martes, 16 de junio de 2015

EL SECRETO DE DANGLARS (1a PARTE)

En el siglo XIX se pusieron de moda las "novelas por entregas", también llamadas "folletines". Los periódicos de la época publicaban de forma semanal una novela dividida en varias partes, de forma que la novela completa se podía leer en un lapso de varios meses. Si ésta gustaba al público, lo que se medía con el aumento en las ventas del periódico, entonces se publicaba en forma de libro. Así es como dieron a conocer sus novelas algunos de los más grandes literatos de la época, como Víctor Hugo (Los Miserables), Alejandro Dumas (Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo), Honoré de Balzac (Comedia Humana), Gustave Flaubert (Madame Bovary), Fiódor Dostoyevski (Los hermanos Karámazov y Crimen y Castigo), Leo Tolstoi (La Guerra y la Paz), Emilio Salgari (Sandokán), Carlo Collodi (Pinocho), Robert Louis Stevenson (La isla del tesoro), además de Charles Dickens y Benito Pérez Galdós, por mencionar algunos. Desde luego hubo muchos más que no trascendieron debido a la mala calidad de sus novelas. Espero que no sea mi caso.

Recordando esa época, quiero compartir con ustedes una novela que escribí hace tiempo y que aun no se ha publicado. Dependiendo de sus comentarios, lo haré o no. El título es El secreto de Danglars, y es una crítica a la guerra y a sus consecuencias, una novela de traiciones, engaños y amistades rotas. Espero la disfruten Y ME LO HAGAN SABER.

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PREÁMBULO

Rusia, diciembre de 1812. Después de la sangrienta derrota de Vilna, los soldados francesas huyen de forma desordenada hacia Kovno, escapando de las tropas rusas que los persiguen. El desastre es total. Los orgullosos ejércitos que habían cruzado el río Niemen en junio de aquel año, pensando en una fácil conquista, ahora llegaban a ese mismo río en medio de una caótica retirada, agravada por el intenso frío del invierno y la incesante persecución de los cosacos, osados jinetes provenientes de las estepas del Cáucaso.
En un pequeño claro, en medio de un bosque, se puede observar una fogata ardiendo. Alumbrado por ella, cerca de un tronco tirado, aparece el cuerpo de un hombre, aparentemente sin vida. Por el uniforme que porta, podemos saber que se trata de un capitán de la Guardia Imperial. Otro hombre, con un uniforme parecido y las mismas insignias de capitán, sale en ese momento de entre los árboles y se acerca al cuerpo inerte del que parece ser su compañero. Al llegar a su lado, comprueba que éste aún respira. Tras examinarlo con más detalle, descubre una pequeña herida de bala en un costado que, sin embargo, le ha hecho perder mucha sangre. Sacando un pañuelo de uno de sus bolsillos, el hombre procede a aplicar un improvisado vendaje en la herida del otro. Después de ello, lo levanta sobre sus hombros y comienza a caminar, perdiéndose entre los árboles que los rodean. Al pasar frente a la hoguera, la claridad del fuego permite observar un breve esbozo de sonrisa en los labios del segundo hombre.
Dos días después, por la noche, el primer hombre ha recobrado el conocimiento y, aunque débil aun, comienza a platicar con su salvador.
       - ¿Qué ha sucedido, Eugene? ¿Dónde están los demás?
     - Tranquilo, Jean Baptiste. Será mejor que no te excites, pues aún estás muy débil. Durante el ataque de los cosacos, caíste herido y todos te dimos por muerto. También murió Blancard. Tuvimos que huir, pero un nuevo ataque nos obligó a dispersarnos. Empecé a caminar y, sin saber cómo, me encontré de nuevo en el campamento, abandonado ya por nuestros enemigos. Entonces, gracias al fuego de la hoguera que aún ardía al centro, distinguí tu cuerpo tirado junto a un tronco, y al acercarme a ti pude ver que seguías respirando, por lo que decidí sacarte de allí ante el miedo de que los cosacos regresaran de nuevo. Después de vendar tu herida, te eché en mis hombros y nos fuimos. Eso fue hace dos días y desde entonces, hemos estando vagando por este bosque. De los demás, no he vuelto a saber nada, pues como te dije, después del segundo ataque nos dispersamos y yo quedé solo.
     - Gracias, Eugene. Te debo la vida.
     - No me debes nada, Jean. ¿Acaso no somos amigos? ¡Tú hubieras hecho lo mismo por mí, a pesar de lo que ocurrió el otro día! Ahora, será mejor que duermas, pues mañana debemos continuar en busca de nuestras columnas.
       - No sé si lo hubiera hecho, Eugene. Después de lo que pasó…
       - Lo sé. Y créeme que estoy muy arrepentido. Me dejé llevar por la emoción. Nunca debí apoyar a Blancard. ¡Debí estar contigo! Tú tenías razón. Una cosa era apoderarnos de ese dinero, a fin de cuentas botín de guerra, y en cuanto a lo demás…
      Al escuchar eso, el herido sonrío. Le alegraba saber que su amigo se había dado cuenta por fin de su error. Ya luego discutirían sobre ese penoso asunto y tomarían una decisión.
    Un día después, el soldado herido puede ya caminar, aunque torpemente, con la ayuda de una rústica muleta fabricada por su amigo con la rama de un árbol. Esa misma tarde, los dos hombres consiguen divisar una columna francesa compuesta por los restos de la división del general D’Erlon y, tras acelerar su marcha, se incorporan a ella y a la seguridad que ello representa. Así, consiguen salir del territorio ruso y penetran en el Gran Ducado de Varsovia, donde su columna se une con lo que resta del ejército francés tras la desastrosa campaña de Rusia. No saben que lo peor aun está por venir...
En efecto, tras la retirada francesa, los antiguos aliados prusianos y austriacos, se unen a los rusos y a los ingleses para atacar a las tropas de Napoleón. Éste, a pesar de obtener algunas victorias, se ve forzado a ceder terreno y poco a poco sus tropas se acercan a las fronteras de Francia, perseguidas de cerca por sus enemigos. En 1814, el Emperador tiene que abdicar y es confinado a la isla de Elba, cerca de las costas italianas. Su lugar es ocupado por Luis XVIII, el hermano del infortunado Luis XVI, quien perdiera la cabeza durante la Revolución.

CAPITULO I

Fort-de-France, Martinica, 2 de diciembre de 1855. En uno de los barrios elegantes de la ciudad, a la orilla del río Lavassor, se encuentra una hermosa casa. En su fachada, sobriamente decorada, ondea una bandera de Francia. La puerta principal conduce a un vestíbulo lujosamente amueblado con sillones, cómodas, espejos y una enorme mesa de centro, elaborada con madera de cedro. La luz exterior penetra a través de dos grandes ventanales que permiten observar unas escaleras majestuosas que conducen al segundo piso, así como varias puertas que dan acceso a las demás habitaciones de la primera planta. Las dos que se encuentran al lado derecho, dan acceso a un hermoso comedor compuesto de una gran mesa, veinte sillas y dos grandes trinchadores, todo ello de las más finas maderas tropicales, donde se puede observar una lujosa vajilla de porcelana francesa. A un costado se encuentra otra pequeña puerta que sin duda conduce a la cocina, de donde sale en aquellos momentos un delicioso aroma, señal de que se está preparando un rico festín.
Regresando al vestíbulo, del lado izquierdo encontramos tres puertas. Las dos primeras conducen a una estancia donde podemos observar varios sillones de lujosa tapicería, un gran piano, dos enormes espejos venecianos, grandes y mullidos tapetes, así como varios cuadros con representaciones guerreras. Asimismo, cuatro ventanales permiten la entrada de grandes cantidades de luz en esta habitación, sin duda la principal de la hermosa mansión, el lugar donde su dueño recibe a sus más distinguidas visitas.
La tercera puerta a la izquierda del vestíbulo, da entrada a la biblioteca. Enormes libreros de caoba, donde se amontonan libros de variados temas (aunque se nota una clara predilección de su dueño por los que se refieren a los temas militares o de historia francesa), rodean una gran mesa de Palo de Campeche, en cuya superficie encontramos muchos papeles diseminados, periódicos y cartas personales, así como un gran tintero con una hermosa pluma de pavo real, y varias fotografías de una mujer y tres pequeños niños, sin duda alguna, la familia del dueño de la casa. 
      En una de las paredes de la biblioteca se destaca una vieja espada colgada en la pared y una serie de medallas acomodadas dentro de una pequeña vitrina dispuesta de forma que se pueda observar desde cualquier ángulo de la habitación, indicando así el orgullo que su dueño siente por ellas. Una pequeña cómoda estilo Luis XV, un gran ropero, cuatro sillones con una pequeña mesa al centro y un enorme cuadro de Napoleón completan el mobiliario.
En la parte superior de la mansión se encuentran cinco habitaciones, la principal, donde duerme el dueño, y cuatro más, destinadas sin duda a las visitas que éste pudiera recibir.
      Una figura que penetra en la biblioteca, nos obliga a regresar a esta habitación. Se trata de un anciano. En su cara se observan algunas cicatrices. Su cuerpo enjuto parece aparentar más edad de la que en realidad tiene, lo que no le quita los más de setenta años de una agitada vida. Un cierto porte militar indica que probablemente haya sido soldado en otros tiempos.
     Después de hojear unos documentos sobre su escritorio, sus ojos observan la habitación, y se detienen en una de las paredes, en la que se puede distinguir un fino marco de madera con un documento en su interior. Éste era la posesión más preciada del anciano, pues se trataba de su último ascenso, firmado por el mismísimo Napoleón I, emperador de los franceses. Al observarlo, se podía saber que su dueño era Jean Baptiste Rivet, capitán retirado del 2° Batallón del 1er. Regimiento de Cazadores, al mando del general Cambronne, perteneciente a la 2ª División de Infantería de la Guardia, al mando del Teniente Coronel Conde Morand.
Aquel día era muy especial para el viejo capitán Rivet. Era el 50º aniversario de la victoria de Austerlitz. Su familia, compuesta por su hija, su marido y tres traviesos pequeñuelos, llegarían aquella noche procedentes de la cercana isla de Guadalupe, donde su yerno poseía una plantación de caña de azúcar, parecida a la suya, dispuestos a pasar una temporada con el viejo capitán en la isla de Martinica, a quien no veían desde hacía dos años.
A las ocho de la noche en punto, unos golpes en la puerta indicaron al capitán que su familia había llegado. Se había arreglado poniéndose su mejor levita, los zapatos recién lustrados por uno de sus criados y una corbata de seda negra. Estuvo tentado a ponerse las condecoraciones que guardaba en la vitrina, pero de último momento había desistido de ello. Cuando su mayordomo abrió la puerta, los tres pequeñuelos se lanzaron en busca del anciano, abrazándolo llenos de alegría.
        - ¡Abuelo, abuelo!
- ¡Ah, mis chiquillos, que gusto verlos! Francois, veo que has crecido mucho. Tú, Eugene, estas hecho todo un hombrecito.
El pequeño Jean, el menor de sus nietos, se acercó a él diciéndole:
- ¿Verdad, abuelo, que yo también soy grande? La semana pasada cumplí ocho años.
El capitán Rivet sonrió y, poniéndole la mano sobre la cabeza, le dijo:
- Sí hijo, eres todo un hombre como tu padre.
Mientras tanto, su yerno, Francois Perret, un hombre con 43 años cumplidos y su hija Marie, de 34, habían penetrado en la casa.
Mientras los niños corrían a saludar a “Louis”, un viejo perro alsaciano que dormía en la cocina, Marie se acercó a su padre.
-¿Cómo ha estado usted, padre?
- Bien, hija mía, bien. Acércate, Francois, hijo, y dime, ¿cómo van los negocios?
- Viento en popa, capitán, viento en popa. Con la ayuda de Dios y un poco de trabajo nuestro, pronto podré traer nuevas máquinas de Francia, lo que nos permitirá procesar el azúcar en mayores cantidades para venderla en los Estados Unidos. A pesar de que ya no contamos con esclavos desde que en 1848 a esos malditos “liberales” se les ocurrió “liberarlos”, hemos conseguido mantener la plantación con buena producción. Además, este año las lluvias y la ausencia de huracanes fuertes nos han favorecido mucho.
- Me alegro, hijo, me alegro. Pero pasen, por favor.
Mientras los criados subían los pesados baúles de los visitantes a las habitaciones que les habían sido destinadas, los tres adultos se acomodaron en la gran estancia principal. Francois, viendo fijamente los cuadros de la sala, que representaban batallas de la época napoleónica, comenzó la plática diciendo:
- Y bien, capitán, ¿por fin aceptará usted que nuestro emperador Napoleón III es mejor gobernante que su tío Napoleón I, o tendremos que seguir discutiendo, como siempre que nos encontramos?
- Hijo, como Napoleón no hay más. Su Majestad el Emperador Napoleón III es un buen político y nos ha gobernado bien, pero le hace falta el genio que tenía su tío, el gran Napoleón. Además, no debes olvidar que Napoleón III subió al trono aprovechándose del nombre de su tío.
- Pero el emperador hizo mucho para llegar donde está. Recuerde los dos golpes que intentó contra el rey Luis Felipe en 1836 y en 1840. Además, fue presidente de la República antes de que el pueblo lo nombrara emperador.
- Sí, y también fue el hijo de Luis Bonaparte, rey de Holanda y hermano de Napoleón, y para aumentar su buena estrella, tuvo la suerte de llamarse como él, Napoleón Bonaparte. No puedes negarme, Francois, que eso también influyó.
- Bueno, debo admitir que sí, pero...
Marie los interrumpió bruscamente diciendo:
- ¿Vamos a empezar de nuevo? Siempre que venimos de visita, ustedes dos no hacen otra cosa más que pelear y discutir de política. ¿Qué les parece si mejor hablamos de otros temas y pasamos todos a la mesa? La cena podría enfriarse y además los niños tienen hambre y sueño.
- Tienes razón, hija, como siempre. Eres igual a tu madre, que en paz descanse. Francois, te propongo que hagamos una tregua y pasemos a la mesa.
- Por supuesto, capitán –contestó éste riendo ante la intervención de su esposa.
Y levantándose, los tres pasaron al comedor.
Una vez ahí, el abuelo bendijo la mesa y todos empezaron a comer. Durante la cena, platicaron de los negocios de Francois y de los progresos que los niños hacían en la escuela. Como todo próspero hacendado de la época, el señor Perret se empeñaba en que sus hijos recibieran la mejor educación posible con tutores provenientes de la metrópoli francesa, para que un día pudieran heredar el negocio paterno.
Acabada la cena, regresaron todos a la sala, y una vez instalados allí, Francois, el mayor de los nietos, se acercó al anciano y le dijo:
- Abuelo, ¿porque no nos cuenta de cuando usted fue soldado?
- No, hijo, no. Es una historia muy larga y tus padres podrían aburrirse.
- No se preocupe por eso, padre -dijo Marie interviniendo-, a Francois y a mí nos encanta escuchar esa historia. Además, de esa manera los niños podrían aprender algo sobre Napoleón.
- Bueno, bueno -dijo el capitán-, pónganse cómodos y escuchen.
Los niños se acomodaron en el suelo, mirando fijamente al abuelo. Este carraspeó y comenzó su narración:
- Todo inició en el mes de junio de 1803, no recuerdo la fecha exacta. Habiendo nacido en el año de 1785, contaba entonces con 18 años. Como ya saben, yo vivía entonces en un apacible pueblo situado a orillas del Sena, cerca de la ciudad de Orleáns, llamado Saint-Amand. Me dedicaba a ayudarle a mi padre en el cultivo de la pequeña parcela que era todo nuestro patrimonio. Parcela que, por cierto, mi padre había obtenido durante la Revolución, cuando las tierras del duque de Luynes habían sido repartidas entre sus campesinos. Un día, llegaron al pueblo tres oficiales del ejército acompañados por diez soldados. Una vez que estuvieron en la plaza principal, uno de los oficiales sacó de la faltriquera de su casaca un decreto del Emperador, y desenrrollándolo procedió a su lectura.
“En él se ordenaba que todos los hombres entre 18 y 45 años se presentaran inmediatamente en casa del alcalde para ser reclutados, pues Francia estaba de nuevo en guerra y el Emperador, que en ese entonces sólo ostentaba el título de cónsul, necesitaba de soldados. Según me enteré después, hacía poco que Inglaterra había roto la paz firmada con Napoleón en Amiens, por lo que éste estaba preparando un gran ejército para poner fin de una vez por todas con la molestia que ese país significaba para nosotros, invadiendo la isla y conquistando a la pérfida Albión. Años más tarde, cuando aprendí a leer, ya en el ejército, llegó a mis manos por obra del azar un libro sobre historia inglesa, por el cual me enteré que Inglaterra no había sido invadida por nadie desde que los normandos, al mando del joven duque Guillermo, llamado por sus contemporáneos “el Conquistador”, la había ocupado en el año 1066. Aunque ahora sabemos que la marina inglesa cuida eficientemente las costas de su país, en aquel momento yo lo ignoraba y estaba dispuesto a ser parte de los planes del “Pequeño Cabo”, como llamábamos cariñosamente al Emperador en el ejército.
“Cumpliendo lo ordenado por el decreto, pues de otra manera hubiera sido juzgado como rebelde, me presenté junto con Eugene Gaveau, que era mi mejor amigo, ante el capitán que presidía la mesa de reclutamiento. Éste, de manera escueta, como buen militar, me preguntó:
“- ¡Su nombre!
“- Jean Baptiste Rivet.
“- ¡Edad!
“-18 años, señor.
“- ¡Excelente! A partir de hoy, forma parte del 1er. Batallón de Infantería de Línea perteneciente al 4º Regimiento de la Brigada Moussin. Preséntese mañana mismo ante el general Moussin con estos papeles, en la ciudad de Orleáns. Puede retirarse. ¡El siguiente!
“- Sí, señor.
“Y así fue como Eugene y yo quedamos inscritos en el ejército. El mismo procedimiento se siguió con los hombres que se encontraban en el pueblo, aunque pude notar que algunos de mis vecinos, temerosos de ser reclutados, se habían escondido en un bosque cercano. El capitán notó el faltante debido ya que llevaba un registro de los habitantes del pueblo que se le había proporcionado en la prefectura. Ordenó entonces que algunos de los soldados que venían con él, fueran en busca de los que habían huido.
“Al poco tiempo, éstos regresaron trayendo a más de quince hombres que encontraron escondidos en el bosque. El capitán los amonestó severamente y, amarrados en cuerda, los mandó presos a la cercana ciudad de Orleáns.
       “Aquella noche sería la última que Eugene y yo pasaríamos al lado de nuestros padres, aunque en ese momento no lo sabíamos. A pesar de que la idea de la aventura que nos esperaba nos emocionaba un poco, para ambos fue difícil salir del pueblo en el que habíamos crecido. Recuerdo que mi padre me dijo lo orgulloso que se sentía de mí por acudir a defender a la patria del peligro en que la ponían las potencias enemigas. Mi madre, por supuesto, estaba hecha un mar de lágrimas.
“Eugene y yo nos conocíamos desde pequeños. Habíamos crecido juntos y nos considerábamos los mejores amigos. Siempre que alguno tenía dificultades con algún niño del pueblo, el otro acudía en su ayuda. Incluso recuerdo que, cuando teníamos once o doce años, decidimos jurar que jamás dejaríamos de ser amigos, y así lo hemos cumplido, pues aunque en alguna ocasión tuvimos un serio disgusto,  Eugene me salvó la vida, como ya ustedes saben, durante la retirada de Rusia en 1812.
“Al día siguiente, equipados con un morral en el que iban unas cuantas provisiones y los pocos francos que nuestros padres pudieron reunir, y con las bendiciones de toda la familia encima, Eugene y yo partimos con rumbo a la ciudad de Orleáns, escoltados por cinco soldados y al lado de los demás vecinos que, como nosotros, habían sido reclutados.
“Llegamos a dicha población sin mayor percance, cuando ya estaba anocheciendo. Inmediatamente nos presentamos en el cuartel militar de la ciudad. Fuimos recibidos por un sargento de cara agria y cruzada por varias cicatrices. Después de revisar nuestros papeles, nos dijo secamente:
“- Bien, preséntense ustedes en su Regimiento con el capitán Malet. Pueden retirarse.
“- Sí, señor.
“Al salir, nos cruzamos con el que nos dijeron era el jefe de nuestra brigada. El general Moussin era un hombre de unos 40 años de edad, alto, rubio, bien parecido. Enfundado en su uniforme azul de la infantería, cruzado por la banda verde de general de brigada, era una persona que imponía con sólo verla. Era un excelente militar, dotado de ingenio y conocedor de estrategia. Aunque al principio nos pareció muy seco de carácter, según lo fuimos conociendo llegamos a apreciarlo mucho por su bondad y su comprensión para con sus subalternos.
“Por su parte, el coronel Chandon, jefe de nuestro Regimiento, era también una persona amable y bonachona. Al llegar al cuartel, nos presentamos ante el capitán Malet, quien nos ordenó acudir ante el sargento Mercier del 1er. Batallón, un hombre que era todo lo contrario a los otros dos mencionados. El sargento era un hombre rudo, con un sentido excesivo de la disciplina, y era todo un tirano con sus soldados. Sin embargo, nadie podía negar su valentía y su lealtad al Emperador.
“A los dos días nuestra brigada partió con rumbo a la ciudad de Boulogne, en la que se encontraba el recién instalado campamento base donde Napoleón estaba concentrando sus tropas para la invasión de Inglaterra. Acampamos en las afueras de la ciudad en espera de la llegada de la otra brigada que componía nuestra división y que estaba al mando del general Vandamme, y de las demás divisiones que componían el cuerpo de ejército del futuro mariscal Augereau. Mientras montábamos las tiendas de campaña, escuchamos a lo lejos una música muy hermosa tocada por una banda militar. Después nos enteramos que se trataba de la “Marcha del campo de Boulogne”, melodía muy popular entre las tropas.
     “Estuvimos en ese campamento cerca de dos años, tiempo que se aprovechó para darnos instrucción militar a los nuevos reclutas, pues muchos ni siquiera sabían disparar un fusil. Por fortuna, Eugene y yo éramos hábiles cazadores desde pequeños y manejábamos el fusil con buena puntería, aunque he de reconocer que no era lo mismo apuntarle a un animal indefenso que a un grupo de soldados que se dirige contra uno gritando y disparando, con el ánimo de mandarlo al otro mundo en cuanto lo tengan a mano.
“El sargento Mercier fue el encargado de convertirnos en guerreros. Desde el principio se notó que no tendría consideración para nadie. Sus métodos eran algo rudos, pero cuando entramos por primera vez en batalla, agradecimos sinceramente que hubiera sido él quien nos enseñara a comportarnos como soldados.
“Recuerdo que lo más difícil fue aprender a marchar en orden. Casi todos los nuevos reclutas eran campesinos como nosotros, acostumbrados a caminar por el monte, cada uno por su cuenta, a su paso, a su ritmo, lo que provocaba un enorme caos cuando el sargento Mercier nos ordenaba, las primeras veces, que marcháramos. Muchos ni siquiera sabíamos cual era nuestra derecha o nuestra izquierda.
“Al mismo tiempo, el sargento nos enseñó a distinguir los diferentes grados dentro del ejército, información que, aunque de momento no comprendimos su utilidad, después nos resultó muy necesaria cuando fuimos ascendiendo en el escalafón.
“Llevábamos casi dos meses en el campamento cuando se nos informó que se iba a celebrar una gran parada con motivo del aniversario del nacimiento del Emperador. Los soldados que combatimos a sus órdenes jamás olvidaremos esa fecha. El emperador había nacido un quince de agosto de 1769.
“Recuerdo que nuestro grupo no desfiló debido a que aun no conseguíamos mantener derecha una formación. El sargento Mercier nos hizo pagar cara la burla a que fue sometido por los demás sargentos instructores, aumentándonos el número de horas diarias destinadas a marchar y reduciendo nuestras raciones.
“Aunque nunca conseguimos una formación perfecta, ante el temor de un nuevo castigo, nos esforzamos por lograr lo más pronto posible mantener decentemente una marcha, lo que nos permitió desfilar en la siguiente parada que se organizó.
“Esta ocurrió a principios del mes de noviembre. El Emperador acudió al campamento para pasar revista a las tropas. Esa fue la primera vez que lo vi. Fue tan sólo un breve momento cuando pasó frente a mi batallón, pero fue suficiente para que empezara a sentir una gran fascinación por ese hombre que había llevado nuestros ejércitos a la victoria frente a todos los enemigos de Francia. Muchos se burlaron de mí, pero yo hubiera jurado que por un segundo, nuestras miradas se cruzaron.
“Al día siguiente, la celebración continuó en el campamento, con motivo del casamiento de la hermana de Napoleón, la futura princesa Paulina, con el príncipe italiano Camilo Borghese. A todos nos extrañó que el Emperador no acudiera a la boda de su hermana, pero nunca supimos el motivo de esa decisión.
“Así llegamos a nuestra primera navidad fuera de casa. Para Eugene y para mí fue un momento muy duro. Lejos de nuestra casa, sin recibir noticias de nuestros padres (cosa en verdad imposible, pues ni ellos sabían escribir, ni nosotros leer), y con nuestros sueños militares sin cumplirse todavía, pasamos la navidad más triste de nuestras vidas.
“Por otro lado, el sargento Mercier no contribuía a hacernos más confortable nuestra estancia. Sometidos como estábamos a un entrenamiento intensivo, las jornadas se nos volvían eternas y las noches demasiado cortas para descansar.
“El 31 de diciembre me tocó realizar mi primera guardia como centinela del campamento. Esta guardia la realicé en compañía de un viejo veterano de Marengo, caporal  de mi batallón, condecorado con la medalla al valor. Desgraciadamente no puedo ya recordar su nombre. Lo que sí recuerdo con mucho agradecimiento son las palabras que me dijo cuando yo le comentaba con el ardor propio de la juventud las ganas que tenía de matar a los enemigos de nuestra Patria, palabras que me sirvieron de mucho durante mi carrera militar. Esto fue lo que me dijo: ‘Hijo, recuerda siempre que aunque luchemos por la Patria, no debemos desear jamás la muerte de nuestros oponentes, ya que ellos son hombres como nosotros y también tienen en su tierra familia que los quiere y espera su regreso. Nunca debes de ser cruel con un enemigo prisionero, ya que él no puede defenderse’.
“Al ver el gesto extrañado en mi rostro, pasó la noche contándome su historia. Nacido en Alsacia, al igual que yo en un pequeño pueblo de campesinos, en su infancia le tocó presenciar las injusticias cometidas por un noble local. Su padre fue asesinado por querer defender a su hija mayor de unos guardias que pretendían abusar de ella. Además, vio morir de hambre a dos de sus hermanos menores en un año en que las sequías causaron estragos en las ya de por sí menguadas cosechas. Por otro lado, observaba como el noble vivía en su castillo con todos los lujos de la época.
“Fue por eso que él, al igual que muchos desamparados en Francia, se unió a la Revolución en su provincia cuando llegaron noticias del levantamiento de París. Muerto el rey Luis, el caporal decidió ingresar al ejército. Su batallón fue enviado a Italia a combatir a los austriacos. Ahí, el ejército francés iba de derrota en derrota, al igual que en los demás frentes (Francia había sido invadida por Austria, Prusia, Inglaterra y España, con el fin de combatir a la Revolución). Por otro lado, los generales al mando, ineptos y fatuos, no se preocupaban por el bienestar de sus soldados, por lo que éstos sufrían debido al frío y a la lluvia propia de la época invernal en Italia.
“Fue entonces cuando, caído el Gobierno del Terror y la Convención Nacional, llegó el gobierno del Directorio. Este decidió nombrar como jefe del ejército de Italia a un joven y popular general al que se quería mantener alejado de París y de los círculos políticos. Este general era el futuro Emperador: Napoleón.
“El general Bonaparte, como se le llamaba entonces, dio muestras de un gran talento militar al vencer a los austriacos y a sus aliados sardos en las batallas de Dego, Cossería, Millesimo, Arcole, Montenotte, Lodi y Mantúa, entre los años de 1796 y 1797, obligándolos a pedir la paz. Por otro lado, el general Kléber se encargaba de derrotar a los prusianos en la frontera norte.
“El caporal participó después en la campaña de Egipto, en donde obtuvo su medalla al valor, y posteriormente fue de los hombres que, al mando del general Kléber, llegaron como refuerzo a Marengo cuando el Emperador estaba a punto de perder la batalla contra los austriacos, que le habían declarado de nuevo la guerra a Francia. Esta memorable batalla se había librado en el año de 1800.
“Fue en Marengo donde el caporal cayó prisionero. Habiendo participado en tantas victorias, creía que él, como el ejército, era invencible. Por eso, no podía creer su nueva condición. Con otros cautivos, fue llevado a una prisión militar en Viena, en donde permaneció hasta la firma de la paz de Lunéville, en 1801, fecha en que fue puesto en libertad.
“Recuerdo claramente lo que me contó sobre su experiencia en la prisión. Una cosa terrible que no quiero platicar. En la creencia de que iba a ser fusilado de un momento a otro, su concepción sobre la vida cambió de inmediato. Al verse cerca de la muerte, se dio cuenta de lo mucho que vale la existencia. Una vez liberado, se reintegró a su batallón, con el que dos años después, fue enviado como yo al campamento de Boulogne.”
En aquel momento, Marie, la hija del capitán, se puso de pie y dijo:
- Bueno, padre, ya es muy tarde y los niños deben de acostarse temprano. Niños, levántense y despídanse de su abuelo.
Francois, Eugene y Jean, obedecieron la orden de su madre muy a regañadientes, pues querían seguir escuchando la narración de su abuelo. Sin embargo, se levantaron y se dirigieron a él.
- Hasta luego, abuelo, buenas noches -dijeron los tres a coro-.
El pequeño Jean se adelantó y dijo:
- Abuelo, ¿mañana podremos seguir escuchando la historia?
- Bueno, por mí no habría ningún problema, yo soy muy feliz cuando ustedes vienen a verme. Pero ya mañana nos organizaremos con sus padres y guardaremos un momento del día para ello.
Los niños se retiraron a la habitación que les habían preparado en la planta alta, a un lado de aquella donde dormía su abuelo. Después de acostarlos, Marie bajó a la biblioteca donde se encontraba su padre con François, su esposo. Platicaron un rato sobre las plantaciones y las últimas noticias provenientes de París y, por fin, a las doce de la noche, se retiraron a sus respectivas habitaciones.
Tras cerrar la puerta de su dormitorio y ponerse su ropa de dormir, Jean Baptiste Rivet se encontró sumido en sus recuerdos.
Le había venido a la memoria la muerte del coronel Chandon, en la batalla de Lützen, librada el 2 de mayo de 1813 contra los prusianos cuando éstos, al igual que los austriacos, le habían declarado la guerra a Francia tras la retirada de Rusia.
El coronel Chandon había muerto como lo que fue toda su vida, como un valiente. Su regimiento estaba dentro de las reservas del Emperador. Hubo un momento en la batalla en que la caballería prusiana logró desbordar las líneas de infantería francesa y penetró al centro del campo. Inmediatamente el coronel Chandon, dándose cuenta del peligro que corría todo el ejército, formó los batallones de su regimiento en cuadros y logró detener el avance de los prusianos. Una vez conseguido esto, se puso a la cabeza de sus hombres y se lanzó contra la infantería enemiga en un feroz asalto a la bayoneta. Este repentino movimiento desconcertó a los prusianos, que se vieron obligados a retirarse de nuevo a sus antiguas posiciones al presentarse otros regimientos en apoyo del de Chandon, y permitió a los franceses reorganizar de nuevo sus desechas formaciones y poder contraatacar con éxito a los prusianos, que perdieron la batalla.
Sin embargo, el coronel no sobrevivió. En efecto, al emprender el ataque a la bayoneta, recibió un sablazo en la cabeza por parte de un dragón prusiano. Murió instantáneamente. Al acabar la batalla, el Emperador mandó que se recogiera el cadáver de aquel bravo soldado y ordenó que se le rindieran todos los honores militares. Su muerte fue una pérdida muy sensible para la brigada.
El capitán Rivet sentía a veces envidia del coronel Chandon. A él también le hubiera gustado morir como su antiguo jefe, al frente de sus soldados, llevándolos con valor hacia la última victoria.
Jean Baptiste se metió en su cama. A pesar de estar tan cerca el invierno, el clima tropical de la isla proporcionaba noches frescas que le permitían dormir sin demasiados problemas, por lo que al poco tiempo cayó rendido por el sueño.

lunes, 15 de junio de 2015

LOS PADRES DE LA PATRIA

Desde pequeños nos enseñan a reverenciar a nuestros héroes patrios. Sin embargo, si uno tiene un poquito de espíritu crítico (con un poquito basta) e interés por la historia, al poco tiempo comienza a dudar de las virtudes de esos hombres y mujeres que lo dieron todo por la patria, que no cejaron en su lucha por lograr sus metas, las que siempre eran las mismas de todos nosotros los mexicanos. En fin.

En mi caso particular, hubo un héroe que nunca me cayó del todo bien y que, a mi juicio, le robó el título a otro que, aunque también reconocido, se lo merecía más. Se trata, nada más y nada menos (y con el perdón de todo el respetable patriotero y nacionalista), que del Padre de la Patria, don Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor (el cura Hidalgo para los cuates). De acuerdo con la versión oficial que se nos repetía hasta el hartazgo, a este buen señor le debíamos los mexicanos lo felices que éramos siendo independientes de la malvada España. Junto con otro grupo de héroes menores, como Ignacio Allende, Ignacio y Juan Aldama, Mariano Abasolo y otros más, se levantó en armas al grito de "¡Vivan los héroes que nos dieron patria! ¡Viva yo! ¡Viva mi compadre Allende! ¡Viva Aldama que me cae medio mal pero aquí está!¡Vivan las reformas de Peña Nieto!¡Viva México, ca...!" y mientras tocaba una campana comenzó a pelear por darnos patria y libertad. Es tan malo nuestro sistema educativo que no dudo de que más de un escolar así se imagine el episodio, mismo que es llamado con orgullo, el Grito de Dolores (¿y quien en su sano juicio no daría un grito si tiene fuertes dolores?).



Pero la realidad es otra. Si analizamos seriamente la serie de eventos que lanzaron a la lucha a Miguel Hidalgo nos daremos cuenta que la versión oficial, como en el caso de Ayotzinapa, no se sostiene por ningún lado.

Hidalgo era miembro de un grupo social de élite: los criollos (descendientes de españoles nacidos en América). Junto con otros criollos estaba conspirando para lograr una mayor autonomía o incluso la independencia de la Nueva España, aprovechando que la metrópoli española tenía serias dificultades con Napoleón, quien en un arrebato de locura había decidido invadirla, lo que fue quizá el peor error de su carrera militar y política. Sin embargo, la conspiración fue descubierta. Se dice que la esposa del corregidor de Querétaro, doña Josefa Ortíz de Domínguez, que también estaba metida en el asunto conspirativo, alcanzó a mandarle un recado a Allende (otro de los involucrados) desde su encierro domiciliario. Allende recibió el mensajito en San Miguel (ahora San Miguel Allende) por la noche y corrió a Dolores (ahora Dolores Hidalgo), donde despertó al buen don Miguel Hidalgo para informarle de lo ocurrido. Ya era de madrugada y al cura no le gustaba madrugar, pues era bastante parrandero. Así que con la cruda del día anterior, tan sólo atinó a decir que ya era llegado el momento de "ir a coger gachupines" (y no sean malpensados, no se refería a eso que imaginaron), para después tocar las campanas que llamaban a misa, y cuando la gente del pueblo y sus alrededores se reunió en el atrio, salir de la iglesia para echarles todo un discurso digno de candidato priísta de los cincuentas (es cruel hacerle eso a la gente a las cinco o seis de la mañana), para terminar gritando: "¡Viva Fernando VII y muera el mal gobierno!". Es decir, viva el rey de España y muera el gobierno novohispano. Bonita forma de comenzar la independencia, gritando vivas a un rey al que los mismos españoles llaman "el rey felón" y que fue uno de los peores que tuvo ese país.

Lo que sigue a continuación todo mundo lo sabe, aunque nos lo pinten bonito. Tras juntar a un nutrido grupo de hombres que se le unieron más por la posibilidad del saqueo o por sed de venganza (en muchos casos justa) contra las clases dominantes, inició un recorrido por diversos pueblos y ciudades de la zona centro del país que más que una lucha por la independencia parecía la Caravana de la Muerte organizada por Pinochet en Chile. A donde llegaban Hidalgo y los suyos, los españoles eran masacrados. Por eso no extraña que al aproximarse a Guanajuato, éstos, junto con los criollos, se encerraran en la Alhóndiga de Granaditas, temiendo seriamente por sus vidas, pues las tropas de Hidalgo y Allende no distinguían entre españoles y criollos y a todos los mataban por igual. Y dicho y hecho. Cuando tomaron el edificio, la matanza fue de antología.

Todo esto provocó que Allende, Abasolo y los Aldama comenzaran a distanciarse de Hidalgo, pues no estaban de acuerdo con semejantes masacres. Probablemente Hidalgo tampoco, pero con tal de conservar el mando de sus tropas, no se oponía a ello. El enfrentamiento entre Hidalgo y Allende llegó a ser tal, que el último trató de envenenar al primero (episodio que por razones obvias no nos enseñan en la escuela). Es decir, un héroe de segunda como Allende trató de matar a uno de primera como Hidalgo (y es que eso es lo peor, tenemos héroes de primera y héroes de segunda). Sin embargo, rencillas aparte, ambos descansan ahora en la Columna de la Independencia.

Rara vez Hidalgo menciona la palabra independencia en sus escritos, y cuando lo hace es de una forma poco clara. Abolió la esclavitud (¡bien por él!) pero también se hizo llamar Su Alteza Serenísima y se rodeó de un grupo de guardaespaldas.

Cuando llega a las cercanías de la ciudad de México, tras derrotar a las escasas fuerzas españolas de Torcuato Trujillo, Hidalgo decide dar la vuelta y no tomar la capital. ¿El motivo? Pueden ser muchos. Hidalgo dijo que no lo consideró prudente y que temía ser derrotado. Yo creo que, en esos momentos, lo asaltó una duda fundamental. "Y si tomo la ciudad, capturo al virrey y gano la guerra, ¿qué voy a hacer?". Así que se retiró a Guadalajara y después, como todo el mundo sabe, emprendió una peligrosa marcha hacia el norte, siendo al fin capturado en Acatita de Baján (Coahuila) y fusilado en Chihuahua.

En mi humilde opinión, Hidalgo se lanzó a la lucha más por el temor a ser capturado por conspirador (en esos momentos los españoles que vivían en México no eran muy comprensivos con los criollos, y sí no que le pregunten a Primo de Verdad) que por un ideal independentista bien forjado. No sabía realmente lo que iba a obtener con su lucha y nunca se esforzó por tratar de organizar al país o tan siquiera a sus tropas. Su movimiento tan sólo sirvió para provocar temor entre la gente pacífica (no sólo entre españoles y criollos) y al final hasta perdió el suelo.

Caso contrario es el siguiente personaje. Al principio dije que Hidalgo le robó el título de Padre de la Patria (en mi opinión) a otra persona. Y no, no estoy pensando en Iturbide, que aunque reconozco que fue quien al final consiguió la independencia, sus motivos nunca me han parecido correctos ni loables. Estoy hablando de don José María Morelos y Pavón, quien tomó la dirección de la lucha armada tras la muerte de Hidalgo.

A diferencia de éste, Morelos tenía bien claro lo que quería: independizar al país y formar una nueva nación. Su ejército no fue el de un grupo de hombres dispuestos al saqueo y a la venganza, como el de Hidalgo, sino un grupo compacto de hombres convencidos de un ideal y entrenados para pelear, no para destruir sin sentido alguno. Claro que hubo excepciones, pero como siempre, éstas tan sólo confirman la regla. Morelos, quien también era cura, mostró sin embargo un talento militar innato del que Hidalgo carecía. Ello le permitió luchas por más tiempo contra los españoles.

Pero no solo eso. Morelos también mostró un talento político que Hidalgo nunca tuvo. Consciente de la posibilidad de triunfar, Morelos preparó todo para que el futuro país naciera organizado y no cayera en el caos. Para ello, junto con otros personajes más como López Rayón, Liceaga, Matamoros y Galeana, apoyó la creación de un Congreso Constituyente que, entre otras cosas, redactó la Constitución de Apatzingán (Michoacán) en 1814 y la primera Declaración de Independencia. Asimismo, se formó un gobierno con poder sobre todos los territorios ocupados por las tropas de Morelos. A diferencia de Hidalgo, Morelos se hizo llamar "Siervo de la Nación" y redactó una serie de principios políticos muy avanzados a los que simplemente llamó "Sentimientos de la Nación". Morelos fue siempre leal al Congreso, aunque al final eso significó su derrota definitiva, pues por protegerlo perdió a sus mejores hombres y su propia libertad. Y la verdad sea dicha, ese Congreso no siempre se mereció su lealtad.



En conclusión, Morelos hizo más por la causa de la independencia que Hidalgo. Pero entonces, ¿porqué no le damos a él el título de Padre de la Patria? Creo que no es complicado saberlo. El México que se formó en 1821, a pesar de la abolición legal de las castas, siguió siendo un México muy desigual y con un profundo sentimiento racista. Al caer Iturbide y ser fusilado, era necesario encontrar un nuevo héroe patrio. ¿Hidalgo o Morelos? Hidalgo era criollo, Morelos era mulato. ¿Se entiende por dónde voy? Los méritos de Morelos no contaban lo suficiente por su origen racial: tenía ascendencia negra. Así que el título de Padre de la Patria se lo ganó Hidalgo y Morelos tuvo que contentarse con un puesto segundón en el Panteón de Héroes Nacionales. Incluso, en el siglo XIX y buena parte del XX, Morelos solía ser pintado con una piel más parecida a la de un criollo que a la de un mulato. Había que ocultar su origen. El racismo es algo terrible. Si fuéramos justos, deberíamos invertir las cosas y mandar a Morelos a la primera fila, relegando a Hidalgo a la segunda.

Pero también hay que aclarar algo. Morelos fue un ser humano como cualquier otro y también tuvo sus defectos. Solía ser muy cruel con los prisioneros y fusiló a muchos de ellos, en ocasiones por simple venganza. Y aplica lo mismo para Hidalgo. Si bien tuvo muchos defectos, también tuvo algunas virtudes. Para mí, su mejor aportación a la causa independentista, fue el haber iniciado el movimiento al que después pudo unirse Morelos. Pero no más.

Así que ya lo saben: organicemos una marcha para Morelos reciba el título que merece: el de Padre de la Patria.




viernes, 12 de junio de 2015

FRAY SERVANDO TERESA DE MIER, UN PRÓFUGO REINCIDENTE

Todos conocemos a fray Servando Teresa de Mier. Y no me refiero a la calle que está en el perímetro del Centro Histórico de la Ciudad de México (aunque más de uno es lo único que sabe de fray Servando). La vida de este insigne luchador de nuestra independencia es mejor que cualquier novela de aventuras. Como ocurre muchas veces, la realidad supera a la ficción.

Originario de Monterrey, donde nació un 18 de octubre de 1763, este simpático muchacho cuyo nombre original era, nada más y nada menos, José Servando Teresa de Mier Noriega y Guerra (sí, todo eso), a falta de algo mejor que hacer se metió a fraile dominico. De verdad que estaba aburrido.

Fray Servando Teresa de Mier

Tanto le afectó la vida en el convento que un buen día de 1794 decidió dar un sermón en el que aseguró que la virgen de Guadalupe no se le había aparecido a Juan Diego en los primeros años posteriores a la conquista. Según él, la historia verdadera era ésta: el apóstol santo Tomás había emigrado a América (sin papeles ni nada); el oficial de migración, incapaz de pronunciar correctamente su nombre, se lo cambió por el de Quetzalcóatl; tras establecerse en Tenayuca, comenzó la evangelización de los indígenas mexicanos, para lo cual contó con la ayuda de la de Guadalupe, que se le apareció para después dejar su imagen plasmada en su capa, cambiando su nombre por uno más sencillo de pronunciar: Tonantzin. En otras palabras, la aparición y la imagen eran 1760 años más antiguas y los indígenas eran cristianos desde mucho antes de que llegaran los españoles. Fray Servando me cae bien, pero o estaba borracho o tenía un desconocimiento absoluto del maravilloso mundo prehispánico. Esto echaba por tierra los fundamentos teológicos de la conquista española y, por ende, a los españoles no les gustó nada.

Santo Tomás

Dicho sermón le costó la cárcel y fue enviado a San Juan de Ulúa para, desde ahí, ser embarcado rumbo a España, donde debía cumplir su condena. Su destino final era el convento de Las Caldas, en Cantabria. Y aquí comienza su vida aventurera. Como un Chapo cualquiera, fray Servando se consiguió un martillo y un cincel con los que consiguió romper los barrotes de su celda y escapar. Pero así como era hábil para escapar era bastante torpe para esconderse. Lo capturaron de nuevo y lo enviaron a otro convento en Salamanca, pero en el camino huyó. Capturado de nuevo, lo recluyeron en el convento de San Francisco, en Burgos. Pero en 1801 volvió a escapar y en esta ocasión consiguió llegar a Francia, donde buscó refugio entre los revolucionarios. Como hablaba francés, consiguió trabajo como intérprete de un rico peruano que vivía en París. En la Ciudad Luz aprovechó para abandonar a los dominicos, pasándose al clero regular. Es decir, dejó de ser fraile para convertirse en sacerdote común y corriente.

Estando así las cosas, regresó a España y publicó un folleto en favor de la independencia mexicana. Obviamente acabó en la cárcel. De verdad que no tenía ningún sentido de la oportunidad. En esta ocasión lo enviaron a un reformatorio de los Toribios en Sevilla y, ¿a que no saben? ¡Se escapó! ¡Y fue capturado otra vez! Tras un año en el reformatorio sevillano, volvió a escapar y se refugió en Portugal.

Iglesia de Santo Domingo en la ciudad de México

Cuando Napoleón invadió España, Servando decidió unirse a los que se oponían al francés. Se enlistó en el Cuerpo de Voluntarios de Valencia y participó en varios combates. Pero una vez más la suerte le jugó en contra y fue capturado por los franceses en Belchite. Pero eso no le preocupó en lo más mínimo, porque se volvió a escapar. A mí se me hace que había estudiado con Houdini, el famoso escapista. Llegó a Cádiz y consiguió que el gobierno español le diera una pensión por sus servicios, además de participar en las Cortes, como colaborador de los diputados novohispanos, que elaboraron la primera Constitución española. Aburrido de nueva cuenta, se trasladó a vivir a Londres. Justo a tiempo, para ya lo estaba buscando de nuevo la policía.

En la capital inglesa se reunió con Francisco Xavier Mina, un antiguo compañero de armas en la guerra contra los franceses, con quien decidió encabezar una expedición a México para luchar por la independencia tras la muerte de Morelos. Y aquí lo encontramos de regreso en 1817, tras haber turisteado un poco por los Estados Unidos, desembarcando en Soto la Marina, Tamaulipas, junto con los demás expedicionarios. Pero sus enemigos querían continuar el juego de captura y escapa, y lo capturaron, enviándole a Cofre de Perote, después a la ciudad de México (a la cárcel de la Inquisición) y por último a La Habana, donde consiguió escapar de nuevo en 1820 y como un balsero cualquiera llegó a Florida desde donde continuó viaje a Filadelfia.

Veracruz en el siglo XIX. Al fondo, San Juan de Ulúa.

Regresó a México en 1822, cuando ya se había consumado la independencia, aunque nadie le dijo que San Juan de Ulúa, ese fuerte que se encuentra frente a Veracruz, seguía en manos de los españoles, por lo que al llegar tan tranquilo al puerto jarocho fue capturado por los hispanos. Cuando estaba a punto de escapar, los españoles lo liberaron y le permitieron seguir viaje a la ciudad de México. Al llegar a la capital se opuso a la coronación de Agustín de Iturbide como emperador (en realidad, fue de los pocos que lo hicieron, pues muchos que después se rebelaron contra Iturbide, en su momento aplaudieron su elevación al trono), por lo que fue recluido de nuevo en el convento de Santo Domingo. Y como no podía ser menos, se escapó.

Pocos días antes de su muerte, organizó una fiesta para despedirse de sus amigos. ¡Era un tipazo! ¿Y saben dónde vivía? ¡En Palacio Nacional! Por fin, murió el 3 de diciembre de 1827, siendo enterrado en el convento de Santo Domingo. Toda una ironía. ¿Creen que ahí terminaron sus aventuras? Pues no, aun después de muerto, fray Servando siguió dando de que hablar. En 1861, con las Leyes de Reforma, el convento de Santo Domingo fue expropiado por el gobierno. Al comenzar las obras de demolición, se encontraron 13 momias, mismas que fueron presentadas como cadáveres de personas víctimas de la Inquisición colonial. Entre ellas estaba la de Servando. Como no tenían ni la más remota idea de que era él, su momia fue vendida a un empresario circense italiano, por lo que se dedicó a entretener europeos ociosos y morbosos por un tiempo indefinido. Cuando el gobierno se dio cuenta de su error, ya era demasiado tarde, pues la momia de Servando había desaparecido. Fue su último escape.

Aquí les dejo una tarea: ¿cuántas veces fue encarcelado y cuántas veces se escapó?

No hay duda de que la realidad supera por mucho a la ficción.

jueves, 11 de junio de 2015

¿CONOCES ESTOS PAÍSES?

¿A qué no sabes cuántos países hay en el mundo? ¡Pues investiga, no seas indolente! Cuando lo hagas, seguramente encontrarás algunos nombres que jamás habías escuchado. Por ejemplo, ¿sabes donde está Tuvalu? ¿O Suazilandia? ¿Lesotho, Vanuatu, Kiribati o Palao? ¿No que muy conocedor?

Bueno, pues resulta que en el mundo hay 195 países, de los cuales 54 se encuentran en África, 47 en Asia, 45 en Europa, 35 en América y 14 en Oceanía. Pero de estos 195, sólo 193 forman parte de la ONU. ¡Adivina cuáles son los dos que no!

Ahora bien, además de los países independientes y reconocidos por toda la comunidad internacional, existen varios que no lo son, ya sea porque muy pocos países (o ninguno) los reconoce o porque su independencia no ha sido aceptada por nadie. Vamos a ver cuántos de ellos conoces.

África:

1) República de Somalilandia. Situada en Somalia, este territorio proclamó su independencia en mayo de 1991, integrando a cinco de las dieciocho divisiones administrativas de Somalia. Ningún país la reconoce.



Bandera de Somalilandia


2) República Árabe Saharaui Democrática (Sahara Occidental): Hasta 1976 le perteneció a España. Cuando este país se reiró, Marruecos lo ocupó a pesar de la oposición de la población nativa. Ese mismo año proclamó su independencia a pesar del dominio marroquí. Es reconocida por 82 países y la Unión Africana.



Bandera de la República Árabe Saharaui Democrática



Asia:

1) República de Nagorno Karabaj: Situada en Azerbaiyán, proclamó su independencia en 1991 con la finalidad de unirse a Armenia, lo que no ha logrado. Ningún país la reconoce.

Nagorno Karabaj, Ossetia del Sur y Abjasia


Bandera de Nagorno Karabaj


2) República Turca del Norte de Chipre: Situada en la isla de Chipre, fue creada por Turquía en 1975 tras invadir Chipre. En 1983 proclamó su independencia, siendo reconocida tan sólo por Turquía y la Organización de la Conferencia Islámica.



Bandera de Chipre del Norte

3) República de Abjasia: Situada en Georgia, declaró su independencia en 1992. En 2008 fue reconocida por Rusia, Nicaragua, Venezuela, Nauru, Vanuatu y Tuvalu.

Bandera de Abjasia


4) República de Osetia del Sur: Situada en Georgia, declaró su independencia en 1991. En 2008 fue reconocida por Rusia, Nicaragua, Venezuela, Nauru y Tuvalu.

Bandera de Osetia del Sur

5) República de China (Taiwan): Fue creada en 1949 por los nacionalistas chinos, en la isla de Formosa, tras perder la guerra civil contra los comunistas. En un principio fue reconocida por todo el bloque capitalista durante la Guerra Fría, pero en 1974, al reanudarse relaciones entre China y Estados Unidos, Taiwan fue expulsado de la ONU y perdió el reconocimiento de la mayoría de los países. Actualmente solo 23 la reconocen.


Bandera de Taiwan

6) Palestina: Este caso es muy conocido. Desde 1949 se encuentra en lucha con Israel. Actualmente es reconocida por 127 países, entre los que no se incluyen Israel, Estados Unidos y la mayor parte de Europa Occidental.



Bandera de Palestina

Europa:

1) República Moldava Pridnestroviana (Transnistria): Situada entre Moldavia y Ucrania, proclamó su independencia en 1990. Desde entonces está en guerra con ambos países. Ningún país la reconoce.


Bandera de Transnistria

2) República de Kosovo: Situada en Serbia pero de población albanesa, proclamó su independencia en 2008, dando lugar a una cruenta guerra. Es reconocida por 85 países.



Bandera de Kosovo

No es necesario decir que ninguno de los países de los que estas repúblicas se han separado, reconoce su independencia y todos han tratado, sin excepción, de recuperarlos, ya sea por las buenas o por las malas, aunque generalmente por las malas. Mención aparte merecen los casos de Taiwan y Palestina, pero de ellos hablaremos en otra ocasión.

Pues bueno, espero haberte provocado mayor confusión con estos nombres tan raros (y a lo mejor un buen dolor de cabeza). Pero al menos, ahora sabes que existen países más allá de la lista que te enseñan en la escuela (si es que alguna vez te enseñaron una).


miércoles, 10 de junio de 2015

WILLIAM WALKER O EL TÍPICO CASO DEL FILIBUSTERO IMPERIALISTA ESTADOUNIDENSE

Desde su creación, los Estados Unidos comenzaron a pensar en el dominio total del continente americano. Esto se vio reforzado con la Doctrina Monroe (1823), elaborada por John Quincy Adams para un discurso del entonces presidente James Monroe, y que decía, en pocas palabras, "América para los americanos", o lo que es lo mismo, Europa, no te metas en América porque esta es nuestra zona de influencia (estas son mis palabras, no de Adams ni de Monroe). Por otro lado, la idea del Destino Manifiesto surgió en 1845 cuando el periodista John L. O'Sullivan publicó un artículo en la revista Democratic Review de Nueva York, lo siguiente:

"El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino."

En otras palabras, la misión asignada por la providencia a los Estados Unidos es gobernar todo el continente americano. Bonita filosofía, en especial por lo que atañe a nosotros los latinoamericanos. Siguiendo estos principios, el país se extendió de este a oeste y no lo hizo de norte a sur porque al final descubrió que era más fácil obtener el dominio económico que el territorial.

William Walker

Sin embargo, no faltaron los locos que decidieron seguir por su propia cuenta con estos postulados, para mayor gloria de su país y de su raza, imponiendo su dominio sobre países considerados como salvajes por ellos.

Es el caso de William Walker, un hombre con sueños de grandeza que quiso compartir los beneficios de la civilización anglosajona con nosotros, los pobres y atrasados hispanoparlantes. Este hombre, nacido en Nashville, Tennessee, en 1824, era un fiel seguidor de la Doctrina Monroe y del Destino Manifiesto, y estaba seguro que los habitantes de latinoamérica veríamos con buenos ojos la instalación en nuestros países de algunas de las mejores instituciones anglosajonas, como la esclavitud, por ejemplo.

Walker era el típico caso del hombre que se cree llamado a entrar en la Historia por la puerta grande. Intentó ser médico, abogado, pastor puritano, periodista y político. En 1850, aburrido de su vida en Nueva Orleans, este buen hombre decidió consagrar su vida al loable esfuerzo de llevarnos a nosotros, los mexicanos, los beneficios de la civilización occidental. Para ello, en 1853 organizó una expedición para conquistar Sonora y Baja California, con la intención de crear allí una nueva república que después se uniría a los Estados Unidos. Igual que el caso texano, vaya. Eran los tiempos en que Santa Anna estaba negociando con los Estados Unidos para evitar, precisamente. la pérdida de esos territorios.

Walker se dirigió a La Paz, Baja California, acompañado de 50 filibusteros más. La ciudad cayó fácilmente en sus manos, pues el gobierno mexicano, que no había aprendido la lección de 1848, no tenía demasiadas topas en en ese territorio. De inmediato proclamó la independencia de la península e incluso diseñó una bandera. este triunfo atrajo a más aventureros estadounidenses que decidieron unirse a él en número de 230. Con estos refuerzos, Walker se proclamó presidente de la República de Sonora, pero no contaba con la firma del Tratado de La Mesilla, por el cual Santa Anna le vendía a los Estados Unidos una parte del territorio de Chihuahua y Sonora. Después de obtener este territorio, el gobierno de Washington decidió que Walker era un estorbo y declaró que sus actividades no contaban con el aval del gobierno, lo que permitió a los mexicanos enviar tranquilamente tropas para someterlo. Walker se trasladó a Sonora con los 34 hombres que le quedaban, y al comprender que no tenía posibilidades de triunfo, cruzó de nuevo la frontera y regresó a los Estados Unidos, donde fue juzgado por violar las leyes de neutralidad, aunque fue declarado inocente por tener "buenas intenciones".

Bandera de la "República de Sonora"

Decepcionado de la ingratitud de los mexicanos, que no supieron valorar sus esfuerzos civilizatorios, Walker dirigió su mirada a otro país, un poco más al sur: Nicaragua. En esos años, Nicaragua había cobrado gran importancia para los Estados Unidos, ya que se tenía la intención de construir por ahí un canal que uniera los océanos Atlántico y Pacífico, reduciendo así a la mitad el tiempo de viaje entre Nueva York y San Francisco, lo que cobraba especial relevancia tras el descubrimiento de grandes cantidades de oro en California en 1849. El hombre más interesado en el proyecto era el multimillonario Cornelio Vanderbilt, quien obtuvo los derechos exclusivos para la prestación del servicio de transporte de pasajeros en Nicaragua. Pero temiendo que un cambio de gobierno en el país centroamericano o la interferencia de Gran Bretaña, que tenía grandes intereses en esa zona, arruinaran sus planes, comenzó a instigar la colonización de Nicaragua por parte de colonos estadounidenses. En esas circunstancias apareció en escena William Walker, el paladín de los anglosajones.

Cornelio Vanderbilt

Nicaragua, como todos los países latinoamericanos en aquella época, tenía graves problemas políticos. Dos partidos se disputaban el poder: los democráticos (apoyados por Estados Unidos) y los legitimistas (apoyados por Inglaterra). Walker llegó a Nicaragua en junio de 1855, junto con 58 "colonos" (filibusteros en realidad), llamados "Los Inmortales". De inmediato comenzaron a luchar al lado de los miembros del partido democrático en contra del presidente legitimista Fruto Chamorro Pérez (con semejante nombre a quién se le ocurre ser presidente ¿no?), quien tampoco era una finísima y democrática persona.

Al final, Walker se deshizo de sus aliados democráticos y se apoderó del gobierno de Nicaragua, aunque no pudo mantenerlo por mucho tiempo debido a la falta de apoyo oficial de los Estados Unidos, además de que se enemistó con Vanderbilt y con los gobiernos de los otros países centroamericanos, que no veían con buenos ojos su presencia en Nicaragua. Entre otras cosas, durante su gobierno decretó la reinstalación de la esclavitud en el país. Walker fue presidente de junio de 1856 a mayo de 1857, cuando se rindió ante un enviado de los Estados Unidos, debido a que no podía resistir más el acoso de las tropas de los países centroamericanos que le habían declarado la guerra.

Bandera de Nicaragua bajo William Walker

En noviembre de ese mismo año realizó un segundo intento que fracasó por completo. Walker no quería renunciar a su sueño civilizatorio. Con una constancia digna de mejor causa, lo volvió a intentar en diciembre de 1858 y en junio de 1860, aunque en esta última expedición sus esfuerzos se dirigieron contra Honduras, harto ya de la ingratitud nicaragüense. Pero sus buenas intenciones tampoco fueron apreciadas por los hondureños, quienes terminaron por fusilarlo en diciembre de ese mismo año.

¡Y luego se preguntan porqué los Estados Unidos son mal vistos por el pueblo latinoamericano! Aunque nunca lo hizo de forma oficial, el gobierno de Washington permitió descaradamente la afluencia de filibusteros en apoyo de Walker, impidiéndolo tan sólo cuando sus intereses le indicaban que debía hacerlo. Desde entonces, el nombre de Walker quedó asociado de forma indisoluble al imperialismo estadounidense.

Con este artículo, el blog regresa a la circulación después de una semana de duelo. Un abrazo a todos desde la calurosa Nueva York.


martes, 2 de junio de 2015

ESTE BLOG ESTÁ DE LUTO

El día de hoy no tengo ganas de escribir nada.
Este blog está de luto. Falleció el insigne abogado, ex director general adjunto de Banco de México, ex profesor de Derecho Bancario en la Escuela Libre de Derecho y, por sobre todas las cosas, al menos para mí, excelente y muy querido tío. Hasta luego, tío Pancho, hasta luego don Francisco Borja Martínez. Te quise mucho y te voy a extrañar.

lunes, 1 de junio de 2015

S.M. NORTON I, EMPERADOR DE LOS ESTADOS UNIDOS

Los Estados Unidos fueron la primera República del continente americano y la primera República moderna del mundo. Desde que comenzaron su lucha independentista hicieron suyos los principios de la Ilustración: división de poderes, tolerancia religiosa, soberanía popular. Sorprendieron al mundo cuando, en vez de un rey, eligieron a un presidente. Y una vez que sus vecinas hispanoamericanas se independizaron, siguieron de inmediato su ejemplo, convirtiéndose en repúblicas con la sola excepción de Brasil, del que hablaremos en otra ocasión.

Y desde entonces, los Estados Unidos de América han transitado por la democracia y el republicanismo sin sobresalto alguno, con la única excepción de su Guerra Civil. Esto ha sido así, ¿o no? Pues no. Resulta que los Estados Unidos tuvieron también un emperador: Su Majestad Norton I.

Bueno, en realidad se trataba de un sujeto medio loco (o loco y medio) que se proclamó emperador y fue la delicia de sus vecinos por lo estrafalario de su conducta.

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Norton I

Su verdadero nombre era Joshua Abraham Norton. Nació en Inglaterra entre 1814 y 1815, y a los dos años su familia emigró a Sudáfrica. Ahí permaneció hasta 1849, cuando aprovechó la herencia de 40,000 dólares (una auténtica fortuna en aquella época) que le dejara su padre para trasladarse a San Francisco. Hábil negociante, en cuatro años había amasado una fortuna de más de 250 mil dólares, pero entonces la codicia lo segó. Especuló con el arroz aprovechando la escasez provocada por la disminución de las importaciones provenientes de China. Compró todo el existente en la ciudad y consiguió que su precio aumentara de forma considerable. Sin embargo, sumamente codicioso, se negó a vender esperando a que el precio subiera más. Y entonces vino el desastre. Un grupo de barcos con arroz del Perú llegaron al puerto de San Francisco y su negocio se vino abajo. El precio se volvió a desplomar y perdió toda su fortuna. Se declaró en bancarrota y un juez ordenó el embargo de todas sus propiedades. Abatido, en 1857 desapareció de la ciudad. Parecía que se trataba de un especulador fracasado más, tipo de persona que abundaba en aquella época. Pero de repente, Norton volvió.

El 17 de septiembre de 1859 envió una carta a los principales periódicos de la ciudad en la que anunciaba su proclamación como emperador de los Estados Unidos y protector de México, convocaba a los Estados del país a que enviaran representantes a San Francisco para formar un nuevo Congreso, disolviendo el que estaba en Washington. Los periódicos inmediatamente se lo tomaron a broma y comprendieron que era una historia a la que le podían sacar mucho provecho.

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Su reinado duró 21 años, hasta su muerte en 1880. Publicó un sinfín de decretos de todo tipo, hizo nombramientos cortesanos y diplomáticos, escribió cartas a sus "primos" reales de Europa (los reyes europeos tenían la costumbre de llamarse primos cuando se escribían cartas, lo que no era algo extraño teniendo en cuenta la costumbre milenaria de casarse entre ellos) y se volvió un personaje muy popular.

Gustaba de recorrer sus dominios, paseando por las calles acompañado de dos perros callejeros a los que adoptó y que se volvieron tan célebres como él: Bummer y Lazarus. Cuando Bummer murió, Mark Twain se encargó de escribir su epitafio: "murió con muchísimos años y muchísimo honor, enfermedades y pulgas". La gente lo saludaba llamándole "Su Majestad", los dueños de restaurantes le servían comida gratis porque su presencia atraía clientes al local, los dueños de comercios le rendían pleitesía y organizaban banquetes en su honor.

Cuando estalló la Guerra Civil en 1861, ordenó de inmediato el cese al fuego y la comparecencia de Abraham Lincoln y Jefferson Davis (presidente de los Estados Confederados del Sur) ante su corte para explicarle los motivos de la guerra. Asimismo, ordenó la disolución de los partidos Republicano y Demócrata por considerar que le hacían mucho daño a la nación.

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Impuso un impuesto de 25 centavos semanales al comercio local y de tres dólares a los bancos para financiar su corte y muchos tenderos y banqueros lo pagaban con gusto e inclusive le enviaban regalos por su cumpleaños. El Palacio Imperial se estableció en un viejo edificio de departamentos situado en el 642 de Commercial Street.

Todos los teatros le tenían reservado un palco, y cuando él entraba, todos los asistentes se ponían respetuosamente de pie en absoluto silencio, como señal de respeto. Cuando se negaron a servirle una comida gratis en un tren, ordenó la expropiación de la compañía. Ésta se disculpó públicamente y le ofreció un pasaje vitalicio. ¡No le iba nada mal en su locura!

Se dice que en una ocasión utilizó su influencia para impedir el linchamiento de un grupo de inmigrantes chinos, algo usual en aquella época. El uniforme militar que utilizaba había sido un obsequio de los empleados de Correos y cuando con el paso de los años éste estuvo deslucido y harapiento, Norton dictó de inmediato una proclama: "Sabed que yo, Norton I, tengo varias quejas contra mis vasallos, considerando que mi imperial guardarropa constituye una desgracia nacional". Al día siguiente el ayuntamiento aprobó una subvención especial para comprarle un nuevo uniforme, por lo que el emperador los premió con un título de nobleza para cada uno de sus miembros.

¡Inclusive llegó a emitir su propia moneda que los comerciantes de San Francisco le aceptaban como pago! Claro que sólo a él. Si cualquier otra persona pretendía pagar con esos billetes era mandada a volar. También ordenó la construcción de un puente sobre la bahía de San Francisco, decreto visionario que se llevaría a cabo tiempo después de su muerte: se trata del famoso Golden Gate.

Billete de diez dólares del emperador Norton

En cierta ocasión un jefe de policía oriundo de Los Ángeles, y que no lo conocía, lo detuvo acusándolo de vagancia y lo encerró en la cárcel municipal. Entonces se desató una verdadera revuelta popular, lo que obligó a éste a liberarlo ofreciendo una disculpa. Norton I, amable y magnánimo, le concedió el perdón imperial. A partir de ese momento, todos los policías lo saludaban cuando se cruzaban con él por la calle, quitándose el casco en señal de respeto. ¡Era todo un personaje!

El 8 de enero de 1880 falleció a causa de un ataque de apoplejía cuando se dirigía a una conferencia en la Academia de Ciencias de San Francisco. Su entierro fue multitudinario y se le rindieron grandes honores. Acudieron más de 30 mil personas de las 100 mil que tenía la ciudad. Como no tenía dinero iba a ser enterrado en un ataúd sencillo, pero el Pacific Club (un club de ricos empresarios) pagó un ataúd de madera fina y la ciudad organizó un entierro de primera clase.

Todos los periódicos de la ciudad publicaron la noticia con gran respeto. Incluso uno de ellos publicó lo siguiente: "El Emperador Norton no mató a nadie, no robó a nadie, no se apoderó de la patria de nadie. De la mayoría de sus colegas no se puede decir lo mismo."

En su humilde vivienda se encontraron monedas por un total de 10 dólares, un sable oxidado, distintos tipos de sombreros y tocados, un cuadro de Napoléon y otro de la Reina Victoria de Inglaterra, cartas dirigidas a ésta misma y telegramas falsos de distintos monarcas europeos felicitándole por su próxima boda con ella. Drury, uno de sus biógrafos, cuenta la siguiente historia: Parece ser que Norton le contaba a un conocido que realmente no era hijo de sus padres sino de la casa real francesa y que sus padres le habían entregado a los Norton para salvarle de unos asesinos. Cuando el interlocutor le dijo que eso era de locos, contestó "de esos hay muchos". Cuando un reportero le preguntó si era judío contestó "¿cómo voy a serlo si soy un pariente cercano de los Borbones y todo el mundo sabe que no son judíos?".

Su tumba en el Woodlawn Cementery

Su personaje quedó inmortalizado en obras de Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Selma Lagerlöf, René Goscinny y otros más, y hasta salió en la serie de televisión Bonanza.

Cuando se cumplieron cien años de su muerte, en 1980, hubo muchas ceremonias en su honor. Inclusive un grupo de personas propuso que se le cambiara el nombre al Golden Gate por el de Emperor Norton Bridge.

Lucky Luke, por René Goscinny

Y esa fue la historia del primer y único emperador de los Estados Unidos de América. ¡Ah!, y protector de México.