge.

Lucky Luke, por René Goscinny

Y esa fue la historia del primer y único emperador de los Estados Unidos de América. ¡Ah!, y protector de México.